domingo, 20 de julio de 2025

La Marea XIV

 XIV 

Los días posteriores a los eventos de Villa Helena fueron lúgubres para todo el pueblo, la historia estaba a medias porque los trabajadores de Alberto Ramírez decidieron encubrir lo acontecido a los chismosos alborotados por su curiosidad morbosa; el secreto se guardó lo mejor posible, sin embargo, por arte de magia o talvez de brujería los detalles de la muerte de Alberto así como los de la niña envuelta en su sangre salieron a la luz; el pueblo tuvo algo para alimentar la imaginación supersticiosa de sus amodorrados habitantes, creando infinidad de versiones cada vez más descabelladas precisas para pasar tardes enteras en intensas discusiones, con mucha emoción en unos casos y excesiva maledicencia en otros; la primera explicación fue una maldición para los Ramírez, pero estaban los más pesimistas augurando el mal para toda Andinia. 

Mientras el pueblo se ensanchaba en historias y leyendas Teresa gritaba enloquecida la mayor parte del día, su delirio de persecución la llevó a escoltar a Clemencia hasta la puerta de Villa Helena para estar segura de su partida; aunque la vieja ya tenía planeada su salida antes del desenlace, Teresa en medio de su chifladura la alcanzó casi en el límite de su propiedad para quedar tranquila; al otro día decidió acabar con el matrimonio negociado entre su padre y su marido, echando a Juaquín Arteaga de su propiedad.

—Alberto te dijo lo que iba a pasar, nunca tocarás Villa Helena salvo el área sobre la que tienes propiedad, no te quiero aquí, así cumplo con parte de la orden de Alberto, la otra parte en donde resultas muerto se cumplirá si te veo otra vez por aquí. 

La historia de Villa Helena se construiría de acuerdo a sus deseos de su dueño, sus últimas disposiciones se cumplieron al pie de la letra; en cuanto a Clemencia sólo se supo de ella después del inicio de la época oscura de Andinia y Joaquín aceptó que se hija no llevara su apellido, dando vida a Helena Ramírez. 

A pesar de los mandatos algo delirantes de la señora quedó claro el futuro de su hija, sería entregada a una niñera para su crianza, ella no quería saber nada de la recién nacida por eso no aceptaría quejas de nadie; por su lado, Miguel tenía la potestad sobre Villa Helena con la terminante orden de impedir el ingreso a cualquiera porque corría peligro si ella se lo topaba.

Teresa se convirtió en una mujer solitaria abandonada por sí misma, encerrada en un cuarto donde no entraba nadie ni siquiera para hacer aseo, a pesar de los ruegos de Catalina, institutriz de Helena, y de Miguel empeñados a diario en salvarla; un día todo empeoró con una decisión absurda e inentendible para todos, voy a acabar mi vida, pero sin quitármela, no seré una cobarde como mi padre, gritó desde el interior de su cuarto; nadie en la casa comprendía a la señora, su desvarío era sobrecogedor e infinito, pero llegó el momento de dilucidar su teoría de acabar sin quitarse la vida cuando la vieron lanzando todas sus pertenencia por la ventana totalmente desnuda, enseguida prohibió el ingreso de todos a su cuarto, estableció una minuta bastante precaria a partir de ese momento: sopa acompañada de un pan dos veces al día; nada se supo de ella en la casa hasta el inicio de la era de la oscuridad de Andinia cuando su fortaleza la llevó a defender Villa Helena, sin embargo, a veces se murmuraba por ahí que la señora salía a cabalgar después de la media noche completamente desnuda y con su cabello recortado, dejando ver su hermoso rostro maltratado por las penurias. 

Antes de entrar en completa locura llamó a la muchacha escogida para criar a Helena.

—¡Catalina!

—¿Llamaba señora? —preguntó la muchacha asustada por la orden de la señora.

—¡Claro que sí!; necesito que de hoy en adelante cuides a esta niñita, nunca olvides que sólo es sinónimo de fracaso por lo tanto no tendrá de mí ninguna indulgencia durante su vida —explicó Teresa con calma, con melancolía, por momentos con algo de tristeza— ¡créeme que no quiero verla y si la dejas morir no me importa!

 

Catalina observaba a la mujer con curiosidad, a veces con incredulidad por su aparente delirio, la señorita Teresa está loca por todo esto que ha pasado, pronto le pasará, estoy segura, pensaba con el candor propio de una mujer pronta a ser una madre sin esperarlo. 

—¡Ah, me olvidaba!, el entierro pueden hacerlo cuando les venga en gana, no cuenten con mi asistencia —agregó en tono despectivo— ustedes apreciaban al viejo Ramírez mi padre, yo lo sé, por esta razón apruebo cualquier cosa que hagan en su sepelio los empleados de Villa Helena como él la bautizó al morir y se quedará por siempre según su deseo —se detuvo de improviso, suspiró profundamente, sus mejillas tenían un color rosado que magnificaba su belleza dura y rígida— ¡ahora llévate a esa niña, sabes que desde hoy está a tu cargo, si quieres puedes considerarla tu hija o dejarla morir! 

Pronto se escuchó el reniego insistente de la madre de Catalina con el fin de evitar la entrada de la recién nacida Helena en su casa, pero todo fue en vano porque Catalina se empeñó en aceptar su encargo.

—Yo soy la salvación de esa niña con tu ayuda o sin ella mamá dijo la muchacha muy segura de su decisión.

—Espero que no te arrepientas cuando estés vieja como yo.

—Mamá, así me arrepienta mañana, hoy estoy decidida; si la gente supiera de antemano lo que le puede producir arrepentimiento nunca haría nada por miedo al momento de la contrición, a pesar de las cosas buenas en tanto se cumple la condena del mañana; el mundo se quedaría sin irresponsabilidades, ni imprudencias ni locuras impensadas… mamá, creo que una vida con el pasado lleno de locuras y un futuro de arrepentimientos es justa. 

A pesar del odio irradiado por Alberto el entierro fue una demostración de absoluta lealtad y un respeto profundo de parte de sus empleados, nunca hubo uno más entrañable; aunque parezca extraño el amor por el patrón siempre es más fiel que el de cualquier hijo por un padre; una pequeña ceremonia, una ofrenda floral, el lamento silencioso de los asistentes, un Miguel incondicional hasta el último instante, una lágrima perdida detrás de un cristal, una ola en la cortina de la ventana ocasionada por la respiración agitada de una mujer abatida por su resentimiento.

 

Seis meses después de los acontecimientos Andinia se conmocionó con la muerte de Dioselina Martínez al momento del parto de Petrona; apenas lloró por primera vez la niña acostada junto al cadáver de su madre los cielos se despejaron sobre Luna Blanca y dejó de llover igual que había pasado en Villa Helena con el nacimiento de la nieta de Alberto Ramírez; entre dos muertes y dos nacimientos llegó el final de la lluvia...

 

Ese día Andinia volvió a ver el sol

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