lunes, 5 de octubre de 2026

La era de la oscuridad XVI

 XVI 

Unos días después aparecieron el comandante Gerardo Miller, el teniente Velásquez y el sargento Márquez en la puerta de Villa Helena, llevaban más de sesenta hombres a su mando, entraron sin aviso y se dirigieron directamente a la casa de la Villa; al llegar al patio donde yacieron los muertos de las FMA dieciocho años atrás se quedaron quietos, esperando la orden de atacar, pero sólo hubo silencio, la mente del comandante estaba ocupada en repasar las imágenes de Teresa en todo su esplendor escopeta en mano dirigida a él, mientras salía avergonzado con uno de sus hombres a cuestas.

—¡Maldita bruja llegó tu hora! —reaccionó, Miller— ataquen la casa, pero no la maten, ella es mía.

En ese momento Teresa y su gente los esperaban preparados dentro de la casa para responder al embate, el loco de Puerto Tristeza había obtenido información de la invasión, alcanzando a advertir a la señora. 

Una vez se inició el ataque los hombres de las FMA dispararon a discreción, sin embargo, no era suficiente, la respuesta desde la casa era contundente como si fueran el doble de combatientes; varios soldados se sintieron amedrentados, ahí hay mucha gente, nos van a acabar, nosotros somos pocos, se decían entre sí mientras recargaban sus armas. 

Miller y Velásquez se ocultaron en un costado de la construcción, por su parte Márquez se apostó en el lado contrario desde donde se lanzó dentro de la casona con varios hombres, al invadirla se sorprendieron por el número reducido de personas lejano de la cantidad de combatientes que esperaban, solamente cuatro: Teresa, Miguel y dos trabajadores; como el ingreso fue vertiginoso no hubo necesidad de un enfrentamiento, aun así, en el forcejeo murieron los dos trabajadores mientras Teresa fue desarmada y Miguel acostado en el suelo de la sala; una vez los hombres de Márquez pudieron asegurar la casa todo quedó en silencio, el sonido ensordecedor de las balas y el estruendo metálico de las armas cesaron, entonces el sargento salió a la puerta principal sobre el pasillo que daba al patio.

—Aquí tengo a la poderosa Teresa rendida a mis pies como una niña indefensa. 

Miller decidió salir al darse cuenta del triunfo, quería tomar la casona oficialmente, pero una gran explosión lo hizo retroceder, contrariamente el sargento Márquez se exponía a las balas de los Blanco desde la loma, creyéndose seguro por tener a Teresa en sus manos.

—¡La señora de la Villa es mi prisionera, puedo hacer lo que quiera con ella! ¡Si escucho un disparo más estará muerta al instante!

—Ese Márquez es un imbécil, se cree invencible sin darse cuenta que está al lado del mismísimo Lucifer —comentó, Miller, desde su escondite— le abono que va a morir en su ley.

El sargento Márquez se envalentonó, dio varios pasos a cada lado de la puerta y se rio estrepitosamente.

—¡Ahora la verán pedir perdón! —dijo, regresando su mirada hacia dentro con la intención de humillar a la mujer con su mirada burlona; cuando los ojos encandilados del sargento pudieron observar con claridad en la negrura de la vivienda la imagen fantasmal de Teresa completamente erguida como una figura dantesca, apuntándole con la escopeta.

—¡Cabrón, estás tan seguro de tus palabras!

Márquez no supo cómo reaccionar, aquella mujer lo veía enardecida.

—Perdón señora, perdón, no era mi intención tratarla mal, soy un soldado leal a la Asamblea por eso debo combatirla, pero si me salva le dedico toda mi lealtad, lucharé contra las FMA en su nombre; por los soldados del patio no se preocupe, yo los traigo a su lado y los que no acepten morirán por mi arma sin dudarlo —profirió, el sargento, irreverente a pesar de estar de rodillas.

—¡A mí no me gustan los traidores y acabas de demostrar que eres uno!; si piensas que voy a confiar en alguien que le da la espalda a sus compañeros en el primer revés te equivocas —exclamó, Teresa, pausada y segura, segundos después el sargento Márquez salió volando a la mitad del patio, el estruendo asustó a los hombres que aún estaban firmes.

—¿Qué le dije Velásquez?, ahí tiene al imbécil de Márquez estirado con un hueco en el pecho —reclamó, Miller— y con su estupidez dejó a esa mujer alerta a cualquier de nuestros movimientos. 

Pasaron unos minutos con los dos oficiales pegados a la pared de la casa para evitar la escopeta de Teresa, ocultos de las balas lanzadas desde la loma nuevamente.

—Mierda, Velásquez, acabemos con esto de una vez.

—¡Sí, señor! —respondió, el teniente— ¡oigan todos!, ¡vamos a entrar!, la Asamblea no puede ser avergonzada por una mujer medio loca y tres pelagatos que se dicen libertadores de Andinia, las FMA son poderosas y estoy seguro del orgullo que sienten por este uniforme, por eso adelante soldados, ¡vamos FMA!

Los hombres se sintieron henchidos por las palabras de su teniente, adicionalmente ver a su comandante lanzarse sin dudarlo en medio de la metralla los impulsó y el contraataque fue brutal, para esos jóvenes era un orgullo luchar al lado de un verdadero soldado: el comandante Gerardo Miller.

—Ataquen a los tiradores de la loma para cubrir la avanzada de los soldados.

Los uniformados dirigieron sus armas hacia la loma mientras Miller, Velásquez y dos hombres más se fueron directo a Teresa disparando como enajenados.

La escena de aquella batalla tremenda era asombrosa, llena de movimientos ágiles en medio de los proyectiles que llovían desde todos lados, los hombres parecían empujados a un duelo heroico sin precedentes; en el hecho Gerardo Miller demostró una valentía sin competencia intensificada por su orgullo estropeado en una lid eterna con Teresa Ramírez, la misma actitud que le valió una admiración inmensa dentro de la Asamblea; por su lado, los Blanco en la loma también demostraron su tenacidad, controlando el avance de las FMA hasta cuando se agotaron sus municiones, entonces perdieron dos hombres y tuvieron que recular hacia la casa.

—¡Vamos, Helena! —gritó, Teseo— Vito regresa por detrás de las piedras, no puedo cubrirte porque llevo a Horacio herido, además Jairo y Vicente murieron, ¡no vale la pena perder la vida de esta manera!, ¡regresemos a la casa de la loma para recoger municiones!

—¿Pero mi mamá? —gritó, Helena.

—No hay nada por hacer, me duele dejarla así, pero sólo nos queda esperar que resista mientras subimos por más municiones, ¡yo estoy seguro de su fortaleza! 

Teseo tenía razón, la señora de la Villa aguantó dentro de la residencia todo el asedio de Miller y sus hombres hasta cuando sus armas quedaron totalmente descargadas, al final los soldados pudieron acceder a la casa sin riesgo de ser repelidos desde la loma; por seguridad Teresa retrocedió a uno de las habitaciones del primer piso, al ser descubierta por los militares decidieron destruir la edificación para sacarla a la fuerza; desde el costado uno de los hombres tomó una granada para lanzarla, sin embargo, el artefacto estalló en sus manos, un disparo oportuna de Helena lo activó mutilando al soldado en el acto; la detonación tiró a un lado a todos, el mutilado quedó esparcido por el patio lanzando gritos de desesperación, por su parte los que no cayeron se vieron asediados por una lluvia de balas de los Blanco recuperados con nuevas municiones.

—¡Ya estamos aquí! —gritó, Teseo— ¡ahora bajamos a cubrirte Teresa!

Todo pareció mejorar para la señora, pero en un segundo de distracción varios hombres lograron incursionar por el lado contrario a la loma, entre ellos Velásquez.

—¡Es tu hora Teresa! —gritó.

Fue el momento oportuno para apoderarse de la casa por segunda vez, los soldados entraron con violencia, acorralando a la mujer y a Miguel en segundos; Teresa fue sacada por dos uniformados arrastrada de los brazos con tanta fuerza que le impidieron caminar, sus pies se arrastraron por el cemento del patio; Miguel iba a ser ejecutado.

—¡Un momento! —gritó, el comandante— por cosas como estas Corrales y Arling están muertos, dejen quieto al muchacho, lo vamos a arrestar para llevarlo al cuartel; no esperen mi complacencia con estas barbaridades, si alguien se sobrepasa lo mato yo mismo.

Los disparos cesaron, se pudieron escuchar las voces de todos con claridad, el comandante Gerardo movido por la curiosidad escrutó a la mujer, quería confirmar la historia tejida alrededor de la señora de la Villa.

—No puedo negar tu belleza y admiro tu tesón, sin temor a equivocarme eres la mejor contrincante con la que me haya enfrentado y no sentiría vergüenza si fueras la vencedora, pero no es así, ¡yo soy quien triunfa!, no sé si me respetas como lo hago yo, tampoco importa porque el único ganador está enfrente de ti dispuesto a matarte.

Después de la declaración ordenó el traslado de la mujer al centro del patio sin ser maltratada, permitiéndole avanzar sola hasta el sitio indicado para su fin.

—Celebro que estés aquí, frente a mí, derrotada en tu Villa  —inició, Miller— celebro ser yo quien te derrota, te salvaste en muchas ocasiones, pero al parecer te abandonó tu gente al verte vencida porque no escucho ningún disparo para salvarte.

Teresa como una fiera tenía el cabello alborotado, sus ojos lanzaban fuego mientras seguía el caminar displicente del comandante al exponer sus conjeturas.

—¡Señor, los Blanco todavía están en loma! —advirtió, un soldado.

—¡Suban y arréstenlos! —ordenó, Velásquez— si no pueden arrestarlo tráiganme sus cuerpos.

Miller seguía caminando alrededor de la mujer.

—Teresa, sufrí con tu locura, me humillaste ese día lejano, te acuerdas, cuando me enviaste una nota para que recoja a uno de mis hombres; pasaron dieciocho años para llevar a cabo mi venganza, por fin tengo mi premio —discursó, el comandante, lleno de emoción— esa vez tuve que agachar la cabeza, ganaste sin objeción, hoy te toca agacharla a ti; tu gente huyó, te dejó sola igual que los fantasmas que protegían esta Villa, desaparecieron en el pasado porque los Ramírez ya son parte del olvido —al decir aquello posó el cañón de su arma en la cabeza de la mujer.

—Te hago la misma pregunta que a tu sargento —inquirió, Teresa— ¿estás tan seguro de tu triunfo?

—¡Sí! —gritó, efusivo e hilarante, Miller, luego se rio estrepitosamente— estoy tan convencido de tu fin que me imagino cuando invada la Villa para construir el nuevo edificio de la Asamblea, también voy a construir el cuartel de las FMA donde queda la casa de la loma, ¿qué te parece?, por fin esta propiedad servirá a la Asamblea como debió hacerlo desde el principio, ¡así será el futuro de tus predios!; inmediatamente el disparo traspase tu cabeza esto dejara de llamarse Villa Helena, acabando para siempre con la historia de los Ramírez.

El eco de aquellas palabras recorrió todos los rincones de la Villa, inmediatamente se oyó el galopar de un caballo en medio de la bruma, al tiempo la tierra empezó a temblar con tal fuerza que los hombres cayeron al suelo llenos de terror antes de sentirse abandonados por la vida; un rato después la nube se disipó lentamente, Miller y Velásquez estaban al pie de Teresa, Miguel por su parte desarmaba a los hombres aún vivos; al terminar el extraño evento Teresa levantó su arma y la puso en el pecho de Miller.

—Eres muy torpe Miller, estabas a punto de ganar e invocas a Ramírez y mira, ahora estás detrás del cañón de mi escopeta, ahora parece que ya no eres el ganador.

—Creo que esta vez te equivocas —dijo, Gerardo Miller y disparó su pistola al mismo tiempo que Teresa lo hacía con su escopeta.

La explosión fue brutal, los dos cayeron al suelo sangrando abundantemente por sus heridas.

—Teresa —alcanzó a balbucear, Miller— creo que hoy vamos a matar los dos, la muerte será nuestra venganza— agregó, antes de recibir un segundo impacto de la señora incorporada sobre el suelo.

—Así parece, por eso prefiero asegurarme que estés muerto—sentenció, la mujer. 

Desde la loma bajaron con rapidez Teseo y Helena con la intención de detener a los últimos hombres; Helena dio de baja a Velásquez, evitando que ejecutara a Miguel, Teseo se acercó a socorrer a su señora.

—Teresa, recuéstate, por favor.

—Déjame Teseo, necesitaba verlo morir, para nosotros la venganza la iba a cobrar el que viera morir al otro y eso ha pasado, yo presencie su muerte, cobro la victoria —murmuró, Teresa— hace dieciocho años le prometí que lo mataría si entraba una vez más a Villa Helena y acabo de cumplir. 

Teseo intento cargar a la mujer para entrarla, sin embargo, ella no se lo permitió

—No Teseo, varias veces te he dicho que mi final es tu triunfo y tienes que aceptarlo así, no puedes negar tu destino, ahora menos porque ya no voy a interponerme entre tú y el derrocamiento de los invasores —explicó— llegó mi final, es la única forma para que los Blanco derroten a la Asamblea, no pueden detenerse; al parecer todo está perdido, pero te equivocas, es hora de recuperarse y ya tienes lo que necesitas para dirigirlos a la gloria.

—No entiendo.

—Tu pelea termina con el fin de la Asamblea, mi muerte te dará un impulso, con ella tienes lo necesario para comandar el golpe final,

Teseo la escuchaba con el llanto contenido, lo confundían sus palabras seguramente porque ignoraba que la traición y el odio son las mejores armas para convertir un hombre normal en un verdadero guerrero, y él había sufrido los dos, la traición de Arling, el odio por la muerte de la señora de Villa Helena.

—¡Adelante Teseo! —exclamó, ella, luego dirigió su mirada sobre su hija— ¡la Villa está bajo tu tutela!, llegó tu época Helena Ramírez —y después de una sonrisa que iluminó por última vez su hermoso rostro cerró los ojos. 

¡Teresa Ramírez había muerto! 

Teseo la apretó con fuerza, no quería alejarla de su pecho desolado por su pérdida, en ese momento se le acercó el loco de Puerto Tristeza, tocó su hombre y le hizo señas para que se levantara.

—Mi última encomienda es acompañar a mi señora en su camino, mi trabajo en Andinia terminó, debo ir junto a ella.

Después de sus palabras una risa intensa recorrió toda la Villa, el sonido del galopar fue menguando mientras se alejaba, al tiempo el loco viajaba con su señora como si hubiera sido traído para acompañarla en el final. 

La Villa quedó en silencio, su futuro estaba en manos de Helena; la casa de la loma quedó en pie, el porvenir dependía de los Blanco.

lunes, 7 de septiembre de 2026

La era de la oscuridad XV

XV 

Una vez enterada del arresto de Petrona, Gumercinda inició su romería por las oficinas de la Asamblea sin encontrar quién la atendiera o le diera alguna información, a pesar de ello no cesó en su empeño.

—Señora, nosotros no tenemos a su hija —dijo, un día, un hombre de traje barato que lucía corbata roja— la Asamblea no retiene a nadie sin razón, probablemente su hija esté con los plateados; por si usted no sabía ella hace parte de los Blanco y después del fracaso de su plan en contra del gobierno legítimo la mayoría se refugiaron con los plateados en El Progreso; usted sabe, entre criminales se entienden.

—Señor, yo no soy ninguna tonta.

—Señora, yo entiendo su angustia, pero no trate de culpar a la Asamblea, los actos de su hija no fueron patrocinados por el gobierno, además, con esa actitud sólo va a conseguir dificultades para su hija y usted, sobre todo para ella —comentó, el funcionario— le prometo que haremos lo necesario para rescatarla de cualquier grupo al margen de la ley; la Asamblea sabe la importancia de la familia por eso no va a permitir la separación de una madre y su hija, ¡eso sí que no!

Gumercina escuchaba desanimada, la disertación del tipo era vacía, no informaba ni daba luces sobre el paradero de Petrona, simplemente giraba en torno a un asunto hipotético para enredarla como pensó al retirarse de la oficina.

—Vaya mi señora, le prometo que cuando encontremos a su niña yo mismo le llevo la noticia.

La mujer había regresado su mirada para escuchar el colofón de la conversación e intentó salir sin despedirse preocupada como estaba por la situación, sin embargo, relucieron en su cabeza las palabras del tipo: con esa actitud sólo va a conseguir dificultades para su hija y usted, sobre todo para ella, por eso decidió despedirse como era debido, gracias por su atención, voy a estar pendiente de su visita, dijo en voz baja sin mucho convencimiento antes de abandonar la oficina.

—Hasta pronto señora, esté tranquila, la niña aparece. 

Los siguientes meses fueron una continua tortura, los informes no cambiaban, sospechaban que estuviera secuestrada o algo peor, la hubieran reclutado los delincuentes; pero ella no se rendía, iba y venía a diario en medio de una soledad abrumadora que de a poco la iba carcomiendo; por fin un día cambió su antipática rutina al conocer a un grupo de mujeres en su misma situación.

—Usted también busca a su hija, ¿verdad? —preguntó, una mujer de mirada melancólica, al detenerla una cuadra más arriba del edificio de gobierno— no se asuste, yo también hago lo mismo, no sólo yo, somos varias madres que estamos pendientes de la verdad sobre nuestros hijos.

Gumercinda se quedó pensativa, al parecer no era la única, otras mujeres compartían su padecimiento, eso la revitalizó un poco; el mal extendido suele producir un alivio casi perverso a quien se cree único afectado, el mal compartido se hace más llevadero, produce satisfacción, puede disfrutarse y hasta desearse eternamente cuando está dentro de una comunidad.

—Formamos un grupo desde la redada, de hecho nos bautizamos como madres de la redada de las marcas, porque fueron esas malditas marcas las que llevaron a esos criminales a nuestras casas —explicó, con vehemencia, la mujer— venga mañana, nos reuniremos para definir las acciones a tomar; esta es mi dirección —dijo, alargando un papel con unos números pintados con lapicero azul.

Gumercinda tomó el papel en sus manos llena de confusión e incrédula ante la noticia.

—Ellos tienen a nuestros hijos, pero lo niegan; ¡venga, la necesitamos!

Al siguiente día una señora gorda, muy alta, atemorizante por su contextura abrió la puerta, ahí se encontraba Gumercinda temerosa como si fuera a escuchar una terrible noticia un poco tarde porque se perdió en el barrio.

—Buenas tardes —susurró.

—Hola —respondió, amablemente, quien le había hecho la invitación— ¿usted es la madre de Petrona, cierto?

—Sí —respondió, asustadiza— ¡claro que no soy su madre biológica! —se apresuró a explicar sin nadie preguntárselo mientras las mujeres sonreían bondadosas; fue tan confortante la actitud que sintió innecesario continuar con su confesión.

—Mucho gusto, soy Maritza, es bueno que haya venido —saludó, con cortesía otra de las señoras— mi hijo es Julio, según el tipejo que nos atiende lo arrestaron con su hija, pero ya fue liberado y seguramente se unió a los plateados, un grupo de delincuentes del barrio.

La indignación latente en la sala de aquella casa la contagió, ahora eran seis mujeres llenas de impaciencia sin salvación.

—Lo mismo me dijo a mí —comentó, Gumercinda.

Maritza la miraba con curiosidad, aquella era la dueña de Luna Blanca, una mujer con todos los recursos para liberar a su hija, quien había sido encomendada por la otrora poderosa Concepción Ñañez de Martínez, para cuidarla; ¡qué hacía una mujer como ella en medio de cinco madres insignificantes?, se preguntaba en silencio.

—Quiero presentarle a las madres de la redada de las marcas: ella es Mónica, allá está Rita la abuela de Roviro e Indira madre de Ícaro, en la cocina está Eulalia madre de Janeth y la que está al lado de la puerta es Yolanda tía de Cesar.

—Mucho gusto —dijo, Mónica— soy la mamá de Verónica; a ella se la llevaron de la casa después de lastimarla sin piedad, mi niña pudo matar al jefe de esos malditos, pero no fue suficiente, eran tantos… —se detuvo por los espasmos producidos por su llanto contenido— me alegra que se haya librado de ese abusador, aunque por su culpa se convirtió en una asesina y eso amarga mi vida diariamente.

La fortaleza notable en aquella mujer a pesar de su imagen triste, su cara ablandada por el llanto y sus ojos aguados le daba una extraña belleza, algo indómita como su hija, debajo de su alborotada cabellera.

—Ella es mi otra hija —agregó cuando pudo dominar sus sentimientos, señalando a una niña acurrucada sobre un asiento, con las piernas rodeadas por sus brazos, la cabeza hundida en su pecho y semblante afligido.

A pesar de la zozobra Gumercinda sintió un aliento fortificante, su alma pareció desahogarse un poco en medio del grupo, finalmente la desgracia es el mejor motivo para unir a la gente. 

La situación no cambió, pero ahora el día tenía más actividad, en la mañana acudía al edificio de gobierno y en la tarde no faltaba a las reuniones con las madres de la redada de las marcas; así transcurrieron varios meses hasta un día frio cuando se presentaron dos hombres en las puertas de Luna Blanca.

—¡Señora, señora! —entró, gritando, Marcia— ¡hay unos soldados en la puerta!

Gumercinda se apresuró a salir hasta la entrada de la propiedad, ahí encontró a dos funcionarios de la Asamblea escoltados por varios militares.

—Tranquila, es por nuestra seguridad que vamos escoltados.

La mujer se quedó quieta a la espera de la noticia deseada, pero los hombres no decían nada.

—¿Qué saben de mi hija? —dijo al espabilarse.

—Bue-nas-tar-des —pronunció con lentitud, uno de los funcionarios, acentuando cada sílaba con un tono de reproche; una forma imbécil de llamar la atención.

—Buenas tardes —respondió, avergonzada, Gumercinda.

—Así está mejor —reclamó, el hombrecito— le traigo noticias sobre su hija, por favor síganos que el secretario la espera para comunicársela personalmente.

La mujer se emocionó y salió para dejarse guiar por los hombres no sin antes enviar a Marcia a la casa de las madres con una razón: aparecieron nuestros hijos, sin sospechar que aquella noticia sólo produciría un daño irremediable porque era dichosa para ella y por tanto intransferible, 

—Señor, ¿qué hacemos con esas madres?

—¡Carajo!, el cabrón de Arling no me deja tranquilo ni después de muerto, ¡él debería estar aquí para responder por sus barbaridades! —exclamó, el comandante Gerardo Miller, manoteando al aire —¿cuántas son?

—Seis, señor.

—¿Dónde están sus hijos? —preguntó— necesito que los devuelva inmediatamente; invente cualquier excusa teniente: que fueron secuestrados y nosotros los liberamos o algo así, pero ¡ojo!, sin aceptar ninguna culpa, jamás la Asamblea puede ser culpable de violar los derechos civiles.

—No sé, señor —dijo, Velásquez, distraído.

—¿No sé qué?

—Que no se el paradero de esos muchachos.

—Velásssquez, ¿cómo así que no sabe dónde están sus prisioneros?

—Señor, los retenidos por las FMA se dónde están, pero los que fueron arrestados por la PJB no tengo idea; mis prisioneros están encerrados en el edificio de la Asamblea aunque el teniente Penagos acostumbra a llevárselos cuando se aburre de torturar a los que tiene en los calabozos de la PJB.

—Vaya, Penagos resultó peor que Arling —reflexionó, Miller.

—Seguramente él tiene a los otros —afirmó, Velásquez.

—Claro que sí, todavía lo duda, ahora el problema es el estado de esos pobres desgraciados.

—No entiendo capitán.

—¡Carajo, Velásquez! —gritó, el comandante— es usted un tonto o se hace; me refiero a si están vivos o muertos, aunque por el bien de Penagos espero que todavía respiren, especialmente los hijos de las madres esas, ¿cómo es que se hacen llamar?

—Las madres de la redada de las marcas.

—¡Mierda!, la gente si busca nombres estúpidos para sus causas —caviló, concentrado, el comandante— entonces no tiene ni idea de dónde están.

—Se de dos, los arrestados por las FMA, ellos están en el edificio de gobierno...

—Sí, sí, eso ya me dijo, también que Penagos se divierte con ellos de vez en cuando, pero dónde están los otros; ¿Velásquez, quién puede darnos razón si usted no sabe?

—Voy a llamar al guarda de los calabozos.

—¿Y cuantas madres son? —preguntó, Miller, con curiosidad, mientras Velásquez marcaba el teléfono.

—Seis —respondió, el teniente, confundido entre la llamada y el interrogatorio del comandante.

—Según mis cuentas faltan tres prisioneros, de hecho faltan más porque se arrestaron cerca de treinta esa noche.

—Eran nueve los Blanco.

—Al fin cuantos son: ¿seis o nueve?

—Nueve, señor; dos en el edificio, dos ahogados en el cuarto de la sinceridad, el tal Didier, cabecilla confirmado de los Blanco, pero a ese no lo reclama nadie y cuatro de los que no sé nada.

—¿El cuarto de la sinceridad? —repitió, sorprendido, Miller— ¿qué carajos es eso? 

Los dos militares se quedaron en silencio, era claro que los peores crímenes de la Asamblea se cometían sin conocimiento de los jefes en el último tiempo cuando cierta anarquía empezaba a apoderarse de la Asamblea; habían pasado los tiempos grandiosos de los dictadores, entonces eran ellos los criminales y no sentían empacho en declararlo. 

—Mejor no me diga, prefiero ignorar esas cosas, pero recuérdeme advertirle a Penagos que deje de ahogar a los prisioneros por su propio bien; a veces este tipo me recuerda a Corrales, todo lo soluciona matando —exclamo, Miller— en conclusión, ¿cuántos podemos devolver?

—Dos.

—¡Carajo! —refunfuñó, el comandante, mientras el guarda de los calabozos entraba —¿quién es él?

—El único que nos puede aclarar el asunto de los prisioneros.

El tipo lleno de mugre grasienta parecía ahogarse detrás de su gran barriga, su dificultad para llenar los pulmones era exasperante, aun así, contó con gran esfuerzo la historia de sus inquilinos de los calabozos, confirmando el ahogamiento de dos, la muerte de tres más por causas aún en investigación y el uno vivo, el cabecilla de los Blanco.

—Dos más tres, más el Blanco y los dos suyos Velásquez suman ocho, ¿dónde está el nueve?

—No sé exactamente —confesó, el carcelero— es una mujer y el teniente le proporciona mejor trato, constantemente la saca del calabozo, pero no sé a dónde la lleva.

—Seguramente es esa muchachita, la mejor arma que tiene Penagos.

—Verónica Diaz.

—¡Exactamente, Velásquez!; su mejor elemento, sería una falta de respeto matarla sin consideración, por ella Penagos es quien es.

—No se confunda, señor, no creo eso en un hombre como Penagos, ser altruista no es su fuerte.

—Concuerdo con usted Velázquez, pero no se le puede negar que es un hombre creativo, advertirle sobre la redada y enviarle el cuchillo fue brillante, Arling por su apetito descomunal por la maldad no vio venir aquella sorpresa.

Miller hizo una pausa; Pedro Velásquez a su lado lo escrutaba disimuladamente, en ese momento su comandante se presentó como un tipo sencillo y hasta sincero, contrario al hombre siniestro que podía ser al dirigir la Asamblea.

—Pero dejemos a un lado los halagos, ahora se está comportando fuera de las reglas de la Asamblea, ¡o sea mis reglas! y eso no me gusta; perece estar seguro que al eliminar a Arling obtuvo carta abierta para cometer todo tipo de despropósitos y los beneficios de sus superiores, pero se equivoca, ¡muerto Arling, yo soy su superior!

—Claro, señor.

—Velásquez, no sea tan lambón —dijo, muy molesto, el comandante— mejor búsqueme a un subalterno de Penagos que quiera ascender, cumpliendo con una misión fundamental para mantener la obediencia de los hombres de la Asamblea.

—Si señor —respondió, Velásquez, atemorizado por la idea pervertida de su superior.

—Y no se preocupe, apenas nuestro hombre cumpla con su cometido usted será ascendido, por eso no se equivoque al reclutarlo, en sus manos está su futuro. 

El teniente Pedro Velásquez conocía la capacidad de su comandante para mantener el poder a costa de todo, seguramente por otro camino estaría alistando a alguien interesado en su rango, razón suficiente para no equivocarse en el soldado adecuado para la misión de eliminar al teniente de la PJB. 

—Señor, por qué no le da la encomienda a Márquez, él gustoso mataría a Penagos, aunque no le dieran nada..

—El sargento Márquez es un perro enfermo con rabia, no corre detrás de una llanta para quedarse atónito al alcanzarla, nooo, él hace de su carrera un pretexto para la destrucción y no se cansa, ni tiene límites, sólo concibe una idea en la cabeza, desgarrar cualquier cosa, si es posible hasta la mano que le da de comer; fue partícipe de la eliminación de Corrales y dos oficiales indeseables en la Asamblea, pero no más, no quiero volverlo imprescindible, tampoco me interesa ascensos entre las FMA salvo el suyo. 

Velásquez sintió alivio con la última afirmación de Miller, el comandante no era hombre de improvisar, si había dicho que sólo le interesaba su ascenso en las FMA podía estar tranquilo; Gerardo Miller era paciente, contemplaba su averno desde las alturas consciente de la realidad: todos ardían a su derredor por eso no se afanaba, era la salvación y nadie se negaba a servirle por alejarse un poco de las llamas, aunque nunca dejara de quemarse. 

—Teniente, vaya por sus prisioneros y devuélvalos inmediatamente, y diga a Penagos que le doy dos días para entregar a Verónica Diaz a su madre, que no sueñe con ser benefactor del síndrome de Estocolmo, esta es la Asamblea y aquí somos serios, nada de vagabunderías. 

El comandante se había ubicado con mucha tranquilidad frente a su ventana desde donde se dominaba todo el patio del cuartel, sin embargo, en un momento dio un brinco y regresó a mirar a Velásquez.

—Teniente, no lo voy a meter en problemas, deje ese trabajo al secretario de la Asamblea, nunca he conocido un hombre peor, es un tipo perverso, casi maligno; él se divertirá con los pobres viejas antes de decirles la verdad; llévele la orden sin dar ninguna explicación, él simplemente debe cumplir y usted debe asegurarse de ello; por cierto, déjele claro su futuro, si la próxima semana veo a las madres esas en la reja lo mando a matar. 

Cuando Gumercinda entró en la oficina de la Asamblea fue recibida con una gran sonrisa por parte del funcionario, pero al ver a las otras madres de la redada el tipo endureció su rostro; fue un cambio instantáneo, mostró desdén hacia Gumercinda, en sus gestos se notaba mal humor e iba a cancelar la entrega de Petrona sino aparece Velásquez por el pasillo, ojeando el interior de la oficina, entonces recordó la advertencia que le hizo y siguió con lo planeado a fin de deshacerse los más pronto posible de aquellas mujeres.

—Señora, tengo buenas noticias para usted, ya verá como las disfruta —enfatizó al dirigiese a ella, entonando con ironía la oración, con la firme intención de herir a las otras mujeres— pero no recuerdo haber llamado tantas madre, hasta donde sé la madre de Petrona Martínez es usted, no entiendo por qué hay cinco más; el asunto es claro, cada una ve por sus hijos y por ahora sólo he llamado a Gumercinda, ¿creen que deben estar aquí en este momento?

Las mujeres no respondieron inmersas en un silencio perverso, cualquier alegato era inoficioso, la respuesta era irremediablemente negativa, no había razón para estar ahí.

—Por otro lado, deben saber que cada uno de sus hijos es un caso especial para nosotros, la Asamblea siempre vela por la integridad de sus conciudadanos de ahí la importancia de tratarlos individualmente —comentó con aire socarrón— por ahora sólo tengo respuesta para el caso de la señora Gumercinda, esta razón me hace solicitarles con mucho respeto por su dignidad de madres que se retiren, los dos guardias de allá las acompañarán a la salida.

Enseguida todas fueron desalojadas por los guardias de la PJB dispuestos en la entrada, no hubo ninguna objeción, no tenían ánimos para rechistar, la cinco estaban presas de un frío terrorífico preámbulo de una gran fatalidad; con una sumisión inexplicable se dejaron llevar por los uniformados, ya no podían esperar nada bueno, al fin y al cabo, la esperanza es un sentimiento mentiroso, llega cuando ya no hay nada que hacer. 

—Señora —inició, el secretario, una vez quedaron solos; mostraba cierto aire de superioridad y se abrió el saco con aparente elegancia antes de sentarse detrás del escritorio— a pesar de la situación tan complicada nuestras FMA lograron rescatar a su niña; mediante inteligencia pudieron obtener información para llegar hasta donde estaba y al confirmar su paradero no ahorramos ningún esfuerzo para liberarla de los plateados, ese grupito de malandros y criminales que viven de secuestrar gente, nada tienen de revolucionarios.

—¿Usted me cree tonta, en serio piensa que no sé dónde estaba mi hija?

—Cálmese, señora, cálmese —susurró, el hombrecillo.

—¡Que me calme!

—Señora no olvide que yo estoy de su lado, no me trate como su enemigo, déjeme hacer mi trabajo y mi trabajo es traer con vida a su hija; quédese tranquila, mañana se la vamos a entregar, un poco cansada y algo golpeada, pero nada que algo de reposo y buena comida no puedan sanar, le repito, estaba en medio malandros y ellos no respetan a nadie, peor si es una niña muy bonita —explicó el secretario; se adivinaba cierta sátira en sus palabras, parecía divertirse al ver sufrir a la pobre mujer.

Entre tanto Gumercinda se había inmerso en una serie de suposiciones sobre el bienestar de Petrona, al escuchar al hombrecillo mencionar la maldad contra una muchacha linda pensó en lo peor, concluyó en segundos que Petrona estaría totalmente destrozada.

—Afortunada ella de tener a unas fuerzas militares fortalecidas, eso permitió evitarle cualquier deshonra.

La madre de Petrona suspiró un poco, trató de tranquilizarse e intentó limpiar su mente de todo mal presentimiento empeorado por las circunstancias.

El secretario siguió con su conversación.

—Me veo en la obligación de comentarle que el regreso de su hija sana y salva a Luna Blanca le significa un par de sacrificios, una condición insignificante comparada con el bien superior que obtiene.

Gumercinda se puso pálida ante estas palabras.

—Primero, la señorita Petrona Martínez no puede volver a salir de Luna Blanca mientras lo disponga la Asamblea, cualquier acercamiento a Andinia le ocasionará arresto inmediato, desde ahora Luna Blanca será su única morada.

—¿Y la segunda? —balbuceó, temerosa, Gumercinda.

—La segunda —repitió, el secretario e hizo una pausa— la segunda se refiere a sus compañías, debe escogerlas mejor por su bien, por eso le sugiero que deje de verse con las madres de la redada, cualquier información sobre reuniones que tenga con ellas implicará el traslado de Petrona Martínez a los calabozos de la PJB y ninguno de los dos queremos eso, ¿verdad?

El tono aparentemente amistoso era tajante en su demanda, Gumercinda y Petrona debían quedarse encerradas en Luna Blanca.

—Una cosa más —advirtió, el hombre que le daba la espalda— salga por la puerta de atrás, es mejor que no se ponga a dar explicaciones innecesarias a esas mujeres, usted ya solucionó su problema, cada una debe hacer lo mismo, eso no le importa a usted. 

El alma se le resquebrajó mientras escuchaba el chirrido de la puerta de metal oxidado abrirse ante ella, no podía sacar de su cabeza la imagen de las madres arrimadas contra la reja de hierro forjado, donde tantas ocasiones presionó su cara desesperada por la ausencia de cualquier respuesta. 

Al caer la noche después de mucho rato de espera las madres se alejaron de la puerta, Gumercinda no había salido, pero todas quería creer en su inocencia, ese maldito no la dejó salir para que nos contara todo, seguramente no fue decisión de ella escapar por otra puerta, pensaban mientras se retiraban llenas de rencor.

Hay mucha ironía en la fortuna, no puede arropar a todos al tiempo, pero se asegura de producir mucho dolor al que no la tiene. 

Pocos días después fue llamada Mónica, el secretario se encargó de darle las explicaciones del caso, llamó una misión heroica la de los hombres de las FMA para rescatar a Verónica Diaz, le comentó el desarrollo del plan libertad de los jóvenes de la redada implementado por las FMA para rescatar a la juventud de Andinia, es el mayor éxito de nuestro ejército, ejemplo de profesionalismo en todos los alrededores, aseguró con el pecho henchido; según sus informes dos más estaban a punto de ser liberados, pero no había certeza del tiempo razón por la cual le solicitaba dejar sus reuniones con las madres de la redada, no queremos generarles expectativas engañosas, le explicó. 

Mónica no decía nada, a lo mejor porque no entendía toda esa perorata sobre los militares y su fortaleza, ni veía su importancia hasta no confirmar que su hija estuviera a salvo.

—Todo va a salir bien, quédese tranquila, los guardias la esperan para conducirla a su nueva casa.

—Pero tengo que llevar mis cosas y no puedo abandonar a mi hija menor.

—La Asamblea se encargó de eso, ya llevamos sus cosas a la nueva casa y su hija menor la espera en el carro; la decisión fue tomada por evitarle preocupaciones sin valor, ahora lo importante es Verónica.

—¿Dónde está ella?

—Ya está en la casa, falta usted para que la cuide bien —aseguró, el tipejo— quiero decirle algo más, la va a encontrar un poco demacrada, la verdad sus secuestradores no le dieron buen trato, pero es cuestión de comer bien y mucho descanso para recuperar su estado.

Posteriormente le aseguró que la Asamblea se iba a encargar de ellas mientras se acomodaban en el nuevo pueblo, también vamos a encargarnos de su seguridad, créame que es por su bien, pero tranquila después será retirada. 

La madre de Verónica estaba atónita, no podía digerir la noticia de su nueva vida, aquellos hombres querían cortar de tajo toda su historia para encerrarla en una casa de campo en algún caserío perdido en medio de la nada, además vigilada como si fueran prisionera, ¿cómo podía ser eso?, reflexionaba.

—No se olvide señora Diaz, nuestra parte se ha cumplido, ahora le toca la suya: nada de madres de la redada y mucho menos salir de su nuevo hogar, para Verónica, ¡Andinia no existe!

La muje agitó la cabeza, después siguió a los dos guardias de la PJB. 

Cuando Mónica llegó a la nueva casa no pudo creer que la imagen fantasmagórica sentada en la sala de la pequeña construcción era Verónica, estaba muy flaca, con la mirada contra el piso, su piel ajada, los labios cuarteados, su característico pelo enmarañado lleno de tierra y a medio vestir, casi irreconocible; la señora se sentía aturdida con aquel figurín maltratado, sin embargo, algo impacto con más dureza su corazón: la mirada vacía sin sentimiento alguno con la maldad reflejada en ella, indiscutiblemente Verónica estaba condenada a sobrevivir a su tragedia; la señora al verla empezó a llorar, la muchacha estaba tan mal que alcanzó a dudar antes abrazarla, su hija no era esa, de frente tenía un ser en harapos sin un leve atisbo de vida, Verónica era alguien diferente; los minutos que transcurrieron antes de abrazarla fueron terribles, ese sentimiento de aversión hacia su hija la atormentó el resto de la vida sin poderse perdonar.

—Verónica —susurró, pero la muchacha ni siquiera se inmutó— Verónica, hija mía —repitió con intención de abrazarla, aunque algo la contenida, tal vez la esperanza estúpida de ver entrar a su hija por la puerta; de pronto la verdad relució, era ella y debía rodearla con sus brazos para darle su protección, su amor no podía ser mezquino— ¡Verónica perdóname!, sólo tú puedes perdonarme porque yo no seré capaz de hacerlo.

La muchacha se limitó a verla, ningún gesto se dibujó en su rostro, se dejó abrazar con la ternura de una madre, aun así, no correspondió el gesto; pasaron muchos años para que entendiera la importancia de ese primer abrazo. 

—Un abrazo tuyo me trajo a la vida, ahora sólo quisiera que al darte este sucediera lo mismo —le diría, Verónica, a su madre, el día que murió. 

Un mes después las cuatro madres que aún seguían sin noticias de sus hijos fueron llamadas.

—Señoras —dijo, el funcionario— ustedes son familiares de los muchachos arrestados el día de la redada —hizo una pausa— miren, no voy a mentirles, los muchachos fueron arrestados porque cometieron un delito grave, ya saben, la Asamblea no perdona esas cosas por eso fueron condenados por traición —explicó, al tiempo las señoras empezaron a llorar en silencio, la noticia trágica indeseada parecía caer sobre ellas.

—¿Dónde los tienen encerrados?

—Señoras, eso no importa ahora, lo bueno es que saben la verdad.

—¿Pero dónde están?

—Es difícil para mí comunicarles esta noticia, pero ellos no van a volver.

—No acaba de decir que están arrestados.

—Señora, yo dije que fueron arrestados, nunca dije nada sobre tenerlos todavía; les puedo asegurar con toda certeza y me cuesta mucho dolor hacer esto, pero no los van a ver más, es la verdad, se me sale de las manos, ya hice todo lo posible por ayudarlas ahora sólo me queda pedirles que abandonen la oficina,

Dos guardias entraron, las mujeres no hicieron ningún esfuerzo por quedarse, simplemente salieron en silencio, no tenían lágrimas para llorar; fuera de la casa de gobierno no cruzaron ninguna palabra mientras caminaban, una cuadra más arriba en la esquina donde el padre Juan ardió junto al fuego que bendecía se separaron echando una simple mirada entre ellas por última vez porque no se volvieron a ver jamás.


viernes, 31 de julio de 2026

La era de la oscuridad XIV

 XIV 

Una vez frustrado el plan de entrada de las armas Petrona y Julio fueron trasladados al edificio de la Asamblea, al tiempo Sabi fue ingresado a los calabozos de la PJB; esa misma noche las FMA asaltaron en la iglesia y después de desbaratar el altar encontraron el antiguo salón de reunión donde los Blanco apenas empezaban su reclutamiento; en mitad de la noche lluviosa el padre Lucio fue sacado violentamente, golpeado a patadas sin piedad antes de subirlo al camión de los militares; igual suerte corría la tienda de Catalino hecha añicos por la PJB en busca de Didier, fácilmente lo encontraron tratando de escapar por la parte trasera de la bodega, también sufrió una golpiza brutal antes de meterlo en un carro de vidrios oscuros de la policía judicial. 

Todos los retenidos permanecían en los calabozos oscuros de la PJB, sufriendo graves vejámenes; para Petrona no fue diferente, mientras estuvo en la cárcel la interrogaron varias veces, la sacaban de la celda con los ojos vendados y la llevaban al cuarto que llamaban de la sinceridad, ahí la metían en una tina de agua hasta la altura de la boca, dejaban caer gotas de agua frente a la cara hasta enloquecerla, inicialmente no parecía muy doloroso ni terrible el castigo, pero con el paso de los minutos se volvía desesperante; la caída de la gota salpicaba en la boca, lentamente inundaba la nariz e ingresaba en los ojos, impidiendo su lubricación natural; la respiración era interrumpida por la entrada continua del líquido, al cabo de unas horas el agua subía su nivel imperceptiblemente y el prisionero se veía obligado a cerrar la boca y empinar lo suficiente el cuello para no ahogarse, muchos murieron de esa forma. 

Petrona estuvo tres veces en la tina, en la última la gota era tan fuerte que rápidamente subió el nivel, se hubiera ahogado de no ser porque el guardia sintió lástima y dejó salir el agua suficiente para que la muchachita se salvara.

—¿Qué pasó aquí? —preguntó, el comandante Andrade— según mis cálculos esta tina debía estar llena hace una hora.

—Señor, usted sabe que en este maldito pueblo los servicios domiciliarios son una mierda —respondió, un hombre sucio y mal encarado, dueño de la prisión, vigilante constante de cuidar la severidad de las torturas de acuerdo a lo solicitado por Andrade.

El comandante demostró su inconforme por la respuesta con su ceño fruncido mientras examinaba de reojo al guardián, afortunadamente para él apenas había llegado a su turno y no existió ni el más mínimo atisbo de nerviosismo.

—Supongo que tiene razón, pero mande a revisar y si es necesario cambie ese tanque, aquí se muere el que yo diga y no el que escojan lo encargados de los servicios de agua. 

Por su parte el padre Lucio no había comido desde el primer interrogatorio cuando quemaron su lengua y no fue tan fuerte ni tuvo la fortuna de Petrona, terminó muriendo en la tina cuando Andrade entendió que no iba a delatar a nadie.

—Penagos, amarre a ese cura dentro de la tina, que quede la cabeza por debajo del nivel y suelte el agua con más fuerza, veremos cuando aguante antes de gritar por ayuda o maldecir por su desgracia.

A pesar de su estado el padre no le dio gusto al comandante Arlyn Andrade, espero a tener el nivel en su nariz, empinó su cuello y aguantó hasta cuando el agua alcanzó nuevamente sus fosas nasales y con fuerza agachó su cabeza hasta dejarla pegada al pecho, ahí soportó hasta cuando una gran convulsión dio fin a su vida anegado con el líquido de la dictadura; cuando Penagos entró a la celda el agua no había cubierto toda la cabeza, pero el padre estaba muerto, maldito desgraciado no le dio el gusto a Andrade, murió en silencio sin pedir ayuda ni renegar contra la Asamblea, pensó, Penagos, entre la burla al comandante y el respeto para Lucio. 

Álvaro sufrió iguales tratos, pero no dejó de comer a pesar del dolor que le causaba tragar la sopa hirviendo que le retiraban inmediatamente se la servían, estaba decidido a no morir de hambre, por ese sacrificio no perdió todas sus fuerzas, logrando soportar noches enteras metido en la tina con el agua a la altura de su nariz.

—A este bárbaro no lo mata nada —comentó, el comandante, una mañana que entró al cuarto de la sinceridad.

Ni Penagos ni el guardia comentaron nada, sabían del rencor de Sabi por Andrade, no iba a morir fácilmente acordaron en silencio.

—Álvaro, sigues sorprendiéndome con tu fortaleza en el campo, no te dejas amilanar —dijo, Arlyn, viendo con rabia al Blanco— Penagos, llévese a este tipo a su celda, ya se me ocurrirá como matarlo y no más comida, no se la merece. 

Desde ese momento Álvaro no recibió una bocado más, en cambio le daban una paliza todas las mañanas, con el paso de los días conservaba su valor, pero físicamente estaba a punto de desfallecer; un día escuchó a dos personas, una era la voz amarga del guardia, la otra muy débil, aun así, la identificó al final, cuando la puerta se cerró llamó con voz suave para evitar los guardias.

—Hola, hola —susurró— ¿quién está ahí?

—¡Soy yo!

—¿Didier? —preguntó, esperanzado, Sabi.

—Sí.

—Soy Álvaro, ¿cómo estás?

—Qué bueno escucharte, hace dos días me dijo el guardia que el padre Lucio había muerto.

—Maldito, Arlyn.

—No sé si salga de aquí, a lo mejor no, pero no me voy a morir mientras ese maldito viva —sentenció, Didier; Sabi no habló más.

Desde ese día conversaban de vez en cuando, especialmente cuando no eran llevados al cuarto de la sinceridad. 

Una noche golpearon la puerta y un papel fue deslizado por debajo, Sabi dudó antes de alzarlo, esperó un largo rato, al fin sintió que no era una trampa, lo tomó con su mano y lo leyó, después se lo tragó con afán; la nota lo alertaba para el día siguiente, debía estar pendiente a una frase conocida y tomar el puesto de quién la dijera, estaba asegurada la complicidad de los guardias. 

Al día siguiente fue sacado muy temprano, lo llevaba un solo guardia, de frente alcanzó a ver a dos hombres, uno muy fornido cubierto la cabeza con un trapo acompañado de otro de contextura media con una gorra con visera para cubrirle la cara.

—Vamos a la casa de la loma —dijo, el hombre de la gorra, se la sacó, la puso en la cabeza de Sabi y cambió de posición; Álvaro se dejó llevar, recordando la nota, por su parte los guardia no dijeron nada, ni parpadearon, simplemente se saludaron con la cabeza y cada uno siguió para su lado. 

Cuando llegaron a la puerta fueron metidos en un carro enviado desde Pacífico, debía llevar a dos ciudadanos suyos para juzgarlos allá; la Asamblea aceptó y Arlyn firmó la autorización; cuando estuvieron en el carro el hombre se descubrió la cara.

—¡Hola, Sabi!

—¡Hola, Dorian! —respondió, Sabi, muy emocionado. 

Cuando Arlyn fue alertado varias horas después de la desaparición de Álvaro fue furioso a confirmar la noticia, cuando entró en la celda encontró a Henry sonriendo en medio de la celda, maldijo y salió directo al edificio de la Asamblea; una vez confirmo quiénes fueron los guardias del turno los llevó al patio y los fusiló junto a Henry. 

El hecho lleno de bronca a Arlyn y decidió arrestar por la duda más leve a cualquiera de integrar los Blanco, sólo le quedaba ensañarse contra esos sospechosos porque tenía claro que no atraparía a Sabi nuevamente. 

Una semana después las FMA seguían con sus pesquisas en toda Andinia; después de asaltar la iglesia y acabar con la tienda de Catalino no habían podido arrestar a otro Blanco de importancia; Arlyn se metió en las operaciones y solicitó a Miller que le dejara El Progreso y la Marea.

—¡Los Blanco son míos, usted no se va a llevar mi triunfo!

—Andrade, eso no me interesa, los Blanco son suyos, vaya tranquilo que las PJB de Andinia al mando de Penagos lo va a apoyar en lo que necesite.

—Así me gusta Gerardo, usted hace lo que quiere con Andinia, yo con los Blanco. 

A la mañana siguiente Arlyn acompañado de Miller se dirigió a los calabozos de la PJB a confirmar si alguien de los arrestados por las FMA había confesado cualquier detalle aprovechable, pero no encontró nada.

—Señor, no podemos seguir torturando a los imbéciles que se dejan arrestar –dijo, el carcelero sucio que vivía ahí— los únicos que tienen información son los dos muchachos arrestados con las armas, la tal Petrona Martínez y ese Julio Basante.

—¡Pueblo de mierda, después de dieciocho años los únicos apellidos que siguen sonando son los Martínez y los Basante!, ¡nunca dejarán Andinia! —comento. Miller, malgeniado.

—¿No se olvida de los Ramírez? –dijo, Andrade, con tono de burla.

—No la invoque, no la invoque, sólo falta eso —aseguró, Miller.

El comandante Andrade pensó unos instantes y luego habló.

—Deje esto así, yo me encargaré de traer alguien que sepa algo, las FMA ya no están al mando y ahora las cosas se harán bien.

Miller se encogió de hombros, no se veían preocupado, casi parecía estar alegre; miró a Arlyn y se retiró.

—Capitán Velásquez, ordene que los hombres de las FMA se retiren, los quiero a todos en el cuartel de la Asamblea para esta tarde.

—¿Y la seguridad de la Asamblea?

—Está en su manos Arlyn, está en sus manos. 

El comandante Andrade quedó en silencio, era una figura pétrea, sin color en su rostro ni sentimientos notorios.

—Penagos, reúna a toda la PJB afuera del edificio.

—Usted quédese quieto —dijo, Andrade, dirigiéndose al carcelero— espere a que le traiga otros prisioneros, los que están aquí puede echarlos al rio, pero los de las armas déjelos quietos, no cometa ninguna bestialidad que le cueste algo más que su trabajo. 

Una vez formados todos los efectivos de la PJB se dirigieron a El Progreso y La Marea comandados por Arlyn Andrade y Mauricio Penagos, cuando llegaron a la zona comercial se dividieron y cada grupo se fue a un barrio; en El Progreso todavía quedaban algunos Plateados quienes se enfrentaron con la PJB, pero el combate no duró mucho; como había ordenado Andrade los hombres de la PJB dispararon a matar desde el primer momento, rápidamente cayeron la mayoría, los últimos se rindieron, sin embargo, no les valió para nada porque fueron ejecutados en el parque. 

En La Marea había un grupo llamado Salvadores de Andinia, estaban mejor armados, opusieron mayor resistencia y mataron a cuatro integrantes de la PJB; después de eso todo fue un estropicio total, el comandante Andrade ordeno acabar con el barrio, prendiendo el lugar en varios puntos; en pocos minutos los cartones, plásticos y madera que conformaban las casas ardieron, muchos murieron dentro de sus residencias donde se protegían del asalto de los uniformados; La Marea casi desapareció. 

De acuerdo a informaciones llegadas a la PJB por soplones pagados se identificaron las casas de los sospechosos de ser partidario de los Blanco, a la mayoría los conocía Arlyn, pero habían nuevos integrantes; una vez superaron las endebles defensas de los Plateados todos los efectivos de la PJB invadieron El Progreso, se dispersaron en todo el barrio y empezaron a arrestar a quien se les atravesara; una vez el barrio estuvo asegurado Arlyn Andrade entró con su figura severa erguido y solemne; todos los hombres se pusieron firmes.

—Descansen soldados, estamos en acción, no hay tiempo para el decoro, siga con las pesquisas, yo me encargo personalmente de algunos sospechosos. 

La noche anterior infiltrados de la PJB habían marcado las casas de los Blanco por eso el comandante fue sin dudar; en una calle a medio pavimentar se encontraba una casucha pobremente iluminada, a una orden fue invadida a patadas sobre la puerta blanca de metal, al escuchar el escándalo dos viejos salieron a detener a los guardias.

—¿Qué pasa con ustedes?, ¡esta es una casa de bien!

—¿Dónde está el traidor? –gritaron.

—¡Aquí no hay traidores!, ustedes no tienen derecho de entrar de esa forma a mi casa.

Los uniformados no hicieron caso al reclamo del viejo, se limitaron a golpearlo brutalmente, el pobre cayó estrepitosamente al lado de su esposa presurosa a levantarlo aterrada ante la escena desastrosa de su hogar, posteriormente con palos y patadas echaron abajo todas las puertas hasta que dieron con un muchacho escondido en un pequeño cuarto dedicado a los chécheres, lo agarraron de la camiseta y lo sacaron a la calle.

—No se lo lleven por favor, no se lleven a mi hijo –gritaba, la mujer.

El padre se incorporó e intentó enfrentar a la fuerza militar, pero Arlyn le dio con la culata de un fusil.

—Decía que no hay traidores en su casa, pues aquí está uno -gritó, el militar.

Tirado sobre el suelo Ícaro alcanzó a reconocer la voz del comandante, alzó su mirada, cunado lo identificó se sintió devastado, la noticia era peor al castigo físico, luego enterró su cara en el polvo y se dejó llevar por los integrantes de la PJB hasta un carro completamente negro de cristales polarizados.

—Hola Ícaro, si te acuerdas de mí —inquirió, sonriente, Arlyn cuando el muchacho ya estaba en el carro.

El muchacho se agachó y empezó a llorar. 

Una cuadra más arriba varios hombres se protegían de una lluvia de piedras venidas del interior de una casa, eran atacados por un hombre atrincherado en el salón amplio donde vivía, como no pudieron convencerlo de entregarse entraron por las ventanas y sacaron a los niños, los tiraron al suelo y le dieron una última advertencia antes de golpearlos; del interior de la casa saltaron tres varones tumbando a los integrantes de la PJB, ya tenían sometida a la guardia cuando apareció Penagos con apoyo, los recíen llegados usaron sus armas sobre los Blanco y los vencieron.

—Cobardes, solos no pudieron, los tuvieron que ayudar, son unos pobres diablos…

Reinel no pudo terminar la frase porque uno de los agentes golpeó su cabeza.

—¿Te crees muy guapo?, deciles que me suelten y te enseño lo que es ser un hombre.

Inconscientemente quien lo tenía atrapado le dio espacio, de inmediato el joven se lanzó sobre el uniformado y se armó una pelea encarnizada hasta la llegada de Arlyn.

—¡Carajo!, ¿qué les pasa a ustedes?

Todos reaccionaron quedándose quietos, el peleador se mantuvo en pie en medio de la formación.

—¿Quién es este? —preguntó, Arlyn.

—Alguien que no conoces, alguien de confianza no un traidor —respondió desde el suelo, Reinel— Yeison, te presento al traidor más grande de Andinia, este imbécil que tienes en frente nos ayudó a planear muchas cosas, un maldito que nos engañó y ahora nos está matando uno por uno, alguien que no vale la pena, ¿estoy equivocado Arlyn?, no, no, alguien como tu no vale la pena.

Andrade se rio furiosamente, Reinel se incorporó y habló fuerte con la intención de hacerse oir por todos.

—Es un traidor, así que ustedes señores de la PJB no se sientan seguros, el traidor nunca deja de ser, lo más probable es que más tarde se vaya contra ustedes.

Arlyn Andrade lo miró con rabia infinita antes de matarlo.

—Arresten a eso dos y llévelos a la PJB; Penagos hágalos hablar como sea, está autorizado por usar los métodos necesarios; a Reinel Benavides déjelo tirado para que los hijos lo entierren —agrego y después gritó a toda la cuadra— eso es lo que les pasa a los hijos de los Blanco, ¡tienen que enterrar a sus padres!, ¡se los juro! 

Por todo El Progreso se oyeron retumbar las puertas, se sentían los gritos de niños y adultos, muchos heridos se refugiaban donde podían; Roviro era un Blanco que vivía con su abuela un una pequeña casa alumbrada con velas.

—Desgraciado es hora de que caigas –gritaban, los guardias.

—¡Si quieren arrestarme entren! —aullaba, desafiante, Roviro.

Cuando los guardias se lanzaron dentro de la casa fueron recibidos con dos bombas molotov, uno de los agentes cayó sangrando abundantemente, luego se oyeron dos más que atontaron otros agentes, todos retrocedieron ante el ataque, sin embargo, la municiones de Roviro terminaron; en la confusión se distinguían los chillidos estridentes de la abuela al ver a su nieto Roviro arrastrado después de recibir una golpiza inhumana. 

Con fuerza inusual en  una mujer anciana llegó hasta donde estaba el muchacho, se agarró de su pierna sin dejarlo avanzar, siendo remolcada por el piso de la sala y el angosto antejardín por los guardias que halaban a Roviro.

—¡Quiten a esa vieja!, ¡que se suelte de este cabrón!

—¡No puedo, se agarra con mucha fuerza!, ¿qué hago? —preguntó, angustiado, uno de los uniformados.

El comandante se desesperó, tomó un palo y empezó a golpear la cabeza de la vieja.

—¡Cabrones, no le peguen, no sean cobardes, no ven que está enferma!

—¡Eso debiste pensarlo cuando te metiste con la asamblea!

La vieja seguía pegada a la pierna de Roviro a pesar de los garrotazos del comandante.

—¡Abuela suéltese!, ¡suéltese por favor!

Ella no quería hacer caso, pero las fuerzas al fin la abandonaron, se soltó después de recibir un último garrotazo, quedando tirada en el andén.

—No se lo lleven, no se lleven a mi nieto –balbuceaba, atragantada por la sangre en su boca— no se lo lleven —dijo, una vez más y finalmente se acurrucó en el pavimento raído de la cuadra. 

A lo largo de la cuadra había testigos detrás de las ventanas sin iluminación para no llamar la atención de la PJB.

—¡Esa vieja se merece esto por defender a un puto Blanco! —grito, Andrade— ¡ahí se tiene que quedar!, ¡si alguien sale a ayudarla me lo llevo!

Haya sido por temor o por desidia la orden se cumplió y la vieja amaneció tirada en medio de la calle. 

Una vez subieron a Roviro al carro Andrade se dirigió a una casa señalada especialmente.

—Aquí vive mi diamante —dijo— es hora de pulirlo.

En el lugar habitaban tres mujeres, la madre y dos hijas, una de ellas una niña de cinco años; la mayor fue informada de la redada con anterioridad, adicionalmente recibió un paquete con una nota: espero que lo uses para algo más que defenderte, contamos contigo; ella no entendió ni abrió el paquete, pero tampoco lo botó. 

Como durante toda la noche la escena se repitió, puertas derribadas, enseres destruidos; al momento del ingreso una mujer salió al encuentro de los agentes, pero ya la muchacha estaba frente a frente con el comandante.

—Por fin diamante, sabes que te admiro, deberías estar de mi lado.

—Te dije que si me volvías a llamar diamante te mataba, ¡me llamo Verónica Valenzuela! —gritó, la muchacha— ¡señorita Valencia para cabrones como usted!

—Eso admiro de esta mujer, ¡el coraje! —dijo, sinceramente emocionado, Arlyn. 

Pasaron unos segundos mientras se escrutaban con sus ojos, entonces se lanzaron a una lucha aparentemente desigual por la contextura del hombre, pero por la ferocidad de Verónica el equilibrio fue inmediato; en un movimiento inesperado por la muchacha su madre se metió en la pelea y recibió un golpe que la tiró a un lado de la sala.

—¡Vete adentro, mamá!, estos hombres son unos cobardes, especialmente este que voy a matar esta noche a pesar de su boina roja y su aparente mando; es más, no sólo es un cobarde, ¡es un traidor!

La señora hizo caso, cuando entró en el cuarto su hija menor estaba sentada sobre la cama, todavía el sueño la tenía dominada.

—¿Qué pasa mamá?

—Nada, hija.

—Pero algo pasa, alguien grita allá afuera.

—No, no es nada —insistió, la señora— mejor hagamos una cosa, ¿quieres escuchar música?, toma los audífonos y póntelos, pero júrame que no te los vas a quitar.

La niña no entendía la actitud de su mamá, sin embargo, aceptó sin más preguntas; antes de salir del cuarto la señora prendió el televisor y subió el volumen.

—¡Ya vengo! —gritó— ¡prométeme que no vas a salir de la pieza! —agregó, saliendo sin mirar atrás.

La señora apareció nuevamente en la sala.

—¡Que no salgas! —le advirtió, Verónica— esta pelea es mía. 

El comandante se fue en contra de ella, Verónica lo detuvo, aunque empezaba a flaquear, aun así, el grandulón fue al piso, desde ahí ubicó a la muchacha para contratacar, de un impulso Arlyn se levantó y con la ayuda de un garrote golpeó a la muchacha, luego la hizo retroceder hasta el cuarto con toda su poderío, la tumbó sobre la cama y se le fue encima; en ese momento Verónica se acordó del mensaje que llegó junto al paquete. 

Mañana Arlyn Andrade se tomará El Progreso, este es un obsequio de un amigo común, espero que lo utilices para algo más que defenderte, contamos contigo. 

Cuando reaccionó empezó a patalear no tanto para quitarse el cuerpo de Andrade, sino para buscar el paquete del desconocido; se revolvió tanto sobre la cama que logró agarrarlo debajo del colchón esperanzada a que cierto le sirviera para defenderse, le costó un poco porque el artefacto estaba bien envuelto en papel, pero finalmente el papel cedió, cunado sintió un corte en la mano entendió que la salvación estaba cerca y sin pensarlo lo enterró en un costado, girándolo dentro del cuerpo, al sacar la hoja afilada un gran chorro de sangre brotó; Arlyn se movió convulso con la mano abierta sobre la herida.

—¡Puta diamante!, ¡cierto sabes cumplir tus promesas!, ¡eres la mejor! —exclamó, Arlyn Andrade.

La muchacha siguió apuñalando al hombre quien de a poco se quedó sin movimiento; a pesar de todo Verónica fue sacada a rastras y llevada junto a diez Blanco.