lunes, 5 de octubre de 2026

La era de la oscuridad XVI

 XVI 

Unos días después aparecieron el comandante Gerardo Miller, el teniente Velásquez y el sargento Márquez en la puerta de Villa Helena, llevaban más de sesenta hombres a su mando, entraron sin aviso y se dirigieron directamente a la casa de la Villa; al llegar al patio donde yacieron los muertos de las FMA dieciocho años atrás se quedaron quietos, esperando la orden de atacar, pero sólo hubo silencio, la mente del comandante estaba ocupada en repasar las imágenes de Teresa en todo su esplendor escopeta en mano dirigida a él, mientras salía avergonzado con uno de sus hombres a cuestas.

—¡Maldita bruja llegó tu hora! —reaccionó, Miller— ataquen la casa, pero no la maten, ella es mía.

En ese momento Teresa y su gente los esperaban preparados dentro de la casa para responder al embate, el loco de Puerto Tristeza había obtenido información de la invasión, alcanzando a advertir a la señora. 

Una vez se inició el ataque los hombres de las FMA dispararon a discreción, sin embargo, no era suficiente, la respuesta desde la casa era contundente como si fueran el doble de combatientes; varios soldados se sintieron amedrentados, ahí hay mucha gente, nos van a acabar, nosotros somos pocos, se decían entre sí mientras recargaban sus armas. 

Miller y Velásquez se ocultaron en un costado de la construcción, por su parte Márquez se apostó en el lado contrario desde donde se lanzó dentro de la casona con varios hombres, al invadirla se sorprendieron por el número reducido de personas lejano de la cantidad de combatientes que esperaban, solamente cuatro: Teresa, Miguel y dos trabajadores; como el ingreso fue vertiginoso no hubo necesidad de un enfrentamiento, aun así, en el forcejeo murieron los dos trabajadores mientras Teresa fue desarmada y Miguel acostado en el suelo de la sala; una vez los hombres de Márquez pudieron asegurar la casa todo quedó en silencio, el sonido ensordecedor de las balas y el estruendo metálico de las armas cesaron, entonces el sargento salió a la puerta principal sobre el pasillo que daba al patio.

—Aquí tengo a la poderosa Teresa rendida a mis pies como una niña indefensa. 

Miller decidió salir al darse cuenta del triunfo, quería tomar la casona oficialmente, pero una gran explosión lo hizo retroceder, contrariamente el sargento Márquez se exponía a las balas de los Blanco desde la loma, creyéndose seguro por tener a Teresa en sus manos.

—¡La señora de la Villa es mi prisionera, puedo hacer lo que quiera con ella! ¡Si escucho un disparo más estará muerta al instante!

—Ese Márquez es un imbécil, se cree invencible sin darse cuenta que está al lado del mismísimo Lucifer —comentó, Miller, desde su escondite— le abono que va a morir en su ley.

El sargento Márquez se envalentonó, dio varios pasos a cada lado de la puerta y se rio estrepitosamente.

—¡Ahora la verán pedir perdón! —dijo, regresando su mirada hacia dentro con la intención de humillar a la mujer con su mirada burlona; cuando los ojos encandilados del sargento pudieron observar con claridad en la negrura de la vivienda la imagen fantasmal de Teresa completamente erguida como una figura dantesca, apuntándole con la escopeta.

—¡Cabrón, estás tan seguro de tus palabras!

Márquez no supo cómo reaccionar, aquella mujer lo veía enardecida.

—Perdón señora, perdón, no era mi intención tratarla mal, soy un soldado leal a la Asamblea por eso debo combatirla, pero si me salva le dedico toda mi lealtad, lucharé contra las FMA en su nombre; por los soldados del patio no se preocupe, yo los traigo a su lado y los que no acepten morirán por mi arma sin dudarlo —profirió, el sargento, irreverente a pesar de estar de rodillas.

—¡A mí no me gustan los traidores y acabas de demostrar que eres uno!; si piensas que voy a confiar en alguien que le da la espalda a sus compañeros en el primer revés te equivocas —exclamó, Teresa, pausada y segura, segundos después el sargento Márquez salió volando a la mitad del patio, el estruendo asustó a los hombres que aún estaban firmes.

—¿Qué le dije Velásquez?, ahí tiene al imbécil de Márquez estirado con un hueco en el pecho —reclamó, Miller— y con su estupidez dejó a esa mujer alerta a cualquier de nuestros movimientos. 

Pasaron unos minutos con los dos oficiales pegados a la pared de la casa para evitar la escopeta de Teresa, ocultos de las balas lanzadas desde la loma nuevamente.

—Mierda, Velásquez, acabemos con esto de una vez.

—¡Sí, señor! —respondió, el teniente— ¡oigan todos!, ¡vamos a entrar!, la Asamblea no puede ser avergonzada por una mujer medio loca y tres pelagatos que se dicen libertadores de Andinia, las FMA son poderosas y estoy seguro del orgullo que sienten por este uniforme, por eso adelante soldados, ¡vamos FMA!

Los hombres se sintieron henchidos por las palabras de su teniente, adicionalmente ver a su comandante lanzarse sin dudarlo en medio de la metralla los impulsó y el contraataque fue brutal, para esos jóvenes era un orgullo luchar al lado de un verdadero soldado: el comandante Gerardo Miller.

—Ataquen a los tiradores de la loma para cubrir la avanzada de los soldados.

Los uniformados dirigieron sus armas hacia la loma mientras Miller, Velásquez y dos hombres más se fueron directo a Teresa disparando como enajenados.

La escena de aquella batalla tremenda era asombrosa, llena de movimientos ágiles en medio de los proyectiles que llovían desde todos lados, los hombres parecían empujados a un duelo heroico sin precedentes; en el hecho Gerardo Miller demostró una valentía sin competencia intensificada por su orgullo estropeado en una lid eterna con Teresa Ramírez, la misma actitud que le valió una admiración inmensa dentro de la Asamblea; por su lado, los Blanco en la loma también demostraron su tenacidad, controlando el avance de las FMA hasta cuando se agotaron sus municiones, entonces perdieron dos hombres y tuvieron que recular hacia la casa.

—¡Vamos, Helena! —gritó, Teseo— Vito regresa por detrás de las piedras, no puedo cubrirte porque llevo a Horacio herido, además Jairo y Vicente murieron, ¡no vale la pena perder la vida de esta manera!, ¡regresemos a la casa de la loma para recoger municiones!

—¿Pero mi mamá? —gritó, Helena.

—No hay nada por hacer, me duele dejarla así, pero sólo nos queda esperar que resista mientras subimos por más municiones, ¡yo estoy seguro de su fortaleza! 

Teseo tenía razón, la señora de la Villa aguantó dentro de la residencia todo el asedio de Miller y sus hombres hasta cuando sus armas quedaron totalmente descargadas, al final los soldados pudieron acceder a la casa sin riesgo de ser repelidos desde la loma; por seguridad Teresa retrocedió a uno de las habitaciones del primer piso, al ser descubierta por los militares decidieron destruir la edificación para sacarla a la fuerza; desde el costado uno de los hombres tomó una granada para lanzarla, sin embargo, el artefacto estalló en sus manos, un disparo oportuna de Helena lo activó mutilando al soldado en el acto; la detonación tiró a un lado a todos, el mutilado quedó esparcido por el patio lanzando gritos de desesperación, por su parte los que no cayeron se vieron asediados por una lluvia de balas de los Blanco recuperados con nuevas municiones.

—¡Ya estamos aquí! —gritó, Teseo— ¡ahora bajamos a cubrirte Teresa!

Todo pareció mejorar para la señora, pero en un segundo de distracción varios hombres lograron incursionar por el lado contrario a la loma, entre ellos Velásquez.

—¡Es tu hora Teresa! —gritó.

Fue el momento oportuno para apoderarse de la casa por segunda vez, los soldados entraron con violencia, acorralando a la mujer y a Miguel en segundos; Teresa fue sacada por dos uniformados arrastrada de los brazos con tanta fuerza que le impidieron caminar, sus pies se arrastraron por el cemento del patio; Miguel iba a ser ejecutado.

—¡Un momento! —gritó, el comandante— por cosas como estas Corrales y Arling están muertos, dejen quieto al muchacho, lo vamos a arrestar para llevarlo al cuartel; no esperen mi complacencia con estas barbaridades, si alguien se sobrepasa lo mato yo mismo.

Los disparos cesaron, se pudieron escuchar las voces de todos con claridad, el comandante Gerardo movido por la curiosidad escrutó a la mujer, quería confirmar la historia tejida alrededor de la señora de la Villa.

—No puedo negar tu belleza y admiro tu tesón, sin temor a equivocarme eres la mejor contrincante con la que me haya enfrentado y no sentiría vergüenza si fueras la vencedora, pero no es así, ¡yo soy quien triunfa!, no sé si me respetas como lo hago yo, tampoco importa porque el único ganador está enfrente de ti dispuesto a matarte.

Después de la declaración ordenó el traslado de la mujer al centro del patio sin ser maltratada, permitiéndole avanzar sola hasta el sitio indicado para su fin.

—Celebro que estés aquí, frente a mí, derrotada en tu Villa  —inició, Miller— celebro ser yo quien te derrota, te salvaste en muchas ocasiones, pero al parecer te abandonó tu gente al verte vencida porque no escucho ningún disparo para salvarte.

Teresa como una fiera tenía el cabello alborotado, sus ojos lanzaban fuego mientras seguía el caminar displicente del comandante al exponer sus conjeturas.

—¡Señor, los Blanco todavía están en loma! —advirtió, un soldado.

—¡Suban y arréstenlos! —ordenó, Velásquez— si no pueden arrestarlo tráiganme sus cuerpos.

Miller seguía caminando alrededor de la mujer.

—Teresa, sufrí con tu locura, me humillaste ese día lejano, te acuerdas, cuando me enviaste una nota para que recoja a uno de mis hombres; pasaron dieciocho años para llevar a cabo mi venganza, por fin tengo mi premio —discursó, el comandante, lleno de emoción— esa vez tuve que agachar la cabeza, ganaste sin objeción, hoy te toca agacharla a ti; tu gente huyó, te dejó sola igual que los fantasmas que protegían esta Villa, desaparecieron en el pasado porque los Ramírez ya son parte del olvido —al decir aquello posó el cañón de su arma en la cabeza de la mujer.

—Te hago la misma pregunta que a tu sargento —inquirió, Teresa— ¿estás tan seguro de tu triunfo?

—¡Sí! —gritó, efusivo e hilarante, Miller, luego se rio estrepitosamente— estoy tan convencido de tu fin que me imagino cuando invada la Villa para construir el nuevo edificio de la Asamblea, también voy a construir el cuartel de las FMA donde queda la casa de la loma, ¿qué te parece?, por fin esta propiedad servirá a la Asamblea como debió hacerlo desde el principio, ¡así será el futuro de tus predios!; inmediatamente el disparo traspase tu cabeza esto dejara de llamarse Villa Helena, acabando para siempre con la historia de los Ramírez.

El eco de aquellas palabras recorrió todos los rincones de la Villa, inmediatamente se oyó el galopar de un caballo en medio de la bruma, al tiempo la tierra empezó a temblar con tal fuerza que los hombres cayeron al suelo llenos de terror antes de sentirse abandonados por la vida; un rato después la nube se disipó lentamente, Miller y Velásquez estaban al pie de Teresa, Miguel por su parte desarmaba a los hombres aún vivos; al terminar el extraño evento Teresa levantó su arma y la puso en el pecho de Miller.

—Eres muy torpe Miller, estabas a punto de ganar e invocas a Ramírez y mira, ahora estás detrás del cañón de mi escopeta, ahora parece que ya no eres el ganador.

—Creo que esta vez te equivocas —dijo, Gerardo Miller y disparó su pistola al mismo tiempo que Teresa lo hacía con su escopeta.

La explosión fue brutal, los dos cayeron al suelo sangrando abundantemente por sus heridas.

—Teresa —alcanzó a balbucear, Miller— creo que hoy vamos a matar los dos, la muerte será nuestra venganza— agregó, antes de recibir un segundo impacto de la señora incorporada sobre el suelo.

—Así parece, por eso prefiero asegurarme que estés muerto—sentenció, la mujer. 

Desde la loma bajaron con rapidez Teseo y Helena con la intención de detener a los últimos hombres; Helena dio de baja a Velásquez, evitando que ejecutara a Miguel, Teseo se acercó a socorrer a su señora.

—Teresa, recuéstate, por favor.

—Déjame Teseo, necesitaba verlo morir, para nosotros la venganza la iba a cobrar el que viera morir al otro y eso ha pasado, yo presencie su muerte, cobro la victoria —murmuró, Teresa— hace dieciocho años le prometí que lo mataría si entraba una vez más a Villa Helena y acabo de cumplir. 

Teseo intento cargar a la mujer para entrarla, sin embargo, ella no se lo permitió

—No Teseo, varias veces te he dicho que mi final es tu triunfo y tienes que aceptarlo así, no puedes negar tu destino, ahora menos porque ya no voy a interponerme entre tú y el derrocamiento de los invasores —explicó— llegó mi final, es la única forma para que los Blanco derroten a la Asamblea, no pueden detenerse; al parecer todo está perdido, pero te equivocas, es hora de recuperarse y ya tienes lo que necesitas para dirigirlos a la gloria.

—No entiendo.

—Tu pelea termina con el fin de la Asamblea, mi muerte te dará un impulso, con ella tienes lo necesario para comandar el golpe final,

Teseo la escuchaba con el llanto contenido, lo confundían sus palabras seguramente porque ignoraba que la traición y el odio son las mejores armas para convertir un hombre normal en un verdadero guerrero, y él había sufrido los dos, la traición de Arling, el odio por la muerte de la señora de Villa Helena.

—¡Adelante Teseo! —exclamó, ella, luego dirigió su mirada sobre su hija— ¡la Villa está bajo tu tutela!, llegó tu época Helena Ramírez —y después de una sonrisa que iluminó por última vez su hermoso rostro cerró los ojos. 

¡Teresa Ramírez había muerto! 

Teseo la apretó con fuerza, no quería alejarla de su pecho desolado por su pérdida, en ese momento se le acercó el loco de Puerto Tristeza, tocó su hombre y le hizo señas para que se levantara.

—Mi última encomienda es acompañar a mi señora en su camino, mi trabajo en Andinia terminó, debo ir junto a ella.

Después de sus palabras una risa intensa recorrió toda la Villa, el sonido del galopar fue menguando mientras se alejaba, al tiempo el loco viajaba con su señora como si hubiera sido traído para acompañarla en el final. 

La Villa quedó en silencio, su futuro estaba en manos de Helena; la casa de la loma quedó en pie, el porvenir dependía de los Blanco.

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