XV
Andinia aún vivía en medio de correveidiles desesperados por narrar su propia historia, vericuetos sin principio ni fin, anécdotas tan falsas como verdaderas, disparatados habitantes sobre un escenario sin telones lleno de fantasía sólo posible en la realidad, delineando su porvenir sombrío con cada caminante que albergaba; con sus grandes propiedades venidas a menos, sin forma de dar trabajo a tanto desamparado, se había convertido en un muladar de pedigüeños de todas las estirpes: con dramas reales, patrañas alucinantes, quimeras lastimeras y descaradas falsedades.
Después de muchos años de trabajo Miguel pidió a Helena Ramírez un reemplazo en la administración de la finca, cansado de su labor, agotado por el peso de recuerdos agridulces aun así merecedores de ser rememorados; no podía sacar de su mente el día de la muerte de Alberto Ramírez, probablemente el momento más triste de su vida, sin embargo, tampoco olvidaba los periodos felices al lado de la aguerrida señora Teresa, ya fallecida, la audaz niña Helena, casada después del fin de la era oscura o los Blanco con su coraje rayano en la estupidez cuando combatieron el régimen; el triunfo, la muerte, la soledad, la cárcel, hechos compartidos con todos sus familiares tanto de sangre como de lealtad unidos en Villa Helena.
Al saberse el deseo del viejo mayordomo por retirarse el esposo de Helena, don Horacio Valencia, resolvió ponerse al frente de la finca entre otras porque sus negocios no pasaban por un buen momento, aprovechando la sabiduría de Miguel para perfeccionarse en el arte de la administración; dos años después ya tenía bajo su dirección todos los asuntos de Villa Helena, su dedicación se notaba en el ascenso de su propiedad como una gran empresa; ante ese crecimiento era necesario contratar nuevos empleados.
A pesar de la actitud molesta de Helena los interesados en trabajar terminaban por acostumbrarse en la finca, el inicio era difícil entre otras por los desplantes de la señora al extender mensajes donde expresaba su rechazo a los candidatos, como la enviada a la familia hospedada en el hotel de Catalino; cuando Valencia tuvo conocimiento de la situación determinó comunicarse en persona con los aspirantes no sin antes hacer el reclamo a su esposa por su intromisión.
Por su parte, Marino se había recuperado de su ataque, aunque soportaba un dolor de cabeza que lo tenía desorientado por eso decidió acercarse a la iglesia; cuando llegó a la gran puerta miró con desdén el oscuro interior del recinto, entró de forma prepotente, normal en él, especialmente ante los asuntos religiosos a causa del abuso de su madre, asombrado por el gran crucifijo de madera que lo observaba con sus ojos saltones mostró una humildad inexplicable y se echó de rodillas a llorar su desgracia; entre gemidos murmuraba: Padre nuestro tuyo es el reino, el poder y la gloria.
El día estaba frío, Horacio Valencia acababa de desmontar
frente a la tienda.
—Buenos días, Catalino.
—Cómo está Horacio, usted sigue insistiendo con sus caballos,
ya nadie los usa por estas calles.
—No me importa lo que digan todos, además no me gusta meterme
en un cajón con puertas y cuando llego a Villa Helena puedo cabalgar en el
potrero que está a un lado de la casa.
—De las pocas cosas que quedan en todas las grandes fincas,
potreros improductivos.
—Catallino, no puede decir eso de Villa Helena, si fuera
improductiva no necesitaría trabajadores con tanta urgencia; por cierto ¿dónde
están sus inquilinos? —preguntó ansioso.
—Si no estoy mal descansan, no los he visto salir.
—Si los puso a beber con Nacho deben estar dormidos.
—No se preocupe Horacio, el muchacho es un tipo honrado, el
aguardiente lo puso Nacho que es capaz de tentar por el mal camino al viejo
cura con todo y sus ridículos hábitos.
—No necesita explicarme nada.
—¡Se los llamo! —exclamó preocupado; sabía el estado de Luis,
se sentía un poco culpable e iba a evitar las consecuencias de la reunión con
Nacho— ¡Gertrudis!, ¡señora Gertrudis! —llamó en tono bajo casi disimulado.
Después de un rato de silencio los hijos de Luis atendieron
la explicación de Catalino sobre la importancia del señor parado junto a la
vitrina, también la urgencia de la presencia de la señora; los chiquillos corrieron
donde su madre aún acurrucada en la cama, ella se angustió al oírlos
tartamudear el mensaje del tendero, la idea de bajar sola no la convencía
aunque el estado de Luis era lamentable para mostrarse delante del señor; entre
tanto, Horacio daba vueltas muy agitado por la demora, ignorando los intentos
de Catalino por distraerlo con su tono adulador.
Gertrudis salió nerviosa del cuarto, imaginaba dar una mala
impresión por su cabello peinado a la carrera, la falda ajada y su cara
enjugada con las mangas de su saco, que
irá a pensar ese señor, meditaba mientras descendía los escalones.
—¿Llamaba don Catalino? —preguntó con aire compungido, intrigada
por la alegría reluciente en la cara del tendero.
—Si señora, la necesita...
—¡Horacio Valencia! —interrumpió el dueño de Villa Helena— qué
pena, pero el tendero siempre se está metiendo donde no lo han llamado
—comentó, el visitante.
El ambiente se distendió a pesar de los sentimientos disímiles
de cada uno, a Catalino no le cayó en gracia la censura por sus ganas de actuar
en beneficio de sus clientes, en el rostro del dueño de Villa Helena se insinuó
una leve sonrisa, a la vez Gertrudis relajó levemente sus músculos; pasados una
instantes Horacio volteó su mirada sobre la mujer.
—Buenos días señora —expresó con amabilidad; por su parte, Gertrudis
sólo emitió un insignificante murmullo como respuesta bajo la mirada
inquisidora del hombre— Catalino seguramente le informó que necesito trabajadores
para mi finca; él me dio a entender que usted y su familia estaban interesados
por eso esta mañana envié una nota para confirmar que están contratados.
—¿Cómo? —alcanzó a murmurar Gertrudis.
—Sí, ya sé, hubo un error, si no estoy mal llegó la nota equivocada por eso vengo a confirmarles personalmente y llevarlos a Villa Helena —intentó explicar, molesto por la intromisión de Helena.
Gertrudis recibió un aire de buenaventura para aliviar el peso de su desasosiego, una razón para sonreír a la luz del sol de la tarde apostado en el horizonte pareció; visiblemente emocionada declaró su alegría por la oportunidad y su obvia aceptación, pero le pidió esa tarde para arreglar sus cosas antes de instalarse en Villa Helena; Horacio aceptó, dejando a Catalino encargado de guiarlos al otro día.
Para la mujer las ganas de vivir resurgían en su corazón, por las buenas noticias se tomó la cara de blanca tez llena de arrebole otra vez brillante por el llanto, uno de dicha producida por los triunfos venideros; Horacio Valencia lo entendió, le gustaban aquellos momentos, lo conmovían, lo alejaban del ambiente bélico que soportaba en su casa; caían bien nuevas almas en Villa Helena.
Gertrudis se lanzó sobre Catalino, atrapándolo en un abrazo increíble, él se asombró al recordar a su esposa, la única que lo había abrazado con tal efusión; la mujer corrió al segundo piso atropellada sin prestar atención a los obstáculos, una vez entró en la habitación encontró a Luis incorporado sobre la cama, sus hijos lo habían despertado para informarle sobre la llegada de aquel hombre importante; al ver a su mujer tan agitada con la intención de explicar las cosas sonrió, era curiosa la hilaridad de una mujer tan parca como Gertrudis, por otra parte, el alivio deseado lo invadió; habían sido víctimas de las serpientes negras, ahora el porvenir les daba una nueva oportunidad, su disposición de no aceptar una derrota fue osada, les hizo perder todo, mas ahora los premiaba.
Solitario frente al altar de la iglesia Marino gemía su desastre; el hijo mayor de Luis fue enviado a buscar a su tío porque no lo habían visto en el hotel desde cuando víctima de un espasmo horroroso desarrollo una de sus crisis; Gertrudis lo imaginó encerrado en su habitación afligido por sentirse como alguien extraño e incapaz, recorriendo de pared a pared su cuarto mohoso con la intención de dilucidar si su mal era una maldición o simplemente una enfermedad, medroso de provocar una conmoción a sus familiares si lo descubrieran en su condición idiota, anclado detrás de la puerta con la firme intención de contener sin distinción a los intrusos.
El niño preguntó a Catalino, pero no obtuvo una razón clara,
si lo había visto aunque no podía asegurar si fue el día anterior o este, en
todo caso había salido; privado de alguna noticia sobre su tío el chico salió a
la calle para averiguar con los vecinos, después de varias pesquisas dio con su
paradero, yo lo vi entrar a la iglesia, dijo
alguien por ahí; corrió hasta la lúgubre construcción ubicada a un lado del parque,
cuando se acercó a la puerta un escalofrío lo recorrió, le parecía insólita esa
sensación por ser un templo, pero no le dio importancia; una vez penetró el
portal se encontró un biombo gigante que le impedía ver el altar, le dio la
vuelta, se santiguó de rodillas con mucho respeto, aguzando sus ojos para
encontrar a su tío arrodillado en una capilla lateral con gran resignación; al
verlo ahí recordó sus eternos reniegos contra la religión y las iglesias.
En ese momento Marino se tomaba la cabeza.
—¿Qué hace aquí? —se preguntó sin animarse a llamarlo.
—¡Dios!, no entiendo porque tengo tantos problemas, parece
que nunca me acompañará la suerte, te pido y no recibo nada, será que pido
mucho, será que no merezco nada, ¿por qué me dejas solo?, ¿por qué no me
ayudas?, ¿si existes por qué sufrimos tanto?, ¡maldición hasta cuándo seguirá
así!; mi madre estaba equivocada, ¡siempre estuvo equivocada!, me siento
abandonado, señor.
—¡Tío, tío!, ¡tío Marino! —llamó, el muchacho.
—Quiero creer en ti, pero me desanimo al no escuchar
respuestas… —en ese punto del lamento reconoció la voz de su sobrino, no pudo
ocultar su desagrado cuando lo miró de reojo, a pesar de ello pareció sentirse
salvado, su dialogo con el creador no iba por buen camino, estaba a punto de
entrar en esa etapa del reniego, aquella intromisión lo sacaba de una estado
pavoroso; una vez de pie se despidió del crucifijo de madera en quien buscaba
un culpable y salió con su sobrino en absoluto silencio sin cruzar una palabra hasta
llegar al hotel, en Marino se notaba una actitud triste, estaba pensativo,
desconectado de su derredor.
—¡Felicitaciones! —exclamó, Catalino, al verlos llegar— yo le dije esta mañana que no se preocupara tanto —agregó; por su mente paso el recuerdo de la crisis del muchacho, se sintió juzgado por su indolencia al punto de evitar la mirada del joven.
Marino subió inmerso en una confusión inexplicable, su sobrino
lo buscaba, Catalino lo abrazaba, todo un conjunto de situaciones anormales; la
fuerza de la incertidumbre lo llevó por infinidad de escenarios siempre creados
a partir de la desgracia, aunque no dejaba de ilusionarse por una leve mejoría;
Gertrudis lo esperaba parada con el cuerpo recostado sobre la puerta y el
rostro invadido de dicha.
—Marino, el señor Horacio Valencia estuvo aquí —exclamó; hizo
una pausa aparentemente eterna luego continuó— ¡nos espera mañana en Villa
Helena!
El joven quedó estático, no atinaba a reaccionar, preguntó por Luis como si necesitara su palabra para confirmar la noticia, inmerso en una excitación incomparable, espiraba estremecido por las vueltas vertiginosas de su vida; todo había sido un error, ya tenía trabajo.
—¡Gracias Dios mío!, ¿qué sería de mí sin tu ayuda? —balbuceó
imperceptible.
El pequeño lo había seguido con atención, recordaba sus palabras
en la iglesia, suspiró ante la contradicción, no lograba comprender a los mayores.
—¿Quién entiende al hombre?, ¿quién entiende a Dios?, una relación absurda, a lo mejor inexistente —pensó mientras preparaba su maleta; a la mañana siguiente estaría en Villa Helena.
La marea por fin encontró un lugar para descansar.
FIN
DE LA PRIMERA PARTE
LA
MAREA
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