XV
Una vez se enteró del arresto de
Petrona inició su romería por las oficinas de la asamblea sin que nadie la atendiera o
le dieron alguna información y a pesar de la falta de noticias Gumercinda no
cesaba en el empeño.
—Señora, nosotros
no tenemos a su hija —dijo, un día, un hombre de traje barato que lucía corbata
roja— la Asamblea no retiene a nadie sin razón, probablemente su hija esté con
los plateados, por si usted no sabía, ella tiene conexiones con los Blanco y
después del fracaso del plan de estos delincuentes la mayoría se refugiaron con
otros delincuentes, los plateados en El Progreso, usted sabe, entre criminales
se entienden.
—Usted cree que
soy tonta.
—Señora no trate
de culpar a la Asamblea por los actos de su hija, eso le puede traer problemas
a usted y sobre todo a ella —comentó, el funcionario— le prometo que haremos le
que esté en nuestras manos para rescatarla de esos grupos al margen de la ley;
no se olvide que ella fue arrestada por la Asamblea, pero ya fue dejada en
libertad, seguro se asustó de su actitud y no regresó a la casa, lo más seguro es
que está con los plateados por las buenas o por las malas.
Gumercina
escuchaba sin esperanza, el tipo disertaba, pero nada le aseguraba que
realmente le importara la suerte de Petrona.
—Vaya mi señora,
le prometo que si sabemos algo de su niña yo mismo le llevo la noticia.
La mujer suspiró y
salió de las oficinas, ni se despidió, estaba muy preocupada para demostrar
buenos modales, sin embargo, cuando iba cruzar la puerta reflexionó, aquel tipo
era su única esperanza por más estúpido que sonara, gracias por su atención, voy a estar pendiente de su visita, dijo,
sin mucho convencimiento y salió cabizbaja.
—Hasta pronto señora, esté tranquila, la niña aparece.
Los siguientes
meses continuó con sus insistentes visitas; un día se encontró con una mujer
que según le contó también estaba exigiendo noticias de su hijo.
—Somos varias
madres, venga mañana, nos reuniremos para definir qué acción tomar, esta es mi
dirección —le dijo, alargando un papel con unos números pintados con lapicero
azul— ellos tienen a nuestros hijos , sin embargo, lo niegan, venga, otra madre
más servirá para aumentar la presión.
Al otro día
Gumercinda entró en la casa, llegó un poco tarde porque se perdió en el barrio.
—Buena tarde —saludó.
—Hola, Gumercinda —respondió,
amablemente, la señora del día anterior— usted es la madre de Petrona.
—Sí.
—Mucho gusto, yo
soy Maritza, mi hijo es Julio, dicen que a él lo arrestaron con su hija, según
el tipejo ese que nos atiende a él lo arrestaron, pero ya lo liberaron y debe
estar con unos tales plateados.
—Lo mismo me dijo
a mí.
La señora miraba
con compasión a Gumercinda, era alta, bastante gorda y elegante, pero
avejentada al parecer en los últimos meses, no era normal su vejez, era forzada
por las circunstancias.
—Le presento a las
madres víctimas de la redada de las marcas.
—Me llamo Mónica,
mucho gusto, soy la mamá de Verónica; a ella se la llevaron de la casa después
de maltratarla, no tuvieron compasión, aunque ella se libró de uno de ellos, el
que parecía el jefe —explicó, con los ojos aguados— maldito desgraciado, me
alegro que lo haya matada, aunque no puedo vivir tranquila, mi hija se
convirtió en una asesina por esta maldita Asamblea —suspiró, se veía igual de
hermosa que su hija debajo de su gran cabellera alborotada y sus ojos
expresivos— ella es mi otra hija —agregó, señalando a una niña acurrucada sobre
un asiento, con las piernas abrazadas por sus brazos, cabeza gacha y aire
sombrío.
A pesar de las razones para unirse había un cierto aire reconfortante, Gumercinda lo sintió tan pronto como entró, su alma pareció desahogarse un poco, finalmente la desgracia es el mejor motivo para unir a la gente.
Cierto
día llegaron dos funcionarios, Gumercinda salió presurosa.
—Señora,
el secretario la espera en la oficina, hay noticias de su hija.
La
mujer se emocionó y salió corriendo.
—Marcia,
Marcia —llamó— llama a las madres que nos vemos en la Asamblea, al parecer
aparecieron nuestros hijos —pidió, a la negra, sin saber que se estaba buscando
unas enemigas.
La ventura después de una desgracia forma malestares, el odio se hace presente y los aventurados deben alejarse para no sufrir; el infortunio une a la gente, pero sólo es necesario una leve pizca de fortuna para ser desplazado.
—Señor, ¿qué hacemos con esas madres?
—¡Carajo!,
hasta después de la muerte ese maldito Arling me jode la vida —exclamó, Miller —¿cuántas
son?
—Seis,
señor.
—Dónde
están sus hijos para que los devuelvan con cualquier excusa, que fueron
secuestrados y nosotros los liberamos o algo asi, ¡ojo!, sin aceptar ninguna
culpa, jamás la Asamblea puede ser culpable de violar los derechos civiles.
—No
sé, señor.
—¿No
sé qué?
—Que
no se el paradero de esos muchachos.
—Como
así teniente, ¿no sabe dónde están sus prisioneros?
—Señor,
ellos fueron arrestados por la PJB, los que detuvo las FMA están encerrados en
el edificio de la Asamblea —explico, Velásquez— aunque si fuera por el teniente
Penagos ya los hubiera trasladado a los
calabozos de la PJB.
—Me
importa un pito lo que haga con los prisioneros siempre y cuando no sean los
hijos de las madres esas, ¿cómo es que se hacen llamar?
—Las
madres de la redada de las marca.
—Se
tienen fe para ponerse nombres estúpidos los protestantes de cualquier causa —reflexionó,
el comandante— entonces no tiene ni idea de donde están.
—Se
de tres, los arrestados por las EMA, pero de los otros tres no doy razón.
—¿Y
cuantas madres son? —preguntó con curiosidad.
—Nueve.
—Pero
no me dan las cuentas, faltan tres prisioneros.
—Es
que dos se ahogaron en el cuarto de la sinceridad y el otro es el tal Didier,
el hombre clave de los Blanco, a ese nadie lo reclama.
—¿El
cuarto de la sinceridad? —repitió, sorprendido, Miller— ¿qué carajos es eso?
Los
dos militares se quedaron en silencio, era claro que los peores crímenes de la
Asamblea se cometían sin conocimiento de los jefes, adicionalmente desde hacía
un tiempo cierta anarquía empezaba a apoderarse de la Asamblea.
—Mejor
no me diga nada, prefiero ignorar cosas como esas, pero recuérdeme cuando
hablemos con Penagos pedirle que deje de ahogar a los prisioneros; a veces este
tipo me recuerda a Corrales, todo lo soluciona matando.
—Entonces
cuantos podemos devolver.
—Tres.
Miller
suspiro.
—Ese
imbécil de Penagos cree que puede hacer lo que quiera, perece que está seguro
que con eliminar a Arling ya se ganó todos los beneficios de los superiores,
pero se equivoca, muerto Arling, yo soy su superior.
—Señor,
él no eliminó al comandante Arling.
—Pero
ideó el plan advirtiendo a esa muchachita de la redada y enviándole ese
cuchillo de regalo, no se puede negar que es creativo el teniente, pero no le
basta para hacer lo que se le viene en gana, debería ser prudente, ¿quién le
asegura que nadie va a intentar su fin?
Velásquez
miró de reojo, sabía que cualquier mal comportamiento no era tolerado, que el
teniente de la PJB realmente se exponía a seguir el camino de Corrales y
Arling, simpre hay Suárez y Penagos dispuestos a congraciarse con los
superiores.
—Por
cierto, ¿qué paso con la que mató a Arling?
—Esa
es una de las vivas.
—Qué
bueno, hubiera sido el colmo que Penagos matara a su mejor elemento.
—También
Petrona Martínez y Julio Basante; esos son los tres disponibles para devolver a
las madres.
—¡Mierda!,
que sean sólo esos, a las otras usted verá qué les dice —ordenó, Miller— sabe
que no lo voy a meter en problemas, deje ese trabajo al secretario de la
Asamblea, nunca he conocido hombre más maldito que él, ese se divertirá
chantajeando a los pobres viejas les entregue o no a sus hijos; es un maldito,
dele la orden, ni se le ocurra traérmelo a la oficina.
Cuando
las seis mujeres estuvieron en la Asamblea el secretario salió sonriente.
—Señora,
tengo buenas noticias; pero recuerdo haberla llamado sólo a usted, ¿qué hacen
estas mujeres aquí?, cada una será llamada por separado para solucionar lo de
cada muchacho —advirtió, el hombrecillo de imagen maligna— siga doña Gumercinda
—dijo— a ustedes las llamo después.
El
secretario dejó pasar a la mujer y cerró la puerta detrás de él, un escalofrío
recorrió el alma de las mujeres apostadas contra la reja del edificio;
finalmente la esperanza es eso que se siente cuando ya no hay nada que hacer y
ellas la empezaron a sentir.
—Señora
—inició su disertación, el secretario— a pesar de la situación tan complicada
nuestras FMA lograron rescatar a su niña, mediante inteligencia pudieron
obtener información para liberarla, por fin dimos con su paradero, la tenían
los plateados, ese grupito de malandros y criminales que viven de secuestrar
gente, nada tienen de revolucionarios.
—¿Dónde
está mi hija?
—Cálmese,
señora, cálmese —susurró, el hombrecillo.
—¡Que
me calme!
—Señora
no olvide que yo estoy de su lado, no me trate como su enemigo, déjeme hacer mi
trabajo y mi trabajo es traer con vida a su hija; quédese tranquila, mañana se
la vamos a entregar, un poco cansada y algo golpeada, pero nada que algo de
reposo y buena comida no puedan sanar —dijo, el secretario; se adivinaba cierta
perversa ironía en sus palabras, parecía divertirse al ver sufrir a la pobre
mujer.
Gumercinda
no podía más, por todos los medios quería aguantarse para no reaccionar contra
el personaje, pero aceptaba que era el único contacto con Petrona.
—Pero
—insinuó, el hombre— para que su hija regrese sana y salva a Luna Blanca la
Asamblea le impone dos pequeñas condiciones.
Gumercinda
se puso pálida ante estas palabras.
—Petrona
Martínez tiene que quedarse encerrada en Luna Blanca, para ella no estará
permitido ningún acercamiento a Andinia o será arrestada inmediatamente y en
ese caso ya no podré ayudarle como ahora.
—¿Y
la segunda? —balbuceó, temerosa, Gumercinda.
—Que
no se vuelva a reunir con las madres de la redada de las marcas, la Asamblea no
quiere separar a una madre de su hija por eso no se arriesgue a ser arrestada,
¿qué sería de Petrono sin su madre?
El
tono aparentemente amistoso era tajante en su demanda, Gumercinda y Petrona
debían quedarse encerradas en Luna Blanca.
—Una
cosa más —advirtió, el hombre que le daba la espalda— salga por la puerta de
atrás, es mejor que no se ponga a dar explicaciones innecesarias a esas
mujeres, usted ya solucionó su problema, deje que ellas hagan lo mismo.
Así
lo hizo Gumecinda, aunque la culpa la acompañó hasta la tumba; por su parte, las
mujeres se cansaron de esperar, cuando comenzó a oscurecer se retiraron
vencidas.
—La fortuna tiene sus costos, a veces muy altos —comentó, una de ellas.
Pocos
días después fue llamada Mónica, también le pusieron condiciones similares:
Verónica no podía volver por Andinia así que le dieron una casa en el campo más
allá de Pacífico, en cuanto a ella también tuvo que salir por la puerta de
atrás.
—Créame mi señora, donde la secuestraron la trataron muy mal, está bastante desmejorada, pero está viva y eso es lo importante; cuando las FMA la rescataron la Asamblea celebro que un habitante de Andinia estuviera a salvo —explicó, el secretario.
Cuando
Mónica llegó a la casa de campo se encontró con una mujer flaca, a medio
vestir, con el pelo enmarañado y sucio, casi irreconocible, con la mirada opaca
y la maldad reflejada en ella; Verónica había olvidado vivir, ahora sobrevivía
al mal que la acabó, no había forma de repararlo; cuando la vio, Mónica empezó
a llorar, estaba tan mal que alcanzó a dudar para abrazarla, algo que nunca se
pudo perdonar; lentamente se fue acercando para tomarla con sus brazo, la
fragilidad de la muchacha infundían miedo de herir aún más su cuerpo.
—Verónica,
hija mía, estás bien —pregunto, con vos entrecortada, sintiéndose estúpida por
la pregunta, pero no se lo ocurrió nada más.
La
muchacha se limitó a verla, ningún gesto se dibujó en su rostro, se dejó
abrazar con la ternura de una madre, aun así, no correspondió el abrazo;
pasaron muchos años para que entendiera la importancia de ese primer abrazo.
—Un abrazo tuyo me
trajo a la vida, qué más quisiera que este que te doy hiciera los mismo —le
diría, Verónica, a su madre el día que murió.
Un
mes después las cuatro madres que aún seguían sin noticias de sus hijos fueron
llamadas.
—Señoras
—dijo, el funcionario— ustedes son familiares de los muchachos arrestados el
día de la redada —hizo una pausa— miren, no voy a mentirles, los muchachos
fueron arrestados porque cometieron algún delito grave y saben que la Asamblea
no perdona esas cosas por eso fueron condenados por traición, pero tenemos
algunos hombres que no se comportan bien, se lo digo acá entre nos, les puedo
asegurar que no van a volver a ver a esos muchachos, sáquense de la cabeza esa
idea.
Las
cuatro mujeres salieron en silencio, no cruzaron ninguna palabra mientras
caminaban, una cuadra más arriba en la esquina donde el padre Juan ardió junto
al fuego que bendecía se separaron echando una simple mirada entre ellas y no
se volvieron a ver jamás.