martes, 23 de junio de 2026

La era de la oscuridad XII

XII 

Los siguientes días en la Villa fueron de tranquilidad, Teseo había encontrado en Teresa una mujer distinta, no era aquella imagen hermética y fría sino un ser desterrado inesperadamente convertido en una mujer cercana y cálida.

 

Entre tanto en Andinia se intensificaron los patrullajes, según información de Morales sacada después de varios días de tortura y soledad en una celda sucia de intensa oscuridad en los calabozos de la PJB, dos muchachos de El Progreso fueron señalados de vínculos con los Blanco; después de una semana de recorrer noches enteras por la zona comercial identificaron a uno de los sindicados llamado William Cardona, un trabajador de la construcción de las oficinas de administración. 

Así que estaba al lado nuestro y no lo detectamos —meditaba, el comandante Miller— ¡maldito Corredor eres un incompetente! —exclamó en voz alta en la soledad de su oficina— en algo no se equivoca Doble Ele, tengo que apartarme de él como sea. 

En ese momento el sargento Corredor entró en su oficina.

Señor ya lo ubicamos, vive en El Progreso; todos los días acompaña a una muchacha de La Marea, siempre va acompañado por un tal Fabio Guzmán y otra muchacha, de ellas todavía no tengo nombres, lo que tengo confirmado es que las escoltan hasta el barrio donde viven —contó, Corredor, con la boca llena de orgullo— también sé que nunca cambian su rumbo.

—¿Qué está esperando hombre?, aproveche, necesito a esos cuatro aquí, un golpe así me urge para aplacar el auge que están tomando los Blanco.

—¡Sí, señor! —gritó, el sargento.

Miller estaba pensativo y antes de la salida de Corredor dijo algo más:

Mejor espere, hoy no; hágalo el día que le dé la gana, pero sin que nadie sepa para evitar los sapos de este cuartel.

—¡Claro, señor! 

Corredor salió de la oficina junto a su hombre de confianza, el cabo Márquez.

Mañana planeamos todo, esta vez nadie sabrá nada para que no haya fallas, sólo usted que es mi hombre de confianza estará enterado —comentó— ´por ahora vaya al cuartel e identifique a los mejores hombres, los más leales, con ellos hacemos el operativo; vaya confío en su capacidad.

Miller desde su oficina veía al militar retirarse.

—Velázquez, necesito librarme de Corredor, la tropa debe andar a mi ritmo, ese sargento no hace bueno a la moral de las FMA y además acaba con mi paciencia; no quiero otra vez a Doble Ele con sus estupideces, suficiente tuve con la otra vez; le aseguro que si aparece por aquí lo hago arrestar, por eso prefiero eliminar al sargento Corredor y le quito cualquier pretexto para volver.

—¿Y si viene con el cuento de felicitarlo por la decisión?

—Lo mato para arrancar el problema de raíz, no lo dude.

 

Velásquez miró al comandante con recelo, en su rostro se adivinaba una temeridad inquebrantable; Miller era reconocido defensor de a la Asamblea, para él no había rango, si le parecía que un oficial era un peligro lo eliminaba sin pensarlo dos veces; para Velásquez el comandante fue claro en sus intenciones, ojala nunca venga Doble Ele, nada bueno lo espera, pensó; por otra parte, el asunto de Corredor estaba decidido, difícilmente volvería a verlo en esa oficina. 

A la mañana siguiente llegó un grupo de hombres de un camuflado diferente al de las FMA de Andinia, efectivos militares de un grupo especial solicitado por Miller al comando central; también apareció un tal general Andrade, luciendo un uniforme completamente negro y una insignia de PJB en una de las mangas; apenas llegaron se reunieron con Miller a puerta cerrada; al finalizar el grupo fue escoltado a un pabellón recién construido, por su parte Andrade se quedó en la oficina de Miller.

—Llegó el fin de los Blanco —dijo, Andrade, sentado delante del escritorio de Miller con una copa en la mano— pasó algún tiempo, pero al final conocemos lo necesario para detener las acciones de los Blanco, después del martes no quedará ninguno, de eso me encargo yo; por cierto Gerardo, no quiero nada de intromisiones de sus hombres, espero que haya quedado entendido.

Miller no se inmutó, aquel hombre era un mal necesario, tenía la ventaja de conocer las identificaciones de los Blanco; por el momento estaba maniatado, pero esperaba superar esa situación.

—Claro Andrade, pero no se pase, la PJB es muy importante para la Asamblea, pero las FMA están al mando en Andinia.

—Gerardo, mi intención no es invadir su espacio, Andinia es suya, a mí no me importa tomar un lugar como este, mediocre y perdido en medio de un pasado que parece no abandonarlo; bien dice, es su dominio y su tumba también.

—No se confíe, este pueblo tiene algo maléfico, destroza todo lo que no se acomoda a su hábitat, pero yo sigo aquí, he sobrevivido a este pequeño infierno, no sabemos si usted lo logre así que guarde sus calificativos para cuando esté bebiendo vino con Doble Ele; si se equivoca con este maldito pueblo corre el riesgo de no salir vivo.

—¿Me amenaza?

Miller se rio de buena gana.

—Mis amenazas son lo de menos, es de Andinia que se debe cuidar.

Andrade no comentó nada, empezaba a confirmar la información de Doble Ele: el comandante Gerardo Miller había enloquecido.

—Mañana saludo a la PJB de Andinia; ¡que estén listos a primera hora!

—Como diga general —aceptó, Miller. 

Cuando el general Andrade salió un llamado inmediato hizo aparecer al capitán Penagos encargado de la PJB de Andinia.

—Siga capitán, necesito su ayuda: quiero que tenga vigilado a Andrade, cumpla con sus órdenes, pero no se meta en ninguna de sus actividades ni siquiera si está en peligro.

—¿Cómo, comandante?

—Que no se meta en nada; seguramente desde mañana será el segundo al mando de la PJB, gane su confianza, pero no se olvide que Andrade se marcha y usted se quedará aquí; no soy su superior en la PJB, pero sí quien manda en Andinia, viva tranquilo, no se busque problemas.

—No se preocupe Miller, nadie podrá decir que salve la vida de Andrade, además, siempre hay accidentes.

—Penagos, Penagos, me gusta su compromiso con Andinia; ahora vaya que mañana debe madrugar con sus hombres y presentarse a primera hora en el patio del cuartel.

Cuando salía Penagos se encontró con el capitán Velásquez que entraba deprisa.

—Ah, qué bueno que haya venido, lo necesitaba.

—Dígame, señor.

—El grupo que llegó está bajo mi mando, es urgente que les enseñe este pueblo de mierda y todos sus alrededores, necesito que puedan moverse solos inmediatamente; los voy a requerir más pronto de lo previsto. 

Mientras todos los mandos del cuartel de la Asamblea conspiraban entre sí en el pueblo se había disminuido la severidad de las prohibiciones, cada día se veía más tránsito en la calle sin intervención militar de ningún tipo, esa laxitud hizo olvidar la prudencia de algunos Blanco; William y Fabio eran los más jóvenes a la vez más imprudentes, a pesar de las múltiples recomendaciones no dejaban su paseo nocturno desde su trabajo hasta La Marea donde vivía Amalia para después regresar a El Progreso donde vivían. 

Pasadas dos noches Corredor se disponía a ejecutar su plan, se sentía afortunado porque aparte del frío de la noche la oscuridad tenía una intensidad inusual; con mucha cautela salió del cuartel en un camión con treinta hombres, no muy contento por el trabajo de Márquez, parecía no haber puesto atención en aquellos soldados desaliñados en su uniforme y bastante indisciplinados; con desagrado decidió aclarar las cosas antes de enfrentar la redada.

—Un momento, los necesito en formación de inmediato—gritó.

Algunos no le hicieron caso, en especial un flaco de risa burlona y especial ordinariez.

—¿Acaso no me escuchó, soldado? —gritó, otra vez, Corredor.

El soldado no le hizo caso, para desgracia suya no sólo ignoró la orden, se puso a hacer monerías en la formación; Corredor estaba salido de sus cabales, se fue acercando con sigilo y una vez estuvo a su alcance le dio con el fusil en el vientre, el flaco cayó estrepitosamente, cuando tocó el suelo no pudo levantarse más porque el sargento empezó a golpearlo con la culata del fusil, rápidamente empezó a brotar la sangre de la cabeza del soldado y no paró hasta destrozarla.

—¡Soldados! —gritó, al ver el cuerpo inerte del flaco— ¿alguien más tiene algo que decir contra mis órdenes?, al parecer Márquez escogió a los peores soldados y como no tengo tiempo para entrenarlos les acabo de dar una razón para no desobedecerme, ¡entendido!; ahora quiero que se arreglen su uniforme y se formen en completo silencio.

Esta vez la orden no se hizo esperar, en segundos la tropa estaba arreglada y formada.

—¡Suban al camión y que alguien busque al desgraciado de Márquez! —aulló, el sargento, rojo de la rabia. 

Eran cerca de las siete, hora cuando iniciaba la prohibición de circular por Andinia, los soldados salieron por un costado del parque y se dirigieron a la zona comercial; por acuerdos con los propietarios de los locales se había aprobado una hora más para funcionamiento de los almacenes razón por la cual había muchos transeúntes; los cuatro amigos caminaban contentos, una vez superada la zona comercial estaban cerca de La Marea, un lugar seguro por la falta de patrullajes de las FMA; al pasar frente al local donde trabaja Vito lo saludaron sin detenerse, iban riendo de todo; antes de tomar el camino a La Marea un camión de las FMA paró frente a ellos, al verlo trataron de ocultarse entre los clientes bulliciosos de los comercios abiertos a esa hora; los hombres formaron alrededor de los ciudadanos y los detuvieron sin ninguna excepción, solamente se salvaron los comerciantes ocultos en sus negocios entre ellos Vito ocupado en el interior del almacén de Dorian; todos quedaron acorralados contra la pared, algunos empezaron a llorar.

Corredor hablo:

—Nadie quiere hacerle daño a nadie, no es necesario el llanto que escucho; venimos en son de paz, solamente buscamos a los simpatizante de los tales Blanco y como sé que ustedes no están con ese grupo pueden demostrarlo denunciándolos; ¿quién habla primero?, le prometo que habrá protección para el que los señale; es mejor que lo hagan para salvarse, puede ser que tengamos mala información y arrestemos a algunos inocentes; repito la pregunta: ¿quién quiere hablar?

El ambiente era horrible, el temblor de los cuerpos era generalizado, nadie decía nada por miedo a Corredor, no era de fiar, fácilmente los podía matar si no le gustaba su confesión.

—Al parecer no quiere salvarse, entonces los voy a arrestar a todos para entregarlos a la PJB, ellos no tendrán problema en hacerlos hablar.

Algunos alzaron la mano sin tener nada para decir, sólo como un intento de salvarse, la mayoría en el interrogatorio demostró no tener idea; Corredor empezaba a impacientarse, finalmente uno señaló a los cuatro muchachos.

Yo sé quiénes son de los Blancos.

—¡Hable! —grito, uno de los soldados.

Hubo una pausa llena de incertidumbre.

—Los dos que están allá se reúnen en la llamada casa de la loma.

—¿La casa de la loma?, ¿qué es eso? —preguntó, extrañado, Corredor.

—¡El cuartel de los Blanco! 

Corredor dirigió su mirada sobre los señalados.

—¡Tráigame a esos dos! gritó— y que alguien me diga dónde diablos está Márquez.

Sus hombres se miraron entre sí como si buscaran la respuesta en su compañero, no la habían visto desde la mañana, algo extraño por la cercanía con el sargento a la hora de ejecutar sus acciones; sin embargo, aquella noche no estaba presente a pesar haber planeado la redada juntos varios días atrás.

—¡Maldita sea!, busque a ese pendejo y dígale que le ordeno se presente inmediatamente ante mí —ordenó a unos de sus hombres.

Cuando William y Fabio estuvieron a su lado el sargento los escrutó con cierta curiosidad benévola, no podía creer que esos muchachitos fueran un peligro para la Asamblea, de hecho se sintió tentado a liberarlos con algún pretexto, siempre había sido un hombre irreflexivo sin sentimientos notorios, pero se sentía cansado de todo y últimamente no la hallaba gusto a matar sin sentido como en viejos tiempos.

Si me dan un nombre de los jefes quedan en libertad, no se metan en líos, ustedes me cayeron bien y lo último que quiero es hacerles daño. 

La situación era crítica para los dos jóvenes; el frio de las noches de Andinia era más intenso, la derrota estaba en el ambiente, sólo el sonido metálico de los fusiles interrumpía la agonía general; de improviso un carro negro con los vidrios oscuros se detuvo al lado del camión y bajaron varios de los comandos recién llegados al pueblo.

—Señores no es necesaria su presencia, todo está dominado, pueden decirle a Miller que esté tranquilo, esta noche no habrá errores —dijo, Corredor, con un guiño extrañamente alegre nunca demostrado, a lo mejor la única vez que su sonrisa fue sincera en la vida.

Los hombres no dijeron nada, simplemente a una orden cargaron sus armas e iniciaron una masacre; indiscriminadamente asesinaron a todos sin consideraciones, el primero en caer fue Corredor, en seguida se desplomaron los dos muchachos parados a su lado, luego cayeron soldados y civiles; cuando observaron los cuerpos sin movimiento subieron al carro, retirándose a toda prisa. 

Después de un largo rato Susana reaccionó, con mucha dificultad pudo mover los cuerpos que estaban encima de su humanidad, el dolor profundo de su brazo no era tan mortificante como la sangre que escurría de los seres inertes sobre ella; se liberó, pero no tuvo ánimos para incorporarse, se quedó recostada, apretaba su brazo con la mano contraria para ocultar su herida; un enajenamiento inexplicable se dibujaba en su rostro, parecía perdida entre la niebla de la desgracia sin emitir palabra y un llanto silencioso se apodero de su alma. 

Amalia también se movió, sentía una punzada insoportable en su pierna, aunque quedó detrás de varios civiles un proyectil había impactado en su muslo, destrozando el músculo; a punta de vehemencia se pudo liberar de los cuerpos a su derredor, prefirió ignorar el intenso dolor de su herida para ocuparse de identificar a sus amigos; cuando descubrió el cuerpo de Fabio se estremeció e intentó llegar hasta él, pero no le fue posible, el músculo estaba tan dañado que le era insostenible cualquier paso; lo intentó una vez, desplomándose enseguida.

—¡Ayúdelo por favor, está herido!, ¡ayúdelo! —gritaba, desesperada, sin poderse mover, suplicante con la mano en alto, aunque sabía que estaba rodeada de muertos. 

Nada se escuchó, ninguna puerta se abrió, todos adentro de sus casas o comercios indiferentes o asustados, impotentes por imposición de la Asamblea, miserables por decisión propia, resueltos a ser testigos mudos detrás de los cristales de las ventanas ocultos entre las cortinas; la falta de respuesta a sus ruegos desesperaba a Amalia que se arrastraba lastimosamente para llegar donde Fabio; tampoco Vito había salido, estaba conmocionado, era la segunda vez que asistía a un asesinato de amigos, no podía superarlo, era mucha la sangre corrida, muchas vidas perdidas, estaba a punto de desfallecer, más no, más no, repetía sin sentido extraviado en sus pensamientos. 

Amalia al fin pudo llegar ante el cuerpo agonizante de Fabio, lo trató de abrazar sin lograrlo por los borbotones de sangre emanados del vientre del joven; inmersa en su desesperación se imaginaba detener la hemorragia con su mano temblorosa, pero el líquido vital no paraba.

—¡No!, ¡no!, ¡no! —gemía vencida; no decía otra cosa, seguramente porque no había palabras para esa locura, sólo meneaba la cabeza a la espera de un milagro, cediendo de a poco a la única verdad posible, el fin de la vida. 

Fabio entre tinieblas pudo diferenciar el rostro lleno de sangre de Amalia, le pareció hermoso y alcanzó a sonreír, ella se topó con esa mirada melancólica, pero inesperadamente tranquila.

—Maldito desgraciado no te vayas, no me hagas esto —pudo decir ahogada en llanto.

Él comprendía su imposibilidad de articular vocablo, si algo debió decirle ya no había tiempo así que conservó su sonrisa como si le confesara su agradecimiento por estar ahí; no quería morir en medio de una tragedia, estaba dispuesto a iluminar un momento aciago al lado de ella, morirse viendo su desesperación no era justo: trató de alzar la mano, pero sus fuerzas no dieron, entonces Amalia estiró la suya para tomársela con delicadeza no por precaución de hacerle daño sino para demostrarle su afecto; Fabio la miró con tranquilidad, movió su cabeza levemente, ella lo entendió, dejó relucir una sonrisa tímida, pero sonrisa al fin y al cabo para su amigo; hasta en los peores momentos el hombre es capaz de demostrar alegría aunque sea con gestos imperceptibles porque la dicha se dibuja en la mirada. 

Pasó un tiempo infinito, el rostro de piel quemada por los días vividos de Amalia estaba lleno de sangre diluida por lágrimas, a pesar de todo se había tranquilizado después de comprender la llegada del inminente final, le quedaban breves instantes para regalar a Fabio el derecho a morir en paz; exhausta por el esfuerzo dejó caer su cabeza en el pecho del joven, dejando de detener la sangre de la herida para posar su mano en aquel corazón a punto de apagarse, quería sentir hasta el último palpitar de su amigo, un recuerdo imposible de enajenar; de pronto los estertores de la muerte acudieron, Amalia no dejaba de apretar la mano del muchacho sobre su pecho convulso cuando sintió un movimiento abrupto, alzó la cabeza levemente y pudo diferenciar la mirada de despedida, una minúscula sonrisa de agradecimiento, una adiós irremediable, un último segundo antes de dejar de latir; Amalia sintió que la muerte partía su vida en dos. 

Por fin se escucharon pasos en el silencioso lugar.

—¡Puta Asamblea! grito, Vito; la llegada de Teseo le permitió recomponerse.

Amalia no sabía cómo actuar, estaba imbuida en la desgracia, con sus manos apretadas, trémula en medio de su enajenamiento parecía mover su cabeza sin sentido, sin llorar, con la mirada perdida en un punto de la pared sucia; se había incorporado ya no era necesario insistir porque aunque lo hiciera infinitamente el corazón de Fabio no volvería más.

—Trae una cobija —pidió, desesperado, Vito. 

Teseo sacó del negocio una manta e intento ponerla sobre el cuerpo de Amalia, pero ella lo rechazó violentamente, aturdido se alejó, entonces Helena tocó su hombro y lo hizo a un lado con amabilidad, lentamente se acercó a Amalia y la arropó, su calor afable produjo seguridad en la chica, se dejó cobijar sin oponer resistencia antes de acurrucarse sobre el pecho de su protectora. 

Todos los sucesos de ese día desconcertaron a Teseo, sin quererlo trajo a su memoria la visión de Teresa y al repasarla todo se repetía sin variaciones, eso lo desconsoló porque entendió la profundidad de sus palabras: es nuestro destino, después vendrá tu triunfo y mi final; Teresa no era inmortal, irremediablemente la iba a perder.


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