XVI
Unos
días después aparecieron el comandante Gerardo Miller, el teniente Velásquez y
el sargento Márquez en la puerta de Villa Helena, llevaban más de sesenta
hombres a su mando, entraron sin aviso y se dirigieron directamente a la casa
de la Villa; al llegar al patio donde yacieron los muertos de las FMA dieciocho
años atrás se quedaron quietos, esperando la orden de atacar, pero sólo hubo
silencio, la mente del comandante estaba ocupada en repasar las imágenes de
Teresa en todo su esplendor escopeta en mano dirigida a él, mientras salía avergonzado
con uno de sus hombres a cuestas.
—¡Maldita
bruja llegó tu hora! —reaccionó, Miller— ataquen la casa, pero no la maten,
ella es mía.
En ese momento Teresa y su gente los esperaban preparados dentro de la casa para responder al embate, el loco de Puerto Tristeza había obtenido información de la invasión, alcanzando a advertir a la señora.
Una vez se inició el ataque los hombres de las FMA dispararon a discreción, sin embargo, no era suficiente, la respuesta desde la casa era contundente como si fueran el doble de combatientes; varios soldados se sintieron amedrentados, ahí hay mucha gente, nos van a acabar, nosotros somos pocos, se decían entre sí mientras recargaban sus armas.
Miller
y Velásquez se ocultaron en un costado de la construcción, por su parte Márquez
se apostó en el lado contrario desde donde se lanzó dentro de la casona con
varios hombres, al invadirla se sorprendieron por el número reducido de
personas lejano de la cantidad de combatientes que esperaban, solamente cuatro:
Teresa, Miguel y dos trabajadores; como el ingreso fue vertiginoso no hubo necesidad
de un enfrentamiento, aun así, en el forcejeo murieron los dos trabajadores
mientras Teresa fue desarmada y Miguel acostado en el suelo de la sala; una vez
los hombres de Márquez pudieron asegurar la casa todo quedó en silencio, el
sonido ensordecedor de las balas y el estruendo metálico de las armas cesaron,
entonces el sargento salió a la puerta principal sobre el pasillo que daba al
patio.
—Aquí tengo a la poderosa Teresa rendida a mis pies como una niña indefensa.
Miller
decidió salir al darse cuenta del triunfo, quería tomar la casona oficialmente,
pero una gran explosión lo hizo retroceder, contrariamente el sargento Márquez
se exponía a las balas de los Blanco desde la loma, creyéndose seguro por tener
a Teresa en sus manos.
—¡La
señora de la Villa es mi prisionera, puedo hacer lo que quiera con ella! ¡Si escucho
un disparo más estará muerta al instante!
—Ese
Márquez es un imbécil, se cree invencible sin darse cuenta que está al lado del
mismísimo Lucifer —comentó, Miller, desde su escondite— le abono que va a morir
en su ley.
El
sargento Márquez se envalentonó, dio varios pasos a cada lado de la puerta y se
rio estrepitosamente.
—¡Ahora
la verán pedir perdón! —dijo, regresando su mirada hacia dentro con la
intención de humillar a la mujer con su mirada burlona; cuando los ojos
encandilados del sargento pudieron observar con claridad en la negrura de la vivienda
la imagen fantasmal de Teresa completamente erguida como una figura dantesca,
apuntándole con la escopeta.
—¡Cabrón,
estás tan seguro de tus palabras!
Márquez
no supo cómo reaccionar, aquella mujer lo veía enardecida.
—Perdón
señora, perdón, no era mi intención tratarla mal, soy un soldado leal a la Asamblea
por eso debo combatirla, pero si me salva le dedico toda mi lealtad, lucharé
contra las FMA en su nombre; por los soldados del patio no se preocupe, yo los traigo
a su lado y los que no acepten morirán por mi arma sin dudarlo —profirió, el
sargento, irreverente a pesar de estar de rodillas.
—¡A
mí no me gustan los traidores y acabas de demostrar que eres uno!; si piensas
que voy a confiar en alguien que le da la espalda a sus compañeros en el primer
revés te equivocas —exclamó, Teresa, pausada y segura, segundos después el sargento
Márquez salió volando a la mitad del patio, el estruendo asustó a los hombres
que aún estaban firmes.
—¿Qué le dije Velásquez?, ahí tiene al imbécil de Márquez estirado con un hueco en el pecho —reclamó, Miller— y con su estupidez dejó a esa mujer alerta a cualquier de nuestros movimientos.
Pasaron
unos minutos con los dos oficiales pegados a la pared de la casa para evitar la
escopeta de Teresa, ocultos de las balas lanzadas desde la loma nuevamente.
—Mierda,
Velásquez, acabemos con esto de una vez.
—¡Sí,
señor! —respondió, el teniente— ¡oigan todos!, ¡vamos a entrar!, la Asamblea no
puede ser avergonzada por una mujer medio loca y tres pelagatos que se dicen libertadores
de Andinia, las FMA son poderosas y estoy seguro del orgullo que sienten por
este uniforme, por eso adelante soldados, ¡vamos FMA!
Los
hombres se sintieron henchidos por las palabras de su teniente, adicionalmente
ver a su comandante lanzarse sin dudarlo en medio de la metralla los impulsó y
el contraataque fue brutal, para esos jóvenes era un orgullo luchar al lado de
un verdadero soldado: el comandante Gerardo Miller.
—Ataquen
a los tiradores de la loma para cubrir la avanzada de los soldados.
Los
uniformados dirigieron sus armas hacia la loma mientras Miller, Velásquez y dos
hombres más se fueron directo a Teresa disparando como enajenados.
La
escena de aquella batalla tremenda era asombrosa, llena de movimientos ágiles
en medio de los proyectiles que llovían desde todos lados, los hombres parecían
empujados a un duelo heroico sin precedentes; en el hecho Gerardo Miller
demostró una valentía sin competencia intensificada por su orgullo estropeado
en una lid eterna con Teresa Ramírez, la misma actitud que le valió una
admiración inmensa dentro de la Asamblea; por su lado, los Blanco en la loma
también demostraron su tenacidad, controlando el avance de las FMA hasta cuando
se agotaron sus municiones, entonces perdieron dos hombres y tuvieron que
recular hacia la casa.
—¡Vamos,
Helena! —gritó, Teseo— Vito regresa por detrás de las piedras, no puedo
cubrirte porque llevo a Horacio herido, además Jairo y Vicente murieron, ¡no
vale la pena perder la vida de esta manera!, ¡regresemos a la casa de la loma
para recoger municiones!
—¿Pero
mi mamá? —gritó, Helena.
—No hay nada por hacer, me duele dejarla así, pero sólo nos queda esperar que resista mientras subimos por más municiones, ¡yo estoy seguro de su fortaleza!
Teseo
tenía razón, la señora de la Villa aguantó dentro de la residencia todo el
asedio de Miller y sus hombres hasta cuando sus armas quedaron totalmente
descargadas, al final los soldados pudieron acceder a la casa sin riesgo de ser
repelidos desde la loma; por seguridad Teresa retrocedió a uno de las
habitaciones del primer piso, al ser descubierta por los militares decidieron
destruir la edificación para sacarla a la fuerza; desde el costado uno de los
hombres tomó una granada para lanzarla, sin embargo, el artefacto estalló en
sus manos, un disparo oportuna de Helena lo activó mutilando al soldado en el
acto; la detonación tiró a un lado a todos, el mutilado quedó esparcido por el
patio lanzando gritos de desesperación, por su parte los que no cayeron se
vieron asediados por una lluvia de balas de los Blanco recuperados con nuevas
municiones.
—¡Ya
estamos aquí! —gritó, Teseo— ¡ahora bajamos a cubrirte Teresa!
Todo
pareció mejorar para la señora, pero en un segundo de distracción varios
hombres lograron incursionar por el lado contrario a la loma, entre ellos
Velásquez.
—¡Es
tu hora Teresa! —gritó.
Fue
el momento oportuno para apoderarse de la casa por segunda vez, los soldados entraron
con violencia, acorralando a la mujer y a Miguel en segundos; Teresa fue sacada
por dos uniformados arrastrada de los brazos con tanta fuerza que le impidieron
caminar, sus pies se arrastraron por el cemento del patio; Miguel iba a ser
ejecutado.
—¡Un
momento! —gritó, el comandante— por cosas como estas Corrales y Arling están
muertos, dejen quieto al muchacho, lo vamos a arrestar para llevarlo al
cuartel; no esperen mi complacencia con estas barbaridades, si alguien se
sobrepasa lo mato yo mismo.
Los
disparos cesaron, se pudieron escuchar las voces de todos con claridad, el
comandante Gerardo movido por la curiosidad escrutó a la mujer, quería confirmar
la historia tejida alrededor de la señora de la Villa.
—No
puedo negar tu belleza y admiro tu tesón, sin temor a equivocarme eres la mejor
contrincante con la que me haya enfrentado y no sentiría vergüenza si fueras la
vencedora, pero no es así, ¡yo soy quien triunfa!, no sé si me respetas como lo
hago yo, tampoco importa porque el único ganador está enfrente de ti dispuesto
a matarte.
Después
de la declaración ordenó el traslado de la mujer al centro del patio sin ser
maltratada, permitiéndole avanzar sola hasta el sitio indicado para su fin.
—Celebro
que estés aquí, frente a mí, derrotada en tu Villa —inició, Miller— celebro ser yo quien te
derrota, te salvaste en muchas ocasiones, pero al parecer te abandonó tu gente
al verte vencida porque no escucho ningún disparo para salvarte.
Teresa como una fiera tenía el cabello alborotado, sus ojos lanzaban
fuego mientras seguía el caminar displicente del comandante al exponer sus conjeturas.
—¡Señor,
los Blanco todavía están en loma! —advirtió, un soldado.
—¡Suban
y arréstenlos! —ordenó, Velásquez— si no pueden arrestarlo tráiganme sus
cuerpos.
Miller
seguía caminando alrededor de la mujer.
—Teresa,
sufrí con tu locura, me humillaste ese día lejano, te acuerdas, cuando me
enviaste una nota para que recoja a uno de mis hombres; pasaron dieciocho años para
llevar a cabo mi venganza, por fin tengo mi premio —discursó, el comandante,
lleno de emoción— esa vez tuve que agachar la cabeza, ganaste sin objeción, hoy
te toca agacharla a ti; tu gente huyó, te dejó sola igual que los fantasmas que
protegían esta Villa, desaparecieron en el pasado porque los Ramírez ya son
parte del olvido —al decir aquello posó el cañón de su arma en la cabeza de la
mujer.
—Te
hago la misma pregunta que a tu sargento —inquirió, Teresa— ¿estás tan seguro
de tu triunfo?
—¡Sí!
—gritó, efusivo e hilarante, Miller, luego se rio estrepitosamente— estoy tan
convencido de tu fin que me imagino cuando invada la Villa para construir el
nuevo edificio de la Asamblea, también voy a construir el cuartel de las FMA
donde queda la casa de la loma, ¿qué te parece?, por fin esta propiedad servirá
a la Asamblea como debió hacerlo desde el principio, ¡así será el futuro de tus
predios!; inmediatamente el disparo traspase tu cabeza esto dejara de llamarse
Villa Helena, acabando para siempre con la historia de los Ramírez.
El
eco de aquellas palabras recorrió todos los rincones de la Villa,
inmediatamente se oyó el galopar de un caballo en medio de la bruma, al tiempo
la tierra empezó a temblar con tal fuerza que los hombres cayeron al suelo
llenos de terror antes de sentirse abandonados por la vida; un rato después la
nube se disipó lentamente, Miller y Velásquez estaban al pie de Teresa, Miguel por
su parte desarmaba a los hombres aún vivos; al terminar el extraño evento Teresa
levantó su arma y la puso en el pecho de Miller.
—Eres
muy torpe Miller, estabas a punto de ganar e invocas a Ramírez y mira, ahora
estás detrás del cañón de mi escopeta, ahora parece que ya no eres el ganador.
—Creo
que esta vez te equivocas —dijo, Gerardo Miller y disparó su pistola al mismo
tiempo que Teresa lo hacía con su escopeta.
La
explosión fue brutal, los dos cayeron al suelo sangrando abundantemente por sus
heridas.
—Teresa
—alcanzó a balbucear, Miller— creo que hoy vamos a matar los dos, la muerte
será nuestra venganza— agregó, antes de recibir un segundo impacto de la señora
incorporada sobre el suelo.
—Así parece, por eso prefiero asegurarme que estés muerto—sentenció, la mujer.
Desde
la loma bajaron con rapidez Teseo y Helena con la intención de detener a los
últimos hombres; Helena dio de baja a Velásquez, evitando que ejecutara a
Miguel, Teseo se acercó a socorrer a su señora.
—Teresa,
recuéstate, por favor.
—Déjame Teseo, necesitaba verlo morir, para nosotros la venganza la iba a cobrar el que viera morir al otro y eso ha pasado, yo presencie su muerte, cobro la victoria —murmuró, Teresa— hace dieciocho años le prometí que lo mataría si entraba una vez más a Villa Helena y acabo de cumplir.
Teseo
intento cargar a la mujer para entrarla, sin embargo, ella no se lo permitió
—No
Teseo, varias veces te he dicho que mi final es tu triunfo y tienes que
aceptarlo así, no puedes negar tu destino, ahora menos porque ya no voy a interponerme
entre tú y el derrocamiento de los invasores —explicó— llegó mi final, es la
única forma para que los Blanco derroten a la Asamblea, no pueden detenerse; al
parecer todo está perdido, pero te equivocas, es hora de recuperarse y ya
tienes lo que necesitas para dirigirlos a la gloria.
—No
entiendo.
—Tu
pelea termina con el fin de la Asamblea, mi muerte te dará un impulso, con ella
tienes lo necesario para comandar el golpe final,
Teseo
la escuchaba con el llanto contenido, lo confundían sus palabras seguramente
porque ignoraba que la traición y el odio son las mejores armas para convertir
un hombre normal en un verdadero guerrero, y él había sufrido los dos, la traición
de Arling, el odio por la muerte de la señora de Villa Helena.
—¡Adelante Teseo! —exclamó, ella, luego dirigió su mirada sobre su hija— ¡la Villa está bajo tu tutela!, llegó tu época Helena Ramírez —y después de una sonrisa que iluminó por última vez su hermoso rostro cerró los ojos.
¡Teresa Ramírez había muerto!
Teseo
la apretó con fuerza, no quería alejarla de su pecho desolado por su pérdida,
en ese momento se le acercó el loco de Puerto Tristeza, tocó su hombre y le
hizo señas para que se levantara.
—Mi
última encomienda es acompañar a mi señora en su camino, mi trabajo en Andinia
terminó, debo ir junto a ella.
Después de sus palabras una risa intensa recorrió toda la Villa, el sonido del galopar fue menguando mientras se alejaba, al tiempo el loco viajaba con su señora como si hubiera sido traído para acompañarla en el final.
La
Villa quedó en silencio, su futuro estaba en manos de Helena; la casa de la
loma quedó en pie, el porvenir dependía de los Blanco.