XIII
Era martes, como había sucedió en varias ocasiones en los últimos tres
meses Petrona Martínez acompañada de Julio Basante salieron de Andinia en su
paseo acostumbrado, las FMA no estaba muy contentas con las salidas de los dos
muchachos, pero evitaban detenerlos para no aumentar la molestia entre el
pueblo perseguido diariamente; en el pequeño carro de los Martínez los dos muchachos
pasaron temprano cubiertos con ruanas y gorros de lana para cubrirse del frío
de la mañana; eran las seis cuando transitaron el retén.
—Hoy madrugaron bastante —comentó, el guardia, al detenerlos como siempre lo hacía.
—¡Sí!, queremos regresar temprano, el día no parece muy bueno, esperemos
que cambie con las horas —manifestó, Petrona— pero por qué tanta
desconfianza.
—Niña,
yo sólo me limito a cuidar los intereses de la Asamblea, por eso tengo que
preguntar.
—Claro
—convino, Julio, asintiendo con la cabeza.
—Vamos —indicó, Petrona; la muchacha recostó su cabeza sobre el hombro de Julio, a este se le notó una inmensa satisfacción por el gesto de ella y le ofreció una sonrisa como agradecimiento, después puso música e inició su camino.
Durante los últimos días el paseo se había convertido en un escape para su realidad; cinco años de reuniones, planeamientos, éxitos al reclutar nuevos integrantes y derrotas dolorosas con la muerte incluida, la orden de alejarse del grupo para no ser relacionados con los Blanco antes del golpe final los premió; inicialmente estuvieron en desacuerdo con el destierro del grupo, pero ahora se daban cuenta de su fortuna.
A pesar de la historia truculenta protagonizada por Obdulio Basante
empeñado en vengar los pecados de Dioselina Martínez en su hija Petrona
Martínez los dos jóvenes pudieron superar la lucha de sus apellidos para
cimentar una amistad sincera; ese martes los dos amigos salieron con la firme
convicción de su triunfo en horas de la tarde, por fin se acabará la dominación de la Asamblea, pensaban los dos
envueltos en un mutismo total.
—Listo muchachos, ya nos conocemos así que obviemos la parte estúpida de
las presentaciones —inició,
Álvaro, apenas se acomodó en el asiento trasero; sólo el motor del carro
ronronea— Dorian
nos espera en la salida de Pacífico en una casa vieja que sirve de bodega para
sus productos, tomaremos por la carretera alterna al pueblo para evitar la
vigilancia de Pacífico, una vez allá cargamos las armas y nos retiramos;
ustedes deberán entrar a Pacífico como siempre, comer algo en un lugar donde
los conozcan o almorzar de una vez si les parece mejor y luego salen para Andinia
—explicó.
—¿Tenemos que andar con las armas por Pacífico? —preguntó, Julio, no es muy convencido—
¿no es muy peligroso?
—Peligroso es que los vean alejarse de Pacifico disimulados, como si ocultaran
algo; en ese pueblo están acostumbrados a sus paseos, si salen a escondidas van
a sospechar e inmediatamente informan a las FMA —explicó,
Henry.
—Son las seis de la mañana, a una velocidad normal estaremos a las nueve
en Pacífico, cargamos las armas y después entran al pueblo, se pueden quedar máximo
hasta la una de la tarde, ni un minuto más, si llegan después de las cuatro corren
riesgo de perder la distracción que vamos hacer para abrirles paso en el retén.
—¿Ustedes vienen?
—No, de regreso están solos, nosotros los vamos a esperar en las afueras de
Andinia, nos conocen por eso es preferible que no nos vean.
El plan se llevó de acuerdo a lo presupuestado por Sabi: una vez
recibieron las armas Petrona y Julio se despidieron de los dos hombres y se
dirigieron al pueblo, cuando entraron en Pacífico eran un
poco más de la diez de la mañana; a pesar de estar en media mañana el sol de
ese día quemaba.
—Hace
mucho calor —confesó, Petrona.
—Más
con tanta lana encima.
Petrona
pareció darse cuenta de su vestuario por el comentario, a partir de ese momento
se sintió incómoda, por eso se quitó la ruana y el gorro para estar más fresca.
—¡Entremos
ahí! —sugirió, la muchacha.
—Ahí
nos vamos a demorar todo el día, la atención es muy mala.
—¡Pero
los helados ricos y yo quiero uno!, eso es lo importante, además, no seas
amargado.
Julio
sonrió; una vez en el negocio todo pasó como lo había pronosticado,
transcurrieron más de treinta minutos para recibirles la orden y otro tanto
para servirles.
—Ellos
apenas entraron y ya los atendieron, eso no es justo.
—Ya,
ya, no te quejes más, mejor disfruta que estamos aquí.
Siempre
hay algo bueno en cualquier cosa por mala que sea, en este caso la demora en el
servicio les permitió entretenerse más de una hora sin pensar en la mercancía
del carro; pero llegado el momento su tranquilidad se fue a pique al pararse
frente al automotor, sólo de verlo un escalofrío los recorrió, peor será cuando nos subamos, pensaban;
tomaron fuerza para reiniciar su marcha, cada uno se dirigió al lado
correspondiente, casi al tiempo se dejaron caer en los asientos del carro dando
un profundo suspiro.
—Donde
vamos para pasar el tiempo —inquirió, Petrona; Julio se encogió de hombros.
—No
entiendo por qué en otras ocasiones el tiempo corría con tanta velocidad.
—Tal
vez no era importante —explicó, ella.
La muchacha tenía razón, el tiempo es una sensación absurda, inversamente proporcional al bienestar, corre cuando interpreta gusto en las acciones del hombre y casi se detiene cuando descubre padecimientos; ese día Petrona y Julio padecían.
Al
quedarse inmersos en una canción poco escuchada experimentaron una catarsis
sanadora, cortada abruptamente por un golpeteo en la ventana; después del
brinco por la sorpresa un pánico inmensurable casi los mata al descubrir un
agente de la policía de Pacífico a su lado.
—Señor
Basante, podría mover el carro, estorba la entrada.
El
muchacho miró atrás para descubrir un gran camión con materiales de
construcción intentando parquearse frente a la ferretería para descargar su
mercancía, después miró el rostro pálido de Petrona, soltando una carcajada.
—Desgraciado,
por qué te burlas, casi me muero y te ríes.
Julio
hizo un gesto gracioso en su cara y terció su cabeza antes de arrancar.
—¿Ahora
para dónde vamos?
—A
la Laguna.
—Eso
está muy lejos.
—Tranquila, el tiempo nos sobra, alcanzamos a ir y volver dos veces.
Sin
objeción por parte de Petrona se fueron rumbo de la Laguna, en el lugar había
un mirador muy bonito al lado de un prado verde y esponjoso.
—Petrona
—dijo, Julio— ¿te has imaginado cómo será todo cuando acabe el plan, después de
esta tarde cuando hayamos ganado, cuando nos reunamos con todos para celebrar?
—No
te entiendo —expresó, ella.
—¿Ya
no volveremos a estos paseos?
La
muchacha se sumergió en una meditación profunda, estaba recostada sobre una
gran piedra en medio de un potrero de tonalidad amarillo por el brillo de sus
rebeldes flores impulsadas por el viento hasta donde la tierra impedía su
inminente robo; jugueteaba con el cabello del joven que había recostado la
cabeza en sus piernas.
—No
sé —rumoreo— y tú ¿qué has pensado?
—No
sé —repitió, maquinalmente, Julio.
—¿Cómo
así?, tonto, tienes que responderme.
—Yo
pregunté primero.
—No,
yo pregunté primero.
—Petrona,
yo fui primero.
—Pues
no, yo fui así que me tienes que responder.
Julio
prefirió llevarle la corriente, tenía todas las de perder.
—Entonces
no sé qué va a pasar.
Petrona
lo quedó mirando con incertidumbre.
—Yo
te hago otra pregunta —inició, ella— ¿quieres que siga pasando?
Sin
permitir la respuesta del muchacho, Petrona se incorporó intempestivamente.
—Faltan veinte minutos para la una, Julio; el muchacho también se paró al instante.
La
vertiginosa carrera de las horas fue incomprensible para los dos, el tiempo
había interpretado algún bienestar por eso aquel momento mágico de flirteo con
frases entrecortadas sólo fue permitido pocos instantes, el encanto llegaba a
su fin más rápido de lo deseado, ahora venía una galopada desaforada por
cumplir con las ordenes de Sabi.
—¡Tenemos
que salir máximo a la una y estamos a veinte minutos de Pacífico!
—No te preocupes, rápidamente llegamos, esta vía es buena.
El
regreso fue más difícil de lo presupuestado, en ese sector vivía la mayor
cantidad de habitantes de Pacifico, la carretera estaba ocupada por mucha gente
a pie, varios carros y gran cantidad de ganado arreado a la deriva bajo su
voluntad.
—Parece
que no vamos a alcanzar a almorzar.
—¡Julio,
mira como estamos y te dedicas a pensar en comida!
—Yo
no quiero comer, pero esa fue la orden de Álvaro.
—¡Él
que sabe!, paremos en la caseta de don Juaco a la salida, comemos rápido para
no llevar nada y no vamos —explicó, Petrona— ¡no puedes ir más rápido!, ¡se nos
hizo muy tarde!
Ese lado mandón de Petrona era desconocido para el muchacho, trató de comprender la situación, aun así le fue imposible.
A
pesar del esfuerzo de Julio llegaron después de la una, pararon como exigió
Petrona en la salida del pueblo.
—Los
veo muy afanados.
—Sí
don Juaco, nos entretuvimos más de lo esperado y como la vía para la Laguna es
tan transitado nos demoramos saliendo de allá.
—Pero
si apenas es la una y veinte, está temprano, no corran, es peligroso, otros
días han salido más tarde tranquilamente.
—Mi
mamá me espera sin falta para una visita, de hecho ya me va a regañar —explicó
con afabilidad, Petrona— adiós, don Juaco.
—Adiós
muchachos, tengan cuidado.
—Sí señor.
A
la una y veinticinco arrancaron poseídos por la osadía nacida de la adrenalina
sin medir consecuencias de nada; al ver la recta de la salida de Pacífico Julio
aumentó la velocidad inconscientemente, en menos de lo pensado estaban cruzando
el puente de Pacífico por una ruta llena de curvas peligrosas; a pesar de la
calma de Julio el influjo de la alta velocidad lo atrapaba, creciendo su
necesidad de acelerar atraído ineluctablemente por la desgracia; sólo cuando
sintió que iba a morir por un impacto, después de dar un trompo en la carretera
y quedar en el carril contrario paró.
—¡¡Julio!!
El grito de Petrona fue seguido por un profundo jadeo cuando dieron la vuelta y el carro se apagó, los dos quedaron crispados, Julio apretaba con necedad dañina el volante, Petrona presionaba frente a si la tapa de la guantera abierta por el golpe; por suerte no pasó ningún carro que los atropellara, aunque quedaron en una curva cerrada difícil para cualquiera aun si transitara a baja velocidad.
De
a poco el fantasma de la muerte se fue alejando, entonces los dos soltaron las
cosas que apretaban con sus manos y se echaron sobre sus asientos, emitieron un
gran suspiro y rieron, tal vez celebraban la vida.
—Tonto
nos vas a matar —balbuceo, aterrada, Petrona.
—¿Qué
paso?
—¡Pues
que casi me matas del susto! —reclamó, la muchacha.
—Mejor…
—dijo, él, con voz temblorosa— así no sentías el golpe.
—¡Estúpido!
El
muchacho rio aún congestionado por la situación, Petrona volvió a la realidad.
—Vamos Julio, está muy tarde —reclamó a pesar de su impresión; el carro encendió sin problemas, con mucho cuidado dieron la vuelta para quedar nuevamente en el carril indicado y arrancaron— ¡pero despacio!, por favor, no quiero morirme ni del golpe ni del susto —agregó antes de darle un puño en el hombro.
Álvaro y Henry estaban desde temprano en el cruce donde contactaron a
los muchachos, no se movieron durante todo el día nerviosos porque veían cada
vez más reforzado el retén sin una razón aparentes; a las tres de la tarde
llegó el camión de Dorian lleno de mercancía para entretener a los guardias,
recogió a Henry y siguió, los jóvenes solo pasaron a las cuatro y treinta.
—¿Qué pasó con ustedes?, la hora acordada eran las cuatro de la tarde,
Adrián y Henry ya están en la frontera con el camión, las FMA lo requisan un
poco más y terminan, se acaba el entretenimiento, después se pueden dedicar
exclusivamente a ustedes.
—Tuvimos un imprevisto.
—Ya no importa, sigan de una vez para que puedan pasar ya, la guardia todavía se entretiene otro rato con el camión.
Como el plan se había cumplido a cabalidad el retraso de los muchachos era muy peligroso, así pensaba Dorian empeñado en conservar la calma.
—¡Un momento! —dijo, un
guardia, alzando la mano derecha; otro guardia se puso en frente.
—Buenas tardes —saludó, el guardia.
—Buenas
tardes, ¿cómo están?
—Bien
—dijo, el hombre, mientras su compañero rodeaba el carro— ¿cómo les fue en el
paseo?
—Estuvo
muy agradable, pero decidimos venir pronto, tengo unos oficios pendientes.
—Mejor
porque creo que se está enfermando niña, y usted también, los veo pálidos y
tiemblan, cuidado me dejan sus virus en el retén.
—Puede
abrir la cajuela del auto —pidió, el que daba vueltas alrededor del automotor.
En
ese momento se escuchó el sonido del seguro y la puerta se movió.
—Ya
está abierta.
—¡No
señor!, necesito que venga usted mismo a presenciar la pesquiza —ordenó, un
hombre de uniforme negro perteneciente a la PJB.
Julio
miró con nerviosismo a Petrona y se demoró un instante eterno antes de salir,
lentamente se acercó a la puerta de la bodega del carro, sentía el sudor frio
de su terror remojando su rostro sin poderlo evitar; el uniformado desconocido
se acercó al puesto del copiloto.
—Buenas
tardes, niña —dijo— soy el capitán Penagos, ¿cuál es su nombre?
—Petrona
—farfulló, con la voz temblorosa.
El
oficial de la PJB la miraba con severidad, sin moverse, pero atento con sus
ojos a todo el interior del carro.
—¿Martínez?,
¿verdad? Petrona Martínez —aseguro; al tiempo la muchacha asentía con la cabeza—
¿no le parece que está haciendo mucho calor para estar tan arropada con esa
ruana?
—Desde
la mañana me siento algo enferma por eso no quiero arriesgarme con algún cambio
de temperatura mientras llego a la casa, de eso hablábamos con el guardia.
—Sí
señor, para mi está muy pálida, seguro está enferma.
—¿Eso
piensa soldado? —inquirió, Penagos— mejor no piense tanto y dedíquese a revisar
—agregó, molesto— en cuanto a usted señorita, no cree que si estaba enferma era
más prudente quedarse en su casa.
—No
pensé que fuera grave.
—¿De
dónde vienen?
—Pacífico.
—Qué
bueno que no me mienta.
—¿Por
qué, señor?
—Hace
un rato estuve hablando con un oficial en Pacífico, me dijo que le parecía muy
raro que salieran a toda prisa sin almorzar, según su información ustedes
siempre regresan entre tres y cuatro de la tarde; ¿por qué el afán de hoy?
—Como
ya le dije, me espera mi mamá.
Penagos
no dijo nada.
En
silencio continuó el resto de la pesquisa, al soldado de las FMA se le unió
otro más y entre los dos deshicieron la cajuela del auto, casi le arrancaron el
tapete como si buscaran algo en un fondo falso; un rato después los dos hombres
levantaron la cabeza con aire confundido.
—Señor,
aquí no hay nada —confesaron al sargento de las FMA al mando, él a su vez miró
con cautela a Penagos como si le preguntara qué hacer.
El
oficial no se movió del lado de la puerta del copiloto, puso su mirada en Julio
que estaba parado en al lado de uno de los soldados con la mirada enterrada en
el suelo.
—¿Qué
le pasa Basante? —preguntó— según tengo entendido es sobrino de Obdulio.
—Sí
señor.
—Pues
espero que no sea un idiota como él.
—¿Por
qué dice eso? —preguntó, atemorizado, Julio.
—Respóndame,
¿ustedes iban de paseo o llevaban algo para Pacífico?
Julio
se turbo con notoriedad, todos a su derredor lo miraban con curiosidad morbosa
y muchos reían disimuladamente al verlo tan azorado; el uniformado se movió de
su sitio para acercarse donde el joven Basante.
—Se
que algo planean, por ahora no lo he averiguado, pero cuando lo haga no tendrán
la misma suerte de hoy —sentenció, el oficial— ¡déjelos ir antes de que este
idiota se desmaye!
—¡Sí
señor! —gritaron, al unísono, los hombres que desbarataron el carro.
—Sigan, no estorben en el retén, por cierto qué pena el tapete, se rasgó un poco, nada que no pueda pagar la plata de los Martínez y los Basante juntos —se burló, el guardia.
Por
fin la tortura parecía terminar; Julio se subió al carro, lo encendió afanado
con el cuerpo trémulo, atento a los gestos de Petrona y los movimientos de los
hombres; por suerte para él todo parecía terminar con éxito: el carro encendió
sin contratiempos, los guardias empezaron a alejarse y el oficial parecía dar
la espalda cuando arrancaron.
De
pronto un llamado estridente se oyó desde la garita.
—¡Señor,
el capitán Andrade pide que detenga el carro!
Penagos
giró su cabeza y gritó a voz en cuello.
—¡Soldado,
detenga ese carro!
El
hombre parecía no entender la orden.
—¡Carajo!,
¡detenga el maldito carro! —aulló, nuevamente.
Al interior del auto Petrona y Julio volvieron a sentir el vértigo del accidente como si estuvieran a punto de chocar contra un barranco; como el carro pereció no tener intención de detenerse varios hombres se cruzaron en frente, pero Julio no buscaba huir, en su mente quería alejarse de ese barranco.
—¡Mierda!,
¡¿qué diablos pasa?! —profirió, Sabi, desde el otro lado del retén.
—¡Los
detienen otra vez! —señaló, el compañero de Sabi.
—Con
razón doblaron la guardia, ya sabían todo.
—Pero
ya los autorizaron a seguir.
—Ellos
no tenían claro si se iba a sacar o a meter algo a Andinia, estaban adivinando
por eso los dejaron ir, pero ahora alguien los llamó, tiene que ser algún sapo.
—¿Pero
quién?
—Hay
muchos, hay muchos —determinó, Sabi.
Los dos hombres se quedaron a la expectativa sin hacer ningún comentario.
En
ese momento todavía estaba el camión de Dorian y Henry en el retén, su papel de
señuelo para evitar la detención de los muchachos terminaba intempestivamente;
sin embargo, seguían obsequiando algo de mecato para los soldados más díscolos,
pero el grito del oficial puso en firme a todos; la presencia del capitán
produjo una sensación de mando infinito, todos dejaron los productos y se
ubicaron a los lados y frente al automotor.
—¿Qué
pasa ahora? —preguntó, el muchacho— el carro ya fue revisado.
El
oficial caminó desde la garita donde había recibido las especificaciones de la
orden hasta el retén, tenía el rostro áspero, pero aparentaba serenidad; con
calma se acercó al carro por el lado del copiloto.
—La
veo muy pálida, por lo visto ya le cogió un mal viento —comentó con sorna— al
parecer tienen intención de entrar algo al pueblo así que voy a llevarlos a los
calabozos de la PJB, allá somos muy buenos para sacar confesiones, a menos,
claro, que me digan de una vez que traman los Blanco, pero piensen bien lo que
me van a decir, si me mienten les va a ir muy mal
La
palidez de la muchacha se intensifico al igual que el temblor de Julio;
—Nosotros
no sabemos nada de los Blanco.
—Seguro
joven, le repito, piense bien en sus palabras no sea que se las tenga que
tragar después —dijo, Penagos, dio un paso atrás y se puso firmes frente a la
puerta de Petrona— ¡salga, señorita! —exigió.
Todo
fue cuestión de minutos, el carro estaba detenido, Petrona desobedeciendo la
orden del uniformado, Julio a punto de llorar y el capitán atento a Dorian;
después de una meditación el hombre volvió a gritar.
—¡Detengan
a los que van en ese puto camión¡
Todos
corrieron.
—¡Mierda,
nos cogieron! —gritó, Dorian, y sin dudarlo arrancó el camión, Henry de un
brinco logró colgarse del planchón para evitar el arresto, inmediatamente
sonaron disparos, pero el camión no se detuvo encarrilado a toda velocidad en
dirección del cruce de Pacífico; una vez pasaron el puente Henry se lanzó a un
lado donde se encontró con Sabi, y el otro hombre, sin embargo, sólo tuvieron
tiempo para correr porque nuevos disparos alcanzaron su escondite.
Entre
tanto en el retén los soldados rodearon el carro con sus armas dispuestas a
disparar, el sonido metálico de los artefactos aumentaba la sensación de
fracaso de todo el plan.
—Señorita,
espero que no esté esperando que le repita nuevamente la solicitud, la
siguiente no será por las buenas.
Petrona
se mantuvo firme, entonces el capitán se alejó un poco más y gritó al primer
soldado a su lado:
—¡Abra
la puerta!
El
hombre cumplió la orden de inmediato; al tiempo que la puerta se abría otro
sonido metálico compitió con el de los fusiles de los soldados, varias armas
cayeron de las piernas de la muchacha.
—Vaya, vaya, qué enfermedad tan rara, no me diga ahora que era embarazo y si es así ya parió, es hora de dar explicaciones —dijo, Penagos— supongo que estas municiones son para liberar a Andinia de la Asamblea, no sea ingenua, así no ayuda a nadie en este pueblo; por su parte —dijo, con los ojos puestos en Julio— usted es un verdadero idiota como su tío.
Todo quedó en silencio, Petrona sin otra opción bajó lentamente, una vez fuera del carro dos soldados la condujeron a un lado del retén; sin perder tiempo los hombres de la Asamblea desbarataron la parte delantera del auto, encontrando una caleta debajo del asiento del copiloto, ahí decomisaron varios fusiles, un par de revólveres y una cuantas pistolas; mientras tanto los disparos continuaban a los lejos, un grupo más de soldados se habían unido a la persecución del camión y tenían acorralados a los tres hombres en el cruce.
La
balacera duró poco, las municiones de Sabi, su amigo y Henry no eran
suficientes para defenderse; cada uno cogió por su lado, Henry corrió por entre
la maleza, tenía un disparo en la pierna, pero pudo ocultarse, Dorian escapo
con el camión, por su parte el otro hombre había muerto y Sabi fue arrestado.
—Traigan
a esos tres —dictaminó, Penagos— póngalos al lado de esa garita, hay alguien
interesado en saludarlos; ojo con el viejo, estos dos no me preocupan, él sí.
De
la garita salió un hombre de uniforme impecable, completamente de negro y con
una boina roja, cuando los vio se rio.
—Penagos,
lo felicito, acaba de arrestar a tres Blanco y uno es el cerebro de todo esto,
conozca al señor Álvaro Sabi.
—Gracias,
capitán Andrade.
Los
tres detenidos se quedaron mudos al ver al militar que los saludaba.
—Hijo
de puta —dijo, Sabi, furibundo— traidor, sos un maldito traidor.
—Sabi,
Sabi, en realidad llegaste a creer que yo podía ser parte de los Blanco, eres
buen elemento en campo, pero muy torpe dirigiendo una plan tan grade como este,
no descubres cosas evidentes —dijo, el capitán Andrade.
—Por
eso siempre hablabas mal de la democracia, no era una discusión entre
partidarios, lo hacías confesando tu verdadera cara.
—Y
apenas te das cuenta, me entiendes por qué hablo de tu torpeza sin temor a
equivocarme —explicó, el militar— quiero que lleven a estos dos a las oficinas
de la Asamblea, ya decidiré qué hacer con ellos, la verdad son insignificantes,
muchachos tontos que se creyeron salvadores de Andinia; a Sabi déjelo aquí,
quiero hablar con él antes de que se lo lleven mis hombres.
—Maldito
sapo, usted es el insignificante —gritó, Petrona.
El
rudo militar volvió a reír.
—A
ratos tienes la fortaleza de tu madre, pero te falta para imponer presencia
como lo hacía ella.
—¡No
hables de mi mamá sapo de mierda!
—Llévesela
soldado y dele un baño de agua fría para que se le baje la calentura y se ponga
a meditar las tonterías que hace.
Petrona
pataleo cuando el soldado la iba a tomar.
—Sapo,
sapo, sapo maldito —aulló, nuevamente, mientras escupía en el uniforme; la
respuesta fue inmediata, con su gran mano el oficial golpeó a la muchacha,
dejándola sin sentido.
—¡Que
se la lleve, carajo¡
Dos hombres arrastraron su cuerpo, detrás caminaba Julio muy avergonzado.
Entre
el Andrade y Sabi se cruzaron las miradas, cada uno a su manera, Sabi con
rabia, el oficial con satisfacción.
—Cómo
ves Sabi, al final tu plan no funcionó.
Álvaro
no contestó nada.
—¡Deme
ese fusil! —dijo el uniformado; cuando lo tuvo en sus manos golpeo a Sabi en el
estómago— ¿pensabas que te ibas a salir con la tuya?; ¡nunca!, desde el
principio fue mi idea, pero ya me cansé; no puedo negarte que las cosas
parecían salirse de las manos cuando se bautizaron como los Blanco, eso les dio
un aire de grandeza y estuvieron a punto de liberarse de mí, pero volví para
acabar de raíz con esta farsa.
—Farsa
o no traicionándonos labraste un final doloroso, te aseguro que tienes contados
los días ahora que descubriste tu verdadera cara.
El
uniformado abrió los brazos y rodeo con la mirada todos los rincones.
—Tienes razón, los Blanco son cobardes y deben estar escondidos alrededor nuestro, ya saben quién soy, pero te aseguro que nada me va a pasar, pero yo si los voy a arrancar de sus casas para encerrarlos y si alguno se atreve a retarme no dudaré en eliminarlo.
Y era cierto, desde un pequeño monte Vito, Teseo, Helena y Verónica miraban al militar retándolos; con amargura entendieron en toda su dimensión la traición, con gran impotencia asistieron al fracaso del plan de los Blanco, con desilusión sintieron cerca el final de su historia de libertarios.
Los
muchachos se retiraron pensativos, Petrona y Julio fueron conducidos a la
cárcel de la Asamblea y Sabi iba directo a los calabozos de la PJB.
—Es
hora de que confieses todo, aunque no será mucho, sé muy bien quién eres, no
habrá nada nuevo —comentó, el oficial— me sirve que me digas donde está Teseo y
ese diamante que tanto admiro, la tal Verónica.
—¡Ni
creas!
—Ten
la seguridad que vas a hablar —se burló, Andrade— ¡Penagos llévese a este
delincuente!
—¡Cuídate
Andrade!, ya no voy a estar para salvarte.
—Fue
una vez y ya te pagué, ahora nada me preocupa, los Blanco no son capaces de
dañarme, ¿por qué habría de temer?
—Por
una cosa muy simple: ¡ser Arlyn Andrade!
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