viernes, 31 de julio de 2026

La era de la oscuridad XIV

 XIV 

Una vez frustrado el plan de entrada de las armas Petrona y Julio fueron trasladados al edificio de la Asamblea, al tiempo Sabi fue ingresado a los calabozos de la PJB; esa misma noche las FMA asaltaron en la iglesia y después de desbaratar el altar encontraron el antiguo salón de reunión donde los Blanco apenas empezaban su reclutamiento; en mitad de la noche lluviosa el padre Lucio fue sacado violentamente, golpeado a patadas sin piedad antes de subirlo al camión de los militares; igual suerte corría la tienda de Catalino hecha añicos por la PJB en busca de Didier, fácilmente lo encontraron tratando de escapar por la parte trasera de la bodega, también sufrió una golpiza brutal antes de meterlo en un carro de vidrios oscuros de la policía judicial. 

Todos los retenidos permanecían en los calabozos oscuros de la PJB, sufriendo graves vejámenes; para Petrona no fue diferente, mientras estuvo en la cárcel la interrogaron varias veces, la sacaban de la celda con los ojos vendados y la llevaban al cuarto que llamaban de la sinceridad, ahí la metían en una tina de agua hasta la altura de la boca, dejaban caer gotas de agua frente a la cara hasta enloquecerla, inicialmente no parecía muy doloroso ni terrible el castigo, pero con el paso de los minutos se volvía desesperante; la caída de la gota salpicaba en la boca, lentamente inundaba la nariz e ingresaba en los ojos, impidiendo su lubricación natural; la respiración era interrumpida por la entrada continua del líquido, al cabo de unas horas el agua subía su nivel imperceptiblemente y el prisionero se veía obligado a cerrar la boca y empinar lo suficiente el cuello para no ahogarse, muchos murieron de esa forma. 

Petrona estuvo tres veces en la tina, en la última la gota era tan fuerte que rápidamente subió el nivel, se hubiera ahogado de no ser porque el guardia sintió lástima y dejó salir el agua suficiente para que la muchachita se salvara.

¿Qué pasó aquí? preguntó, el comandante Andrade según mis cálculos esta tina debía estar llena hace una hora.

Señor, usted sabe que en este maldito pueblo los servicios domiciliarios son una mierda respondió, un hombre sucio y mal encarado, dueño de la prisión, vigilante constante de cuidar la severidad de las torturas de acuerdo a lo solicitado por Andrade.

El comandante demostró su inconforme por la respuesta con su ceño fruncido mientras examinaba de reojo al guardián, afortunadamente para él apenas había llegado a su turno y no existió ni el más mínimo atisbo de nerviosismo.

Supongo que tiene razón, pero mande a revisar y si es necesario cambie ese tanque, aquí se muere el que yo diga y no el que escojan lo encargados de los servicios de agua. 

Por su parte el padre Lucio no había comido desde el primer interrogatorio cuando quemaron su lengua y no fue tan fuerte ni tuvo la fortuna de Petrona, terminó muriendo en la tina cuando Andrade entendió que no iba a delatar a nadie.

Penagos, amarre a ese cura dentro de la tina, que quede la cabeza por debajo del nivel y suelte el agua con más fuerza, veremos cuando aguante antes de gritar por ayuda o maldecir por su desgracia.

A pesar de su estado el padre no le dio gusto al comandante Arlyn Andrade, espero a tener el nivel en su nariz, empinó su cuello y aguantó hasta cuando el agua alcanzó nuevamente sus fosas nasales y con fuerza agachó su cabeza hasta dejarla pegada al pecho, ahí soportó hasta cuando una gran convulsión dio fin a su vida anegado con el líquido de la dictadura; cuando Penagos entró a la celda el agua no había cubierto toda la cabeza, pero el padre estaba muerto, maldito desgraciado no le dio el gusto a Andrade, murió en silencio sin pedir ayuda ni renegar contra la Asamblea, pensó, Penagos, entre la burla al comandante y el respeto para Lucio. 

Álvaro sufrió iguales tratos, pero no dejó de comer a pesar del dolor que le causaba tragar la sopa hirviendo que le retiraban inmediatamente se la servían, estaba decidido a no morir de hambre, por ese sacrificio no perdió todas sus fuerzas, logrando soportar noches enteras metido en la tina con el agua a la altura de su nariz.

A este bárbaro no lo mata nada comentó, el comandante, una mañana que entró al cuarto de la sinceridad.

Ni Penagos ni el guardia comentaron nada, sabían del rencor de Sabi por Andrade, no iba a morir fácilmente acordaron en silencio.

—Álvaro, sigues sorprendiéndome con tu fortaleza en el campo, no te dejas amilanar —dijo, Arlyn, viendo con rabia al Blanco Penagos, llévese a este tipo a su celda, ya se me ocurrirá como matarlo y no más comida, no se la merece. 

Desde ese momento Álvaro no recibió una bocado más, en cambio le daban una paliza todas las mañanas, con el paso de los días conservaba su valor, pero físicamente estaba a punto de desfallecer; un día escuchó a dos personas, una era la voz amarga del guardia, la otra muy débil, aun así, la identificó al final, cuando la puerta se cerró llamó con voz suave para evitar los guardias.

—Hola, hola —susurró— ¿quién está ahí?

—¡Soy yo!

—¿Didier? —preguntó, esperanzado, Sabi.

—Sí.

—Soy Álvaro, ¿cómo estás?

—Qué bueno escucharte, hace dos días me dijo el guardia que el padre Lucio había muerto.

—Maldito, Arlyn.

—No sé si salga de aquí, a lo mejor no, pero no me voy a morir mientras ese maldito viva —sentenció, Didier; Sabi no habló más.

Desde ese día conversaban de vez en cuando, especialmente cuando no eran llevados al cuarto de la sinceridad. 

Una noche golpearon la puerta y un papel fue deslizado por debajo, Sabi dudó antes de alzarlo, esperó un largo rato, al fin sintió que no era una trampa, lo tomó con su mano y lo leyó, después se lo tragó con afán; la nota lo alertaba para el día siguiente, debía estar pendiente a una frase conocida y tomar el puesto de quién la dijera, estaba asegurada la complicidad de los guardias. 

Al día siguiente fue sacado muy temprano, lo llevaba un solo guardia, de frente alcanzó a ver a dos hombres, uno muy fornido cubierto la cabeza con un trapo acompañado de otro de contextura media con una gorra con visera para cubrirle la cara.

—Vamos a la casa de la loma —dijo, el hombre de la gorra, se la sacó, la puso en la cabeza de Sabi y cambió de posición; Álvaro se dejó llevar, recordando la nota, por su parte los guardia no dijeron nada, ni parpadearon, simplemente se saludaron con la cabeza y cada uno siguió para su lado. 

Cuando llegaron a la puerta fueron metidos en un carro enviado desde Pacífico, debía llevar a dos ciudadanos suyos para juzgarlos allá; la Asamblea aceptó y Arlyn firmó la autorización; cuando estuvieron en el carro el hombre se descubrió la cara.

—¡Hola, Sabi!

—¡Hola, Dorian! —respondió, Sabi, muy emocionado. 

Cuando Arlyn fue alertado varias horas después de la desaparición de Álvaro fue furioso a confirmar la noticia, cuando entró en la celda encontró a Henry sonriendo en medio de la celda, maldijo y salió directo al edificio de la Asamblea; una vez confirmo quiénes fueron los guardias del turno los llevó al patio y los fusiló junto a Henry. 

El hecho lleno de bronca a Arlyn y decidió arrestar por la duda más leve a cualquiera de integrar los Blanco, sólo le quedaba ensañarse contra esos sospechosos porque tenía claro que no atraparía a Sabi nuevamente. 

Una semana después las FMA seguían con sus pesquisas en toda Andinia; después de asaltar la iglesia y acabar con la tienda de Catalino no habían podido arrestar a otro Blanco de importancia; Arlyn se metió en las operaciones y solicitó a Miller que le dejara El Progreso y la Marea.

—¡Los Blanco son míos, usted no se va a llevar mi triunfo!

—Andrade, eso no me interesa, los Blanco son suyos, vaya tranquilo que las PJB de Andinia al mando de Penagos lo va a apoyar en lo que necesite.

Así me gusta Gerardo, usted hace lo que quiere con Andinia, yo con los Blanco. 

A la mañana siguiente Arlyn acompañado de Miller se dirigió a los calabozos de la PJB a confirmar si alguien de los arrestados por las FMA había confesado cualquier detalle aprovechable, pero no encontró nada.

—Señor, no podemos seguir torturando a los imbéciles que se dejan arrestar –dijo, el carcelero sucio que vivía ahí los únicos que tienen información son los dos muchachos arrestados con las armas, la tal Petrona Martínez y ese Julio Basante.

¡Pueblo de mierda, después de dieciocho años los únicos apellidos que siguen sonando son los Martínez y los Basante!, ¡nunca dejarán Andinia! —comento. Miller, malgeniado.

—¿No se olvida de los Ramírez? –dijo, Andrade, con tono de burla.

No la invoque, no la invoque, sólo falta eso aseguró, Miller.

El comandante Andrade pensó unos instantes y luego habló.

Deje esto así, yo me encargaré de traer alguien que sepa algo, las FMA ya no están al mando y ahora las cosas se harán bien.

Miller se encogió de hombros, no se veían preocupado, casi parecía estar alegre; miró a Arlyn y se retiró.

Capitán Velásquez, ordene que los hombres de las FMA se retiren, los quiero a todos en el cuartel de la Asamblea para esta tarde.

¿Y la seguridad de la Asamblea?

Está en su manos Arlyn, está en sus manos. 

El comandante Andrade quedó en silencio, era una figura pétrea, sin color en su rostro ni sentimientos notorios.

Penagos, reúna a toda la PJB afuera del edificio.

Usted quédese quieto —dijo, Andrade, dirigiéndose al carcelero espere a que le traiga otros prisioneros, los que están aquí puede echarlos al rio, pero los de las armas déjelos quietos, no cometa ninguna bestialidad que le cueste algo más que su trabajo. 

Una vez formados todos los efectivos de la PJB se dirigieron a El Progreso y La Marea comandados por Arlyn Andrade y Mauricio Penagos, cuando llegaron a la zona comercial se dividieron y cada grupo se fue a un barrio; en El Progreso todavía quedaban algunos Plateados quienes se enfrentaron con la PJB, pero el combate no duró mucho; como había ordenado Andrade los hombres de la PJB dispararon a matar desde el primer momento, rápidamente cayeron la mayoría, los últimos se rindieron, sin embargo, no les valió para nada porque fueron ejecutados en el parque. 

En La Marea había un grupo llamado Salvadores de Andinia, estaban mejor armados, opusieron mayor resistencia y mataron a cuatro integrantes de la PJB; después de eso todo fue un estropicio total, el comandante Andrade ordeno acabar con el barrio, prendiendo el lugar en varios puntos; en pocos minutos los cartones, plásticos y madera que conformaban las casas ardieron, muchos murieron dentro de sus residencias donde se protegían del asalto de los uniformados; La Marea casi desapareció. 

De acuerdo a informaciones llegadas a la PJB por soplones pagados se identificaron las casas de los sospechosos de ser partidario de los Blanco, a la mayoría los conocía Arlyn, pero habían nuevos integrantes; una vez superaron las endebles defensas de los Plateados todos los efectivos de la PJB invadieron El Progreso, se dispersaron en todo el barrio y empezaron a arrestar a quien se les atravesara; una vez el barrio estuvo asegurado Arlyn Andrade entró con su figura severa erguido y solemne; todos los hombres se pusieron firmes.

Descansen soldados, estamos en acción, no hay tiempo para el decoro, siga con las pesquisas, yo me encargo personalmente de algunos sospechosos. 

La noche anterior infiltrados de la PJB habían marcado las casas de los Blanco por eso el comandante fue sin dudar; en una calle a medio pavimentar se encontraba una casucha pobremente iluminada, a una orden fue invadida a patadas sobre la puerta blanca de metal, al escuchar el escándalo dos viejos salieron a detener a los guardias.

—¿Qué pasa con ustedes?, ¡esta es una casa de bien!

—¿Dónde está el traidor? –gritaron.

—¡Aquí no hay traidores!, ustedes no tienen derecho de entrar de esa forma a mi casa.

Los uniformados no hicieron caso al reclamo del viejo, se limitaron a golpearlo brutalmente, el pobre cayó estrepitosamente al lado de su esposa presurosa a levantarlo aterrada ante la escena desastrosa de su hogar, posteriormente con palos y patadas echaron abajo todas las puertas hasta que dieron con un muchacho escondido en un pequeño cuarto dedicado a los chécheres, lo agarraron de la camiseta y lo sacaron a la calle.

No se lo lleven por favor, no se lleven a mi hijo –gritaba, la mujer.

El padre se incorporó e intentó enfrentar a la fuerza militar, pero Arlyn le dio con la culata de un fusil.

Decía que no hay traidores en su casa, pues aquí está uno -gritó, el militar.

Tirado sobre el suelo Ícaro alcanzó a reconocer la voz del comandante, alzó su mirada, cunado lo identificó se sintió devastado, la noticia era peor al castigo físico, luego enterró su cara en el polvo y se dejó llevar por los integrantes de la PJB hasta un carro completamente negro de cristales polarizados.

Hola Ícaro, si te acuerdas de mí —inquirió, sonriente, Arlyn cuando el muchacho ya estaba en el carro.

El muchacho se agachó y empezó a llorar. 

Una cuadra más arriba varios hombres se protegían de una lluvia de piedras venidas del interior de una casa, eran atacados por un hombre atrincherado en el salón amplio donde vivía, como no pudieron convencerlo de entregarse entraron por las ventanas y sacaron a los niños, los tiraron al suelo y le dieron una última advertencia antes de golpearlos; del interior de la casa saltaron tres varones tumbando a los integrantes de la PJB, ya tenían sometida a la guardia cuando apareció Penagos con apoyo, los recíen llegados usaron sus armas sobre los Blanco y los vencieron.

—Cobardes, solos no pudieron, los tuvieron que ayudar, son unos pobres diablos…

Reinel no pudo terminar la frase porque uno de los agentes golpeó su cabeza.

—¿Te crees muy guapo?, deciles que me suelten y te enseño lo que es ser un hombre.

Inconscientemente quien lo tenía atrapado le dio espacio, de inmediato el joven se lanzó sobre el uniformado y se armó una pelea encarnizada hasta la llegada de Arlyn.

—¡Carajo!, ¿qué les pasa a ustedes?

Todos reaccionaron quedándose quietos, el peleador se mantuvo en pie en medio de la formación.

—¿Quién es este? —preguntó, Arlyn.

—Alguien que no conoces, alguien de confianza no un traidor —respondió desde el suelo, Reinel— Yeison, te presento al traidor más grande de Andinia, este imbécil que tienes en frente nos ayudó a planear muchas cosas, un maldito que nos engañó y ahora nos está matando uno por uno, alguien que no vale la pena, ¿estoy equivocado Arlyn?, no, no, alguien como tu no vale la pena.

Andrade se rio furiosamente, Reinel se incorporó y habló fuerte con la intención de hacerse oir por todos.

—Es un traidor, así que ustedes señores de la PJB no se sientan seguros, el traidor nunca deja de ser, lo más probable es que más tarde se vaya contra ustedes.

Arlyn Andrade lo miró con rabia infinita antes de matarlo.

—Arresten a eso dos y llévelos a la PJB; Penagos hágalos hablar como sea, está autorizado por usar los métodos necesarios; a Reinel Benavides déjelo tirado para que los hijos lo entierren —agrego y después gritó a toda la cuadra— eso es lo que les pasa a los hijos de los Blanco, ¡tienen que enterrar a sus padres!, ¡se los juro! 

Por todo El Progreso se oyeron retumbar las puertas, se sentían los gritos de niños y adultos, muchos heridos se refugiaban donde podían; Roviro era un Blanco que vivía con su abuela un una pequeña casa alumbrada con velas.

Desgraciado es hora de que caigas –gritaban, los guardias.

—¡Si quieren arrestarme entren! —aullaba, desafiante, Roviro.

Cuando los guardias se lanzaron dentro de la casa fueron recibidos con dos bombas molotov, uno de los agentes cayó sangrando abundantemente, luego se oyeron dos más que atontaron otros agentes, todos retrocedieron ante el ataque, sin embargo, la municiones de Roviro terminaron; en la confusión se distinguían los chillidos estridentes de la abuela al ver a su nieto Roviro arrastrado después de recibir una golpiza inhumana. 

Con fuerza inusual en  una mujer anciana llegó hasta donde estaba el muchacho, se agarró de su pierna sin dejarlo avanzar, siendo remolcada por el piso de la sala y el angosto antejardín por los guardias que halaban a Roviro.

¡Quiten a esa vieja!, ¡que se suelte de este cabrón!

¡No puedo, se agarra con mucha fuerza!, ¿qué hago? —preguntó, angustiado, uno de los uniformados.

El comandante se desesperó, tomó un palo y empezó a golpear la cabeza de la vieja.

¡Cabrones, no le peguen, no sean cobardes, no ven que está enferma!

¡Eso debiste pensarlo cuando te metiste con la asamblea!

La vieja seguía pegada a la pierna de Roviro a pesar de los garrotazos del comandante.

¡Abuela suéltese!, ¡suéltese por favor!

Ella no quería hacer caso, pero las fuerzas al fin la abandonaron, se soltó después de recibir un último garrotazo, quedando tirada en el andén.

No se lo lleven, no se lleven a mi nieto –balbuceaba, atragantada por la sangre en su bocano se lo lleven dijo, una vez más y finalmente se acurrucó en el pavimento raído de la cuadra. 

A lo largo de la cuadra había testigos detrás de las ventanas sin iluminación para no llamar la atención de la PJB.

—¡Esa vieja se merece esto por defender a un puto Blanco! grito, Andrade ¡ahí se tiene que quedar!, ¡si alguien sale a ayudarla me lo llevo!

Haya sido por temor o por desidia la orden se cumplió y la vieja amaneció tirada en medio de la calle. 

Una vez subieron a Roviro al carro Andrade se dirigió a una casa señalada especialmente.

Aquí vive mi diamante —dijo— es hora de pulirlo.

En el lugar habitaban tres mujeres, la madre y dos hijas, una de ellas una niña de cinco años; la mayor fue informada de la redada con anterioridad, adicionalmente recibió un paquete con una nota: espero que lo uses para algo más que defenderte, contamos contigo; ella no entendió ni abrió el paquete, pero tampoco lo botó. 

Como durante toda la noche la escena se repitió, puertas derribadas, enseres destruidos; al momento del ingreso una mujer salió al encuentro de los agentes, pero ya la muchacha estaba frente a frente con el comandante.

Por fin diamante, sabes que te admiro, deberías estar de mi lado.

—Te dije que si me volvías a llamar diamante te mataba, ¡me llamo Verónica Valenzuela! —gritó, la muchacha— ¡señorita Valencia para cabrones como usted!

—Eso admiro de esta mujer, ¡el coraje! —dijo, sinceramente emocionado, Arlyn. 

Pasaron unos segundos mientras se escrutaban con sus ojos, entonces se lanzaron a una lucha aparentemente desigual por la contextura del hombre, pero por la ferocidad de Verónica el equilibrio fue inmediato; en un movimiento inesperado por la muchacha su madre se metió en la pelea y recibió un golpe que la tiró a un lado de la sala.

¡Vete adentro, mamá!, estos hombres son unos cobardes, especialmente este que voy a matar esta noche a pesar de su boina roja y su aparente mando; es más, no sólo es un cobarde, ¡es un traidor!

La señora hizo caso, cuando entró en el cuarto su hija menor estaba sentada sobre la cama, todavía el sueño la tenía dominada.

¿Qué pasa mamá?

Nada, hija.

Pero algo pasa, alguien grita allá afuera.

No, no es nada —insistió, la señora— mejor hagamos una cosa, ¿quieres escuchar música?, toma los audífonos y póntelos, pero júrame que no te los vas a quitar.

La niña no entendía la actitud de su mamá, sin embargo, aceptó sin más preguntas; antes de salir del cuarto la señora prendió el televisor y subió el volumen.

—¡Ya vengo! —gritó— ¡prométeme que no vas a salir de la pieza! —agregó, saliendo sin mirar atrás.

La señora apareció nuevamente en la sala.

¡Que no salgas! le advirtió, Verónica esta pelea es mía. 

El comandante se fue en contra de ella, Verónica lo detuvo, aunque empezaba a flaquear, aun así, el grandulón fue al piso, desde ahí ubicó a la muchacha para contratacar, de un impulso Arlyn se levantó y con la ayuda de un garrote golpeó a la muchacha, luego la hizo retroceder hasta el cuarto con toda su poderío, la tumbó sobre la cama y se le fue encima; en ese momento Verónica se acordó del mensaje que llegó junto al paquete. 

Mañana Arlyn Andrade se tomará El Progreso, este es un obsequio de un amigo común, espero que lo utilices para algo más que defenderte, contamos contigo. 

Cuando reaccionó empezó a patalear no tanto para quitarse el cuerpo de Andrade, sino para buscar el paquete del desconocido; se revolvió tanto sobre la cama que logró agarrarlo debajo del colchón esperanzada a que cierto le sirviera para defenderse, le costó un poco porque el artefacto estaba bien envuelto en papel, pero finalmente el papel cedió, cunado sintió un corte en la mano entendió que la salvación estaba cerca y sin pensarlo lo enterró en un costado, girándolo dentro del cuerpo, al sacar la hoja afilada un gran chorro de sangre brotó; Arlyn se movió convulso con la mano abierta sobre la herida.

—¡Puta diamante!, ¡cierto sabes cumplir tus promesas!, ¡eres la mejor! —exclamó, Arlyn Andrade.

La muchacha siguió apuñalando al hombre quien de a poco se quedó sin movimiento; a pesar de todo Verónica fue sacada a rastras y llevada junto a diez Blanco.

sábado, 18 de julio de 2026

La era de la oscuridad XIII

XIII 

Era martes, como había sucedió en varias ocasiones en los últimos tres meses Petrona Martínez acompañada de Julio Basante salieron de Andinia en su paseo acostumbrado, las FMA no estaba muy contentas con las salidas de los dos muchachos, pero evitaban detenerlos para no aumentar la molestia entre el pueblo perseguido diariamente; en el pequeño carro de los Martínez los dos muchachos pasaron temprano cubiertos con ruanas y gorros de lana para cubrirse del frío de la mañana; eran las seis cuando transitaron el retén.

—Hoy madrugaron bastante comentó, el guardia, al detenerlos como siempre lo hacía.

—¡Sí!, queremos regresar temprano, el día no parece muy bueno, esperemos que cambie con las horas manifestó, Petrona— pero por qué tanta desconfianza.

—Niña, yo sólo me limito a cuidar los intereses de la Asamblea, por eso tengo que preguntar.

—Claro —convino, Julio, asintiendo con la cabeza.

—Vamos —indicó, Petrona; la muchacha recostó su cabeza sobre el hombro de Julio, a este se le notó una inmensa satisfacción por el gesto de ella y le ofreció una sonrisa como agradecimiento, después puso música e inició su camino. 

Durante los últimos días el paseo se había convertido en un escape para su realidad; cinco años de reuniones, planeamientos, éxitos al reclutar nuevos integrantes y derrotas dolorosas con la muerte incluida, la orden de alejarse del grupo para no ser relacionados con los Blanco antes del golpe final los premió; inicialmente estuvieron en desacuerdo con el destierro del grupo, pero ahora se daban cuenta de su fortuna. 

A pesar de la historia truculenta protagonizada por Obdulio Basante empeñado en vengar los pecados de Dioselina Martínez en su hija Petrona Martínez los dos jóvenes pudieron superar la lucha de sus apellidos para cimentar una amistad sincera; ese martes los dos amigos salieron con la firme convicción de su triunfo en horas de la tarde, por fin se acabará la dominación de la Asamblea, pensaban los dos envueltos en un mutismo total.

 El carro arranco sin más detenciones hasta llegar a la carretera principal enseguida del puente límite de Andinia, en ese punto Álvaro y Henry se subieron.

—Listo muchachos, ya nos conocemos así que obviemos la parte estúpida de las presentaciones inició, Álvaro, apenas se acomodó en el asiento trasero; sólo el motor del carro ronronea Dorian nos espera en la salida de Pacífico en una casa vieja que sirve de bodega para sus productos, tomaremos por la carretera alterna al pueblo para evitar la vigilancia de Pacífico, una vez allá cargamos las armas y nos retiramos; ustedes deberán entrar a Pacífico como siempre, comer algo en un lugar donde los conozcan o almorzar de una vez si les parece mejor y luego salen para Andinia —explicó.

—¿Tenemos que andar con las armas por Pacífico? preguntó, Julio, no es muy convencido— ¿no es muy peligroso?

—Peligroso es que los vean alejarse de Pacifico disimulados, como si ocultaran algo; en ese pueblo están acostumbrados a sus paseos, si salen a escondidas van a sospechar e inmediatamente informan a las FMA —explicó, Henry.

—Son las seis de la mañana, a una velocidad normal estaremos a las nueve en Pacífico, cargamos las armas y después entran al pueblo, se pueden quedar máximo hasta la una de la tarde, ni un minuto más, si llegan después de las cuatro corren riesgo de perder la distracción que vamos hacer para abrirles paso en el retén.

—¿Ustedes vienen?

—No, de regreso están solos, nosotros los vamos a esperar en las afueras de Andinia, nos conocen por eso es preferible que no nos vean.

El plan se llevó de acuerdo a lo presupuestado por Sabi: una vez recibieron las armas Petrona y Julio se despidieron de los dos hombres y se dirigieron al pueblo, cuando entraron en Pacífico eran un poco más de la diez de la mañana; a pesar de estar en media mañana el sol de ese día quemaba.

—Hace mucho calor —confesó, Petrona.

—Más con tanta lana encima.

Petrona pareció darse cuenta de su vestuario por el comentario, a partir de ese momento se sintió incómoda, por eso se quitó la ruana y el gorro para estar más fresca.

—¡Entremos ahí! —sugirió, la muchacha.

—Ahí nos vamos a demorar todo el día, la atención es muy mala.

—¡Pero los helados ricos y yo quiero uno!, eso es lo importante, además, no seas amargado.

Julio sonrió; una vez en el negocio todo pasó como lo había pronosticado, transcurrieron más de treinta minutos para recibirles la orden y otro tanto para servirles.

—Ellos apenas entraron y ya los atendieron, eso no es justo.

—Ya, ya, no te quejes más, mejor disfruta que estamos aquí.

Siempre hay algo bueno en cualquier cosa por mala que sea, en este caso la demora en el servicio les permitió entretenerse más de una hora sin pensar en la mercancía del carro; pero llegado el momento su tranquilidad se fue a pique al pararse frente al automotor, sólo de verlo un escalofrío los recorrió, peor será cuando nos subamos, pensaban; tomaron fuerza para reiniciar su marcha, cada uno se dirigió al lado correspondiente, casi al tiempo se dejaron caer en los asientos del carro dando un profundo suspiro.

—Donde vamos para pasar el tiempo —inquirió, Petrona; Julio se encogió de hombros.

—No entiendo por qué en otras ocasiones el tiempo corría con tanta velocidad.

—Tal vez no era importante —explicó, ella.

La muchacha tenía razón, el tiempo es una sensación absurda, inversamente proporcional al bienestar, corre cuando interpreta gusto en las acciones del hombre y casi se detiene cuando descubre padecimientos; ese día Petrona y Julio padecían. 

Al quedarse inmersos en una canción poco escuchada experimentaron una catarsis sanadora, cortada abruptamente por un golpeteo en la ventana; después del brinco por la sorpresa un pánico inmensurable casi los mata al descubrir un agente de la policía de Pacífico a su lado.

—Señor Basante, podría mover el carro, estorba la entrada.

El muchacho miró atrás para descubrir un gran camión con materiales de construcción intentando parquearse frente a la ferretería para descargar su mercancía, después miró el rostro pálido de Petrona, soltando una carcajada.

—Desgraciado, por qué te burlas, casi me muero y te ríes.

Julio hizo un gesto gracioso en su cara y terció su cabeza antes de arrancar.

—¿Ahora para dónde vamos?

—A la Laguna.

—Eso está muy lejos.

—Tranquila, el tiempo nos sobra, alcanzamos a ir y volver dos veces. 

Sin objeción por parte de Petrona se fueron rumbo de la Laguna, en el lugar había un mirador muy bonito al lado de un prado verde y esponjoso.

—Petrona —dijo, Julio— ¿te has imaginado cómo será todo cuando acabe el plan, después de esta tarde cuando hayamos ganado, cuando nos reunamos con todos para celebrar?

—No te entiendo —expresó, ella.

—¿Ya no volveremos a estos paseos?

La muchacha se sumergió en una meditación profunda, estaba recostada sobre una gran piedra en medio de un potrero de tonalidad amarillo por el brillo de sus rebeldes flores impulsadas por el viento hasta donde la tierra impedía su inminente robo; jugueteaba con el cabello del joven que había recostado la cabeza en sus piernas.

—No sé —rumoreo— y tú ¿qué has pensado?

—No sé —repitió, maquinalmente, Julio.

—¿Cómo así?, tonto, tienes que responderme.

—Yo pregunté primero.

—No, yo pregunté primero.

—Petrona, yo fui primero.

—Pues no, yo fui así que me tienes que responder.

Julio prefirió llevarle la corriente, tenía todas las de perder.

—Entonces no sé qué va a pasar.

Petrona lo quedó mirando con incertidumbre.

—Yo te hago otra pregunta —inició, ella— ¿quieres que siga pasando?

Sin permitir la respuesta del muchacho, Petrona se incorporó intempestivamente.

—Faltan veinte minutos para la una, Julio; el muchacho también se paró al instante. 

La vertiginosa carrera de las horas fue incomprensible para los dos, el tiempo había interpretado algún bienestar por eso aquel momento mágico de flirteo con frases entrecortadas sólo fue permitido pocos instantes, el encanto llegaba a su fin más rápido de lo deseado, ahora venía una galopada desaforada por cumplir con las ordenes de Sabi.

—¡Tenemos que salir máximo a la una y estamos a veinte minutos de Pacífico!

—No te preocupes, rápidamente llegamos, esta vía es buena. 

El regreso fue más difícil de lo presupuestado, en ese sector vivía la mayor cantidad de habitantes de Pacifico, la carretera estaba ocupada por mucha gente a pie, varios carros y gran cantidad de ganado arreado a la deriva bajo su voluntad.

—Parece que no vamos a alcanzar a almorzar.

—¡Julio, mira como estamos y te dedicas a pensar en comida!

—Yo no quiero comer, pero esa fue la orden de Álvaro.

—¡Él que sabe!, paremos en la caseta de don Juaco a la salida, comemos rápido para no llevar nada y no vamos —explicó, Petrona— ¡no puedes ir más rápido!, ¡se nos hizo muy tarde!

Ese lado mandón de Petrona era desconocido para el muchacho, trató de comprender la situación, aun así le fue imposible. 

A pesar del esfuerzo de Julio llegaron después de la una, pararon como exigió Petrona en la salida del pueblo.

—Los veo muy afanados.

—Sí don Juaco, nos entretuvimos más de lo esperado y como la vía para la Laguna es tan transitado nos demoramos saliendo de allá.

—Pero si apenas es la una y veinte, está temprano, no corran, es peligroso, otros días han salido más tarde tranquilamente.

—Mi mamá me espera sin falta para una visita, de hecho ya me va a regañar —explicó con afabilidad, Petrona— adiós, don Juaco.

—Adiós muchachos, tengan cuidado.

—Sí señor. 

A la una y veinticinco arrancaron poseídos por la osadía nacida de la adrenalina sin medir consecuencias de nada; al ver la recta de la salida de Pacífico Julio aumentó la velocidad inconscientemente, en menos de lo pensado estaban cruzando el puente de Pacífico por una ruta llena de curvas peligrosas; a pesar de la calma de Julio el influjo de la alta velocidad lo atrapaba, creciendo su necesidad de acelerar atraído ineluctablemente por la desgracia; sólo cuando sintió que iba a morir por un impacto, después de dar un trompo en la carretera y quedar en el carril contrario paró.

—¡¡Julio!!

El grito de Petrona fue seguido por un profundo jadeo cuando dieron la vuelta y el carro se apagó, los dos quedaron crispados, Julio apretaba con necedad dañina el volante, Petrona presionaba frente a si la tapa de la guantera abierta por el golpe; por suerte no pasó ningún carro que los atropellara, aunque quedaron en una curva cerrada difícil para cualquiera aun si transitara a baja velocidad. 

De a poco el fantasma de la muerte se fue alejando, entonces los dos soltaron las cosas que apretaban con sus manos y se echaron sobre sus asientos, emitieron un gran suspiro y rieron, tal vez celebraban la vida.

—Tonto nos vas a matar —balbuceo, aterrada, Petrona.

—¿Qué paso?

—¡Pues que casi me matas del susto! —reclamó, la muchacha.

—Mejor… —dijo, él, con voz temblorosa— así no sentías el golpe.

—¡Estúpido!

El muchacho rio aún congestionado por la situación, Petrona volvió a la realidad.

—Vamos Julio, está muy tarde —reclamó a pesar de su impresión; el carro encendió sin problemas, con mucho cuidado dieron la vuelta para quedar nuevamente en el carril indicado y arrancaron— ¡pero despacio!, por favor, no quiero morirme ni del golpe ni del susto —agregó antes de darle un puño en el hombro. 

Álvaro y Henry estaban desde temprano en el cruce donde contactaron a los muchachos, no se movieron durante todo el día nerviosos porque veían cada vez más reforzado el retén sin una razón aparentes; a las tres de la tarde llegó el camión de Dorian lleno de mercancía para entretener a los guardias, recogió a Henry y siguió, los jóvenes solo pasaron a las cuatro y treinta.

—¿Qué pasó con ustedes?, la hora acordada eran las cuatro de la tarde, Adrián y Henry ya están en la frontera con el camión, las FMA lo requisan un poco más y terminan, se acaba el entretenimiento, después se pueden dedicar exclusivamente a ustedes.

—Tuvimos un imprevisto.

—Ya no importa, sigan de una vez para que puedan pasar ya, la guardia todavía se entretiene otro rato con el camión. 

Como el plan se había cumplido a cabalidad el retraso de los muchachos era muy peligroso, así pensaba Dorian empeñado en conservar la calma. 

—¡Un momento! dijo, un guardia, alzando la mano derecha; otro guardia se puso en frente.

—Buenas tardes —saludó, el guardia.

—Buenas tardes, ¿cómo están?

—Bien —dijo, el hombre, mientras su compañero rodeaba el carro— ¿cómo les fue en el paseo?

—Estuvo muy agradable, pero decidimos venir pronto, tengo unos oficios pendientes.

—Mejor porque creo que se está enfermando niña, y usted también, los veo pálidos y tiemblan, cuidado me dejan sus virus en el retén.

—Puede abrir la cajuela del auto —pidió, el que daba vueltas alrededor del automotor.

En ese momento se escuchó el sonido del seguro y la puerta se movió.

—Ya está abierta.

—¡No señor!, necesito que venga usted mismo a presenciar la pesquiza —ordenó, un hombre de uniforme negro perteneciente a la PJB.

Julio miró con nerviosismo a Petrona y se demoró un instante eterno antes de salir, lentamente se acercó a la puerta de la bodega del carro, sentía el sudor frio de su terror remojando su rostro sin poderlo evitar; el uniformado desconocido se acercó al puesto del copiloto.

—Buenas tardes, niña —dijo— soy el capitán Penagos, ¿cuál es su nombre?

—Petrona —farfulló, con la voz temblorosa.

El oficial de la PJB la miraba con severidad, sin moverse, pero atento con sus ojos a todo el interior del carro.

—¿Martínez?, ¿verdad? Petrona Martínez —aseguro; al tiempo la muchacha asentía con la cabeza— ¿no le parece que está haciendo mucho calor para estar tan arropada con esa ruana?

—Desde la mañana me siento algo enferma por eso no quiero arriesgarme con algún cambio de temperatura mientras llego a la casa, de eso hablábamos con el guardia.

—Sí señor, para mi está muy pálida, seguro está enferma.

—¿Eso piensa soldado? —inquirió, Penagos— mejor no piense tanto y dedíquese a revisar —agregó, molesto— en cuanto a usted señorita, no cree que si estaba enferma era más prudente quedarse en su casa.

—No pensé que fuera grave.

—¿De dónde vienen?

—Pacífico.

—Qué bueno que no me mienta.

—¿Por qué, señor?

—Hace un rato estuve hablando con un oficial en Pacífico, me dijo que le parecía muy raro que salieran a toda prisa sin almorzar, según su información ustedes siempre regresan entre tres y cuatro de la tarde; ¿por qué el afán de hoy?

—Como ya le dije, me espera mi mamá.

Penagos no dijo nada.

En silencio continuó el resto de la pesquisa, al soldado de las FMA se le unió otro más y entre los dos deshicieron la cajuela del auto, casi le arrancaron el tapete como si buscaran algo en un fondo falso; un rato después los dos hombres levantaron la cabeza con aire confundido.

—Señor, aquí no hay nada —confesaron al sargento de las FMA al mando, él a su vez miró con cautela a Penagos como si le preguntara qué hacer.

El oficial no se movió del lado de la puerta del copiloto, puso su mirada en Julio que estaba parado en al lado de uno de los soldados con la mirada enterrada en el suelo.

—¿Qué le pasa Basante? —preguntó— según tengo entendido es sobrino de Obdulio.

—Sí señor.

—Pues espero que no sea un idiota como él.

—¿Por qué dice eso? —preguntó, atemorizado, Julio.

—Respóndame, ¿ustedes iban de paseo o llevaban algo para Pacífico?

Julio se turbo con notoriedad, todos a su derredor lo miraban con curiosidad morbosa y muchos reían disimuladamente al verlo tan azorado; el uniformado se movió de su sitio para acercarse donde el joven Basante.

—Se que algo planean, por ahora no lo he averiguado, pero cuando lo haga no tendrán la misma suerte de hoy —sentenció, el oficial— ¡déjelos ir antes de que este idiota se desmaye!

—¡Sí señor! —gritaron, al unísono, los hombres que desbarataron el carro.

—Sigan, no estorben en el retén, por cierto qué pena el tapete, se rasgó un poco, nada que no pueda pagar la plata de los Martínez y los Basante juntos —se burló, el guardia. 

Por fin la tortura parecía terminar; Julio se subió al carro, lo encendió afanado con el cuerpo trémulo, atento a los gestos de Petrona y los movimientos de los hombres; por suerte para él todo parecía terminar con éxito: el carro encendió sin contratiempos, los guardias empezaron a alejarse y el oficial parecía dar la espalda cuando arrancaron.

De pronto un llamado estridente se oyó desde la garita.

—¡Señor, el capitán Andrade pide que detenga el carro!

Penagos giró su cabeza y gritó a voz en cuello.

—¡Soldado, detenga ese carro!

El hombre parecía no entender la orden.

—¡Carajo!, ¡detenga el maldito carro! —aulló, nuevamente.

Al interior del auto Petrona y Julio volvieron a sentir el vértigo del accidente como si estuvieran a punto de chocar contra un barranco; como el carro pereció no tener intención de detenerse varios hombres se cruzaron en frente, pero Julio no buscaba huir, en su mente quería alejarse de ese barranco. 

—¡Mierda!, ¡¿qué diablos pasa?! —profirió, Sabi, desde el otro lado del retén.

—¡Los detienen otra vez! —señaló, el compañero de Sabi.

—Con razón doblaron la guardia, ya sabían todo.

—Pero ya los autorizaron a seguir.

—Ellos no tenían claro si se iba a sacar o a meter algo a Andinia, estaban adivinando por eso los dejaron ir, pero ahora alguien los llamó, tiene que ser algún sapo.

—¿Pero quién?

—Hay muchos, hay muchos —determinó, Sabi.

Los dos hombres se quedaron a la expectativa sin hacer ningún comentario. 

En ese momento todavía estaba el camión de Dorian y Henry en el retén, su papel de señuelo para evitar la detención de los muchachos terminaba intempestivamente; sin embargo, seguían obsequiando algo de mecato para los soldados más díscolos, pero el grito del oficial puso en firme a todos; la presencia del capitán produjo una sensación de mando infinito, todos dejaron los productos y se ubicaron a los lados y frente al automotor.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó, el muchacho— el carro ya fue revisado.

El oficial caminó desde la garita donde había recibido las especificaciones de la orden hasta el retén, tenía el rostro áspero, pero aparentaba serenidad; con calma se acercó al carro por el lado del copiloto.

—La veo muy pálida, por lo visto ya le cogió un mal viento —comentó con sorna— al parecer tienen intención de entrar algo al pueblo así que voy a llevarlos a los calabozos de la PJB, allá somos muy buenos para sacar confesiones, a menos, claro, que me digan de una vez que traman los Blanco, pero piensen bien lo que me van a decir, si me mienten les va a ir muy mal

La palidez de la muchacha se intensifico al igual que el temblor de Julio;

—Nosotros no sabemos nada de los Blanco.

—Seguro joven, le repito, piense bien en sus palabras no sea que se las tenga que tragar después —dijo, Penagos, dio un paso atrás y se puso firmes frente a la puerta de Petrona— ¡salga, señorita! —exigió.

Todo fue cuestión de minutos, el carro estaba detenido, Petrona desobedeciendo la orden del uniformado, Julio a punto de llorar y el capitán atento a Dorian; después de una meditación el hombre volvió a gritar.

—¡Detengan a los que van en ese puto camión¡

Todos corrieron.

—¡Mierda, nos cogieron! —gritó, Dorian, y sin dudarlo arrancó el camión, Henry de un brinco logró colgarse del planchón para evitar el arresto, inmediatamente sonaron disparos, pero el camión no se detuvo encarrilado a toda velocidad en dirección del cruce de Pacífico; una vez pasaron el puente Henry se lanzó a un lado donde se encontró con Sabi, y el otro hombre, sin embargo, sólo tuvieron tiempo para correr porque nuevos disparos alcanzaron su escondite.

Entre tanto en el retén los soldados rodearon el carro con sus armas dispuestas a disparar, el sonido metálico de los artefactos aumentaba la sensación de fracaso de todo el plan.

—Señorita, espero que no esté esperando que le repita nuevamente la solicitud, la siguiente no será por las buenas.

Petrona se mantuvo firme, entonces el capitán se alejó un poco más y gritó al primer soldado a su lado:

—¡Abra la puerta!

El hombre cumplió la orden de inmediato; al tiempo que la puerta se abría otro sonido metálico compitió con el de los fusiles de los soldados, varias armas cayeron de las piernas de la muchacha.

—Vaya, vaya, qué enfermedad tan rara, no me diga ahora que era embarazo y si es así ya parió, es hora de dar explicaciones —dijo, Penagos— supongo que estas municiones son para liberar a Andinia de la Asamblea, no sea ingenua, así no ayuda a nadie en este pueblo; por su parte —dijo, con los ojos puestos en Julio— usted es un verdadero idiota como su tío. 

Todo quedó en silencio, Petrona sin otra opción bajó lentamente, una vez fuera del carro dos soldados la condujeron a un lado del retén; sin perder tiempo los hombres de la Asamblea desbarataron la parte delantera del auto, encontrando una caleta debajo del asiento del copiloto, ahí decomisaron varios fusiles, un par de revólveres y una cuantas pistolas; mientras tanto los disparos continuaban a los lejos, un grupo más de soldados se habían unido a la persecución del camión y tenían acorralados a los tres hombres en el cruce. 

La balacera duró poco, las municiones de Sabi, su amigo y Henry no eran suficientes para defenderse; cada uno cogió por su lado, Henry corrió por entre la maleza, tenía un disparo en la pierna, pero pudo ocultarse, Dorian escapo con el camión, por su parte el otro hombre había muerto y Sabi fue arrestado.

—Traigan a esos tres —dictaminó, Penagos— póngalos al lado de esa garita, hay alguien interesado en saludarlos; ojo con el viejo, estos dos no me preocupan, él sí.

De la garita salió un hombre de uniforme impecable, completamente de negro y con una boina roja, cuando los vio se rio.

—Penagos, lo felicito, acaba de arrestar a tres Blanco y uno es el cerebro de todo esto, conozca al señor Álvaro Sabi.

—Gracias, capitán Andrade.

Los tres detenidos se quedaron mudos al ver al militar que los saludaba.

—Hijo de puta —dijo, Sabi, furibundo— traidor, sos un maldito traidor.

—Sabi, Sabi, en realidad llegaste a creer que yo podía ser parte de los Blanco, eres buen elemento en campo, pero muy torpe dirigiendo una plan tan grade como este, no descubres cosas evidentes —dijo, el capitán Andrade.

—Por eso siempre hablabas mal de la democracia, no era una discusión entre partidarios, lo hacías confesando tu verdadera cara.

—Y apenas te das cuenta, me entiendes por qué hablo de tu torpeza sin temor a equivocarme —explicó, el militar— quiero que lleven a estos dos a las oficinas de la Asamblea, ya decidiré qué hacer con ellos, la verdad son insignificantes, muchachos tontos que se creyeron salvadores de Andinia; a Sabi déjelo aquí, quiero hablar con él antes de que se lo lleven mis hombres.

—Maldito sapo, usted es el insignificante —gritó, Petrona.

El rudo militar volvió a reír.

—A ratos tienes la fortaleza de tu madre, pero te falta para imponer presencia como lo hacía ella.

—¡No hables de mi mamá sapo de mierda!

—Llévesela soldado y dele un baño de agua fría para que se le baje la calentura y se ponga a meditar las tonterías que hace.

Petrona pataleo cuando el soldado la iba a tomar.

—Sapo, sapo, sapo maldito —aulló, nuevamente, mientras escupía en el uniforme; la respuesta fue inmediata, con su gran mano el oficial golpeó a la muchacha, dejándola sin sentido.

—¡Que se la lleve, carajo¡

Dos hombres arrastraron su cuerpo, detrás caminaba Julio muy avergonzado. 

Entre el Andrade y Sabi se cruzaron las miradas, cada uno a su manera, Sabi con rabia, el oficial con satisfacción.

—Cómo ves Sabi, al final tu plan no funcionó.

Álvaro no contestó nada.

—¡Deme ese fusil! —dijo el uniformado; cuando lo tuvo en sus manos golpeo a Sabi en el estómago— ¿pensabas que te ibas a salir con la tuya?; ¡nunca!, desde el principio fue mi idea, pero ya me cansé; no puedo negarte que las cosas parecían salirse de las manos cuando se bautizaron como los Blanco, eso les dio un aire de grandeza y estuvieron a punto de liberarse de mí, pero volví para acabar de raíz con esta farsa.

—Farsa o no traicionándonos labraste un final doloroso, te aseguro que tienes contados los días ahora que descubriste tu verdadera cara.

El uniformado abrió los brazos y rodeo con la mirada todos los rincones.

—Tienes razón, los Blanco son cobardes y deben estar escondidos alrededor nuestro, ya saben quién soy, pero te aseguro que nada me va a pasar, pero yo si los voy a arrancar de sus casas para encerrarlos y si alguno se atreve a retarme no dudaré en eliminarlo. 

Y era cierto, desde un pequeño monte Vito, Teseo, Helena y Verónica miraban al militar retándolos; con amargura entendieron en toda su dimensión la traición, con gran impotencia asistieron al fracaso del plan de los Blanco, con desilusión sintieron cerca el final de su historia de libertarios. 

Los muchachos se retiraron pensativos, Petrona y Julio fueron conducidos a la cárcel de la Asamblea y Sabi iba directo a los calabozos de la PJB.

—Es hora de que confieses todo, aunque no será mucho, sé muy bien quién eres, no habrá nada nuevo —comentó, el oficial— me sirve que me digas donde está Teseo y ese diamante que tanto admiro, la tal Verónica.

—¡Ni creas!

—Ten la seguridad que vas a hablar —se burló, Andrade— ¡Penagos llévese a este delincuente!

—¡Cuídate Andrade!, ya no voy a estar para salvarte.

—Fue una vez y ya te pagué, ahora nada me preocupa, los Blanco no son capaces de dañarme, ¿por qué habría de temer?

—Por una cosa muy simple: ¡ser Arlyn Andrade!