lunes, 7 de septiembre de 2026

La era de la oscuridad XV

 XV 

Una vez se enteró del arresto de Petrona inició su romería por las oficinas de la asamblea sin que nadie la atendiera o le dieron alguna información y a pesar de la falta de noticias Gumercinda no cesaba en el empeño.

—Señora, nosotros no tenemos a su hija —dijo, un día, un hombre de traje barato que lucía corbata roja— la Asamblea no retiene a nadie sin razón, probablemente su hija esté con los plateados, por si usted no sabía, ella tiene conexiones con los Blanco y después del fracaso del plan de estos delincuentes la mayoría se refugiaron con otros delincuentes, los plateados en El Progreso, usted sabe, entre criminales se entienden.

—Usted cree que soy tonta.

—Señora no trate de culpar a la Asamblea por los actos de su hija, eso le puede traer problemas a usted y sobre todo a ella —comentó, el funcionario— le prometo que haremos le que esté en nuestras manos para rescatarla de esos grupos al margen de la ley; no se olvide que ella fue arrestada por la Asamblea, pero ya fue dejada en libertad, seguro se asustó de su actitud y no regresó a la casa, lo más seguro es que está con los plateados por las buenas o por las malas.

Gumercina escuchaba sin esperanza, el tipo disertaba, pero nada le aseguraba que realmente le importara la suerte de Petrona.

—Vaya mi señora, le prometo que si sabemos algo de su niña yo mismo le llevo la noticia.

La mujer suspiró y salió de las oficinas, ni se despidió, estaba muy preocupada para demostrar buenos modales, sin embargo, cuando iba cruzar la puerta reflexionó, aquel tipo era su única esperanza por más estúpido que sonara, gracias por su atención, voy a estar pendiente de su visita, dijo, sin mucho convencimiento y salió cabizbaja.

—Hasta pronto señora, esté tranquila, la niña aparece. 

Los siguientes meses continuó con sus insistentes visitas; un día se encontró con una mujer que según le contó también estaba exigiendo noticias de su hijo.

—Somos varias madres, venga mañana, nos reuniremos para definir qué acción tomar, esta es mi dirección —le dijo, alargando un papel con unos números pintados con lapicero azul— ellos tienen a nuestros hijos , sin embargo, lo niegan, venga, otra madre más servirá para aumentar la presión.

Al otro día Gumercinda entró en la casa, llegó un poco tarde porque se perdió en el barrio.

—Buena tarde —saludó.

—Hola, Gumercinda —respondió, amablemente, la señora del día anterior— usted es la madre de Petrona.

—Sí.

—Mucho gusto, yo soy Maritza, mi hijo es Julio, dicen que a él lo arrestaron con su hija, según el tipejo ese que nos atiende a él lo arrestaron, pero ya lo liberaron y debe estar con unos tales plateados.

—Lo mismo me dijo a mí.

La señora miraba con compasión a Gumercinda, era alta, bastante gorda y elegante, pero avejentada al parecer en los últimos meses, no era normal su vejez, era forzada por las circunstancias.

—Le presento a las madres víctimas de la redada de las marcas.

—Me llamo Mónica, mucho gusto, soy la mamá de Verónica; a ella se la llevaron de la casa después de maltratarla, no tuvieron compasión, aunque ella se libró de uno de ellos, el que parecía el jefe —explicó, con los ojos aguados— maldito desgraciado, me alegro que lo haya matada, aunque no puedo vivir tranquila, mi hija se convirtió en una asesina por esta maldita Asamblea —suspiró, se veía igual de hermosa que su hija debajo de su gran cabellera alborotada y sus ojos expresivos— ella es mi otra hija —agregó, señalando a una niña acurrucada sobre un asiento, con las piernas abrazadas por sus brazos, cabeza gacha y aire sombrío.

A pesar de las razones para unirse había un cierto aire reconfortante, Gumercinda lo sintió tan pronto como entró, su alma pareció desahogarse un poco, finalmente la desgracia es el mejor motivo para unir a la gente. 

Cierto día llegaron dos funcionarios, Gumercinda salió presurosa.

—Señora, el secretario la espera en la oficina, hay noticias de su hija.

La mujer se emocionó y salió corriendo.

—Marcia, Marcia —llamó— llama a las madres que nos vemos en la Asamblea, al parecer aparecieron nuestros hijos —pidió, a la negra, sin saber que se estaba buscando unas enemigas.

La ventura después de una desgracia forma malestares, el odio se hace presente y los aventurados deben alejarse para no sufrir; el infortunio une a la gente, pero sólo es necesario una leve pizca de fortuna para ser desplazado. 

Señor, ¿qué hacemos con esas madres?

—¡Carajo!, hasta después de la muerte ese maldito Arling me jode la vida —exclamó, Miller —¿cuántas son?

—Seis, señor.

—Dónde están sus hijos para que los devuelvan con cualquier excusa, que fueron secuestrados y nosotros los liberamos o algo asi, ¡ojo!, sin aceptar ninguna culpa, jamás la Asamblea puede ser culpable de violar los derechos civiles.

—No sé, señor.

—¿No sé qué?

—Que no se el paradero de esos muchachos.

—Como así teniente, ¿no sabe dónde están sus prisioneros?

—Señor, ellos fueron arrestados por la PJB, los que detuvo las FMA están encerrados en el edificio de la Asamblea —explico, Velásquez— aunque si fuera por el teniente Penagos  ya los hubiera trasladado a los calabozos de la PJB.

—Me importa un pito lo que haga con los prisioneros siempre y cuando no sean los hijos de las madres esas, ¿cómo es que se hacen llamar?

—Las madres de la redada de las marca.

—Se tienen fe para ponerse nombres estúpidos los protestantes de cualquier causa —reflexionó, el comandante— entonces no tiene ni idea de donde están.

—Se de tres, los arrestados por las EMA, pero de los otros tres no doy razón.

—¿Y cuantas madres son? —preguntó con curiosidad.

—Nueve.

—Pero no me dan las cuentas, faltan tres prisioneros.

—Es que dos se ahogaron en el cuarto de la sinceridad y el otro es el tal Didier, el hombre clave de los Blanco, a ese nadie lo reclama.

—¿El cuarto de la sinceridad? —repitió, sorprendido, Miller— ¿qué carajos es eso?

Los dos militares se quedaron en silencio, era claro que los peores crímenes de la Asamblea se cometían sin conocimiento de los jefes, adicionalmente desde hacía un tiempo cierta anarquía empezaba a apoderarse de la Asamblea.

—Mejor no me diga nada, prefiero ignorar cosas como esas, pero recuérdeme cuando hablemos con Penagos pedirle que deje de ahogar a los prisioneros; a veces este tipo me recuerda a Corrales, todo lo soluciona matando.

—Entonces cuantos podemos devolver.

—Tres.

Miller suspiro.

—Ese imbécil de Penagos cree que puede hacer lo que quiera, perece que está seguro que con eliminar a Arling ya se ganó todos los beneficios de los superiores, pero se equivoca, muerto Arling, yo soy su superior.

—Señor, él no eliminó al comandante Arling.

—Pero ideó el plan advirtiendo a esa muchachita de la redada y enviándole ese cuchillo de regalo, no se puede negar que es creativo el teniente, pero no le basta para hacer lo que se le viene en gana, debería ser prudente, ¿quién le asegura que nadie va a intentar su fin?

Velásquez miró de reojo, sabía que cualquier mal comportamiento no era tolerado, que el teniente de la PJB realmente se exponía a seguir el camino de Corrales y Arling, simpre hay Suárez y Penagos dispuestos a congraciarse con los superiores.

—Por cierto, ¿qué paso con la que mató a Arling?

—Esa es una de las vivas.

—Qué bueno, hubiera sido el colmo que Penagos matara a su mejor elemento.

—También Petrona Martínez y Julio Basante; esos son los tres disponibles para devolver a las madres.

—¡Mierda!, que sean sólo esos, a las otras usted verá qué les dice —ordenó, Miller— sabe que no lo voy a meter en problemas, deje ese trabajo al secretario de la Asamblea, nunca he conocido hombre más maldito que él, ese se divertirá chantajeando a los pobres viejas les entregue o no a sus hijos; es un maldito, dele la orden, ni se le ocurra traérmelo a la oficina.

Cuando las seis mujeres estuvieron en la Asamblea el secretario salió sonriente.

—Señora, tengo buenas noticias; pero recuerdo haberla llamado sólo a usted, ¿qué hacen estas mujeres aquí?, cada una será llamada por separado para solucionar lo de cada muchacho —advirtió, el hombrecillo de imagen maligna— siga doña Gumercinda —dijo— a ustedes las llamo después.

El secretario dejó pasar a la mujer y cerró la puerta detrás de él, un escalofrío recorrió el alma de las mujeres apostadas contra la reja del edificio; finalmente la esperanza es eso que se siente cuando ya no hay nada que hacer y ellas la empezaron a sentir.

—Señora —inició su disertación, el secretario— a pesar de la situación tan complicada nuestras FMA lograron rescatar a su niña, mediante inteligencia pudieron obtener información para liberarla, por fin dimos con su paradero, la tenían los plateados, ese grupito de malandros y criminales que viven de secuestrar gente, nada tienen de revolucionarios.

—¿Dónde está mi hija?

—Cálmese, señora, cálmese —susurró, el hombrecillo.

—¡Que me calme!

—Señora no olvide que yo estoy de su lado, no me trate como su enemigo, déjeme hacer mi trabajo y mi trabajo es traer con vida a su hija; quédese tranquila, mañana se la vamos a entregar, un poco cansada y algo golpeada, pero nada que algo de reposo y buena comida no puedan sanar —dijo, el secretario; se adivinaba cierta perversa ironía en sus palabras, parecía divertirse al ver sufrir a la pobre mujer.

Gumercinda no podía más, por todos los medios quería aguantarse para no reaccionar contra el personaje, pero aceptaba que era el único contacto con Petrona.

—Pero —insinuó, el hombre— para que su hija regrese sana y salva a Luna Blanca la Asamblea le impone dos pequeñas condiciones.

Gumercinda se puso pálida ante estas palabras.

—Petrona Martínez tiene que quedarse encerrada en Luna Blanca, para ella no estará permitido ningún acercamiento a Andinia o será arrestada inmediatamente y en ese caso ya no podré ayudarle como ahora.

—¿Y la segunda? —balbuceó, temerosa, Gumercinda.

—Que no se vuelva a reunir con las madres de la redada de las marcas, la Asamblea no quiere separar a una madre de su hija por eso no se arriesgue a ser arrestada, ¿qué sería de Petrono sin su madre?

El tono aparentemente amistoso era tajante en su demanda, Gumercinda y Petrona debían quedarse encerradas en Luna Blanca.

—Una cosa más —advirtió, el hombre que le daba la espalda— salga por la puerta de atrás, es mejor que no se ponga a dar explicaciones innecesarias a esas mujeres, usted ya solucionó su problema, deje que ellas hagan lo mismo.

Así lo hizo Gumecinda, aunque la culpa la acompañó hasta la tumba; por su parte, las mujeres se cansaron de esperar, cuando comenzó a oscurecer se retiraron vencidas.

—La fortuna tiene sus costos, a veces muy altos —comentó, una de ellas. 

Pocos días después fue llamada Mónica, también le pusieron condiciones similares: Verónica no podía volver por Andinia así que le dieron una casa en el campo más allá de Pacífico, en cuanto a ella también tuvo que salir por la puerta de atrás.

—Créame mi señora, donde la secuestraron la trataron muy mal, está bastante desmejorada, pero está viva y eso es lo importante; cuando las FMA la rescataron la Asamblea celebro que un habitante de Andinia estuviera a salvo —explicó, el secretario. 

Cuando Mónica llegó a la casa de campo se encontró con una mujer flaca, a medio vestir, con el pelo enmarañado y sucio, casi irreconocible, con la mirada opaca y la maldad reflejada en ella; Verónica había olvidado vivir, ahora sobrevivía al mal que la acabó, no había forma de repararlo; cuando la vio, Mónica empezó a llorar, estaba tan mal que alcanzó a dudar para abrazarla, algo que nunca se pudo perdonar; lentamente se fue acercando para tomarla con sus brazo, la fragilidad de la muchacha infundían miedo de herir aún más su cuerpo.

—Verónica, hija mía, estás bien —pregunto, con vos entrecortada, sintiéndose estúpida por la pregunta, pero no se lo ocurrió nada más.

La muchacha se limitó a verla, ningún gesto se dibujó en su rostro, se dejó abrazar con la ternura de una madre, aun así, no correspondió el abrazo; pasaron muchos años para que entendiera la importancia de ese primer abrazo. 

—Un abrazo tuyo me trajo a la vida, qué más quisiera que este que te doy hiciera los mismo —le diría, Verónica, a su madre el día que murió. 

Un mes después las cuatro madres que aún seguían sin noticias de sus hijos fueron llamadas.

—Señoras —dijo, el funcionario— ustedes son familiares de los muchachos arrestados el día de la redada —hizo una pausa— miren, no voy a mentirles, los muchachos fueron arrestados porque cometieron algún delito grave y saben que la Asamblea no perdona esas cosas por eso fueron condenados por traición, pero tenemos algunos hombres que no se comportan bien, se lo digo acá entre nos, les puedo asegurar que no van a volver a ver a esos muchachos, sáquense de la cabeza esa idea.

Las cuatro mujeres salieron en silencio, no cruzaron ninguna palabra mientras caminaban, una cuadra más arriba en la esquina donde el padre Juan ardió junto al fuego que bendecía se separaron echando una simple mirada entre ellas y no se volvieron a ver jamás.

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