viernes, 31 de julio de 2026

La era de la oscuridad XIV

 XIV 

Una vez frustrado el plan de entrada de las armas Petrona y Julio fueron trasladados al edificio de la Asamblea, al tiempo Sabi fue ingresado a los calabozos de la PJB; esa misma noche las FMA asaltaron en la iglesia y después de desbaratar el altar encontraron el antiguo salón de reunión donde los Blanco apenas empezaban su reclutamiento; en mitad de la noche lluviosa el padre Lucio fue sacado violentamente, golpeado a patadas sin piedad antes de subirlo al camión de los militares; igual suerte corría la tienda de Catalino hecha añicos por la PJB en busca de Didier, fácilmente lo encontraron tratando de escapar por la parte trasera de la bodega, también sufrió una golpiza brutal antes de meterlo en un carro de vidrios oscuros de la policía judicial. 

Todos los retenidos permanecían en los calabozos oscuros de la PJB, sufriendo graves vejámenes; para Petrona no fue diferente, mientras estuvo en la cárcel la interrogaron varias veces, la sacaban de la celda con los ojos vendados y la llevaban al cuarto que llamaban de la sinceridad, ahí la metían en una tina de agua hasta la altura de la boca, dejaban caer gotas de agua frente a la cara hasta enloquecerla, inicialmente no parecía muy doloroso ni terrible el castigo, pero con el paso de los minutos se volvía desesperante; la caída de la gota salpicaba en la boca, lentamente inundaba la nariz e ingresaba en los ojos, impidiendo su lubricación natural; la respiración era interrumpida por la entrada continua del líquido, al cabo de unas horas el agua subía su nivel imperceptiblemente y el prisionero se veía obligado a cerrar la boca y empinar lo suficiente el cuello para no ahogarse, muchos murieron de esa forma. 

Petrona estuvo tres veces en la tina, en la última la gota era tan fuerte que rápidamente subió el nivel, se hubiera ahogado de no ser porque el guardia sintió lástima y dejó salir el agua suficiente para que la muchachita se salvara.

¿Qué pasó aquí? preguntó, el comandante Andrade según mis cálculos esta tina debía estar llena hace una hora.

Señor, usted sabe que en este maldito pueblo los servicios domiciliarios son una mierda respondió, un hombre sucio y mal encarado, dueño de la prisión, vigilante constante de cuidar la severidad de las torturas de acuerdo a lo solicitado por Andrade.

El comandante demostró su inconforme por la respuesta con su ceño fruncido mientras examinaba de reojo al guardián, afortunadamente para él apenas había llegado a su turno y no existió ni el más mínimo atisbo de nerviosismo.

Supongo que tiene razón, pero mande a revisar y si es necesario cambie ese tanque, aquí se muere el que yo diga y no el que escojan lo encargados de los servicios de agua. 

Por su parte el padre Lucio no había comido desde el primer interrogatorio cuando quemaron su lengua y no fue tan fuerte ni tuvo la fortuna de Petrona, terminó muriendo en la tina cuando Andrade entendió que no iba a delatar a nadie.

Penagos, amarre a ese cura dentro de la tina, que quede la cabeza por debajo del nivel y suelte el agua con más fuerza, veremos cuando aguante antes de gritar por ayuda o maldecir por su desgracia.

A pesar de su estado el padre no le dio gusto al comandante Arlyn Andrade, espero a tener el nivel en su nariz, empinó su cuello y aguantó hasta cuando el agua alcanzó nuevamente sus fosas nasales y con fuerza agachó su cabeza hasta dejarla pegada al pecho, ahí soportó hasta cuando una gran convulsión dio fin a su vida anegado con el líquido de la dictadura; cuando Penagos entró a la celda el agua no había cubierto toda la cabeza, pero el padre estaba muerto, maldito desgraciado no le dio el gusto a Andrade, murió en silencio sin pedir ayuda ni renegar contra la Asamblea, pensó, Penagos, entre la burla al comandante y el respeto para Lucio. 

Álvaro sufrió iguales tratos, pero no dejó de comer a pesar del dolor que le causaba tragar la sopa hirviendo que le retiraban inmediatamente se la servían, estaba decidido a no morir de hambre, por ese sacrificio no perdió todas sus fuerzas, logrando soportar noches enteras metido en la tina con el agua a la altura de su nariz.

A este bárbaro no lo mata nada comentó, el comandante, una mañana que entró al cuarto de la sinceridad.

Ni Penagos ni el guardia comentaron nada, sabían del rencor de Sabi por Andrade, no iba a morir fácilmente acordaron en silencio.

—Álvaro, sigues sorprendiéndome con tu fortaleza en el campo, no te dejas amilanar —dijo, Arlyn, viendo con rabia al Blanco Penagos, llévese a este tipo a su celda, ya se me ocurrirá como matarlo y no más comida, no se la merece. 

Desde ese momento Álvaro no recibió una bocado más, en cambio le daban una paliza todas las mañanas, con el paso de los días conservaba su valor, pero físicamente estaba a punto de desfallecer; un día escuchó a dos personas, una era la voz amarga del guardia, la otra muy débil, aun así, la identificó al final, cuando la puerta se cerró llamó con voz suave para evitar los guardias.

—Hola, hola —susurró— ¿quién está ahí?

—¡Soy yo!

—¿Didier? —preguntó, esperanzado, Sabi.

—Sí.

—Soy Álvaro, ¿cómo estás?

—Qué bueno escucharte, hace dos días me dijo el guardia que el padre Lucio había muerto.

—Maldito, Arlyn.

—No sé si salga de aquí, a lo mejor no, pero no me voy a morir mientras ese maldito viva —sentenció, Didier; Sabi no habló más.

Desde ese día conversaban de vez en cuando, especialmente cuando no eran llevados al cuarto de la sinceridad. 

Una noche golpearon la puerta y un papel fue deslizado por debajo, Sabi dudó antes de alzarlo, esperó un largo rato, al fin sintió que no era una trampa, lo tomó con su mano y lo leyó, después se lo tragó con afán; la nota lo alertaba para el día siguiente, debía estar pendiente a una frase conocida y tomar el puesto de quién la dijera, estaba asegurada la complicidad de los guardias. 

Al día siguiente fue sacado muy temprano, lo llevaba un solo guardia, de frente alcanzó a ver a dos hombres, uno muy fornido cubierto la cabeza con un trapo acompañado de otro de contextura media con una gorra con visera para cubrirle la cara.

—Vamos a la casa de la loma —dijo, el hombre de la gorra, se la sacó, la puso en la cabeza de Sabi y cambió de posición; Álvaro se dejó llevar, recordando la nota, por su parte los guardia no dijeron nada, ni parpadearon, simplemente se saludaron con la cabeza y cada uno siguió para su lado. 

Cuando llegaron a la puerta fueron metidos en un carro enviado desde Pacífico, debía llevar a dos ciudadanos suyos para juzgarlos allá; la Asamblea aceptó y Arlyn firmó la autorización; cuando estuvieron en el carro el hombre se descubrió la cara.

—¡Hola, Sabi!

—¡Hola, Dorian! —respondió, Sabi, muy emocionado. 

Cuando Arlyn fue alertado varias horas después de la desaparición de Álvaro fue furioso a confirmar la noticia, cuando entró en la celda encontró a Henry sonriendo en medio de la celda, maldijo y salió directo al edificio de la Asamblea; una vez confirmo quiénes fueron los guardias del turno los llevó al patio y los fusiló junto a Henry. 

El hecho lleno de bronca a Arlyn y decidió arrestar por la duda más leve a cualquiera de integrar los Blanco, sólo le quedaba ensañarse contra esos sospechosos porque tenía claro que no atraparía a Sabi nuevamente. 

Una semana después las FMA seguían con sus pesquisas en toda Andinia; después de asaltar la iglesia y acabar con la tienda de Catalino no habían podido arrestar a otro Blanco de importancia; Arlyn se metió en las operaciones y solicitó a Miller que le dejara El Progreso y la Marea.

—¡Los Blanco son míos, usted no se va a llevar mi triunfo!

—Andrade, eso no me interesa, los Blanco son suyos, vaya tranquilo que las PJB de Andinia al mando de Penagos lo va a apoyar en lo que necesite.

Así me gusta Gerardo, usted hace lo que quiere con Andinia, yo con los Blanco. 

A la mañana siguiente Arlyn acompañado de Miller se dirigió a los calabozos de la PJB a confirmar si alguien de los arrestados por las FMA había confesado cualquier detalle aprovechable, pero no encontró nada.

—Señor, no podemos seguir torturando a los imbéciles que se dejan arrestar –dijo, el carcelero sucio que vivía ahí los únicos que tienen información son los dos muchachos arrestados con las armas, la tal Petrona Martínez y ese Julio Basante.

¡Pueblo de mierda, después de dieciocho años los únicos apellidos que siguen sonando son los Martínez y los Basante!, ¡nunca dejarán Andinia! —comento. Miller, malgeniado.

—¿No se olvida de los Ramírez? –dijo, Andrade, con tono de burla.

No la invoque, no la invoque, sólo falta eso aseguró, Miller.

El comandante Andrade pensó unos instantes y luego habló.

Deje esto así, yo me encargaré de traer alguien que sepa algo, las FMA ya no están al mando y ahora las cosas se harán bien.

Miller se encogió de hombros, no se veían preocupado, casi parecía estar alegre; miró a Arlyn y se retiró.

Capitán Velásquez, ordene que los hombres de las FMA se retiren, los quiero a todos en el cuartel de la Asamblea para esta tarde.

¿Y la seguridad de la Asamblea?

Está en su manos Arlyn, está en sus manos. 

El comandante Andrade quedó en silencio, era una figura pétrea, sin color en su rostro ni sentimientos notorios.

Penagos, reúna a toda la PJB afuera del edificio.

Usted quédese quieto —dijo, Andrade, dirigiéndose al carcelero espere a que le traiga otros prisioneros, los que están aquí puede echarlos al rio, pero los de las armas déjelos quietos, no cometa ninguna bestialidad que le cueste algo más que su trabajo. 

Una vez formados todos los efectivos de la PJB se dirigieron a El Progreso y La Marea comandados por Arlyn Andrade y Mauricio Penagos, cuando llegaron a la zona comercial se dividieron y cada grupo se fue a un barrio; en El Progreso todavía quedaban algunos Plateados quienes se enfrentaron con la PJB, pero el combate no duró mucho; como había ordenado Andrade los hombres de la PJB dispararon a matar desde el primer momento, rápidamente cayeron la mayoría, los últimos se rindieron, sin embargo, no les valió para nada porque fueron ejecutados en el parque. 

En La Marea había un grupo llamado Salvadores de Andinia, estaban mejor armados, opusieron mayor resistencia y mataron a cuatro integrantes de la PJB; después de eso todo fue un estropicio total, el comandante Andrade ordeno acabar con el barrio, prendiendo el lugar en varios puntos; en pocos minutos los cartones, plásticos y madera que conformaban las casas ardieron, muchos murieron dentro de sus residencias donde se protegían del asalto de los uniformados; La Marea casi desapareció. 

De acuerdo a informaciones llegadas a la PJB por soplones pagados se identificaron las casas de los sospechosos de ser partidario de los Blanco, a la mayoría los conocía Arlyn, pero habían nuevos integrantes; una vez superaron las endebles defensas de los Plateados todos los efectivos de la PJB invadieron El Progreso, se dispersaron en todo el barrio y empezaron a arrestar a quien se les atravesara; una vez el barrio estuvo asegurado Arlyn Andrade entró con su figura severa erguido y solemne; todos los hombres se pusieron firmes.

Descansen soldados, estamos en acción, no hay tiempo para el decoro, siga con las pesquisas, yo me encargo personalmente de algunos sospechosos. 

La noche anterior infiltrados de la PJB habían marcado las casas de los Blanco por eso el comandante fue sin dudar; en una calle a medio pavimentar se encontraba una casucha pobremente iluminada, a una orden fue invadida a patadas sobre la puerta blanca de metal, al escuchar el escándalo dos viejos salieron a detener a los guardias.

—¿Qué pasa con ustedes?, ¡esta es una casa de bien!

—¿Dónde está el traidor? –gritaron.

—¡Aquí no hay traidores!, ustedes no tienen derecho de entrar de esa forma a mi casa.

Los uniformados no hicieron caso al reclamo del viejo, se limitaron a golpearlo brutalmente, el pobre cayó estrepitosamente al lado de su esposa presurosa a levantarlo aterrada ante la escena desastrosa de su hogar, posteriormente con palos y patadas echaron abajo todas las puertas hasta que dieron con un muchacho escondido en un pequeño cuarto dedicado a los chécheres, lo agarraron de la camiseta y lo sacaron a la calle.

No se lo lleven por favor, no se lleven a mi hijo –gritaba, la mujer.

El padre se incorporó e intentó enfrentar a la fuerza militar, pero Arlyn le dio con la culata de un fusil.

Decía que no hay traidores en su casa, pues aquí está uno -gritó, el militar.

Tirado sobre el suelo Ícaro alcanzó a reconocer la voz del comandante, alzó su mirada, cunado lo identificó se sintió devastado, la noticia era peor al castigo físico, luego enterró su cara en el polvo y se dejó llevar por los integrantes de la PJB hasta un carro completamente negro de cristales polarizados.

Hola Ícaro, si te acuerdas de mí —inquirió, sonriente, Arlyn cuando el muchacho ya estaba en el carro.

El muchacho se agachó y empezó a llorar. 

Una cuadra más arriba varios hombres se protegían de una lluvia de piedras venidas del interior de una casa, eran atacados por un hombre atrincherado en el salón amplio donde vivía, como no pudieron convencerlo de entregarse entraron por las ventanas y sacaron a los niños, los tiraron al suelo y le dieron una última advertencia antes de golpearlos; del interior de la casa saltaron tres varones tumbando a los integrantes de la PJB, ya tenían sometida a la guardia cuando apareció Penagos con apoyo, los recíen llegados usaron sus armas sobre los Blanco y los vencieron.

—Cobardes, solos no pudieron, los tuvieron que ayudar, son unos pobres diablos…

Reinel no pudo terminar la frase porque uno de los agentes golpeó su cabeza.

—¿Te crees muy guapo?, deciles que me suelten y te enseño lo que es ser un hombre.

Inconscientemente quien lo tenía atrapado le dio espacio, de inmediato el joven se lanzó sobre el uniformado y se armó una pelea encarnizada hasta la llegada de Arlyn.

—¡Carajo!, ¿qué les pasa a ustedes?

Todos reaccionaron quedándose quietos, el peleador se mantuvo en pie en medio de la formación.

—¿Quién es este? —preguntó, Arlyn.

—Alguien que no conoces, alguien de confianza no un traidor —respondió desde el suelo, Reinel— Yeison, te presento al traidor más grande de Andinia, este imbécil que tienes en frente nos ayudó a planear muchas cosas, un maldito que nos engañó y ahora nos está matando uno por uno, alguien que no vale la pena, ¿estoy equivocado Arlyn?, no, no, alguien como tu no vale la pena.

Andrade se rio furiosamente, Reinel se incorporó y habló fuerte con la intención de hacerse oir por todos.

—Es un traidor, así que ustedes señores de la PJB no se sientan seguros, el traidor nunca deja de ser, lo más probable es que más tarde se vaya contra ustedes.

Arlyn Andrade lo miró con rabia infinita antes de matarlo.

—Arresten a eso dos y llévelos a la PJB; Penagos hágalos hablar como sea, está autorizado por usar los métodos necesarios; a Reinel Benavides déjelo tirado para que los hijos lo entierren —agrego y después gritó a toda la cuadra— eso es lo que les pasa a los hijos de los Blanco, ¡tienen que enterrar a sus padres!, ¡se los juro! 

Por todo El Progreso se oyeron retumbar las puertas, se sentían los gritos de niños y adultos, muchos heridos se refugiaban donde podían; Roviro era un Blanco que vivía con su abuela un una pequeña casa alumbrada con velas.

Desgraciado es hora de que caigas –gritaban, los guardias.

—¡Si quieren arrestarme entren! —aullaba, desafiante, Roviro.

Cuando los guardias se lanzaron dentro de la casa fueron recibidos con dos bombas molotov, uno de los agentes cayó sangrando abundantemente, luego se oyeron dos más que atontaron otros agentes, todos retrocedieron ante el ataque, sin embargo, la municiones de Roviro terminaron; en la confusión se distinguían los chillidos estridentes de la abuela al ver a su nieto Roviro arrastrado después de recibir una golpiza inhumana. 

Con fuerza inusual en  una mujer anciana llegó hasta donde estaba el muchacho, se agarró de su pierna sin dejarlo avanzar, siendo remolcada por el piso de la sala y el angosto antejardín por los guardias que halaban a Roviro.

¡Quiten a esa vieja!, ¡que se suelte de este cabrón!

¡No puedo, se agarra con mucha fuerza!, ¿qué hago? —preguntó, angustiado, uno de los uniformados.

El comandante se desesperó, tomó un palo y empezó a golpear la cabeza de la vieja.

¡Cabrones, no le peguen, no sean cobardes, no ven que está enferma!

¡Eso debiste pensarlo cuando te metiste con la asamblea!

La vieja seguía pegada a la pierna de Roviro a pesar de los garrotazos del comandante.

¡Abuela suéltese!, ¡suéltese por favor!

Ella no quería hacer caso, pero las fuerzas al fin la abandonaron, se soltó después de recibir un último garrotazo, quedando tirada en el andén.

No se lo lleven, no se lleven a mi nieto –balbuceaba, atragantada por la sangre en su bocano se lo lleven dijo, una vez más y finalmente se acurrucó en el pavimento raído de la cuadra. 

A lo largo de la cuadra había testigos detrás de las ventanas sin iluminación para no llamar la atención de la PJB.

—¡Esa vieja se merece esto por defender a un puto Blanco! grito, Andrade ¡ahí se tiene que quedar!, ¡si alguien sale a ayudarla me lo llevo!

Haya sido por temor o por desidia la orden se cumplió y la vieja amaneció tirada en medio de la calle. 

Una vez subieron a Roviro al carro Andrade se dirigió a una casa señalada especialmente.

Aquí vive mi diamante —dijo— es hora de pulirlo.

En el lugar habitaban tres mujeres, la madre y dos hijas, una de ellas una niña de cinco años; la mayor fue informada de la redada con anterioridad, adicionalmente recibió un paquete con una nota: espero que lo uses para algo más que defenderte, contamos contigo; ella no entendió ni abrió el paquete, pero tampoco lo botó. 

Como durante toda la noche la escena se repitió, puertas derribadas, enseres destruidos; al momento del ingreso una mujer salió al encuentro de los agentes, pero ya la muchacha estaba frente a frente con el comandante.

Por fin diamante, sabes que te admiro, deberías estar de mi lado.

—Te dije que si me volvías a llamar diamante te mataba, ¡me llamo Verónica Valenzuela! —gritó, la muchacha— ¡señorita Valencia para cabrones como usted!

—Eso admiro de esta mujer, ¡el coraje! —dijo, sinceramente emocionado, Arlyn. 

Pasaron unos segundos mientras se escrutaban con sus ojos, entonces se lanzaron a una lucha aparentemente desigual por la contextura del hombre, pero por la ferocidad de Verónica el equilibrio fue inmediato; en un movimiento inesperado por la muchacha su madre se metió en la pelea y recibió un golpe que la tiró a un lado de la sala.

¡Vete adentro, mamá!, estos hombres son unos cobardes, especialmente este que voy a matar esta noche a pesar de su boina roja y su aparente mando; es más, no sólo es un cobarde, ¡es un traidor!

La señora hizo caso, cuando entró en el cuarto su hija menor estaba sentada sobre la cama, todavía el sueño la tenía dominada.

¿Qué pasa mamá?

Nada, hija.

Pero algo pasa, alguien grita allá afuera.

No, no es nada —insistió, la señora— mejor hagamos una cosa, ¿quieres escuchar música?, toma los audífonos y póntelos, pero júrame que no te los vas a quitar.

La niña no entendía la actitud de su mamá, sin embargo, aceptó sin más preguntas; antes de salir del cuarto la señora prendió el televisor y subió el volumen.

—¡Ya vengo! —gritó— ¡prométeme que no vas a salir de la pieza! —agregó, saliendo sin mirar atrás.

La señora apareció nuevamente en la sala.

¡Que no salgas! le advirtió, Verónica esta pelea es mía. 

El comandante se fue en contra de ella, Verónica lo detuvo, aunque empezaba a flaquear, aun así, el grandulón fue al piso, desde ahí ubicó a la muchacha para contratacar, de un impulso Arlyn se levantó y con la ayuda de un garrote golpeó a la muchacha, luego la hizo retroceder hasta el cuarto con toda su poderío, la tumbó sobre la cama y se le fue encima; en ese momento Verónica se acordó del mensaje que llegó junto al paquete. 

Mañana Arlyn Andrade se tomará El Progreso, este es un obsequio de un amigo común, espero que lo utilices para algo más que defenderte, contamos contigo. 

Cuando reaccionó empezó a patalear no tanto para quitarse el cuerpo de Andrade, sino para buscar el paquete del desconocido; se revolvió tanto sobre la cama que logró agarrarlo debajo del colchón esperanzada a que cierto le sirviera para defenderse, le costó un poco porque el artefacto estaba bien envuelto en papel, pero finalmente el papel cedió, cunado sintió un corte en la mano entendió que la salvación estaba cerca y sin pensarlo lo enterró en un costado, girándolo dentro del cuerpo, al sacar la hoja afilada un gran chorro de sangre brotó; Arlyn se movió convulso con la mano abierta sobre la herida.

—¡Puta diamante!, ¡cierto sabes cumplir tus promesas!, ¡eres la mejor! —exclamó, Arlyn Andrade.

La muchacha siguió apuñalando al hombre quien de a poco se quedó sin movimiento; a pesar de todo Verónica fue sacada a rastras y llevada junto a diez Blanco.