VIII
La noche siguiente a la reunión en
la cual Teseo dio a entender la importancia de la lucha de los Blanco, dejando
a decisión de cada uno su posible abandono de la causa, paseaba nervioso a la
espera de los muchachos; se notaba su angustia ante la posibilidad de quedarse
solo, en la jornada anterior había sido duro con ellos, no los iba a culpar si
se desanimaban, sin embargo, todo pereció mejorar al abrirse la puerta.
—¡Hola! —dijeron todos al unísono
como si lo hubieran planeado.
—¡Ya estamos aquí! —dijo, Didier,
con entusiasmo— ¡y los demás
van a llegar! —agregó al ver
la ansiedad de Teseo.
Arturo y Vito
acompañaban a Didier, una vez saludaron Teseo se sentaron mientras su anfitrión
daba vueltas pensativo, de pronto un alboroto se oyó fuera de la casa de la
loma.
—¡Hola!, ¡hola! —entró, gritando Ícaro— ¡ya llegó el
que hace el café!
Una sonrisa
general se escuchó, hasta Teseo la esbozó después del abrazo efusivo de Ícaro.
—Ya ves, todo va a estar
bien, los muchachos saben que deben responder, el bien es para todos —dijo, Arturo,
con ese aire sombrío que acompañaba su trigueño rostro adusto e imperturbable.
—Cómo no van a venir si ya
está listo el café de Ícaro —comentó,
Vito; una gran risotada del muchacho dueño de la cafetera resonó más allá de la
casa de la loma.
Un rato después ingresó Lidia,
cuando vio a Ícaro se iluminó su redondo rostro y una gran sonrisa iluminó todo
con su blanca dentadura, después se lanzó al muchacho y los dos se fundieron en
un abrazo casi imposible, los cuerpos apretados como si desearan romperse los
huesos; la muchacha levantada por los aires quedaba a la altura de la cara de Ícaro,
los dos meciendo los hombros de izquierda a derecha como si nunca se hubieran
visto y bailaran de la felicidad.
—Estaba seguro de que ibas a
venir —exclamó, el
muchacho.
—No tenías derecho a dudarlo —dijo,
Lidia, dibujando un puchero en su rostro.
—No lo dudé para nada, tú eres una pieza
fundamental de los Blanco.
—Okey —respondió, la muchacha, con
un tono inexplicablemente perturbador que producía escalofrío; Ícaro no se dio
por aludido concentrado en el café que caía lentamente en la cafetera.
Pronto las
cosas se iban arreglando y Teseo empezaba a cambiar su rostro, la
bienaventuranza es efectiva para subir el ánimo; después de otro momento ingresó
Amalia, mostro su rostro sereno y saludó con voz suave, atropellando las
palabras.
—Holatodos, atraviene Susana, MarcoyMalú —exclamó con un grito apagado, casi inaudible.
Aparte de la comitiva de Amalia llegaron cinco más; Teseo entendió que el triunfo era indudable al confirmar el apoyo de todos los Blanco, para completar su dicha traspasaron el umbral Petrona y Corocoro de Luna Blanca, y finalmente Helena de la Villa; parecían estar completos: 18 jóvenes que conformaban los Blancos.
Todo era
alegría, el retorno de los chicos era alentador, ahora tenían que tomar las
decisiones adecuadas para el futuro de la causa; lo urgente era la adquisición
del material necesario para el derrocamiento de la Asamblea, cuando Teseo iba a
proponer una solución para el transporte una muchacha de caballera abundante y
alborotada llegó, confundiéndose entre los asistentes; tras un momento de
desconcierto la puerta se abrió de par en par.
—¡Buenas noches Blanco!, ¡yo
soy su admirador! —gritó, el loco de Puerto
Tristeza; escoltaba a un hombre cubierto con una gran capa— la señora Teresa les envía
sus saludos, a su vez permite la entrada a este hombre con su mensaje para el
éxito —explicó
y se rio frenético.
—¡Buenas noches! —dijo con voz
ronca el hombre, luego hizo un ademán y se descubrió la cabeza; la sorpresa fue
general cuando descubrieron su identidad: Álvaro Sabi en persona estaba por
primera vez en la casa de los Blanco— me alegra que sean tantos, veo compromiso en sus
rostros, la causa los necesita —explicó antes de depositar sobre la mesa
los documentos, listados de aliados y los mapas con rutas de escape encargados
por Helena a los Blanco.
Didier,
Arturo, Vito y Teseo se acercaron para abrazarlo.
—¡Cuento con ustedes! —exclamó con
seguridad y agradecimiento, luego hizo una venia y se marchó delante del
loco.
—¡Vamos a ganar! —expresó, el delirante escolta— la señora Teresa dio autorización, pero fue muy clara, no se puede quedar, ¡ya llegará el momento! —comentó y salió de prisa.
Desde entonces Álvaro se alejó de todos, hasta su relación con el padre Lucio fue recortada, había entendido su papel en el éxito de los Blanco, pero por el momento debía alejarse hasta cuando las cosas permitieran su regreso; se dedicó a trabajar en la tienda del Turco al lado de Jesús.
A pesar de
los infinitos intentos de Sabi por no involucrar a nadie en su vida diaria, el
padre Lucio tuvo un momento de tensión cuando por asistir a un enfermo se lo
encontró en El Progreso, los dos amigos no pudieron abstenerse del saludo,
muchas cosas habían compartido, les fue difícil ignorar esa realidad.
—¡Hola Álvaro Sabi! —saludó, el
padre.
—¡Hola Lucio! —respondió, el
hombre, aliviado al dirigir la palabra a uno de sus conocidos más apreciados— ¿qué lo trae
por aquí?
—¡La muerte! —respondió,
Lucio; los dos hombres rieron—
tengo que asistir a un fulano que seguramente no llega el domingo.
—¿Qué necesitas hijo? —preguntó, el
padre, cuando hubo descubierto a Jesús; el hombre dudó unos segundos.
—Nada padre, nada especial,
me preguntaba si usted puede confesarme, ya no me acuerdo cuando fue la última
vez y me da vergüenza andar así por este mundo.
Álvaro lo
observaba con molestia.
—Hijo el domingo antes de la
oración puedo ayudarte.
—¿La oración?, ¡ah!, bueno
padre, el domingo me acerco a la iglesia —después de un silencio Jesús se alejó, parecía un nervioso
delator— ¡hasta luego
padre!
—Dios te bendiga hijo.
—Hasta luego Álvaro, más
tarde nos vemos en la bodega.
Sabi guardó silencio.
Una vez Jesús
se apartó por las calles de la zona comercial el padre Lucio regresó a ver a su
amigo con mucha inquietud.
—¿Escucharía algo?
—¿Qué dijimos? —preguntó, Sabi, con semblante
circunspecto.
—Nada, creo que nada para preocuparse —comentó, el padre.
Algunos días después Jesús
desapareció nuevamente, sin embargo, Álvaro se mantuvo alejado de los Blanco
por la advertencia de Teresa.
—Sabi, ya te enteraste, Jesús
desapareció el fin de semana —escuchó en el restaurante mientras desayunaba por
parte de uno de los comensales.
—Hola Álvaro, el sábado arrestaron
a tu amigo, me dijeron que la PJB lo llevaba amarrado; ese tipo no vuelve más —dijo,
la mesera— ¿tomas más café?
—No, gracias Lucy.
—¡Álvaro!, ¡Álvaro! —se acercó con afán un hombre pequeño encargado de la tienda de víveres de la zona— dicen que se fue Jesús, sabes si es cierto, el muy desgraciado se fue sin pagarme.
Cuando llegó
a la bodega encontró al Turco en la puerta con cara de felicidad.
—Me contaron que desaparecieron a ese amigo tuyo, que la otra noche se lo llevó la PJB; ¡ojalá lo maten!, gente como esa no le hace bueno a la Asamblea, ¡patanes y sapos!, ¡igual de cabrones que los tales Blanco!, además no me caía bien —comentó.
Como una maldición durante la semana siguiente no dejó de escuchar en todas partes el infortunio de Jesús a manos de la PJB; pasaron dos semanas, estaba animado a ir para Villa Helena cuando una mujer lo detuvo, los caminos en la noche son peligrosos, todavía no es tiempo de la Villa, le susurró, desapareciendo al instante.
Sin entender bien los mensajes cifrados decidió quedarse quieto esa noche a pesar del compromiso con Teseo; estuvo en la bodega acarreando zapatos de un lado para otro con el doble de trabajo desde la ida de Jesús.
En el transcurso de esa semana
Teseo se acercó al almacén del Turco, cuando Álvaro lo vio sintió preocupación,
aquella imprudencia podía traerles algún inconveniente, hizo señas al muchacho
y lo dirigió al fondo de la bodega.
—¿Qué haces aquí?
—Venía a preguntarte cuándo vas a
regresar.
—Todavía no, aún es peligroso —explicó,
Sabi.
—Amigo, ese tipo ya desapareció —comentó,
Teseo, algo molesto.
—¡Álvaro!, ¿cómo sigues? —preguntó,
Jesús, mientras se internaba en el almacén.
Sabí se puso pálido y se alejó de
Teseo, le dio una caja y le sugirió que la llevara al otro almacén.
—Veo que progresas, ya estás
despachando a los empleados.
—¿Cócomo dices eso?, no es nada,
nada, simplemente órdenes, órdenes, el Turco es así, a veces confía en mí, no
te lo dije —explicó con frases entrecortadas.
—La verdad no, pero dime: quienes
ese fulano, tienes algún negocio por debajo de la mesa con él; no lo he visto
por aquí.
—No le pongas tanto cuidado, es un
muchacho más,
En la tarde cuando Jesús se fue a dejar sus maletas Álvaro envió un mensaje a su compañero:
No
vuelvas más por aquí, es riesgoso, Jesús aparece y desaparece, es extraño,
además es muy traicionero; no olvides el mensaje: no hagas caso por lo que los
demás dicen; en esta zona todos hablan de las desapariciones de ese tipo como
si estuvieran de acuerdo, pero siempre regresa; no sé en quien creer ni cómo
voy a saber cuándo la gente dice la verdad; por ahora sigan sin mí, el sapo volvió,
parece que está esperando atraparme con ustedes, por eso los nombra en cada
conversación, ¡no le vamos a dar ese gusto!; sigan sin detenerse, no vuelvan a
contactarme, yo me quedaré por ahí, confiando en la segunda parte del mensaje
de Teresa: tranquilo, todavía falta camino.
Esa misma noche hubo un rumor de la
llegada de las FMA al día siguiente, los plateados estaban advertidos por eso
se replegaron; tanto el Turco como Álvaro se prepararon para la llegada de la
tropa, tenían la mala costumbre de robar varios pares de zapatos por eso el
comerciante estaba ocultando la mejor mercancía.
—Allá abajo vi a ese Jesús, es un
tipo extraño, se va y vuelve sin decir nada, para mi ese desgraciado tiene algo
que ver con lo de mañana.
—No se preocupe Turco, guarde la
mejor mercancía y les ofrecemos los más baratos para no perder mucho.
—Eso me gusta Sabi, que proteja mi
patrimonio, mientras esté intacto usted tendrá trabajo.
Los dos hombres acabaron muy tarde, a pesar de la hora no vieron llegar a Jesús al cuartucho que arrendaba.
A las nueve de la mañana en punto
Álvaro subía la reja para abrir el almacén, dirigido por el Turco como todos
los días.
—Sabí, saque sólo lo que acordamos
para que esos vagos de las FMA se lo lleven de primero —mandó con su
prepotencia acostumbrada; Álvaro se limitó a obedecer sin rechistar.
Diez minutos después Vito apareció
en la puerta del almacén.
—Necesito que me ayudes en algo, no
entendemos este listado, es tu letra, sólo tú puedes leerla.
Sabí haló al muchacho con fuerza a
su lado.
—Qué le parece estos zapatos —dijo
nervioso cuando vio el camión de las FMA detenerse frente al negocio.
—Turco, dice el muchacho que si le
rebajas en estos azules.
—¡Nada!, ¡son precios fijos!
Al momento de la negativa del Turco
entró Corrales.
—Buenos días, sargento —dijo con
tono desabrido.
—¿Qué le pasa Turco!, ¿amaneció de
mal genio?
—Es esta gentuza que pide rebaja
por todo, nunca les parece bien el precio.
—No se Turco, eso no me importa, lo
que me trae hoy aquí es la información de un subversivo de los tales Blanco, según
me dijeron trabaja aquí.
—¿Aquí?, ¿cómo se le ocurre?, ni
por riesgo se me pasaría por la cabeza traicionar a la Asamblea, debe estar…
—¡No diga que estoy equivocado, la
información es cien por ciento confiable! —gritó, Corrales— ¡señores, abajo!, me
buscan al traidor en este chuzo, ¡si lo tienen que desbaratar no hay problema!,
pero ¡lo encuentran!
—¡No señor!, ¡no señor! —aulló, el Turco interponiéndose, sin embargo, no sirvió de nada su intento de salvar la propiedad, los soldados entraron arrasando con todo.
Al tiempo Álvaro conducía a Vito
por entre las cajas de la bodega, buscaba donde ocultarlo; al fin se acordó del
hueco de guardar la basura ubicado en el cuartico de aseo, ahí alcanzas para que te escondas hasta cuando se hayan ido las FMA,
dijo aturdido, empujando al muchacho.
—¿Y tú?
—Por el momento te puedo salvar, ya veré lo que hago.
Los hombres de las FMA ya habían tirado medio almacén, en ese momento se dirigían a la bodega; Álvaro trataba de cerrar la puerta del escondite, desesperado se daba cuenta de su seguro arresto.
—¡Sabi!, ¡Sabi!, ¡rápido! —gritó, una
muchacha y le alargó la mano.
El hombre dudó, pero al evaluar la
situación empujó a Vito, después siguió; no conocía a la mujer y desconfiaba
hasta cuando escuchó las voz gritona de Ícaro, ¡vamos Álvaro, no hay tiempo para pensar!; aquella frase dicha por
una voz conocida lo impulsó junto a Vito con alivio.
—Están cerca, muy cerca, hay que
despistarlos; esa puerta sale al patio en la zona comercial, por acá salimos
directamente al barrio, ahí es más fácil despistarlos, las FMA no suelen entrar
sin ordenes específicas; esta vez no los autorizó la Asamblea, estoy segura —explicó,
la muchacha— Ícaro, los puedes despistar por el patio de la zona.
—¡Claro!, ¡voy para allá!
—¡No!, ¡no voy a permitir que lo
arresten por mi culpa!
—Vito, lo importante ahora es que
escapen los dos —dijo, Ícaro.
—Bueno, pero más tarde nos haces un
café —el muchacho escuchó la condición, se rio, movió la cabeza y se alejó.
Vito lo miró unos segundos cuando se internaba por entre las cajas, luego siguió a la muchacha.
Afuera del almacén el sargento Corredor
se enloquecía dando órdenes a sus hombres para encontrar al delincuente.
—¡Maldita sea!, ¿ya encontraron al
traidor? —gritó, Corredor.
—¡Ya lo tenemos!
Del interior de la bodega sacaron a
un hombre cubierto la cabeza con una bolsa.
—¡Aquí está!
—¿Dónde? —aullló, Corredor— quiero
verlo ¡sáquelo rápido!
De forma brusca uno de los soldados
empujó al joven encapuchado, alrededor de él se pararon Corredor y otro hombre
vestido de civil; en ese momento llegó Miller.
—¿Qué pasó Corredor?
—¡Lo tenemos, señor!
El muchacho gemía en silencio
arrodillado sobre el andén.
—¿Dónde está?
—¡Aquí!
—¡Carajo, Corredor!, usted y su
ordinaria forma de actuar —reprochó, Miller— ¡quítele esa maldita cosa de la
cabeza!
El sargento Corredor hizo caso, quitó
la bolsa con la que cubría el rostro del prisionero y lo levanto del brazo.
—Ahora dígame, ¿este es el maldito
traidor? —preguntó, el comandante Miller, al civil parado a un lado— ¿qué fue?,
¡carajo!, me dijeron que sabía dónde encontrar al subversivo de los tales Blanco
o es sólo cuento; no vaya a cometer el error de Obdulio Basante que se quiso
pasar de listo conmigo, sólo por respeto a la memoria del viejo Mariano Basante
que era un hombre verdaderamente temible no lo entregué a la PJB, pero usted no
tiene ningún familiar respetable, si no habla es hombre muerto, lentamente y
con dolor.
—No —balbuceó, el civil, aterrado
frente al comandante.
—¿No?, ¿qué significa eso?
Después de un par de negativas con
su cabeza el civil confesó aterrado:
—No, ese no es Álvaro Sabi.
—¡No es Álvaro Sabi!, ¡no es Álvaro
Sabi! —canturreó, el comandante en tono burlón a la vez furioso— ¡maldición
Corredor, este informante es un inepto y usted también!; agradezca que pertenece
a las FMA por eso se salva, pero a este idiota entrégueselo a la PJB para que
hagan lo mejor que saben hacer, ahora ya no sirve para nada.
—Pero señor —gritaba, Jesús Morales,
mientras era arrastrado a los carros de la PJB.
Mientras el soplón sufría sus
desgracias, andando a tumbos por la calle, Corredor habló con el comandante Miller.
—¿Y qué hacemos con este?
—¿Qué piensa usted Corredor?
—¡Señor, usted da las órdenes!
Miller miró con severidad al
sargento, sacó su arma y ejecutó al muchacho.
—Lo que voy a hacer algún día con
usted, sargento Corredor —sentenció, Miller.
El disparo retumbó en toda la zona
comercial, haciendo que los Blanco se detuvieran entre la mercancía por donde
escapaban; Vito contuvo la respiración.
—¡Vamos! —gritó, la muchacha,
mientras Sabi halaba al joven con fuerza para evitar su regreso.
Cuando salieron de la construcción se
encontraron en las calles del barrio.
—Es mejor que no se queden aquí,
apenas se vayan las FMA los plateados van a salir y es mejor que no los vean —explicó,
la chica— vayan por este lote, está tapado con ramas y es difícil transitarlo,
pero es la única forma de sacarlos de aquí; no se preocupen, no se van a perder,
hay alguien esperándolos.
Los hombres se vieron un momento y
se lanzaron al lote tapado de rastrojo.
—¡Hey!, ¿cómo te llamas?
—No importa, váyanse rápido.
—A mi si me importa, quiero saber cómo
se llama la mujer que me salvó la vida —explicó, Sabi.
—¡Verónica!, ¡ahora lárguense!
Álvaro y Vito se lanzaron a correr.
El tránsito por el rastrojo fue muy
difícil, las ramas eran leñosas y laceraban el cuerpo de los dos hombres; Vito iba
adolorido, ese disparo fue para su gran amigo, a ratos se arrepentía de pertenecer
a los Blanco, ya había perdido muchos compañeros, quería llorar, pero no podía,
el lote no tenía fin y él estaba a punto de desfallecer.
—¡Hey!, ¡hey! —alertó una voz;
Álvaro y Vito atendieron el llamado con miedo— aquí estoy para guiarlos, ¡soy
el mejor!, mientras yo viva ningún Blanco morirá —gritó, el loco.
Al escuchar los delirios del enardecido
hombre Vito lo apretó de la camisa para golpearlo.
—¡Espera Vito, espera Vito! —se oyó
desde los matorrales— lo que dice mi amigo el loco es verdad —se entendió antes
de sentir una gran carcajada y un abrazo descomunal; Vito vio sorprendido al
muchacho que hablaba.
—¡Maldición Ícaro!, ¡estás vivo!
—Claro, si no quién va a hacer el
café para los Blanco.
—¡Ya ves!, ¡ya ves!, ¡ya ves!, ¡siempre
digo la verdad! —exclamó, el loco, apuntando su dedo índice a Vito, luego se
rio de forma extraviada— ahora que todos estamos juntos vámonos.
—¿A dónde? —preguntó, Sabi.
—¡A la Villa! —declaró, hablando al
cielo con sus brazos abiertos— Álvaro Sabi es hora de que retomes tu camino, llegó
el momento de entrar a Villa Helena.
No hay comentarios:
Publicar un comentario