XI
Los días pasaban tensos para todos los integrantes de los Blanco, la disposición de los jefes de impedir nuevas reuniones en la casa de la loma los tenía en ascuas, no había información sobre el plan para el ingreso de las armas, ni la situación de los encargados de ejecutarlo, adicionalmente la Asamblea había endurecido sus redadas, prohibiendo cualquier movimiento a partir de las siete de la noche; nadie se atrevía a desobedecer ante la advertencia escalofriante de dos cuerpos flotando en el rio, muchachos de El Progreso retrasados al regresar al barrio de sus trabajos; en la zona comercial fueron detenidos por las FMA al mando del sargento Corredor, no aceptaron ninguna explicación, los acusaron de conspirar en contra de la Asamblea y fueron llevados a los calabozos del edificio de gobierno; no fue necesario torturarlos, en sus gestos de terror y la mirada suplicante se adivinaba su desconocimiento de algún evento relacionado con los Blanco, pero como las órdenes de la Asamblea se deben cumplir se aceleró el interrogatorio para terminar con el asunto y lanzarlos en las aguas tenebrosa por la oscuridad de la noche.
La noche cuando inició la prohibición los Blanco ya estaban alertados, una vez el capitán Velásquez llevó la información a la emisora del gobierno el locutor la filtró a varios Blanco entre ellos Verónica para que lo comunicara en El Progreso, Amalia en La Marea, el padre Lucio a los de Andinia y al loco de Puerto Tristeza en la Villa, eso hizo aumentar las precauciones; a pesar de todo Teseo seguía inquieto, la preocupación por alguna imprudencia lo preocupaba.
Después del suceso de los cuerpos los trabajadores salían a la hora precisa con el tiempo suficiente para estar en el barrio antes de las siete; algunos Blanco regresaban en grupo charlando a su casa a pesar de la alerta del locutor, inicialmente hubo una recriminación de parte de Teseo, pero con el paso de los días las advertencias se volvieron frases sin sentido y dejó de hacerlas, finalmente cada uno era consciente del peligro, el arresto lo sufrirían ellos, pero a costa de poner en riesgo toda la operación porque para soportar las torturas de la PJB era necesario algo adicional a la valentía; a Vito, Teseo y Arturo no les quedó otra que esperar con la esperanza puesta en la prudencia de los muchachos.
Álvaro estaba desaparecido, no se conocía su paradero, Vito visitaba constantemente al padre Lucio después de salir de un pequeño trabajo como vendedor en una tienda de la zona comercial; después del suceso con el Turco el almacén tenía nueva administración, Dorian asumió su control, pero como nunca estaba en Andinia por su trabajo itinerante contrató a Vito para que lo manejara; Arturo seguía en su trabajo al frente de Luna Blanca. La mayoría de los muchachos de los barrios se ocupaban en alguna actividad para distraerse mientras llegaba el día indicado; por su parte Teseo se había trasteado a la casa de la loma para continuar con sus planes para una Andinia después de derrocamiento de la Asamblea, a veces lo visitaba Helena, otras veces el loco de Puerta Tristeza, hasta Verónica fue alguna vez, pero generalmente quien permanecía más tiempo junto a él era Teresa.
—La
noche está silenciosa, hoy todo estará en calma —dijo, Teresa, en medio de la
oscuridad de la casa de la loma.
Teseo
regreso la mirada
—¿Qué
haces aquí?
—Eso
me pregunto yo —comentó, la mujer, adentrándose en la casa.
—Desde
la prohibición prefiero estar aquí, hay más paz.
Teresa
sonrió, al entrar llevaba puesto un camisón oscuro por sugerencia de su hija; después
de cierto tiempo de reuniones en la casa de la loma Helena le había pedido que
se pusiera ropa, no importa si sólo vas
cuando ya se hayan ido los muchachos, en cualquier momento te cruzas con uno de
ellos y sabes mejor que nadie lo que produce la hermosura de tu rostro y tu cuerpo
delineado, pensaría que lo haces intencionalmente, le explicó la señorita
para convencerla de cubrirse; no tengo
ninguna mala intención, pero si lo deseas lo haré, aceptó Teresa; la
conversación de madre e hija tenía sorprendidos a todos en Villa Helena,
produciendo una dicha interior entre los trabajadores que conocían la historia
de las dos mujeres.
—Por
mi parte nunca dejo mi propiedad, deambulo por ella como si reinara, pero a
veces creo que me he condenado a una vida oscura, en ustedes vi claridad y por
eso permití su entrada; sabía que el loco de Puerto Tristeza se acercó a mi
para convencerme.
Teseo
sonrió ante la confesión, el loco sólo podía ser nacido de la magia de Andinia,
tal vez era ella misma exigiendo salvación.
—Ahora
no quiero volver a mis tinieblas, los Blanco me han enseñado a sobrevivir, a
buscar algo más que la muerte —agregó.
—Sabes
que eres parte del grupo desde el momento que el cuartel de los Blanco se
estableció en Villa Helena.
—Sí,
por eso quiero participar de sus planes, Andinia también es mía por eso también
quiero acabar el dominio de la Asamblea, por otra parte, hay cuentas pendientes
con el comandante Miller que deben ser saldadas; pero por ahora quiero abandonar
mi refugio, mi mundo ficticio e invencible, saldré a buscar algo más que la luz
como algún día lo hará Andinia.
—¿Crees
que vamos a ganar?
—No
lo sé, veo cosas en mis sueños, pero nunca algo tan directo como la
confirmación del fin de la Asamblea, a lo mejor porque para entonces habré
muerto y no puede revelarse hechos a quien no estará para verificarlos.
—Teresa
Ramírez no muere —interrumpió, Teseo, a la vez atrevido a la vez atemorizado;
la mujer sonrió.
—Sólo
veo cosas inconclusas, no triunfos ni derrotas, solamente eventos aislados, por
ejemplo, después de hoy algo pasará con los Blanco.
Teseo siempre prestaba atención a la mujer cuando relataba sus visiones con algo de desconfianza, pero esa noche no pudo evitar sentirse asustado, el futuro que relataba era preocupante e imposible de cambiar como siempre le había advertido Teresa.
Ella esperará a que pase el tiempo, llorará en silencio con lágrimas en las que la sangre parecerá disolverse, con su rostro embadurnado de un carmín doloroso no se moverá refugiada en los brazos de su protectora, ella la arropara mientras permanezca arrodillada al lado del cuerpo sin vida de aquel, intentará detener con fuerza la sangre que brotará de su pecho a pesar de la certeza de no lograrlo, lo intentará porque presentirá que después de ese día nunca podrá reestablecer su paz; en un instante su cara quedará surcada por la maldad producida por el rencor cuando haya entendido el odio y lo pueda distinguir sin dudarlo, a lo mejor por eso nunca más podrá sonreír con inocencia.
Ella dirá:
—¡Hay hadas y maleficios...!, ¡artificios de la vida para aferrarse a ella, desenfrenadas locuras, infames actos anónimos, senderos que muestran rutas diferentes, impredecibles!; ¿para dónde puedo caminar cuando me siento atascada por los recuerdos del pasado sin vislumbrar un futuro, probablemente condenada por el maldito presente a creer en cualquier cosa sin creer en nada?; extraño cuando los vientos elevaban un papel como cometa, cuando la lluvia me mojaba y hacía de mí un pirata, cuando el sol tostaba mi joven piel y formaba arrugas de alegría; ¡extraño aquellos momentos, extraño en mi rostro aquella entrañable sonrisa!
Entre tanto su protectora la abrazará cada vez más fuerte, ella hablará para sí misma, parecerá no darse cuenta de los hechos que cambiarán su vida; de improviso empezará a llorar muy fuerte, restregará en su cuerpo con violencia el carmín mezclado de ella y de aquel, las pocas lágrimas que todavía brotarán sobrepasaran su cara y mojarán su cuerpo, limpiarán el dolor, la falta de aquel muchacho; ella no merece su realidad, ella es inocente.
No aceptará alejarse de ese cuerpo inerte, creerá estar segura a su lado, el brillo de la sangre ocultará el peso de la realidad, la mancha que la marcará para toda su vida, la amargura de ser víctima de la muerte; cuando por fin acepte la realidad sentirá terror; apretará con todas sus fuerzas la cobija bajo la cual se encontrará su cuerpo indefenso, pero a la vez notará que se aleja, parecerá aceptar su retirada al vaivén de su protectora, la invadirá la calma, se concentrará en un punto fijo del levemente claro horizonte.
De repente un estremecimiento, una convulsiva necesidad de protegerse la atacará, se apartará con terror de su compañera, se lanzará a un rincón de la calle, se esconderá como si huyera de cualquier ser porque ya nada le devolverá la confianza en la humanidad; girará la cabeza en todos los sentidos, observará a todas partes, se topará con la mirada de su salvadora y una extraña sensación de tranquilidad recorrerá todo su cuerpo, segundos después la abrazará y se quedará con ella.
Sin sentir su andar llegará a una casa acogedora, ahí se serenará con el arrullo de su compañera, mucho tiempo transcurrirá una al lado de la otra, sin moverse, comprenderá que junto a su salvadora estará bien, parecerá volver a confiar.
Habrá algo cierto, no podrá olvidar, aunque esconda lo acaecido porque rezagos de la herida nunca dejarán de sangrar, no podrá olvidar, aunque de tanto repasar la desgracia su alma se endure y en su mente proliferen ideas fugaces de venganza reprimida, ¡no podrá olvidar, pero al fin se convencerá de la imposibilidad de cambiar nada!; entonces entenderá que la esperanza habrá muerto y por fin la vida se tranquilizará.
—¡Estamos enfermos!, creemos en la esperanza sin darnos cuenta que es nuestro verdadero suplicio; es tan fácil considerarla nuestra salvación, ¡no! ¡quién se esperanza muere!, finalmente la esperanza es aquello que se siente cuando ya no hay nada que hacer, es el límite entre lo imposible y la realidad: lo imposible que esperamos y la inefable realidad que palpamos.
Teseo estaba inmerso en las palabras de Teresa, creyendo sin lugar a dudas que algún día presenciaría esa escena; después de esa noche los encuentros se volvieron frecuentes, Teresa siempre le contaba sus visiones, pero hasta un punto, porque al parecer después no existía nada, a lo mejor la muerte.
Ella no puede morir sin
que Andinia desaparezca,
pensó Teseo mientras se acercaba a ella.
A lo mejor es necesario para que renazca, escuchó él ser atraído por ella.
De un momento a otro Teresa se fue acercando a Teseo, como un imán lo atrajo sin ninguna resistencia, estaba sorprendido, como nunca se hubiera imaginado la tenía tan cerca que sentía la calidez de su cuerpo, un cuerpo siempre admirado; cuando lo tuvo tan cerca que sentía su aliento empezó a palpar con los dedos su piel tostada, con un infinito placer demostrado al remorderse los labios, enjugándoselos nerviosamente; se sentía confusa, en su cara brillaba la sorpresa y se dibujaba algo impensado, un temor profundo ausente en los momentos más difíciles de Villa Helena; un leve estremecimiento la hizo poner las palmas de sus manos en el pecho del joven, no con la intención de alejarlo, lo hizo con el cuerpo tembloroso sin dejar a un lado su firmeza; el joven al sentir la presión cerró los ojos para convencerse de aquella realidad inesperada, pronto la presión disminuyó y un cosquilleo de dedos recorrió su rostro arrastrados con serenidad para acallar cualquier palabra imprudente.
Después de un combate mental sus cuerpos estremecidos se juntaron casi tocándose, se contemplaron sonrientes durante mucho tiempo, descubriendo gestos impensadas en miradas nunca vistas, extraviados en una realidad particular, una soledad compartida entre dos seres atrapados en un silencio infinito de una oscuridad imposible de combatir; de pronto ella quiso alejarse, pero él impulsado por un suspiro de seducción retuvo su brazo aturdido a la espera de su reacción, sin embargo, al mirarla no descubrió malestar, al contrario, para su sorpresa ella conservaba su rostro distendido, su mirada fría había desaparecido, la inocencia de tiempos felices volvía reinar; se miraron un tiempo más antes de unirse en un beso sin efusividad ni apasionamiento, lento como si disfrutaran de un infinito segundo de dicha antes de la fatalidad, fundieron sus labios sin sobresaltos, no fue enfurecido como si quisieran reclamarle a la vida el tiempo perdido, fue suave con la honradez suficiente para demostrar su atracción, se besaron como si les fuera prohibido, ocultos del mundo con el deleite de lo desconocido, la delicada llama de una pasión sin medida, una libido asustadiza de dos seres temerarios cohibidos de arrojarse al abismo del sexo, resistiendo en el filo deseosos como ninguno de lanzarse a esa sima sin retorno donde termina la razón e inicia el desafuero.
Cuando separaron sus labios parecieron avergonzados, evitaron mirarse, pero con los cuerpos tan cerca sólo pudieron entrelazarse en un abrazo incrédulo de tal aventura; vino entonces un impulso inexplicable, él la tomó de la cintura, la llevó hasta la mesa sin oposición ninguna, con leves movimientos se despojaron de sus ropas; pronto los besos se aceleraron, se conocían, sabían de su templanza por eso el sexo fue un ritual, de una forma como sólo se puede sentir una vez en la vida ajenos al mero placer.
—Es
nuestro destino, después vendrá tu triunfo y mi final —susurró, Teresa, mientras sintió que una tibieza ascendente se
apoderaba de su vientre.
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