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Entre
tanto en las instalaciones de la Asamblea Miller hablaba con dos hombres de
rango en las FMA.
—Por
fin lo encuentro bien acompañado comandante Miller —dijo, un hombre de uniforme
perfecto y medallas en todo su pecho— en otras ocasiones no ha sido así;
generalmente está con sus soldados y esa no es gente para atender en la
oficina, para eso están los patios del cuartel.
Miller
sin inmutarse contempló la entrada del general de las FMA.
—¡Buenas
tardes general Doble Ele!, ¡bienvenido a Andinia!
—Deje
su melosería para otra gente, yo no necesito de eso; vengo a averiguar por qué se le está saliendo de las manos este maldito pueblo, la famosa Andinia con
todos sus fantasmas y maldiciones, conmigo aquí se acabará toda esa patraña y
usted seguirá al frente si demuestra su capacidad para controlar este muladar.
—Señor,
la Asamblea tiene el pueblo controlado, no necesito explicárselo.
—Miller usted se ha dejado atrapar de la mediocridad de sus subalternos; necesito al Miller temido frente de la Asamblea quien fue artífice de concretar la toma de Andinia; no entiendo qué le pasó, cuando lo envié para que se infiltrara entre Mariano Basante y Jesús Morales lo hizo perfecto: mató al viejo, culpó a las serpientes, a pesar de eso logró que esos idiotas pensaran que Andinia era de ellos, se confiaran y abonaran el terreno para nuestro ingreso triunfal, ¡ese era el verdadero Gerardo Miller!; su único error fue dejar que se escapara Morales, pero creo que eso ya lo solucionó en estos días; ¡mejor tarde que nunca!
Miller ni parpadeaba parado detrás de su escritorio con las manos atrás, completamente rígido, demostrando su firmeza militar mientras observaba al alto mano de las FMA en su infinito paseo por la oficina, inmerso en su verborrea mortificante.
—Hasta
ahí todo estaba bien, después algo dinamitó su carácter, según me dicen usted
no fue capaz de superar el incidente de Villa Helena.
—Señor,
ese es mi problema, no tengo porque darle explicaciones de todos mis actos.
—Según
mis informantes, desde ese revés nunca fue igual; entienda Miller, nadie lo ha
puesto en duda como comandante, pero eran otros tiempos, el pueblo era sumiso; tiene
buenas ideas como la de rearmar a los extintos plateados para mantener al barrio
esperanzado en el triunfo de su ejército popular, pero ahora las cosas se han
complicado; Alvaro Sabi, que por cierto se le acaba de escapar, no es un
plateado, lo conozco, es un hombre muy audaz y lo tiene en la mira; ¡Miller!,
si no reacciona van a derrocar a la Asamblea y será culpa exclusivamente suya.
—Señor,
estamos de acuerdo sobre Sabi, como dice es audaz, pero lo hace como si lo
admirara; para mí es un condenado, cuando lo atrape ira a la PJB a confesar
todo lo que sabe, lo aseguro y si no personalmente me encargaré de que así sea;
conozco métodos muy efectivos que sirvieron para aumentar sus medallas, aunque
usted nunca fue capaz de usarlos.
El
general miró con desconfianza al comandante.
—Tranquilícese
Miller, conozco bien sus antecedentes, todos en la Asamblea admiramos su
pasado, pero me puede asegurar que sigue siendo el mismo —inquirió, el general—
en cuanto a mí no estoy seguro, nada más un ejemplo, no tiene ni idea donde
está Sabí, le apuesto a que no lo hallará en los barrios, tampoco sabe con
quién se reúne, posiblemente yo me entere primero y no por su parte
precisamente; ese hombre parece ir un paso delante de usted.
—Señor, usted da muchas cosas por sentadas y ese es el camino directo al fracaso; otra cosa: yo no apuesto, como militar no dejo al azar mis victorias.
El
silencio era cómplice en la discusión, aparecía cuando uno disfrutaba su golpe
y el otro se preparaba para levantarse.
—Ya
sabe mi opinión e intento con esta visita poner punto final a su larga fila de
errores desde que asumió el mando en Andinia, pero siempre pensando en su bien,
la Asamblea no puede darse el lujo de perder a un hombre tan importante como usted;
sin embargo, debe cambiar o tendré que enviar un reemplazo —advirtió, el
general Doble Ele, con aspereza— le doy un mes, cumplido ese tiempo lo hago
arrestar y lo relevo de sus obligaciones.
—General,
todo está claro, Álvaro Sabi será atrapado inmediatamente.
—¿Sabe
cómo encontrarlo? —comentó con tono burlón, Doble Ele.
—Señor,
no me subestime, usted lleva las condecoraciones, pero no precisamente por
mérito propio, no fue usted el que torturó y eliminó a quien se interpusiera en
el camino de la Asamblea, ¡usted llegaba a la cabeza de las tropas cuando la
avanzada ya había sometido a los habitantes!, de esa forma se hizo acreedor a
la mayoría de sus brillantes colgandejos expuestos en su pecho frío y cobarde; aunque no le guste soy parte de la Asamblea desde el principio, también tengo
voz con ella y si le digo que voy a encontrar al maldito Sabi, ¡créame!, ¡es el
comandante de su avanzada el que habla!
Había
una firmeza oscura en aquel hombre, su quietud pétrea y la falta de
sentimientos en su tallada cara infundía una especie de respeto intimidante; un rostro que no expresa ninguna emoción es más terrorífico que uno con señales de
odio o venganza.
—Miller,
al parecer ya está reaccionando.
—Me
dice que Sabi va un paso adelante, pues se equivoca, yo estoy un paso delante
de él y de usted; no crea que ignoraba su llegada, tampoco desconozco su
relación con un hombre que conoció antes de ingresar a la carrera militar, ¡se
sorprende señor! —dijo con sorna— y eso no es todo, iban a entrar juntos, pero
al final él prefirió la lucha popular; general se da cuenta, ¡usted casi fue un
amigo de la democracia!, debo decir que se decidió por el camino correcto.
El
general se detuvo en medio de la oficina, parecía demoler a Miller con sus ojos
enrojecidos; el comandante por fin se movió, dio un giro completo y quedo con
su vista al patio del cuartel, dando la espalda al general.
—No
apueste por mi debilidad, si está suponiendo que por el paso del tiempo me
siento asustado se equivoca —Miller, hizo una leve pausa— le repito, no apueste
por una debilidad que no tengo; he matado a muchos por usted sin vacilar, si lo
tengo que hacer por mí le aseguro que no me temblara la mano, sea quien sea mi contendor, aunque
tenga rango.
—¡Vaya,
Miller!, ¿me amenaza?
—¡Comandante,
Miller!, ese es mi rango, no se olvide… señor —dijo, dando vuelta sobre sus
talones para quedar frente a frente con Doble Ele— ¿amenazar?, un hombre como
yo no amenaza, simplemente elimina.
El general guardó silencio, su figura marmórea en la oficina generaba una frialdad pavorosa, a su vez Miller no cambió, sin un solo gesto en la cara permaneció quieto detrás de su escritorio.
Los
dos hombres presentes se mantenía al margen de cualquier discusión, habían
escuchado historias sobre el temido comandante Miller, pero sólo hasta ahora lo confirmaban; con mucho recelo descubrían un hombre diferente, irradiando un
aura maligna.
—Comandante
Miller —continuó, el general Doble Elle— los tiempos han cambiado; según mi
opinión Andinia se salió de control porque la dejó en manos de Corredor, un
tipo que vive por fuera de todo reglamento, él crea su propio reglamento, se
cree invencible como un gladiador solitario, esa clase de personajes
convencidos de ser inmunes a todo sólo pueden ser dioses o brutos, el sargento
no es dios, usted tampoco, pero tiene suficiente poder sobre él, ¡úselo!;
Corredor no se adapta a ningún sistema social por eso nunca podrá gobernar, es
como esos tipos que comandan los ejércitos del pueblo, si llegan a mandar no saben
cómo hacerlo, finalmente se ha cumplido su ideal: ¡llegar al poder!, su
imaginación limitada no les permite entender la grandeza del poder que tienen
en sus manos, no logran visualizar que son magnánimos y están por encima de
cualquier utopía estúpida, que ya no son soldados del pueblo, están sobre el
pueblo; los que entiendes eso no tienen otra salida que ser dictadores, son
dioses, pero pocos asumen el reto, la mayoría se obnubilan y terminan
gobernando mediocremente, demostrando que todo en ellos es una fracaso, ahogados
en su filantropía absurda, su incapacidad insuperable y una prepotencia
risible, unos verdaderos brutos.
Miller
lo miraba con el rostro insondable, pero en el fondo atónito por sus ideas
delirantes, pensaba que un hombre como él tenía cabida en la causa de Sabi o en
la de la Asamblea, estaba fuera de sus cabales por eso era el mejor soldado de
cualquier lucha; era una versión irracional de Corredor o algo peor porque
estaba consciente de ello y lo disfrutaba.
—Comandante
el mundo no es perfecto y siempre habrá débiles, garantizar que se identifiquen
con claridad en una sociedad es el fin superior del poder, en eso se basa el
gobierno absoluto de la Asamblea y de paso cualquier gobierno por más
democrático que se considere; como una idea entre paréntesis le puedo aseverar
sin lugar equívocos que una dictadura es más sincera que cualquier democracia, su
idea no es mostrarse como benefactor del pueblo, lo somete sin excepciones, los
gobiernos que se dicen liberales y progresistas también lo hacen, pero se cuidan de no
ensuciar su prestigio, son solapadamente crueles, deshojan la margarita cuando
someten al pueblo, vaya uno a saber cuándo llega la desdicha de ser víctima de
esa sociedad.
Miller
no contestó nada, no había forma, cuando se argumenta con delirios se es
inobjetable, aquel hombre lo era; los hombres se habían retirado por pedido del
general, quería hablar a solas con el comandante.
—Gerardo,
ahora que salieron estos tipos le puedo decir con sinceridad que aprecio su
incalculable aporte a este gobierno, pero no voy a soportar más estupideces; que
quede claro, la Asamblea no debe temer, quien debe temblar con sólo escuchar su
nombre es Andinia, debe temblar cuando escuche mencionar al comandante, pero
con decepción veo que usted no fue capaz de gobernar, en el fondo es otro
Corredor.
—Lleras,
no tenemos el mismo rango, pero no confunda al hombre con quien habla, si
quiere relevarme hágalo de una vez o váyase a la mierda… general —dijo, Miller,
saliendo de detrás de su escritorio— no tengo necesidad de escuchar sus
alucinaciones sobre el poder; yo mando en Andinia con suficiente cordura para
asegurarle que no soy ni un dios ni un bruto, simplemente hago cumplir las
leyes de la Asamblea y no me importa qué hagan los libertarios al llegar al
poder, me limito a evitarlo sin importar la forma, mi asunto es mantenerlos
detrás de la raya; sabe usted una cosa, sólo los humillados y los muertos lo
hacen, cada uno elige el lugar que prefiere y si usted viene a Andinia con sus
teorías peligrosas para la Asamblea también deberá escoger, no veo que sea
fácil de humillar por eso le queda una sola opción, usted verá si deshoja
margaritas para decidirse.
Un espasmo de ira recorrió el cuerpo del general Doble Ele, segundos después salió de prisa subió en su carro y se marchó sin despedirse.
—¡Velásquez!
¡Velásquez! —tronó la voz de Miller por todo el cuartel; al instante ingresó el
capitán— necesito que me averigüe algo sobre el tal Sabi, en alguna parte habrá
alguien que sepa su paradero; arreste a quien sea, queme el barrio si es
necesario, tráigame algo.
—¡Como
diga, señor!
Miller
pensó unos segundos.
—Deje quieto a los Blanco, dentro de poco los veré caer y los quiero vivos a todos; estoy ansioso por disfrutar su gesto ante la derrota, no hay nada mejor que ver el surgimiento de señales de odio en un rostro inocente.
La
aparición del general Doble Ele dejó un sinsabor para Gerardo Miller; al salir Velásquez,
el comandante se quedó dando vueltas en busca de soluciones para los reparos
del general; después de escucharlo sabía que estaba loco y por tanto era muy
peligroso si ponía en práctica sus ideas descabelladas, debía andar con cuidado
para no cometer algún error aprovechable por Doble Ele; durante varias horas
meditó hasta cuando llamó a sus oficiales para dar las órdenes pertinentes,
tomar el mando de las FMA y la dirección de la PJB.
—Las
cosas se complicaron así que es hora de aplacar las ideas revolucionarias de los
habitantes de Andinia, con el tiempo pueden alentar al pueblo a levantarse
contra la Asamblea por eso desde este momento tomo el mando de la PJB,
necesito resultados y noto que los comandantes actuales no está haciendo bien
las cosas
—Señor,
la PJB es independiente de las FMA y no voy a dejar…
—Al
carajo con su opinión, aquí se hará lo que yo digo, ustedes con su inacción
dejaron madura la idea independentista de los tales Blanco especialmente en El Progreso
y La Marea por eso desde esta noche se prohíbe a todos los habitantes del
pueblo salir después de las siete, a partir de esa hora las FMA tomarán posesión
de Andinia y sus alrededores, pero no arrestarán ni trasladarán a los calabozos
de la Asamblea a nadie, sólo la PJB está autorizada y una vez en sus manos
deben sacar toda la información que tengan esos desgraciados, si creen que no
saben nada los tiran al rio así cuando bajen por los barrios todos sabrán qué
les puede pasar y dejarán la pendejada de retar a este gobierno.
Los
hombres formados frente al comandante aceptaron las órdenes y salieron a
preparar la primera noche de prohibición.
—Den
a conocer la noticia por la emisora, que el locutor lo haga esta noche para que
no haya pretextos.
—¡Claro,
señor!
—Para
que no digan que la Asamblea es prohibicionista hoy no arresten a nadie, con una
advertencia será suficiente; la Asamblea también protege los derechos humanos
como lo ha hecho siempre, no somos unos bárbaros, no tomamos a nadie por
sorpresa, primero anunciamos nuestras decisiones después actuamos.
—¡Entendido,
comandante Miller!
—Vayan,
por ahora no habrá diversión, mañana será una mejor noche.
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