XVII
Los
hombres suelen defender
sus
ideas con la razón,
pero
si tienen el poder
prefieren
la irracionalidad.
Un homenaje a los que sufrieron por no estar de acuerdo.
Al abrir la puerta el eco metálico
recorrió todo el terrible escenario, un hueco oscuro formado por seis celdas de
dos por dos metros, en cada una un camastro y un rústico pozo séptico tapado
con una tabla; estaban organizadas en dos bloques separados por una delgada
pared, cada bloque constaba de tres celdas ubicadas en el centro de una gran
bodega rodeados por un pasillo donde estaban las puertas; de pronto se abrió la
entrada principal, pero sólo se filtró un pequeño rayo de luz porque la bodega
estaba lejos de la calle en un edificio de oficinas cerradas después de la
redada de las señales, solitaria sin la mínima posibilidad de un murmullo
alentador, totalmente aislada; una vez se cerró el portón desapareció la leve
luz y todo volvió a la penumbra enfermiza de siempre, entonces el sonido característico de
los pies de Janeth al arrastrarlos rumbo a su celda inundó todo.
—Camina, no me voy a quedar en este
hueco por tu culpa; ¡hoy es mi día libre y no quiero estar más tiempo aquí —gritó, el carcelero.
—¡Maldito Carlos, dejala tranquila!
—¡Cállate perra desgraciada, muy
valiente por ser la protegida de Penagos!
—¡Eso no te importa! —respondió,
Verónica.
—Muévete rápido, no me castigues
así, cuando necesitas algo te lo doy, hoy te toca tu turno.
Al fin la muchacha cesó de
arrastrar los pies, a continuación se sintió claramente el sonido de la espalda
medio cubierta con una camiseta hecha jirones al rozarse con el rústico cemento
de la pared; casi no sangraba, después de tanto tiempo de encierro se había formado
una costra endurecida irrompible por las pocas fuerzas de Janeth.
—Hola —dijo con voz queda,
Verónica— ¿cómo te fue?
—No pregustes tontería —comentó, Janeth.
—Sólo quería saber.
—En realidad no quieres saber…
—¡Prueba! —retó, Verónica.
—Estoy harta, no aguanto más… —alcanzó
a decir, Janeth, posteriormente enmudeció; a pesar de su esfuerzo y la
necesidad de desahogarse le pesaba contar su historia diaria por vergüenza;
nunca se imaginó antes de la redada que estaría condenada a algo tan bajo.
—Ninguno entendería, ni siquiera yo
lo hago, es tan aberrante que sólo pienso en morir.
—Mejor hablemos de otra cosa —dijo,
sin perder su alentador estado de ánimo, Ícaro.
—No entiendo como haces para seguir
tan tranquilo —comentó, Peetrona.
—No estoy tranquilo, quisiera estarlo,
por eso trato de calmarme con las historias de ustedes que salen, además no voy
a morir amargado como quieren ellos.
—Ícaro, Ícaro, no sé si pudiera
aguantar esta tortura sin tus tonterías, a lo mejor ya me hubiera rendido —confesó,
Petrona.
—¡Sólo falta mi café! —gritó con
nostalgia, el muchacho.
—Vero, ¿cómo está Andinia? —dijo,
Ícaro— cuéntame otra vez como fue remodelado el parque.
—No te tortures Ícaro —dijo,
Verónica.
—Esa es la mejor tortura que puedo
tener, prefiero imaginar los cuadros que describes, eso me da fuerza para
molestarlos.
—Talvez para ti, pero para mi es una tormento oír descripciones
de un pueblo que ya no volveremos a ver —renegó, Roviro.
—No digas esas cosas amigo.
—¡Es cierto! —gritó, Janeth, llena
de angustia— no puedo decir más, de pronto las palabras se mojaron por el
llanto y se atropellaban al salir— estoy cansada, harta de esta miserable vida,
no puedo con esto, todos los días tengo que ir a la pieza de ese asqueroso
viejo, ahí sólo huele a sudor y a mugre, él es el jefe de los carceleros, pero
vive igual que nosotros, su pieza es una celda un poco más grande, eso es todo,
el mismo camastro, el mismo pozo, la misma mierda que penetra en todos lados,
¡olemos a mierda!, solamente que ya no la sentimos.
—¡Eso es cierto! —gritó, Roviro— ¡malditos desgraciados, nos tienen como animales!, es hora de acabar con esta miseria.
En la negrura de aquel agujero al
que estaban condenados seis muchachos no llegaban noticias de ningún lado, no
sabían cuánto tiempo llevaban ahí; sin contar a Petrona y Julio, los demás
fueron arrestados en la redada de las señales, llevados esa misma noche con la
cabeza cubierta y abandonados durante varios días, no tenían noción del tiempo,
no sabían dónde estaban ni si algún día serían liberados.
Después del reclamo de Roviro reinó
el silencio, intensificando la oscuridad de la cárcel.
—Vero, cuéntame algo —insistió,
Ícaro.
—No hay mucho para decir: Penagos me saca varias veces porque soy su puta preferida, sólo eso, me tiene asco, me hace lavar por sus hombres en el patio con una manguera antes de dejarme entrar a su pieza, pero tengo paciencia, sigo pensando cómo liberar a este mundo de ese cabrón, eso sería mi mayor triunfo aunque nunca salga de aquí; por eso no tengo nada más para contar, estoy más concentrada en mis planes que en ver el cielo nublado de ese infame pueblo.
La puerta volvió a chirriar al
abrirse, esta vez un prisionero caminaba con lentitud, no arrastraba los pies,
pero daba pasos lentos y pesados.
—¿Quién está ahí?
—¡Es Alirio! —gritó, Ícaro.
—¡Cabrón! —dijo, Verónica.
—Oh, así me pagas Verónica, no te
voy a ayudar la próxima vez —reclamo, Alirio
—¿Cuándo me has ayudado? —comentó,
ella antes de reírse.
Alirio Gómez era el único guardia que los trataba con cierta familiaridad, Carlos era hosco, pero se paseaba continuamente en completa mudez, sólo esperaba hacerles compañía un rato; había un tercer hombre encargado de supervisar a los guardias de los calabozos, pocas veces iba a la bodega, sufría de asma y la humedad de las celdas lo afectaba mucho; Alirio solía quedarse mucho tiempo describiendo el pueblo, algunas veces les había llevado una porción más de pan o cualquier cosa dulce, muchas veces los salvo de la piscina, Janeth y Petrona estaban vivas por su intervención; era extraño que casi sin conocerlo, sólo lo encontraban cuando iban al cuarto de la sinceridad o las fiestas de los guardias en medio de la profunda oscuridad del pasillo, se había convertido en un personaje con cierta empatía por los muchachos; los dos carceleros compartían la vida del presidio, a pesar de ser libres se veían sumidos en la desgracia y participaban de la zozobra de aquella lúgubre edificación.
Mientras Gómez comentaba jocoso las
ofensas de Verónica conducía a una muchacha que había sido castigada en el
cuarto de la sinceridad.
—¿Quién viene? —preguntó, Petrona.
—¿Eres tu Lucy? —inquirió, Ícaro.
Ella no respondió; finalmente se
abrió la celda cuatro, a su lado desde la celda cinco Ícaro volvió a preguntar,
desde la tres Roviro prefirió la mudes total.
—¿Por qué estás tan callada Lucy?
—Déjala Ícaro, al final no la
llevaron al cuarto —explicó, pausado, casi dolorido, Alirio.
Los muchachos no preguntaron más, sabían que había un castigo peor que el cuarto de la sinceridad, todos lo habían sufrido: las noches de fiesta de los guardias; en ellas se unían los encargados de la seguridad de las celdas de la PJB y llevaban a alguno de los prisioneros para divertirse durante la noche; esta vez le había tocado a Lucy.
Una vez se cerró la puerta la
muchacha empezó a golpearse con la pared.
—¡No Lucy! —gritaron todos.
—No quiero vivir más, todo es un
cuento perverso sin ningún final más allá del olvido cuando no sirvamos más, estoy
harta, cada día se muere un poco de mí en medio del cansancio provocado por la
asquerosa vida que tenemos y el tiempo que ya no podemos contar ni siquiera en
la imaginación porque perdimos su ritmo, nos morimos en medio de la nada, ahora
ya no sé cuál es el peor de los castigos, aunque prefiero ahogarme en la
piscina que entre los gemidos asquerosos de eso bastardos; ¡no puedo más, no
puedo más!
—¡Cálmate!
—Quieres
que me calme —gritó, la chica— tú estás acostumbrada
porque Penagos te lleva de paseo, seguramente te hace lo mismo, pero en un
lugar limpio y por ser su mujer nunca has sufrido las fiestas de esos animales.
—¡Eso
ya se! —la interrumpió bruscamente, Verónica, llena de rabia e impotencia sin
comentar más; apenas hace un rato había contado su verdad, no era necesario
repetirla otra vez.
—Aunque
te enojes es la verdad, cuando te saca de la celda no sufres lo que nosotros, no vas a morir durante la
noche para resucitar con amargura en la madrugada a la espera de otra fiesta
porque son tan bestiales que yo prefiero la celda al lado de mi propia mierda,
comiendo basura, sin bañarme nunca —el reclamo iba disminuyendo el volumen de su voz porque se ahogaba en el
llanto.
—Lucy,
yo no puedo decir nada, pero...
—¡Claro
que no! —la interrumpió, Lucy— ¡tú también estas libres de esas noches, eres
una Martínez!, ¡nadie te va a tocar!
Petrona
no dijo nada, pero su respiración convulsa entre las paredes fue una confesión.
—Perdón…
no sabía —exclamó, Lucy
—No
importa —comentó, la muchacha, presa de escalofríos— ahora sólo trata de vencer
tu odio porque eso no te servirá para morir como quieres, simplemente va a
carcomer tu alma y sólo hay una cosa peor que la tortura, volverse insensible,
pero no al dolor sino a la indignación que produce; nada podemos hacer contra
ellos, pero si algo por nosotros, alíviate del odio aunque sea casi imposible.
—No
puedo Petrona, ya no hay tiempo de eso, mi alma está carcomida —murmuraba entre
gemidos— sabes algo, no puedo hacer nada en contra de ellos, pero puedo hacer
algo por mí que no requiere tanta fortaleza como vencer el odio.
—¿Qué
quieres decir?
—Esos
cerdos comieron, a mí no me dieron nada, mejor, mientras me jodían pude
esconder algo más útil para mí —desvariaba; de pronto se sintió un estruendo
como si hubiera tirado el viejo camastro— ¡nunca más iré a sus fiestas! —decía
en medio de la celda con los brazos abiertos y su rostro levantado hacia el
cielo raso negro, su único cielo durante un tiempo incierto, con los ojos
cerrados, la respiración convulsa e invadida por el miedo; estaba feliz de
vencer la muerte consciente de la fragilidad de su cuerpo, a la vez segura de
la fortaleza de su alma, había llegado el momento para concretar su huida, liberándose
del terrorífico lugar en la que estaba sepultada.
—¡¿Que
tienes?! —gritó, Janeth.
—¡Lo
que robaste no lo uses, no te vayas a hacer daño por favor! —dijo, Ícaro,
pegado a la pared que lo separaba de Lucy.
—¡No hay paso atrás, ya es el final, no hay nada que hacer, yo me voy de esta celda en este momento!, ¡me voy a la libertad!
Todos se imaginaban la escena, Lucy siempre les advirtió sobre sus
planes: en un descuido del guardia iba a robar un cuchillo de la mesa, ¡para salvarme!, como solía decir;
percibían con tanta certeza su decisión que aún sin los muros no la hubieran
podido detener, por eso los gritos eran inoficiosos; una vez terminó su
declaración los muchachos empezaron a sentir el cuchillo rebotar sobre su
cuerpo.
—¡No Lucy!, ¡no te mates! —gritó, Petrona.
—¡Lucy no lo hagas, no lo hagas! —gritaron, todos— ¡auxilio!, ¡ayuda!
El sonido grotesco de las puñaladas infligidas con rabia y a la vez con
alegría hizo más tenebroso el ambiente de la prisión; estaban impedidos para
salvarla, sólo les quedaba arremeter contra la pared con toda la violencia
posible, esperanzados en acertar un golpe lo suficientemente mortal para
acompañar a Lucy en su viaje; durante varios minutos el silencio siempre
reinante fue reemplazado por un escándalo pavoroso de unos enajenados
embistiendo contra los muros que los separaban de su amiga.
En ese momento entró el jefe de la guardia de los calabozos, jadeando al
mover su voluminoso cuerpo víctima de un acceso de tos.
—¿Qué pasa desgraciados?
—¡Es Lucy!, ¡es Lucy!
—¡Qué
diablos! —alcanzó a gritar, a pesar de su ahogo cuando escuchó el golpeteo en el cuerpo de Lucy.
—¡Roger,
Roger!, ¡¿dónde está ese desgraciado cuando se lo necesita?! —gritó, el carcelero
mientras desesperado intentaba abrir la puerta de la celda sin lograrlo, se había atrancado
la llave.
—¡Lucy, puta loca!, ¡no hagas
eso!
Cuando llegó Roger pudo desatascar la llave y abrió la puerta, en su
interior la sangre de Lucy había salpicado por todas partes.
—¡No! —gritó, el gordo; se sentía dolor verdadero, se
arrodilló ante el cuerpo de la muchacha y la contempló un rato, a pesar de los
últimos estertores que la sacudían algunos rasgos de su belleza no se perdían,
aunque iban desvaneciéndose en la blancura de la muerte; estaba concentrado en
ella, en el fondo de su alma esperaba una señal, cualquier movimiento aun el
más leve atisbo de amabilidad para confirmar algo de aprecio hacia él, sin
embargo, no lo descubrió en ninguna parte de ese rostro gravado en
su mente; era el final, ella no le demostró nada, se moría y al tiempo él porque
se ablandó desde su llegada, su rudeza y tosquedad desaparecían en su
presencia, aunque no lo suficiente para convertirse en un ser humano; había
aprendido algo encerrado en la oscuridad de esa construcción, compartiendo con
los presos el mismo aire, la misma oscuridad, el mismo olor a muerte y olvido,
que no tenía libertad y era ella la mejor opción para agarrarse; estaba
destrozado, especialmente por no haber tratado mejor a la chica.
—Ahora lloras desgraciado, cuando ella lloraba no le hacías caso, la dejabas sufrir y ahora esperas que ella te calme el dolor, ¡no!, ella ahora te ignora, esa es tu condena, posiblemente peor a su sufrimiento mientras te sentía adentro ahogado como un animal que agoniza, ¡nunca disfrutó tu cercanía, asqueroso!, lo sabes hora, puedes morir en tu pocilga deshecho en tu propia mierda, recordando tu incapacidad de ser algo más que un arrecho animal —exclamó, Janeth.
Finalmente Lucy dejó de respirar y el carcelero apretó el cuerpo inerte contra su pecho como su única salvación.
Una hora después entro Penagos.
—¿Qué
diablos pasa aquí?, al parecer alguien tomó una decisión valiente, ¡aprendan
cobardes!, por fin uno que no me defrauda —dijo al ver la celda llena de sangre—
pero claro, es esa desquiciada de Lucy, quién más, ¡maldita loca!
Cuando
vio al guarda con Lucy en sus manos se rio estrepitosamente.
—Este
imbécil está enamorado —se burló— si tanto la amas, sácala de aquí y la tiras al rio, demuéstrale así tu
amor, si no quieres que te demuestre quién manda aquí.
—¡No!
—Vaya,
el amor te nubló la mente, ¿te olvidas quién dirige este maldito chiquero? —reclamó,
Penagos— ¡ustedes a callar si no quieren terminar igual!
—¡Eso sería mejor! —gritó, Roviro.
—¡Ah!, ¡parece que hay otro
envalentonado! —aulló,
Penagos— Roger aproveche que este idiota no quiere obedecer en honor al amor y
gánese su puesto, saque a este cabrón de aquí y métalo a la piscina —decretó— Roger asegúrese que la llave no goteé, debe estar totalmente abierta; ahora
grita enloquecido porque prefiere acabar de una vez, vamos si después de unos
minutos de sentir el golpe del agua en su cara no pide volver a la celda.
Roger lo sacó a los empujones.
—¡Los demás a callar!
Pasó un tiempo infinito e incontable en medio de la amargura por la
muerte de Lucy; fueron varios días en absoluto silencio sin que nadie dijera
una palabra, ni siquiera los movimientos básicos se sentían, era como si
hubieran muerto todos; de pronto se abrió bruscamente la puerta, en seguida retumbaron
los pasos de botas y las puertas fueron azotadas por palos, también se
adivinaba el movimiento lento de alguien, entrando en la celda de Lucy.
—Límpiala porque de aquí en
adelante vivirás aquí —dijo,
Roger, al salir; el nuevo cayó pesadamente en el suelo.
—¿Quién es?
—Hola Petrona, soy yo, Didier.
—Hola — grito, Ícaro— ¿sabes qué pasó con Roviro?
—Está muerto —respondió, Didier.
—¿Ahogado?
—No,
el muy maldito duró dos días bajo el chorro de agua —comentó, el nuevo, casi
con todo de festejo, era una victoria demasiado pírrica, pero en sus condiciones
hacer rabiar a los carceleros era un triunfo— Penagos se desesperó y lo encerró ocho
días sin comida y cuando descubrió que seguía vivo le metió un tiro en la
cabeza.
—¿Ocho
días? —inquirió sorprendida, Petrona— creía que no habían pasado muchos días
desde que lo sacaron, me parece imposible tanto tiempo… ¿más de ocho días?
Didier se quedó mudo sin saber cómo explicar las cosas.
—No
me digas que son más —preguntó, Janeth.
—Muchachos, Roviro fue asesinado hace dos meses —un zumbido de sorpresa interrumpió a Didier.
Nadie
dijo nada más, parecían alelados ante la revelación; Didier decidió contar la
historia para tratar de levantarlos del impacto de saberse viviendo sin tiempo
en medio de la nada, les relato la suerte del gordo.
—Lo obligaron a tirar a Lucy al rio, pero se opuso y Penagos los condenó a los dos, aunque al viejo lo dejó vivo, algo irrelevante si tenemos en cuenta sus problemas de asma, el ahogo y la gordura lo hundieron más rápido que Lucy; el cuerpo de Roviro sufrió la misma suerte hace unos veinte días.
Dos, ocho o diez días no significaban nada, si alguna vez creyeron en el tiempo ahora ya no existía para ellos.
Sin
esperanza volvieron a sumirse en el olvido hasta cuando se abrió la puerta de
la celda uno habitada por Petrona.
—¿Quién
está ahí?
—¡Hola,
muchachos!
—¡Es
Alirio muchachos!, ¡es Alirio!, ¡por fin viniste a visitarnos otra vez! —gritó,
emocionado, Ícaro.
En
mayor o menor medida una leve emoción se pudo sentir acompañada de una pequeña
sonrisa; hasta en los peores momentos hay espacio para la risa, de hecho entre
mayores son las contrariedades es más honrada, sin atisbo de burla, en los
momentos difíciles no hay espacio para las estrepitosas carcajadas de los
buenos tiempos, se trata de una simple sonrisa suficiente para iluminar el
momento, por eso es reconfortante.
—¿Qué
te trae por aquí?
—Vengo
por uno de ustedes —como el silencio fue terrible Alirio agregó— para nada
malo, mi oficio es otro ahora.
—Pensábamos
que estabas muerto.
—Casi, Janeth, casi.
La
puerta de la celda uno se abrió.
—Acompáñame
Petrona —dijo, Alirio— no te asustes, no seré yo quien te lleve a ninguna
tortura, ya no estoy bajo el mando de Penagos.
La
muchacha suspiró aliviada, por alguna razón confiaba en el hombre.
—Alirio,
¿puedes hacerme un favor?
—¿Qué
quieres?
—Me
dejas despedir de todos.
El
hombre miró a los lados, sólo Roger estaba de testigo, lo miró de tal forma que
un escalofrío recorrió el cuerpo del tipo, luego ordenó:
—Tráigame
la copia del documento que ordena sacar a Petrona Martínez de aquí, ¡está en mi
oficina!
Inmediatamente
el nuevo salió sin rechistar, algo sospechaba, pero prefirió desentenderse.
—Vamos —le dijo a Petrona y la llevó con suavidad por las celdas.
El resto sólo fue conmovedor, una a una se fue abriendo las puertas y un abrazo indecible fundía a los muchachos; con la ayuda de su antiguo carcelero Petrona recorrió todas las celdas.
En
la celda dos, encontró a Verónica.
—Hola mi Vero —alcanzó a decir Petrona y lloró; Verónica, fuerte como siempre la abrazó y cubrió con sus brazos el cuerpo tembloroso de su amiga.—Vero te…
—No
me digas nada, no prometas nada, solamente vete y no regreses tu vista atrás,
no olvides que sólo voltea a mirar quien se despide para volver, tú no te debes
despedir así porque no debes volver, hoy te pido que te marches mirando al
frente, piensa en ti, en tu salida, somos nosotros los que quedamos, esta ya no
es tu tortura, es hora que la dejes atrás, ¡sálvate! —exclamo, visiblemente
emocionada.
En
la celda tres encontró a Marcos, un prisionero nuevo que llevaron después de la
muerte de Roviro, era casi un niño, apenas había entrado a los Blanco cuando
sucedió la redada, pero no hubo forma de desligarlo; ella no lo conocía
directamente, en ese tiempo estaba alejada mientras llegaba la fecha de la
fallida entrada de las armas, igual lo abrazó como si lo conociera de siempre,
en aquel lugar sin tiempo era indiferente.
—¡Resiste!
El chico se sentó en el piso y lloró desconsolado al ver que se cerraba la puerta.
Al
dar la vuelta al bloque se dirigió a la celda cuatro, al abrirse se encontró
con la imagen fantasmal de Janeth, apenas entró la muchacha se limpió la cara y
se alisó el pelo hacia arriba, recogiéndolo atrás de la cabeza con un trozo de
su camiseta; estaba muy flaca, la palidez de su rostro hacían que resaltara más
su suciedad, sin embargo, estaba adornada por una infantil sonrisa de goce por
tener a su amiga de frente, iba con la camiseta rota, no tenía zapatos, se negó
a usarlos y cuando decidieron obligarla los tiró al pozo séptico, eso le valió
varias noches en la piscina.
—Hola
Jane, voy a ver lo que quieren y vuelvo por ustedes, no te vayas a preocupar.
—No
es cierto, tu sabes que no vas a volver así lo quieras, sólo vete tranquila,
nadie aquí te va a condenar por tu liberación, antes nos alegramos, por lo
menos a mí me alegra saber que alguien se puede salvar —hablaba temblorosa,
agarrada del cuerpo de Petrona casi a punto de desfallecer— lo único que quiero
es que vayas mi la casa y les cuentes que estoy viva, les puedes decir que
trabajo lejos y no puedo regresar porque es peligroso, pero que estoy bien y
muy feliz; no te olvides de eso, mi mamá debe estar segura que yo vivo feliz,
otra cosa la mataría.
Las
dos se quedaron contemplándose mutuamente.
—Ya
es hora —dijo Janeth sacudiendo el vestido de Petrona— no te demores, vete
rápido que nada te va a pasar, es una promesa de este caballero que te lleva.
Alirio
sonrió, estaba aturdido, nunca se le hubiera ocurrido que un reencuentro en ese
hueco iba a ser tan perturbador para él
—Sí
—expreso y asintió con la cabeza con absoluta seguridad.
—¡Entonces
no vuelvas más!, ¡vete lejos!, olvídate de este lugar, ¡vive!, nosotros no
vamos a ser culpables de tu regreso.
—Janeth,
yo siempre…
—Shhh —hizo con los labios y con el dedo tapo la boca de su amiga —júrame que no vas a volver, ¡que te vas a salvar!
Finalmente
llegaron a la celda cinco, al asomarse descubrió la imagen de un muchacho demacrado con la cara
llega de granos debajo de una tupida barba, su ropa completamente raída parecía
flotar encima de aquel cuerpo flacuchento muy lejano del Ícaro que una vez
conoció; apenas la vio la agarró e intentó levantarla por los aires como en los
tiempos de la casa de la loma, pero le fue imposible, un retorcijón lo hizo
retroceder con el torso doblado.
—¿Qué te pasa Ícaro?
—Nada
—se apresuró a decir el muchacho— no es nada.
Petrona se acercó y pudo notar como en un costado del cuerpo de su amigo
se había formado un tumor muy grande.
—¿Te
molesta?
—Un
poco, pero sólo un poco —respondió, Ícaro y quiso reir, sin embargo, le fue
imposible, los dolores eran demasiado fuertes.
—¿Por
qué nunca nos dijiste?
—No
hables duro, no quiero que sepan, es la única forma de seguirlos animando.
—Ya
te oímos tonto, estas paredes son como una tela inoficiosa para detener las
palabras.
Esta
vez pudo reírse por el comentario de Janeth, aunque por el esfuerzo un nuevo
retorcijón lo desestabilizó, por fortuna Petrona estaba alerta para ayudarlo a
sentarse en la cama; en frente tenía la imagen más desalentadora, el camastro
de Ícaro tenía un hueco formado donde el muchacho anidaba su cuerpo encorvado
para evitar los retorcijones y al darse la vuelta reveló una costra negra
producida por el tiempo de estar acostado del mismo lado; para ella cada vez
era más difícil creer que aquel hombre destruido físicamente los alentaba con
sus gritos y comentarios imprudentes.
—No te preocupes —dijo, con voz apagada—solo júrame que te vas a ir para no volver más a este moridero, ¡sálvate por favor!, ¿me lo prometes?; si uno solo lo logra habrá valido el esfuerzo, le habremos ganado a Penagos y su gente.
Finalmente llegaron frente a la puerta de la celda seis donde había
muerto Lucy, ahí no hubo palabras, solamente el abrazo intenso de Didier la
ayudó a superar el dolor de ver a su amigo deshecho y contemplar con espanto la
celda salpicada con sangre de Lucy por todos lados.
—Fuera Petrona Martínez, estás a punto de tocar la libertad y eso significa algo muy importante, por eso si quieres honrar el recuerdo de tus amigos de cautiverio vuelve con los Blanco, no lo hagas por mí, ¡hazlo por ellos!, ¡hazlo por Andinia!
El recorrido llegó a su final, un vaho de melancolía los inundaba; Alirio
se limitó a llamar a Roger, rápidamente el guardia abrió la puerta sin hacer ningún
comentario a pesar de quedarse con los papeles en las manos, Gómez no se
acordaba de haberlos pedido.
—Suerte
muchachos, a lo mejor encuentran un nuevo amigo en esta oscuridad —gritó y posó
su mirada en Roger— ¿y a usted qué le pasa? —le preguntó y al hacerlo se dio
cuenta de los documentos en la manos de Roger— cierto, deme esos papeles,
gracias.
El guardia iluminó su cara con un movimiento infinitesimal producido por
un guiño imperceptible, Gómez entendió que el mensaje había sido recibido.
—¡Hasta pronto! —gritó, Petrona.
—¡Vetete!, ¡vete ya!, no es hora
de más despedidas, simplemente vete Petrona —le respondieron en coro.
—¡Y
no
vuelvas acá, tu obligación es con Andinia al lado de los Blancos —exclamó, Didier.
—Adios, Petrona —murmuró, Ícaro, devastado, y como nunca lo oyeron llorar.
Una vez afuera la muchacha miró a Alirio como si le preguntara con sus
ojos negros si era cierto todo aquello o sólo una farsa para no preocupar a los
demás.
—Vamos,
no hay de
qué preocuparse, les prometí que nada te iba a pasar y es cierto —explicó el hombre.
—Y ellos lo saben —comentó, Petrona.
Un día después vinieron por Verónica, como no fue Alirio quien se la llevó supusieron que Penagos había mandado por ella como acostumbraba cada cierto tiempo, por eso no sospecharon nada y no hubo despedidas; después de ese día no volvieron a saber más de las dos chicas ni volvió a salir nadie más de la cárcel.
Petrona y Verónica fueron liberadas por orden de Miller para acallar los ánimos alborotados por las madres de la redada de las señales, por su parte, Julio fue liberado por intercesión de su tío Obdulio Basante, todos obligados a cumplir condena fuera de Andinia: Petrona en Luna Blanca, Julio en Villa Magdalena y Verónica en las afueras de Pacifico en una casa de la Asamblea.
Después de unos días antes de la incursión de Gerardo Miller y sus
hombres en Villa Helena, Obdulio fue encargado de administrar Luna Blanca, dele la administración de esas tierras a ese
imbécil, siempre las ha querido para destruirlas y de paso que llene de hijos a
la tal Petrona a ver si así por fin cumple con la venganza por la muerte de
Dioselina Martínez.
Dos meses después Petrona se escapó de Luna Blanca en un descuido de los hombres de Obdulio que la custodiaban, Verónica hizo lo mismo, huyó de la casa donde la tenían confinada y se reunió con la Martínez en la casa de Dorian donde aguardaron el desarrollo de los acontecimientos; Julio no tuvo tanta suerte, cuando estaba a punto de saltar el muro externo se tropezó, inmediatamente cayó al piso fue atacado por los perros encargados de vigilar Villa Magdalena, destrozándolo en cuestión de minutos.
Después de la llegada de Doble Ele a dirigir la Asamblea en Andinia los
patrullajes disminuyeron, los hombres de las FMA estaban cansados y casi no
obedecían a su nuevo comandante; Andidia
no es para cualquiera, me atrevería a decir que sólo es para mí, no sueñe que
va a dirigirla como yo, le había dicho Miller alguna vez, recordaba Doble
Ele.
—Cierto este pueblo es una mierda Gerardo, ¡tenía razón!, ¡salud maldito loco!
Cuando
se esparció la noticia de nuevos movimientos de los Blanco se reveló la
necesidad de la gente por liberarse, ya no era sólo un anhelo de unos cuantos, ¡Andinia
estaba reaccionando!; Petrona y Verónica se dirigieron al lugar donde se
reunían, ahí se encontraron con los trabajadores expulsados de Luna Blanca:
Arturo, Marinela y Marcia; no tardaron mucho y del barrio El Progreso llegaron
Vito, Amalia y Lidia; de La Marea Mercedes, Nico y cuatro más; finalmente de la
Villa llegaron Helena, Horacio y Miguel; pronto fueron más, los Blanco estaban
listos, ahora sólo faltaba quién los dirigiera y al llegar a la casa de la loma
se encontraron con Teseo, al otro día llegó Dorian y una noche después apareció
un encapuchado en las sombras: Álvaro Sabi.
Los Blanco estaba a punto de enfrentar su verdadera batalla final, tenían la obligación de triunfar, no sólo por ellos, no sólo por Andinia, por todos los que alguna vez compartieron su pensamiento:
Benjamín y
Andrés asesinados por las FMA comandadas por el sargento Corrales en el cruce
Blanco; William y Fabio masacrados por el sargento Márquez de las FMA en la
zona comercial; el padre Lucio y los acólitos Milena y Gerónimo ultimados por hombres
de la PJB al mando de teniente Arlyng Andrade frente a la iglesia de Andinia;
Didier y el locutor ejecutados por el teniente Mauricio Penagos de la PJB antes
de caer la Asamblea; Lucy y Roviro muertos en los calabozo de la PJB; Janeth,
Ícaro, Marcos, Henry y muchos más desaparecidos en la oscuridad.
LA ERA DE LA OSCURIDAD