XIV
Una vez frustrado el plan de entrada de las armas Petrona y Julio fueron trasladados al edificio de la Asamblea, al tiempo Sabi fue ingresado a los calabozos de la PJB; esa misma noche las FMA asaltaron en la iglesia y después de desbaratar el altar encontraron el antiguo salón de reunión donde los Blanco apenas empezaban su reclutamiento; en mitad de la noche lluviosa el padre Lucio fue sacado violentamente, golpeado a patadas sin piedad antes de subirlo al camión de los militares; igual suerte corría la tienda de Catalino hecha añicos por la PJB en busca de Didier, fácilmente lo encontraron tratando de escapar por la parte trasera de la bodega, también sufrió una golpiza brutal antes de meterlo en un carro de vidrios oscuros de la policía judicial.
Todos los retenidos permanecían en los calabozos oscuros de la PJB, sufriendo graves vejámenes; para Petrona no fue diferente, mientras estuvo en la cárcel la interrogaron varias veces, la sacaban de la celda con los ojos vendados y la llevaban al cuarto que llamaban de la sinceridad, ahí la metían en una tina de agua hasta la altura de la boca, dejaban caer gotas de agua frente a la cara hasta enloquecerla, inicialmente no parecía muy doloroso ni terrible el castigo, pero con el paso de los minutos se volvía desesperante; la caída de la gota salpicaba en la boca, lentamente inundaba la nariz e ingresaba en los ojos, impidiendo su lubricación natural; la respiración era interrumpida por la entrada continua del líquido, al cabo de unas horas el agua subía su nivel imperceptiblemente y el prisionero se veía obligado a cerrar la boca y empinar lo suficiente el cuello para no ahogarse, muchos murieron de esa forma.
Petrona estuvo tres veces en la
tina, en la última la gota era tan fuerte que rápidamente subió el nivel, se
hubiera ahogado de no ser porque el guardia sintió lástima y dejó salir el agua
suficiente para que la muchachita se salvara.
—¿Qué pasó aquí? —preguntó, el comandante Andrade— según mis cálculos esta tina
debía estar llena hace una hora.
—Señor, usted sabe que en este
maldito pueblo los servicios domiciliarios son una mierda —respondió, un hombre sucio y mal
encarado, dueño de la prisión, vigilante constante de cuidar la severidad de
las torturas de acuerdo a lo solicitado por Andrade.
El comandante demostró su
inconforme por la respuesta con su ceño fruncido mientras examinaba de reojo al
guardián, afortunadamente para él apenas había llegado a su turno y no existió
ni el más mínimo atisbo de nerviosismo.
—Supongo que tiene razón, pero mande a revisar y si es necesario cambie ese tanque, aquí se muere el que yo diga y no el que escojan lo encargados de los servicios de agua.
Por su parte el padre Lucio no
había comido desde el primer interrogatorio cuando quemaron su lengua y no fue
tan fuerte ni tuvo la fortuna de Petrona, terminó muriendo en la tina cuando
Andrade entendió que no iba a delatar a nadie.
—Penagos, amarre a ese cura dentro
de la tina, que quede la cabeza por debajo del nivel y suelte el agua con más
fuerza, veremos cuando aguante antes de gritar por ayuda o maldecir por su
desgracia.
A pesar de su estado el padre no le dio gusto al comandante Arlyn Andrade, espero a tener el nivel en su nariz, empinó su cuello y aguantó hasta cuando el agua alcanzó nuevamente sus fosas nasales y con fuerza agachó su cabeza hasta dejarla pegada al pecho, ahí soportó hasta cuando una gran convulsión dio fin a su vida anegado con el líquido de la dictadura; cuando Penagos entró a la celda el agua no había cubierto toda la cabeza, pero el padre estaba muerto, maldito desgraciado no le dio el gusto a Andrade, murió en silencio sin pedir ayuda ni renegar contra la Asamblea, pensó, Penagos, entre la burla al comandante y el respeto para Lucio.
Álvaro sufrió iguales tratos,
pero no dejó de comer a pesar del dolor que le causaba tragar la sopa hirviendo
que le retiraban inmediatamente se la servían, estaba decidido a no morir de
hambre, por ese sacrificio no perdió todas sus fuerzas, logrando soportar
noches enteras metido en la tina con el agua a la altura de su nariz.
—A este bárbaro no lo mata nada —comentó, el comandante, una
mañana que entró al cuarto de la sinceridad.
Ni Penagos ni el
guardia comentaron nada, sabían del rencor de Sabi por Andrade, no iba a morir
fácilmente acordaron en silencio.
—Álvaro, sigues sorprendiéndome con tu fortaleza en el campo, no te dejas amilanar —dijo, Arlyn, viendo con rabia al Blanco— Penagos, llévese a este tipo a su celda, ya se me ocurrirá como matarlo y no más comida, no se la merece.
Desde ese momento Álvaro no
recibió una bocado más, en cambio le daban una paliza todas las mañanas, con el
paso de los días conservaba su valor, pero físicamente estaba a punto de
desfallecer; un día escuchó a dos personas, una era la voz amarga del guardia,
la otra muy débil, aun así, la identificó al final, cuando la puerta se cerró
llamó con voz suave para evitar los guardias.
—Hola, hola
—susurró— ¿quién está ahí?
—¡Soy yo!
—¿Didier? —preguntó,
esperanzado, Sabi.
—Sí.
—Soy Álvaro, ¿cómo
estás?
—Qué bueno
escucharte, hace dos días me dijo el guardia que el padre Lucio había muerto.
—Maldito, Arlyn.
—No sé si salga de
aquí, a lo mejor no, pero no me voy a morir mientras ese maldito viva
—sentenció, Didier; Sabi no habló más.
Desde ese día conversaban de vez en cuando, especialmente cuando no eran llevados al cuarto de la sinceridad.
Una noche golpearon la puerta y un papel fue deslizado por debajo, Sabi dudó antes de alzarlo, esperó un largo rato, al fin sintió que no era una trampa, lo tomó con su mano y lo leyó, después se lo tragó con afán; la nota lo alertaba para el día siguiente, debía estar pendiente a una frase conocida y tomar el puesto de quién la dijera, estaba asegurada la complicidad de los guardias.
Al día siguiente fue sacado muy
temprano, lo llevaba un solo guardia, de frente alcanzó a ver a dos hombres,
uno muy fornido cubierto la cabeza con un trapo acompañado de otro de
contextura media con una gorra con visera para cubrirle la cara.
—Vamos a la casa de la loma —dijo, el hombre de la gorra, se la sacó, la puso en la cabeza de Sabi y cambió de posición; Álvaro se dejó llevar, recordando la nota, por su parte los guardia no dijeron nada, ni parpadearon, simplemente se saludaron con la cabeza y cada uno siguió para su lado.
Cuando llegaron a la puerta
fueron metidos en un carro enviado desde Pacífico, debía llevar a dos
ciudadanos suyos para juzgarlos allá; la Asamblea aceptó y Arlyn firmó la
autorización; cuando estuvieron en el carro el hombre se descubrió la cara.
—¡Hola, Sabi!
—¡Hola, Dorian! —respondió, Sabi, muy emocionado.
Cuando Arlyn fue alertado varias horas después de la desaparición de Álvaro fue furioso a confirmar la noticia, cuando entró en la celda encontró a Henry sonriendo en medio de la celda, maldijo y salió directo al edificio de la Asamblea; una vez confirmo quiénes fueron los guardias del turno los llevó al patio y los fusiló junto a Henry.
El hecho lleno de bronca a Arlyn y decidió arrestar por la duda más leve a cualquiera de integrar los Blanco, sólo le quedaba ensañarse contra esos sospechosos porque tenía claro que no atraparía a Sabi nuevamente.
Una semana después las FMA
seguían con sus pesquisas en toda Andinia; después de asaltar la iglesia y
acabar con la tienda de Catalino no habían podido arrestar a otro Blanco de
importancia; Arlyn se metió en las operaciones y solicitó a Miller que le dejara
El Progreso y la Marea.
—¡Los Blanco son míos, usted no se
va a llevar mi triunfo!
—Andrade, eso no
me interesa, los Blanco son suyos, vaya tranquilo que las PJB de Andinia al
mando de Penagos lo va a apoyar en lo que necesite.
—Así me gusta Gerardo, usted hace lo que quiere con Andinia, yo con los Blanco.
A la mañana siguiente Arlyn
acompañado de Miller se dirigió a los calabozos de la PJB a confirmar si alguien
de los arrestados por las FMA había confesado cualquier detalle aprovechable,
pero no encontró nada.
—Señor, no podemos seguir
torturando a los imbéciles que se dejan arrestar –dijo, el carcelero sucio que
vivía ahí— los únicos que tienen
información son los dos muchachos arrestados con las armas, la tal Petrona
Martínez y ese Julio Basante.
—¡Pueblo de mierda, después de
dieciocho años los únicos apellidos que siguen sonando son los Martínez y los
Basante!, ¡nunca dejarán Andinia! —comento. Miller, malgeniado.
—¿No se olvida de los Ramírez? –dijo,
Andrade, con tono de burla.
—No la invoque, no la invoque,
sólo falta eso —aseguró, Miller.
El comandante Andrade pensó unos
instantes y luego habló.
—Deje esto así, yo me encargaré de
traer alguien que sepa algo, las FMA ya no están al mando y ahora las cosas se
harán bien.
Miller se encogió de hombros, no
se veían preocupado, casi parecía estar alegre; miró a Arlyn y se retiró.
—Capitán Velásquez, ordene que los
hombres de las FMA se retiren, los quiero a todos en el cuartel de la Asamblea
para esta tarde.
—¿Y la seguridad de la Asamblea?
—Está en su manos Arlyn, está en sus manos.
El comandante Andrade quedó en
silencio, era una figura pétrea, sin color en su rostro ni sentimientos notorios.
—Penagos, reúna a toda la PJB
afuera del edificio.
—Usted quédese quieto —dijo, Andrade, dirigiéndose al carcelero— espere a que le traiga otros prisioneros, los que están aquí puede echarlos al rio, pero los de las armas déjelos quietos, no cometa ninguna bestialidad que le cueste algo más que su trabajo.
Una vez formados todos los efectivos de la PJB se dirigieron a El Progreso y La Marea comandados por Arlyn Andrade y Mauricio Penagos, cuando llegaron a la zona comercial se dividieron y cada grupo se fue a un barrio; en El Progreso todavía quedaban algunos Plateados quienes se enfrentaron con la PJB, pero el combate no duró mucho; como había ordenado Andrade los hombres de la PJB dispararon a matar desde el primer momento, rápidamente cayeron la mayoría, los últimos se rindieron, sin embargo, no les valió para nada porque fueron ejecutados en el parque.
En La Marea había un grupo llamado Salvadores de Andinia, estaban mejor armados, opusieron mayor resistencia y mataron a cuatro integrantes de la PJB; después de eso todo fue un estropicio total, el comandante Andrade ordeno acabar con el barrio, prendiendo el lugar en varios puntos; en pocos minutos los cartones, plásticos y madera que conformaban las casas ardieron, muchos murieron dentro de sus residencias donde se protegían del asalto de los uniformados; La Marea casi desapareció.
De acuerdo a informaciones
llegadas a la PJB por soplones pagados se identificaron las casas de los
sospechosos de ser partidario de los Blanco, a la mayoría los conocía Arlyn,
pero habían nuevos integrantes; una vez superaron las endebles defensas de los Plateados todos los efectivos de la PJB
invadieron El Progreso, se dispersaron en todo el barrio y empezaron a arrestar
a quien se les atravesara; una vez el barrio estuvo asegurado Arlyn Andrade
entró con su figura severa erguido y solemne; todos los hombres se pusieron
firmes.
—Descansen soldados, estamos en acción, no hay tiempo para el decoro, siga con las pesquisas, yo me encargo personalmente de algunos sospechosos.
La noche anterior infiltrados de
la PJB habían marcado las casas de los Blanco por eso el comandante fue sin
dudar; en una calle a medio pavimentar se encontraba una casucha pobremente
iluminada, a una orden fue invadida a patadas sobre la puerta blanca de metal,
al escuchar el escándalo dos viejos salieron a detener a los guardias.
—¿Qué pasa con ustedes?, ¡esta es
una casa de bien!
—¿Dónde está el traidor? –gritaron.
—¡Aquí no hay traidores!, ustedes
no tienen derecho de entrar de esa forma a mi casa.
Los uniformados no hicieron caso
al reclamo del viejo, se limitaron a golpearlo brutalmente, el pobre cayó
estrepitosamente al lado de su esposa presurosa a levantarlo aterrada ante la
escena desastrosa de su hogar, posteriormente con palos y patadas echaron abajo
todas las puertas hasta que dieron con un muchacho escondido en un pequeño
cuarto dedicado a los chécheres, lo agarraron de la camiseta y lo sacaron a la
calle.
—No se lo lleven por favor, no se
lleven a mi hijo –gritaba, la mujer.
El padre se incorporó e intentó
enfrentar a la fuerza militar, pero Arlyn le dio con la culata de un fusil.
—Decía que no hay traidores en su
casa, pues aquí está uno -gritó, el militar.
Tirado sobre el suelo Ícaro
alcanzó a reconocer la voz del comandante, alzó su mirada, cunado lo identificó
se sintió devastado, la noticia era peor al castigo físico, luego enterró su
cara en el polvo y se dejó llevar por los integrantes de la PJB hasta un carro
completamente negro de cristales polarizados.
—Hola Ícaro, si te acuerdas de mí —inquirió,
sonriente, Arlyn cuando
el muchacho ya estaba en el carro.
El muchacho se agachó y empezó a llorar.
Una cuadra más arriba varios
hombres se protegían de una lluvia de piedras venidas del interior de una casa,
eran atacados por un hombre atrincherado en el salón amplio donde vivía, como
no pudieron convencerlo de entregarse entraron por las ventanas y sacaron a los
niños, los tiraron al suelo y le dieron una última advertencia antes de
golpearlos; del interior de la casa saltaron tres varones tumbando a los
integrantes de la PJB, ya tenían sometida a la guardia cuando apareció Penagos
con apoyo, los recíen llegados usaron sus armas sobre los Blanco y los vencieron.
—Cobardes, solos
no pudieron, los tuvieron que ayudar, son unos pobres diablos…
Reinel no pudo
terminar la frase porque uno de los agentes golpeó su cabeza.
—¿Te crees muy
guapo?, deciles que me suelten y te
enseño lo que es ser un hombre.
Inconscientemente quien lo tenía
atrapado le dio espacio, de inmediato el joven se lanzó sobre el uniformado y
se armó una pelea encarnizada hasta la llegada de Arlyn.
—¡Carajo!, ¿qué
les pasa a ustedes?
Todos reaccionaron quedándose
quietos, el peleador se mantuvo en pie en medio de la formación.
—¿Quién es este?
—preguntó, Arlyn.
—Alguien que no
conoces, alguien de confianza no un traidor —respondió desde el suelo, Reinel— Yeison, te presento al traidor
más grande de Andinia, este imbécil que tienes en frente nos ayudó a planear
muchas cosas, un maldito que nos engañó y ahora nos está matando uno por uno,
alguien que no vale la pena, ¿estoy equivocado Arlyn?, no, no, alguien como tu
no vale la pena.
Andrade se rio furiosamente,
Reinel se incorporó y habló fuerte con la intención de hacerse oir por todos.
—Es un traidor,
así que ustedes señores de la PJB no se sientan seguros, el traidor nunca deja
de ser, lo más probable es que más tarde se vaya contra ustedes.
Arlyn Andrade lo miró con rabia
infinita antes de matarlo.
—Arresten a eso dos y llévelos a la PJB; Penagos hágalos hablar como sea, está autorizado por usar los métodos necesarios; a Reinel Benavides déjelo tirado para que los hijos lo entierren —agrego y después gritó a toda la cuadra— eso es lo que les pasa a los hijos de los Blanco, ¡tienen que enterrar a sus padres!, ¡se los juro!
Por todo El Progreso se oyeron
retumbar las puertas, se sentían los gritos de niños y adultos, muchos heridos
se refugiaban donde podían; Roviro era un Blanco que vivía con su abuela un una
pequeña casa alumbrada con velas.
—Desgraciado es hora de que caigas
–gritaban, los guardias.
—¡Si quieren arrestarme entren! —aullaba,
desafiante, Roviro.
Cuando los guardias se lanzaron dentro de la casa fueron recibidos con dos bombas molotov, uno de los agentes cayó sangrando abundantemente, luego se oyeron dos más que atontaron otros agentes, todos retrocedieron ante el ataque, sin embargo, la municiones de Roviro terminaron; en la confusión se distinguían los chillidos estridentes de la abuela al ver a su nieto Roviro arrastrado después de recibir una golpiza inhumana.
Con fuerza inusual en una mujer anciana llegó hasta donde estaba el
muchacho, se agarró de su pierna sin dejarlo avanzar, siendo remolcada por el
piso de la sala y el angosto antejardín por los guardias que halaban a Roviro.
—¡Quiten a esa vieja!, ¡que se
suelte de este cabrón!
—¡No puedo, se agarra con mucha
fuerza!, ¿qué hago? —preguntó, angustiado, uno de los uniformados.
El comandante se desesperó, tomó
un palo y empezó a golpear la cabeza de la vieja.
—¡Cabrones, no le peguen, no sean
cobardes, no ven que está enferma!
—¡Eso debiste pensarlo cuando te
metiste con la asamblea!
La vieja seguía pegada a la
pierna de Roviro a pesar de los garrotazos del comandante.
—¡Abuela suéltese!, ¡suéltese por
favor!
Ella no quería hacer caso, pero
las fuerzas al fin la abandonaron, se soltó después de recibir un último
garrotazo, quedando tirada en el andén.
—No se lo lleven, no se lleven a mi nieto –balbuceaba, atragantada por la sangre en su boca— no se lo lleven —dijo, una vez más y finalmente se acurrucó en el pavimento raído de la cuadra.
A lo largo de la cuadra había
testigos detrás de las ventanas sin iluminación para no llamar la atención de
la PJB.
—¡Esa vieja se merece esto por
defender a un puto Blanco! —grito, Andrade— ¡ahí se tiene que quedar!, ¡si
alguien sale a ayudarla me lo llevo!
Haya sido por temor o por desidia la orden se cumplió y la vieja amaneció tirada en medio de la calle.
Una vez subieron a Roviro al
carro Andrade se dirigió a una casa señalada especialmente.
—Aquí vive mi diamante —dijo— es hora de pulirlo.
En el lugar habitaban tres mujeres, la madre y dos hijas, una de ellas una niña de cinco años; la mayor fue informada de la redada con anterioridad, adicionalmente recibió un paquete con una nota: espero que lo uses para algo más que defenderte, contamos contigo; ella no entendió ni abrió el paquete, pero tampoco lo botó.
Como durante toda la noche la escena
se repitió, puertas derribadas, enseres destruidos; al momento del ingreso una
mujer salió al encuentro de los agentes, pero ya la muchacha estaba frente a
frente con el comandante.
—Por fin diamante, sabes que te
admiro, deberías estar de mi lado.
—Te dije que si me
volvías a llamar diamante te mataba, ¡me llamo Verónica Valenzuela! —gritó, la
muchacha— ¡señorita Valencia para cabrones como usted!
—Eso admiro de esta mujer, ¡el coraje! —dijo, sinceramente emocionado, Arlyn.
Pasaron unos
segundos mientras se escrutaban con sus ojos, entonces se lanzaron a una lucha
aparentemente desigual por la contextura del hombre, pero por la ferocidad de
Verónica el equilibrio fue inmediato; en un movimiento inesperado por la
muchacha su madre se metió en la pelea y recibió un golpe que la tiró a un lado
de la sala.
—¡Vete adentro, mamá!, estos
hombres son unos cobardes, especialmente este que voy a matar esta noche a
pesar de su boina roja y su aparente mando; es más, no sólo es un cobarde, ¡es
un traidor!
La señora hizo caso, cuando entró
en el cuarto su hija menor estaba sentada sobre la cama, todavía el sueño la
tenía dominada.
—¿Qué pasa mamá?
—Nada, hija.
—Pero algo pasa, alguien grita
allá afuera.
—No, no es nada —insistió,
la señora— mejor
hagamos una cosa, ¿quieres escuchar música?, toma los audífonos y póntelos, pero
júrame que no te los vas a quitar.
La niña no entendía la actitud de
su mamá, sin embargo, aceptó sin más preguntas; antes de salir del cuarto la
señora prendió el televisor y subió el volumen.
—¡Ya vengo! —gritó— ¡prométeme que no vas a salir de
la pieza! —agregó,
saliendo sin mirar atrás.
La señora apareció nuevamente en
la sala.
—¡Que no salgas! —le advirtió, Verónica— esta pelea es mía.
El comandante se fue en contra de ella, Verónica lo detuvo, aunque empezaba a flaquear, aun así, el grandulón fue al piso, desde ahí ubicó a la muchacha para contratacar, de un impulso Arlyn se levantó y con la ayuda de un garrote golpeó a la muchacha, luego la hizo retroceder hasta el cuarto con toda su poderío, la tumbó sobre la cama y se le fue encima; en ese momento Verónica se acordó del mensaje que llegó junto al paquete.
Mañana Arlyn Andrade se tomará El Progreso, este es un obsequio de un amigo común, espero que lo utilices para algo más que defenderte, contamos contigo.
Cuando reaccionó empezó a
patalear no tanto para quitarse el cuerpo de Andrade, sino para buscar el paquete
del desconocido; se revolvió tanto sobre la cama que logró agarrarlo debajo del
colchón esperanzada a que cierto le sirviera para defenderse, le costó un poco
porque el artefacto estaba bien envuelto en papel, pero finalmente el papel
cedió, cunado sintió un corte en la mano entendió que la salvación estaba cerca
y sin pensarlo lo enterró en un costado, girándolo dentro del cuerpo, al sacar la
hoja afilada un gran chorro de sangre brotó; Arlyn se movió convulso con la
mano abierta sobre la herida.
—¡Puta diamante!, ¡cierto sabes
cumplir tus promesas!, ¡eres la mejor! —exclamó, Arlyn Andrade.
La muchacha siguió apuñalando al
hombre quien de a poco se quedó sin movimiento; a pesar de todo Verónica fue
sacada a rastras y llevada junto a diez Blanco.