lunes, 7 de septiembre de 2026

La era de la oscuridad XV

XV 

Una vez enterada del arresto de Petrona, Gumercinda inició su romería por las oficinas de la Asamblea sin encontrar quién la atendiera o le diera alguna información, a pesar de ello no cesó en su empeño.

—Señora, nosotros no tenemos a su hija —dijo, un día, un hombre de traje barato que lucía corbata roja— la Asamblea no retiene a nadie sin razón, probablemente su hija esté con los plateados; por si usted no sabía ella hace parte de los Blanco y después del fracaso de su plan en contra del gobierno legítimo la mayoría se refugiaron con los plateados en El Progreso; usted sabe, entre criminales se entienden.

—Señor, yo no soy ninguna tonta.

—Señora, yo entiendo su angustia, pero no trate de culpar a la Asamblea, los actos de su hija no fueron patrocinados por el gobierno, además, con esa actitud sólo va a conseguir dificultades para su hija y usted, sobre todo para ella —comentó, el funcionario— le prometo que haremos lo necesario para rescatarla de cualquier grupo al margen de la ley; la Asamblea sabe la importancia de la familia por eso no va a permitir la separación de una madre y su hija, ¡eso sí que no!

Gumercina escuchaba desanimada, la disertación del tipo era vacía, no informaba ni daba luces sobre el paradero de Petrona, simplemente giraba en torno a un asunto hipotético para enredarla como pensó al retirarse de la oficina.

—Vaya mi señora, le prometo que cuando encontremos a su niña yo mismo le llevo la noticia.

La mujer había regresado su mirada para escuchar el colofón de la conversación e intentó salir sin despedirse preocupada como estaba por la situación, sin embargo, relucieron en su cabeza las palabras del tipo: con esa actitud sólo va a conseguir dificultades para su hija y usted, sobre todo para ella, por eso decidió despedirse como era debido, gracias por su atención, voy a estar pendiente de su visita, dijo en voz baja sin mucho convencimiento antes de abandonar la oficina.

—Hasta pronto señora, esté tranquila, la niña aparece. 

Los siguientes meses fueron una continua tortura, los informes no cambiaban, sospechaban que estuviera secuestrada o algo peor, la hubieran reclutado los delincuentes; pero ella no se rendía, iba y venía a diario en medio de una soledad abrumadora que de a poco la iba carcomiendo; por fin un día cambió su antipática rutina al conocer a un grupo de mujeres en su misma situación.

—Usted también busca a su hija, ¿verdad? —preguntó, una mujer de mirada melancólica, al detenerla una cuadra más arriba del edificio de gobierno— no se asuste, yo también hago lo mismo, no sólo yo, somos varias madres que estamos pendientes de la verdad sobre nuestros hijos.

Gumercinda se quedó pensativa, al parecer no era la única, otras mujeres compartían su padecimiento, eso la revitalizó un poco; el mal extendido suele producir un alivio casi perverso a quien se cree único afectado, el mal compartido se hace más llevadero, produce satisfacción, puede disfrutarse y hasta desearse eternamente cuando está dentro de una comunidad.

—Formamos un grupo desde la redada, de hecho nos bautizamos como madres de la redada de las marcas, porque fueron esas malditas marcas las que llevaron a esos criminales a nuestras casas —explicó, con vehemencia, la mujer— venga mañana, nos reuniremos para definir las acciones a tomar; esta es mi dirección —dijo, alargando un papel con unos números pintados con lapicero azul.

Gumercinda tomó el papel en sus manos llena de confusión e incrédula ante la noticia.

—Ellos tienen a nuestros hijos, pero lo niegan; ¡venga, la necesitamos!

Al siguiente día una señora gorda, muy alta, atemorizante por su contextura abrió la puerta, ahí se encontraba Gumercinda temerosa como si fuera a escuchar una terrible noticia un poco tarde porque se perdió en el barrio.

—Buenas tardes —susurró.

—Hola —respondió, amablemente, quien le había hecho la invitación— ¿usted es la madre de Petrona, cierto?

—Sí —respondió, asustadiza— ¡claro que no soy su madre biológica! —se apresuró a explicar sin nadie preguntárselo mientras las mujeres sonreían bondadosas; fue tan confortante la actitud que sintió innecesario continuar con su confesión.

—Mucho gusto, soy Maritza, es bueno que haya venido —saludó, con cortesía otra de las señoras— mi hijo es Julio, según el tipejo que nos atiende lo arrestaron con su hija, pero ya fue liberado y seguramente se unió a los plateados, un grupo de delincuentes del barrio.

La indignación latente en la sala de aquella casa la contagió, ahora eran seis mujeres llenas de impaciencia sin salvación.

—Lo mismo me dijo a mí —comentó, Gumercinda.

Maritza la miraba con curiosidad, aquella era la dueña de Luna Blanca, una mujer con todos los recursos para liberar a su hija, quien había sido encomendada por la otrora poderosa Concepción Ñañez de Martínez, para cuidarla; ¡qué hacía una mujer como ella en medio de cinco madres insignificantes?, se preguntaba en silencio.

—Quiero presentarle a las madres de la redada de las marcas: ella es Mónica, allá está Rita la abuela de Roviro e Indira madre de Ícaro, en la cocina está Eulalia madre de Janeth y la que está al lado de la puerta es Yolanda tía de Cesar.

—Mucho gusto —dijo, Mónica— soy la mamá de Verónica; a ella se la llevaron de la casa después de lastimarla sin piedad, mi niña pudo matar al jefe de esos malditos, pero no fue suficiente, eran tantos… —se detuvo por los espasmos producidos por su llanto contenido— me alegra que se haya librado de ese abusador, aunque por su culpa se convirtió en una asesina y eso amarga mi vida diariamente.

La fortaleza notable en aquella mujer a pesar de su imagen triste, su cara ablandada por el llanto y sus ojos aguados le daba una extraña belleza, algo indómita como su hija, debajo de su alborotada cabellera.

—Ella es mi otra hija —agregó cuando pudo dominar sus sentimientos, señalando a una niña acurrucada sobre un asiento, con las piernas rodeadas por sus brazos, la cabeza hundida en su pecho y semblante afligido.

A pesar de la zozobra Gumercinda sintió un aliento fortificante, su alma pareció desahogarse un poco en medio del grupo, finalmente la desgracia es el mejor motivo para unir a la gente. 

La situación no cambió, pero ahora el día tenía más actividad, en la mañana acudía al edificio de gobierno y en la tarde no faltaba a las reuniones con las madres de la redada de las marcas; así transcurrieron varios meses hasta un día frio cuando se presentaron dos hombres en las puertas de Luna Blanca.

—¡Señora, señora! —entró, gritando, Marcia— ¡hay unos soldados en la puerta!

Gumercinda se apresuró a salir hasta la entrada de la propiedad, ahí encontró a dos funcionarios de la Asamblea escoltados por varios militares.

—Tranquila, es por nuestra seguridad que vamos escoltados.

La mujer se quedó quieta a la espera de la noticia deseada, pero los hombres no decían nada.

—¿Qué saben de mi hija? —dijo al espabilarse.

—Bue-nas-tar-des —pronunció con lentitud, uno de los funcionarios, acentuando cada sílaba con un tono de reproche; una forma imbécil de llamar la atención.

—Buenas tardes —respondió, avergonzada, Gumercinda.

—Así está mejor —reclamó, el hombrecito— le traigo noticias sobre su hija, por favor síganos que el secretario la espera para comunicársela personalmente.

La mujer se emocionó y salió para dejarse guiar por los hombres no sin antes enviar a Marcia a la casa de las madres con una razón: aparecieron nuestros hijos, sin sospechar que aquella noticia sólo produciría un daño irremediable porque era dichosa para ella y por tanto intransferible, 

Señor, ¿qué hacemos con esas madres?

—¡Carajo!, el cabrón de Arling no me deja tranquilo ni después de muerto, ¡él debería estar aquí para responder por sus barbaridades! —exclamó, el comandante Gerardo Miller, manoteando al aire —¿cuántas son?

—Seis, señor.

—¿Dónde están sus hijos? —preguntó— necesito que los devuelva inmediatamente; invente cualquier excusa teniente: que fueron secuestrados y nosotros los liberamos o algo así, pero ¡ojo!, sin aceptar ninguna culpa, jamás la Asamblea puede ser culpable de violar los derechos civiles.

—No sé, señor —dijo, Velásquez, distraído.

—¿No sé qué?

—Que no se el paradero de esos muchachos.

—Velásssquez, ¿cómo así que no sabe dónde están sus prisioneros?

—Señor, los retenidos por las FMA se dónde están, pero los que fueron arrestados por la PJB no tengo idea; mis prisioneros están encerrados en el edificio de la Asamblea aunque el teniente Penagos acostumbra a llevárselos cuando se aburre de torturar a los que tiene en los calabozos de la PJB.

—Vaya, Penagos resultó peor que Arling —reflexionó, Miller.

—Seguramente él tiene a los otros —afirmó, Velásquez.

—Claro que sí, todavía lo duda, ahora el problema es el estado de esos pobres desgraciados.

—No entiendo capitán.

—¡Carajo, Velásquez! —gritó, el comandante— es usted un tonto o se hace; me refiero a si están vivos o muertos, aunque por el bien de Penagos espero que todavía respiren, especialmente los hijos de las madres esas, ¿cómo es que se hacen llamar?

—Las madres de la redada de las marcas.

—¡Mierda!, la gente si busca nombres estúpidos para sus causas —caviló, concentrado, el comandante— entonces no tiene ni idea de dónde están.

—Se de dos, los arrestados por las FMA, ellos están en el edificio de gobierno...

—Sí, sí, eso ya me dijo, también que Penagos se divierte con ellos de vez en cuando, pero dónde están los otros; ¿Velásquez, quién puede darnos razón si usted no sabe?

—Voy a llamar al guarda de los calabozos.

—¿Y cuantas madres son? —preguntó, Miller, con curiosidad, mientras Velásquez marcaba el teléfono.

—Seis —respondió, el teniente, confundido entre la llamada y el interrogatorio del comandante.

—Según mis cuentas faltan tres prisioneros, de hecho faltan más porque se arrestaron cerca de treinta esa noche.

—Eran nueve los Blanco.

—Al fin cuantos son: ¿seis o nueve?

—Nueve, señor; dos en el edificio, dos ahogados en el cuarto de la sinceridad, el tal Didier, cabecilla confirmado de los Blanco, pero a ese no lo reclama nadie y cuatro de los que no sé nada.

—¿El cuarto de la sinceridad? —repitió, sorprendido, Miller— ¿qué carajos es eso? 

Los dos militares se quedaron en silencio, era claro que los peores crímenes de la Asamblea se cometían sin conocimiento de los jefes en el último tiempo cuando cierta anarquía empezaba a apoderarse de la Asamblea; habían pasado los tiempos grandiosos de los dictadores, entonces eran ellos los criminales y no sentían empacho en declararlo. 

—Mejor no me diga, prefiero ignorar esas cosas, pero recuérdeme advertirle a Penagos que deje de ahogar a los prisioneros por su propio bien; a veces este tipo me recuerda a Corrales, todo lo soluciona matando —exclamo, Miller— en conclusión, ¿cuántos podemos devolver?

—Dos.

—¡Carajo! —refunfuñó, el comandante, mientras el guarda de los calabozos entraba —¿quién es él?

—El único que nos puede aclarar el asunto de los prisioneros.

El tipo lleno de mugre grasienta parecía ahogarse detrás de su gran barriga, su dificultad para llenar los pulmones era exasperante, aun así, contó con gran esfuerzo la historia de sus inquilinos de los calabozos, confirmando el ahogamiento de dos, la muerte de tres más por causas aún en investigación y el uno vivo, el cabecilla de los Blanco.

—Dos más tres, más el Blanco y los dos suyos Velásquez suman ocho, ¿dónde está el nueve?

—No sé exactamente —confesó, el carcelero— es una mujer y el teniente le proporciona mejor trato, constantemente la saca del calabozo, pero no sé a dónde la lleva.

—Seguramente es esa muchachita, la mejor arma que tiene Penagos.

—Verónica Diaz.

—¡Exactamente, Velásquez!; su mejor elemento, sería una falta de respeto matarla sin consideración, por ella Penagos es quien es.

—No se confunda, señor, no creo eso en un hombre como Penagos, ser altruista no es su fuerte.

—Concuerdo con usted Velázquez, pero no se le puede negar que es un hombre creativo, advertirle sobre la redada y enviarle el cuchillo fue brillante, Arling por su apetito descomunal por la maldad no vio venir aquella sorpresa.

Miller hizo una pausa; Pedro Velásquez a su lado lo escrutaba disimuladamente, en ese momento su comandante se presentó como un tipo sencillo y hasta sincero, contrario al hombre siniestro que podía ser al dirigir la Asamblea.

—Pero dejemos a un lado los halagos, ahora se está comportando fuera de las reglas de la Asamblea, ¡o sea mis reglas! y eso no me gusta; perece estar seguro que al eliminar a Arling obtuvo carta abierta para cometer todo tipo de despropósitos y los beneficios de sus superiores, pero se equivoca, ¡muerto Arling, yo soy su superior!

—Claro, señor.

—Velásquez, no sea tan lambón —dijo, muy molesto, el comandante— mejor búsqueme a un subalterno de Penagos que quiera ascender, cumpliendo con una misión fundamental para mantener la obediencia de los hombres de la Asamblea.

—Si señor —respondió, Velásquez, atemorizado por la idea pervertida de su superior.

—Y no se preocupe, apenas nuestro hombre cumpla con su cometido usted será ascendido, por eso no se equivoque al reclutarlo, en sus manos está su futuro. 

El teniente Pedro Velásquez conocía la capacidad de su comandante para mantener el poder a costa de todo, seguramente por otro camino estaría alistando a alguien interesado en su rango, razón suficiente para no equivocarse en el soldado adecuado para la misión de eliminar al teniente de la PJB. 

—Señor, por qué no le da la encomienda a Márquez, él gustoso mataría a Penagos, aunque no le dieran nada..

—El sargento Márquez es un perro enfermo con rabia, no corre detrás de una llanta para quedarse atónito al alcanzarla, nooo, él hace de su carrera un pretexto para la destrucción y no se cansa, ni tiene límites, sólo concibe una idea en la cabeza, desgarrar cualquier cosa, si es posible hasta la mano que le da de comer; fue partícipe de la eliminación de Corrales y dos oficiales indeseables en la Asamblea, pero no más, no quiero volverlo imprescindible, tampoco me interesa ascensos entre las FMA salvo el suyo. 

Velásquez sintió alivio con la última afirmación de Miller, el comandante no era hombre de improvisar, si había dicho que sólo le interesaba su ascenso en las FMA podía estar tranquilo; Gerardo Miller era paciente, contemplaba su averno desde las alturas consciente de la realidad: todos ardían a su derredor por eso no se afanaba, era la salvación y nadie se negaba a servirle por alejarse un poco de las llamas, aunque nunca dejara de quemarse. 

—Teniente, vaya por sus prisioneros y devuélvalos inmediatamente, y diga a Penagos que le doy dos días para entregar a Verónica Diaz a su madre, que no sueñe con ser benefactor del síndrome de Estocolmo, esta es la Asamblea y aquí somos serios, nada de vagabunderías. 

El comandante se había ubicado con mucha tranquilidad frente a su ventana desde donde se dominaba todo el patio del cuartel, sin embargo, en un momento dio un brinco y regresó a mirar a Velásquez.

—Teniente, no lo voy a meter en problemas, deje ese trabajo al secretario de la Asamblea, nunca he conocido un hombre peor, es un tipo perverso, casi maligno; él se divertirá con los pobres viejas antes de decirles la verdad; llévele la orden sin dar ninguna explicación, él simplemente debe cumplir y usted debe asegurarse de ello; por cierto, déjele claro su futuro, si la próxima semana veo a las madres esas en la reja lo mando a matar. 

Cuando Gumercinda entró en la oficina de la Asamblea fue recibida con una gran sonrisa por parte del funcionario, pero al ver a las otras madres de la redada el tipo endureció su rostro; fue un cambio instantáneo, mostró desdén hacia Gumercinda, en sus gestos se notaba mal humor e iba a cancelar la entrega de Petrona sino aparece Velásquez por el pasillo, ojeando el interior de la oficina, entonces recordó la advertencia que le hizo y siguió con lo planeado a fin de deshacerse los más pronto posible de aquellas mujeres.

—Señora, tengo buenas noticias para usted, ya verá como las disfruta —enfatizó al dirigiese a ella, entonando con ironía la oración, con la firme intención de herir a las otras mujeres— pero no recuerdo haber llamado tantas madre, hasta donde sé la madre de Petrona Martínez es usted, no entiendo por qué hay cinco más; el asunto es claro, cada una ve por sus hijos y por ahora sólo he llamado a Gumercinda, ¿creen que deben estar aquí en este momento?

Las mujeres no respondieron inmersas en un silencio perverso, cualquier alegato era inoficioso, la respuesta era irremediablemente negativa, no había razón para estar ahí.

—Por otro lado, deben saber que cada uno de sus hijos es un caso especial para nosotros, la Asamblea siempre vela por la integridad de sus conciudadanos de ahí la importancia de tratarlos individualmente —comentó con aire socarrón— por ahora sólo tengo respuesta para el caso de la señora Gumercinda, esta razón me hace solicitarles con mucho respeto por su dignidad de madres que se retiren, los dos guardias de allá las acompañarán a la salida.

Enseguida todas fueron desalojadas por los guardias de la PJB dispuestos en la entrada, no hubo ninguna objeción, no tenían ánimos para rechistar, la cinco estaban presas de un frío terrorífico preámbulo de una gran fatalidad; con una sumisión inexplicable se dejaron llevar por los uniformados, ya no podían esperar nada bueno, al fin y al cabo, la esperanza es un sentimiento mentiroso, llega cuando ya no hay nada que hacer. 

—Señora —inició, el secretario, una vez quedaron solos; mostraba cierto aire de superioridad y se abrió el saco con aparente elegancia antes de sentarse detrás del escritorio— a pesar de la situación tan complicada nuestras FMA lograron rescatar a su niña; mediante inteligencia pudieron obtener información para llegar hasta donde estaba y al confirmar su paradero no ahorramos ningún esfuerzo para liberarla de los plateados, ese grupito de malandros y criminales que viven de secuestrar gente, nada tienen de revolucionarios.

—¿Usted me cree tonta, en serio piensa que no sé dónde estaba mi hija?

—Cálmese, señora, cálmese —susurró, el hombrecillo.

—¡Que me calme!

—Señora no olvide que yo estoy de su lado, no me trate como su enemigo, déjeme hacer mi trabajo y mi trabajo es traer con vida a su hija; quédese tranquila, mañana se la vamos a entregar, un poco cansada y algo golpeada, pero nada que algo de reposo y buena comida no puedan sanar, le repito, estaba en medio malandros y ellos no respetan a nadie, peor si es una niña muy bonita —explicó el secretario; se adivinaba cierta sátira en sus palabras, parecía divertirse al ver sufrir a la pobre mujer.

Entre tanto Gumercinda se había inmerso en una serie de suposiciones sobre el bienestar de Petrona, al escuchar al hombrecillo mencionar la maldad contra una muchacha linda pensó en lo peor, concluyó en segundos que Petrona estaría totalmente destrozada.

—Afortunada ella de tener a unas fuerzas militares fortalecidas, eso permitió evitarle cualquier deshonra.

La madre de Petrona suspiró un poco, trató de tranquilizarse e intentó limpiar su mente de todo mal presentimiento empeorado por las circunstancias.

El secretario siguió con su conversación.

—Me veo en la obligación de comentarle que el regreso de su hija sana y salva a Luna Blanca le significa un par de sacrificios, una condición insignificante comparada con el bien superior que obtiene.

Gumercinda se puso pálida ante estas palabras.

—Primero, la señorita Petrona Martínez no puede volver a salir de Luna Blanca mientras lo disponga la Asamblea, cualquier acercamiento a Andinia le ocasionará arresto inmediato, desde ahora Luna Blanca será su única morada.

—¿Y la segunda? —balbuceó, temerosa, Gumercinda.

—La segunda —repitió, el secretario e hizo una pausa— la segunda se refiere a sus compañías, debe escogerlas mejor por su bien, por eso le sugiero que deje de verse con las madres de la redada, cualquier información sobre reuniones que tenga con ellas implicará el traslado de Petrona Martínez a los calabozos de la PJB y ninguno de los dos queremos eso, ¿verdad?

El tono aparentemente amistoso era tajante en su demanda, Gumercinda y Petrona debían quedarse encerradas en Luna Blanca.

—Una cosa más —advirtió, el hombre que le daba la espalda— salga por la puerta de atrás, es mejor que no se ponga a dar explicaciones innecesarias a esas mujeres, usted ya solucionó su problema, cada una debe hacer lo mismo, eso no le importa a usted. 

El alma se le resquebrajó mientras escuchaba el chirrido de la puerta de metal oxidado abrirse ante ella, no podía sacar de su cabeza la imagen de las madres arrimadas contra la reja de hierro forjado, donde tantas ocasiones presionó su cara desesperada por la ausencia de cualquier respuesta. 

Al caer la noche después de mucho rato de espera las madres se alejaron de la puerta, Gumercinda no había salido, pero todas quería creer en su inocencia, ese maldito no la dejó salir para que nos contara todo, seguramente no fue decisión de ella escapar por otra puerta, pensaban mientras se retiraban llenas de rencor.

Hay mucha ironía en la fortuna, no puede arropar a todos al tiempo, pero se asegura de producir mucho dolor al que no la tiene. 

Pocos días después fue llamada Mónica, el secretario se encargó de darle las explicaciones del caso, llamó una misión heroica la de los hombres de las FMA para rescatar a Verónica Diaz, le comentó el desarrollo del plan libertad de los jóvenes de la redada implementado por las FMA para rescatar a la juventud de Andinia, es el mayor éxito de nuestro ejército, ejemplo de profesionalismo en todos los alrededores, aseguró con el pecho henchido; según sus informes dos más estaban a punto de ser liberados, pero no había certeza del tiempo razón por la cual le solicitaba dejar sus reuniones con las madres de la redada, no queremos generarles expectativas engañosas, le explicó. 

Mónica no decía nada, a lo mejor porque no entendía toda esa perorata sobre los militares y su fortaleza, ni veía su importancia hasta no confirmar que su hija estuviera a salvo.

—Todo va a salir bien, quédese tranquila, los guardias la esperan para conducirla a su nueva casa.

—Pero tengo que llevar mis cosas y no puedo abandonar a mi hija menor.

—La Asamblea se encargó de eso, ya llevamos sus cosas a la nueva casa y su hija menor la espera en el carro; la decisión fue tomada por evitarle preocupaciones sin valor, ahora lo importante es Verónica.

—¿Dónde está ella?

—Ya está en la casa, falta usted para que la cuide bien —aseguró, el tipejo— quiero decirle algo más, la va a encontrar un poco demacrada, la verdad sus secuestradores no le dieron buen trato, pero es cuestión de comer bien y mucho descanso para recuperar su estado.

Posteriormente le aseguró que la Asamblea se iba a encargar de ellas mientras se acomodaban en el nuevo pueblo, también vamos a encargarnos de su seguridad, créame que es por su bien, pero tranquila después será retirada. 

La madre de Verónica estaba atónita, no podía digerir la noticia de su nueva vida, aquellos hombres querían cortar de tajo toda su historia para encerrarla en una casa de campo en algún caserío perdido en medio de la nada, además vigilada como si fueran prisionera, ¿cómo podía ser eso?, reflexionaba.

—No se olvide señora Diaz, nuestra parte se ha cumplido, ahora le toca la suya: nada de madres de la redada y mucho menos salir de su nuevo hogar, para Verónica, ¡Andinia no existe!

La muje agitó la cabeza, después siguió a los dos guardias de la PJB. 

Cuando Mónica llegó a la nueva casa no pudo creer que la imagen fantasmagórica sentada en la sala de la pequeña construcción era Verónica, estaba muy flaca, con la mirada contra el piso, su piel ajada, los labios cuarteados, su característico pelo enmarañado lleno de tierra y a medio vestir, casi irreconocible; la señora se sentía aturdida con aquel figurín maltratado, sin embargo, algo impacto con más dureza su corazón: la mirada vacía sin sentimiento alguno con la maldad reflejada en ella, indiscutiblemente Verónica estaba condenada a sobrevivir a su tragedia; la señora al verla empezó a llorar, la muchacha estaba tan mal que alcanzó a dudar antes abrazarla, su hija no era esa, de frente tenía un ser en harapos sin un leve atisbo de vida, Verónica era alguien diferente; los minutos que transcurrieron antes de abrazarla fueron terribles, ese sentimiento de aversión hacia su hija la atormentó el resto de la vida sin poderse perdonar.

—Verónica —susurró, pero la muchacha ni siquiera se inmutó— Verónica, hija mía —repitió con intención de abrazarla, aunque algo la contenida, tal vez la esperanza estúpida de ver entrar a su hija por la puerta; de pronto la verdad relució, era ella y debía rodearla con sus brazos para darle su protección, su amor no podía ser mezquino— ¡Verónica perdóname!, sólo tú puedes perdonarme porque yo no seré capaz de hacerlo.

La muchacha se limitó a verla, ningún gesto se dibujó en su rostro, se dejó abrazar con la ternura de una madre, aun así, no correspondió el gesto; pasaron muchos años para que entendiera la importancia de ese primer abrazo. 

—Un abrazo tuyo me trajo a la vida, ahora sólo quisiera que al darte este sucediera lo mismo —le diría, Verónica, a su madre, el día que murió. 

Un mes después las cuatro madres que aún seguían sin noticias de sus hijos fueron llamadas.

—Señoras —dijo, el funcionario— ustedes son familiares de los muchachos arrestados el día de la redada —hizo una pausa— miren, no voy a mentirles, los muchachos fueron arrestados porque cometieron un delito grave, ya saben, la Asamblea no perdona esas cosas por eso fueron condenados por traición —explicó, al tiempo las señoras empezaron a llorar en silencio, la noticia trágica indeseada parecía caer sobre ellas.

—¿Dónde los tienen encerrados?

—Señoras, eso no importa ahora, lo bueno es que saben la verdad.

—¿Pero dónde están?

—Es difícil para mí comunicarles esta noticia, pero ellos no van a volver.

—No acaba de decir que están arrestados.

—Señora, yo dije que fueron arrestados, nunca dije nada sobre tenerlos todavía; les puedo asegurar con toda certeza y me cuesta mucho dolor hacer esto, pero no los van a ver más, es la verdad, se me sale de las manos, ya hice todo lo posible por ayudarlas ahora sólo me queda pedirles que abandonen la oficina,

Dos guardias entraron, las mujeres no hicieron ningún esfuerzo por quedarse, simplemente salieron en silencio, no tenían lágrimas para llorar; fuera de la casa de gobierno no cruzaron ninguna palabra mientras caminaban, una cuadra más arriba en la esquina donde el padre Juan ardió junto al fuego que bendecía se separaron echando una simple mirada entre ellas por última vez porque no se volvieron a ver jamás.