jueves, 12 de marzo de 2026

La era de la oscuridad VIII

VIII 

La noche siguiente a la reunión en la cual Teseo dio a entender la importancia de la lucha de los Blanco, dejando a decisión de cada uno su posible abandono de la causa, paseaba nervioso a la espera de los muchachos, se notaba su angustia ante la posibilidad de quedarse solo; en la jornada anterior había sido duro con ellos, no los iba a culpar si se desanimaban, sin embargo, todo pereció mejorar al abrirse la puerta.

—¡Hola! —dijeron todos al unísono como si lo hubieran planeado.

Eran Arturo y Vito acompañados de Didier; una vez adentro se sentaron mientras su anfitrión daba vueltas pensativo.

—¡Ya estamos aquí! dijo, Didier, con entusiasmo ¡y los demás van a llegar! agregó al ver la ansiedad de Teseo.

De pronto un alboroto se oyó fuera de la casa de la loma.

—¡Hola!, ¡hola! —entró, gritando Ícaro— ¡ya llegó el que hace el café!

Una sonrisa general se escuchó, hasta Teseo la esbozó después del abrazo efusivo de Ícaro.

Ya ves, todo va a estar bien, los muchachos tienen claro que deben responder, el bien es para todos dijo, Arturo, con ese aire sombrío que acompañaba su trigueño rostro adusto e imperturbable.

—Cómo no van a venir si ya está listo el café de Ícaro —comentó, Vito; una gran risotada del muchacho dueño de la cafetera resonó más allá de la casa como una invitación a través de los lares.

Un rato después ingresó Lidia, cuando vio a Ícaro se iluminó su redondo rostro y, una gran sonrisa delineada por sus labios gruesos y provocativos en medio del óleo magnífico formado por su piel juvenil opacó su palidez facial, después se lanzó sobre el muchacho, los dos fundieron sus cuerpos en un abrazo irreal tan apretujados como si desearan romperse los huesos; él por su corpulencia la levanto del suelo hasta quedar cara a cara, meciendo los hombros acompasados como si nunca se hubieran visto y bailaran de la felicidad.

—Estaba seguro que ibas a venir exclamó, el muchacho.

—No tenías derecho a dudarlo —dijo, Lidia, dibujando un puchero en su rostro.

—No lo dudé para nada, tú eres una pieza fundamental de los Blanco.

Lidia sonrió halagada sin dejar sus gestos infantiles que la hacían más atractiva.

De a poco las cosas iban mejorando y Teseo empezaba a cambiar su rostro, la bienaventuranza es efectiva para subir el ánimo; no pasaron muchos minutos cuando ingresó Amalia con la afabilidad de su rostro, saludando suavemente con palabras a media voz atropelladas al ser pronunciadas.

Holatodo, atraviene Susana, MarcoyMalú. 

Aparte de la comitiva de Amalia llegaron cinco más; Teseo entendió que el triunfo era indudable, acababa de confirmar el apoyo de todos los Blanco, para completar su dicha traspasaron el umbral Petrona y Corocoro de Luna Blanca, y finalmente Helena de la Villa; parecían estar completos: dieciocho jóvenes que conformaban los Blancos. 

Todo era alegría, el retorno de los chicos era alentador, ahora venía el momento esperado cuando debían planificar la acción final para derrocar a la Asamblea; en ese momento la prioridad era la adquisición del material para el golpe definitivo; cuando Teseo iba a proponer sus ideas para la obtención del objetivo una muchacha de caballera alborotada, mirada atrevida y gesto frio lo alertó; en ese instante no pudo entender el aura intrépida que la acompañaba, sólo vio a la mujer, absolutamente sensual y salvaje, alguien por quien lloraría al perderla.

De pronto la puerta se abrió de par en par y una imagen fantasmagórica invadió la casa en medio de una risotada enajenada.

—¡Buenas noches Blanco!, ¡yo soy su admirador! —gritó, el loco de Puerto Tristeza; escoltaba a un hombre cubierto con una gran capa la señora Teresa les envía sus saludos a su vez permite la entrada a este hombre, aprovéchenlo, sólo será un instante después se marchará, pero Villa Helena los protegerá, la señora Teresa es su benefactora así que no tengan miedo, ella los protege y yo no los abandonaré —explicó y se rio frenético.

—¡Buenas noches! dijo con voz ronca el hombre, luego hizo un ademán y se descubrió la cabeza; la sorpresa fue general cuando descubrieron su identidad: Álvaro Sabi en persona estaba por primera vez en la casa de los Blanco— me alegra que sean tantos, veo compromiso en sus rostros, la causa los necesita —explicó antes de depositar sobre la mesa los documentos, listados de aliados y los mapas con rutas de escape encargados por Helena a los Blanco.

Didier, Arturo, Vito y Teseo se acercaron para abrazarlo.

—¡Cuento con ustedes! —exclamó con seguridad y agradecimiento, luego hizo una venia y se marchó delante del loco.

—¡Vamos a ganar! —expresó, el delirante escolta— la señora Teresa dio autorización, pero fue muy clara, no se puede quedar, ¡ya llegará el momento! comentó y salió de prisa.

Cuando los blancos salían de la casa de la loma el loco apareció sigilosamente entre las ramas.

—Hola —rumoreo— ¡oye!, Verónica, necesito hablar contigo.

—¿Qué pasa? —respondió la muchacha con sequedad.

—La señora Teresa necesita tu ayuda.

—¿Cómo?, ¿dónde está?

—No, no; no está acá, sólo quiere que sepas que cuenta contigo y te envía un mensaje —dicho eso le alargó un papel.


La chica dudo un momento, había escuchado algo sobre aquel tipo, sus hazañas al salvar a Didier y Arturo, pero no le constaba nada por eso le merecía cierta desconfianza; el loco insistió, haciendo danzar el papel al son de la leve brisa de la noche con su rostro desfigurado por muecas indescriptibles, finalmente ella aceptó recibirlo.

—¡Aleluya!, ¡aleluya!, ¡el señor te acompañe!, ¡vas a salvar a los Blancos!; no te preocupes yo también estaré ahí —dijo, el loco, mirando al cielo con cara extraviada.

 

La muchacha quedó abrumada, en medio del oscuro camino estuvo un rato sin conciencia con el papel ondeando en sus manos, al reaccionar meneó su cabellera, tomó el recorte y al abrirlo leyó:


El primer lunes, después de dos meses, abrirás la puerta de la bodega del Turco que da al Progreso, ingresa y aguarda hasta que debas actuar; habrá alguien más, dile que salga por el patio que desemboca en la zona comercial, no le detengas ni dejes que nadie lo haga, estará a salvo aunque no parezca; desde El Progreso envía por el lote abandonado de Joaquín a quien esté contigo; tu no, quédate en el barrio.

 

La muchacha empuñó el papel, se notaba pensativa, cuando notó que el papel se hacía trizas entre sus manos se detuvo, lo metió en el bolsillo de su chaqueta como si quisiera resguardar su contenido ajado y se dirigió camino del barrio entre un suspiro; el lunes tenía un encargo.


Después de salir de Villa Helena, Álvaro se despidió del loco sin decir una palabra, por su parte el loco tenía algo más para informarle.

—Desde ahora estás solo, durante este tiempo cualquier cosa puede pasarte si no andas con cuidado, ¡sobrevive!, el momento va a llegar, yo me encargaré de encontrarte el día justo, antes está en tus manos, se prudente —explicó con una calma inusual en él ¡y vuela mientras seas libre!, al volver los Blanco serán tu único objetivo exclamó, alborozado— ¡suerte Álvaro Sabi!


 A partir de ese momento se alejó de todos, hasta su relación con el padre Lucio fue recortada, había entendido su papel en el éxito de los Blanco, pero por el momento debía alejarse hasta cuando las cosas permitieran su regreso; se dedicó a trabajar en la tienda del Turco al lado de Jesús, pero a pesar de sus infinitos intentos de no involucrar a nadie en su vida diaria, el padre Lucio reapareció ante él cuando por asistir a un enfermo se lo encontró en El Progreso, los dos amigos no pudieron abstenerse del saludo, muchas cosas habían compartido, les fue difícil ignorar esa realidad.

—¡Hola Álvaro Sabi! —saludó, el padre.

—¡Hola Lucio! —respondió, el hombre, aliviado al dirigir la palabra a uno de sus conocidos más apreciados— ¿qué lo trae por aquí?

—¡La muerte! respondió, Lucio; los dos hombres rieron— tengo que asistir a un fulano que seguramente no llega el domingo. 

Mientras los dos hombres charlaban Jesús se fue acercando con mucho disimulo; antes de ser descubierto alcanzó a distinguir algunas palabras relacionadas con sacristía y oración del pueblo sin entender mucho, aunque por algo las diría Sabi, pensó.

—¿Qué necesitas hijo? preguntó, el padre, cuando hubo descubierto a Jesús; el hombre dudó unos segundos.

Nada padre, nada especial, me preguntaba si usted puede confesarme, ya no me acuerdo cuando fue la última vez y me da vergüenza andar así por este mundo.

Álvaro lo observaba con molestia.

—Hijo el domingo antes de la oración puedo ayudarte.

—¿La oración?, ¡ah!, bueno padre, el domingo me acerco a la iglesia después de un silencio Jesús se alejó, parecía un nervioso delator— ¡hasta luego padre!

Dios te bendiga hijo.

—Hasta luego Álvaro, más tarde nos vemos en la bodega.

Sabi guardó silencio. 

Una vez Jesús se apartó por las calles de la zona comercial el padre Lucio regresó a ver a su amigo con mucha inquietud.

—¿Escucharía algo?

—¿Qué dijimos? —preguntó, Sabi, con semblante circunspecto.

—Nada, creo que nada para preocuparse —comentó, el padre. 

Algunos días después Jesús desapareció nuevamente, sin embargo, Álvaro se mantuvo alejado de los Blanco por la advertencia de Teresa.

—Sabi, ya te enteraste, Jesús desapareció el fin de semana —escuchó en el restaurante mientras desayunaba, por parte de uno de los comensales.

—Hola Álvaro, el sábado arrestaron a tu amigo, me dijeron que la PJB lo llevaba amarrado; ese tipo no vuelve más —dijo, la mesera— ¿tomas más café?

—No, gracias Lucy.

—¡Álvaro!, ¡Álvaro! —se acercó con afán un hombre pequeño encargado de la tienda de víveres de la zona— dicen que se fue Jesús, sabes si es cierto, el muy desgraciado se fue sin pagarme.

Cuando llegó a la bodega encontró al Turco en la puerta con cara de felicidad.

—Me contaron que desaparecieron a ese amigo tuyo, que la otra noche se lo llevó la PJB; ¡ojalá lo maten!, gente como esa no le hace bueno a la Asamblea, ¡patanes y sapos!, ¡igual de cabrones que los tales Blanco!, además no me caía bien —comentó. 

Como una maldición durante la semana siguiente no dejó de escuchar en todas partes el infortunio de Jesús a manos de la PJB; pasaron dos semanas, estaba animado a ir para Villa Helena cuando una mujer lo detuvo, los caminos en la noche son peligrosos, todavía no es tiempo de la Villa, le susurró, desapareciendo al instante. 

Sin entender bien los mensajes cifrados decidió quedarse quieto esa noche a pesar de las ganas que sentía de volver donde los Blanco; fue afortunada su decisión porque no iba a encontrar a nadie en la Villa después del compromiso de los muchachas de alejarse un tiempo, sólo hubiera sido un riesgo inoficioso; estuvo hasta muy tarde en la bodega, acarreando zapatos de un lado para otro con el doble de trabajo por la ausencia de Jesús. 

Cierto día Teseo se acercó al almacén del Turco, cuando Álvaro lo vio sintió preocupación, aquella imprudencia podía traer inconvenientes, hizo señas al muchacho y lo dirigió al fondo de la bodega.

—¿Qué haces aquí?

—Venía a hablarte de una orden que se dio a los Blanco mientras se ejecuta el plan...

—No me digas nada y sal de aquí, todavía es muy peligroso —explicó, Sabi.

Sin aviso alguno un hombre se paro a la espalda de Álvaro.

—¡Álvaro!, ¿cómo sigues? —preguntó, Jesús, mientras se internaba en el almacén.

Sabí se puso pálido y se alejó de Teseo, le dio una caja y le sugirió que la llevara al otro almacén.

—Veo que progresas, ya estás despachando a los empleados.

—¿No sabes lo que dices?, no es nada, simplemente órdenes del Turco, a veces le da por confiar en los empleados, ¿no te lo he dicho varias veces?

—La verdad no, pero dime: quienes ese fulano, tienes algún negocio por debajo de la mesa con él; no lo he visto por aquí.

—No le pongas tanto cuidado, es un muchacho más,

En la tarde cuando Jesús se fue a dejar sus maletas Álvaro envió un mensaje a su compañero: 

No vuelvas más por aquí, es riesgoso, Jesús aparece y desaparece, es extraño, además es muy traicionero; no olvides el mensaje: no hagas caso por lo que los demás dicen; en esta zona todos hablan de las desapariciones de ese tipo como si estuvieran de acuerdo, pero siempre regresa; no sé en quien creer ni cómo voy a saber cuándo la gente dice la verdad; por ahora sigan sin mí, el sapo volvió, parece que está esperando atraparme con ustedes por eso los nombra en cada conversación, ¡no le vamos a dar ese gusto!; sigan sin detenerse, no vuelvas a contactarme, yo me quedaré por ahí, confiando en la segunda parte del mensaje de Teresa: tranquilo, todavía falta camino. 

Esa misma noche hubo un rumor de la llegada de las FMA al día siguiente, los plateados estaban advertidos por eso se replegaron; tanto el Turco como Álvaro se prepararon para la llegada de la tropa, los soldados tenían la mala costumbre de robar varios pares de zapatos por eso el comerciante estaba ocultando la mejor mercancía.

—Allá abajo vi a ese Jesús, es un tipo extraño, se va y vuelve sin decir nada; hace dos mese que se fue y debe venir por su sueldo como si hubiera trabajado, ¡es un desgraciado!, yo creo que tiene algo en operativo de mañana —se quejó, el Turco— ¡carajo, me olvidaba que mañana es lunes de mercado!, mañana vienen mis mejores clientes, sólo espero que no aparezca el tal Henry...

—¿Quién? —interrumpió, Sabi.

—El maldito Henry, ese que le llaman el muñeco, él que trae zapatos de mala calidad los lunes, voy a mandar a la mierda a la PJB si viene a joder mañana.

—No se preocupe Turco, guarde la mejor mercancía y les ofrecemos los más baratos por si acaso esos delincuentes uniformados nos quieran robar.

—Eso me gusta Sabi, que proteja mi patrimonio, mientras esté intacto usted tendrá trabajo.

Los dos hombres acabaron muy tarde, a pesar de la hora no vieron llegar a Jesús al cuartucho que arrendaba. 

A las nueve de la mañana en punto Álvaro subía la reja para abrir el almacén, dirigido por el Turco como todos los días.

—Sabí, saque sólo lo que acordamos para que esos vagos de las FMA se lo lleven de primero —mandó con su prepotencia acostumbrada; Álvaro se limitó a obedecer sin rechistar.

Diez minutos después Vito apareció en la puerta del almacén.

—Necesito que me ayudes en algo, no entendemos este listado, es tu letra, sólo tú puedes leerla.

Sabí haló al muchacho con fuerza a su lado.

—¿Qué le parecen estos zapatos? —dijo nervioso cuando vio el camión de las FMA detenerse frente al negocio.

—Turco, dice el muchacho que si le rebajas en estos azules.

—¡Nada!, ¡son precios fijos! —renegó, el comerciante; entre tanto entró Corrales— Buenos días, sargento —dijo, con tono desabrido.

—¿Qué le pasa Turco?, ¿amaneció de mal genio?

—Es esta gentuza que pide rebaja por todo, nunca les parece bien el precio.

—No se Turco, eso no me importa; lo que me trae por aquí es la información de un subversivo de los tales Blanco, según me dijeron trabaja en su negocio.

—¿Aquí?, ¿cómo se le ocurre?, ni de riesgo se me pasaría por la cabeza traicionar a la Asamblea, debe estar…

—¡No diga que estoy equivocado, la información es cien por ciento confiable! —gritó, Corrales— ¡señores, abajo!, me buscan al traidor en este chuzo, ¡si lo tienen que desbaratar no hay problema!, pero ¡lo encuentran!

—¡No señor!, ¡no señor! —aulló, el Turco interponiéndose, sin embargo, no sirvió de nada su intento de salvar la propiedad, los soldados entraron arrasando con todo. 

Al tiempo Álvaro conducía a Vito por entre las cajas de la bodega, buscaba donde ocultarlo; al fin se acordó del hueco de guardar la basura ubicado en el cuartico de aseo, ahí alcanzas para que te escondas hasta cuando se hayan ido las FMA, dijo aturdido, empujando al muchacho.

—¿Y tú?

—Por el momento te puedo salvar, ya veré lo que hago.

Los hombres de las FMA ya habían tirado medio almacén, en ese momento se dirigían a la bodega; Álvaro trataba de cerrar la puerta del escondite seguro de su inevitable arresto. 

—¡Sabi!, ¡Sabi!, ¡rápido! —gritó, una muchacha y le alargó la mano.

El hombre dudó, pero al evaluar la situación empujó a Vito, después los siguió; no conocía a la mujer y desconfiaba hasta cuando escuchó las voz gritona de Ícaro, ¡vamos Álvaro, no hay tiempo para pensar!; aquella frase dicha por una voz conocida lo impulsó junto a Vito con alivio.

—Están cerca, muy cerca, hay que despistarlos; esa puerta conduce directamente al barrio para despistar a la tropa con facilidad, las FMA no suelen entrar sin ordenes específicas; esta vez no los autorizó la Asamblea, estoy segura —explicó, la muchacha— Ícaro, ¿los puedes despistar por el patio de la zona comercial?

—¡Claro!, ¡voy para allá!

—¡No!, ¡no permitiré que lo arresten por mi culpa!

—Vito, lo importante ahora es que escapen los dos —dijo, Ícaro.

La muchacha guiaba a los dos hombres al barrio cuando sintió que Vito regresaba a la bodega.

—Voy por Ícaro, no lo podemos dejar solo.

...no le detengas ni dejes que nadie lo haga...

Al recordar las palabras la chica se interpuso para detener a Vito.

—No me hagas golpearte —gritó, la muchacha— las ordenes son salir de aquí sin regresar la mirada.

—¿Órdenes de quién?, yo no sigo órdenes de nadie, meno si no sé quien es.

—Si no te regresas seguro lo vas a saber, imbécil —aulló, ella, con tal vehemencia que Vito guardó silencio y la siguió.

Afuera del almacén el sargento Corredor enloquecía dando órdenes a sus hombres para encontrar al delincuente.

—¡Maldita sea!, ¿ya encontraron al traidor? —gritó, Corredor.

—¡Ya lo tenemos!

Del interior de la bodega sacaron a un hombre con la cabeza cubierta con una bolsa.

—¡Aquí está!

—¿Dónde? —aullló, Corredor— quiero verlo ¡sáquelo rápido!

De forma brusca uno de los soldados empujó al joven encapuchado, alrededor de él se pararon Corredor y otro hombre vestido de civil; en ese momento llegó Miller.

—¡Lo tenemos, señor! —gritaban, los soldados mientras se acercaba Corredor.

El muchacho gemía en silencio arrodillado sobre el andén.

—¿Dónde está?

—¡Véalo aquí!

—¡Carajo, partida de brutos!, traten a ese maldito como si tuviera derechos, si el comandante se entera que lo arrastran como un muñeco de trapo los hace fusilar —dijo, Corredor— ¡quítele esa maldita cosa de la cabeza!

Uno de los soldados obedeció al sargento Corredor, quitó la bolsa que cubría el rostro del prisionero y lo levanto del brazo.

—Ahora dígame, ¿este es el maldito traidor? —preguntó, Corredor, al civil parado a un lado— ¿qué fue?, ¡carajo!, usted me dijo que sabía dónde encontrar al subversivo de los tales Blanco o es sólo cuento, no cometa ese error si no quiere que lo entregué a la PJB, ¡si no habla es hombre muerto, lentamente y con dolor!

—No —balbuceó, el civil, aterrado frente al sargento.

—¿No?, ¿qué significa eso?

Después de un par de negativas con su cabeza el civil confesó:

—No, ese no es Álvaro Sabi.

—¡No es Álvaro Sabi!, ¡no es Álvaro Sabi! —canturreó, Corredor, en tono burlón a la vez furioso— ¡maldición Morales, usted se ofreció como informante, pero veo que es un inepto!; con esto firmo su sentencia, ya nada puedo hacer, ¡entréguelo a la PJB para que hagan lo mejor que saben hacer, ahora ya no sirve para nada! —mandó a uno de sus soldados.

—Pero señor —gritaba, Jesús Morales, mientras era arrastrado a los carros de la PJB.

Mientras el soplón sufría sus desgracias, andando a tumbos por la calle, el soldado habló con el sargento.

—¿Y qué hacemos con el arrestado?

—¿Qué piensa usted soldado?

—¡Señor, usted da las órdenes!

Corredor miró con severidad al uniformado, sacó su arma y ejecutó al muchacho.

—Lo que voy a hacer algún día con usted —sentenció, Corredor, ante la mirada atónita de sus hombres.

El disparo retumbó en toda la zona comercial, haciendo que los Blanco se detuvieran entre los producto por donde escapaban; Vito contuvo la respiración.

—¡Vamos! —gritó, la muchacha, mientras Sabi halaba al joven con fuerza para evitar su regreso.

Cuando salieron de la construcción se encontraron en las calles del barrio.

—Es mejor que no se queden, apenas se vayan las FMA los plateados van a salir y es preferible que no los reconozcan, vayan por este lote, está tapado con ramas y es difícil transitarlo, pero es la única forma de sacarlos; no se preocupen, no se van a perder, hay alguien esperándolos.

Los hombres se vieron un momento y se alejaron por el lote tapado de rastrojo.

—¡Hey!, ¿cómo te llamas?

—No importa, váyanse rápido.

—A mi si me importa, quiero saber cómo se llama la mujer que me salvó la vida —explicó, Sabi.

—¡Verónica!, ¡ahora lárguense!

Álvaro agradeció con un gesto de su cabeza, Vito entre tanto sentía que sus lágrimas rodaban por sus mejillas. 

El tránsito por el rastrojo fue muy difícil, las ramas eran leñosas y laceraban el cuerpo de los dos hombres; Vito iba adolorido, ese disparo fue para su gran amigo, a ratos se arrepentía de pertenecer a los Blanco, ya había perdido muchos compañeros, quería maldecir por sus suerte, pero no podía; el lote no tenía fin y los dos estaban a punto de desfallecer.

—¡Hey!, ¡hey! —alertó una voz; Álvaro y Vito atendieron el llamado con miedo— aquí estoy para guiarlos, ¡soy el mejor!, mientras yo viva ningún Blanco morirá —gritó, el loco.

Al escuchar los delirios del enardecido hombre Vito lo apretó de la camisa para golpearlo.

—¡Espera Vito, espera Vito! —oyó desde los matorrales— lo que dice mi amigo el loco es verdad —entendió antes de sentir una gran carcajada y un abrazo descomunal; Vito vio sorprendido al muchacho que hablaba.

—¡Maldición, Ícaro!, ¡estás vivo!

—Claro, si no quién va a hacer el café para los Blanco.

—¡Ya ves!, ¡ya ves!, ¡ya ves!, ¡siempre digo la verdad! —entonó, el loco, apuntando su dedo índice a Vito, luego se rio de forma extraviada— ¡ahora que todos estamos juntos vámonos!

—¿A dónde? —preguntó, Sabi.

—¡A la Villa! —declaró, aquel chiflado, hablando al cielo con sus brazos abiertos— Álvaro Sabi es hora de que retomes tu camino, llegó el momento de entrar a Villa Helena.