jueves, 31 de julio de 2025

La Marea XV

XV 

Andinia aún vivía en medio de correveidiles desesperados por narrar su propia historia, vericuetos sin principio ni fin, anécdotas tan falsas como verdaderas, disparatados habitantes sobre un escenario sin telones lleno de fantasía sólo posible en la realidad, delineando su porvenir sombrío con cada caminante que albergaba; con sus grandes propiedades venidas a menos, sin forma de dar trabajo a tanto desamparado, se había convertido en un muladar de pedigüeños de todas las estirpes: con dramas reales, patrañas alucinantes, quimeras lastimeras y descaradas falsedades. 

Después de muchos años de trabajo Miguel pidió a Helena Ramírez un reemplazo en la administración de la finca, cansado de su labor, agotado por el peso de recuerdos agridulces aun así merecedores de ser rememorados; no podía sacar de su mente el día de la muerte de Alberto Ramírez, probablemente el momento más triste de su vida, sin embargo, tampoco olvidaba los periodos felices al lado de la aguerrida señora Teresa, ya fallecida, la audaz niña Helena, casada después del fin de la era oscura o los Blanco con su coraje rayano en la estupidez cuando combatieron el régimen; el triunfo, la muerte, la soledad, la cárcel, hechos compartidos con todos sus familiares tanto de sangre como de lealtad unidos en Villa Helena. 

Al saberse el deseo del viejo mayordomo por retirarse el esposo de Helena, don Horacio Valencia, resolvió ponerse al frente de la finca entre otras porque sus negocios no pasaban por un buen momento, aprovechando la sabiduría de Miguel para perfeccionarse en el arte de la administración; dos años después ya tenía bajo su dirección todos los asuntos de Villa Helena, su dedicación se notaba en el ascenso de su propiedad como una gran empresa; ante ese crecimiento era necesario contratar nuevos empleados. 

A pesar de la actitud molesta de Helena los interesados en trabajar terminaban por acostumbrarse en la finca, el inicio era difícil entre otras por los desplantes de la señora al extender mensajes donde expresaba su rechazo a los candidatos, como la enviada a la familia hospedada en el hotel de Catalino; cuando Valencia tuvo conocimiento de la situación determinó comunicarse en persona con los aspirantes no sin antes hacer el reclamo a su esposa por su intromisión. 

Por su parte, Marino se había recuperado de su ataque, aunque soportaba un dolor de cabeza que lo tenía desorientado por eso decidió acercarse a la iglesia; cuando llegó a la gran puerta miró con desdén el oscuro interior del recinto, entró de forma prepotente, normal en él, especialmente ante los asuntos religiosos a causa del abuso de su madre, asombrado por el gran crucifijo de madera que lo observaba con sus ojos saltones mostró una humildad inexplicable y se echó de rodillas a llorar su desgracia; entre gemidos murmuraba: Padre nuestro tuyo es el reino, el poder y la gloria. 

El día estaba frío, Horacio Valencia acababa de desmontar frente a la tienda.

—Buenos días, Catalino.

—Cómo está Horacio, usted sigue insistiendo con sus caballos, ya nadie los usa por estas calles.

—No me importa lo que digan todos, además no me gusta meterme en un cajón con puertas y cuando llego a Villa Helena puedo cabalgar en el potrero que está a un lado de la casa.

—De las pocas cosas que quedan en todas las grandes fincas, potreros improductivos.

—Catallino, no puede decir eso de Villa Helena, si fuera improductiva no necesitaría trabajadores con tanta urgencia; por cierto ¿dónde están sus inquilinos? —preguntó ansioso.

—Si no estoy mal descansan, no los he visto salir.

—Si los puso a beber con Nacho deben estar dormidos.

—No se preocupe Horacio, el muchacho es un tipo honrado, el aguardiente lo puso Nacho que es capaz de tentar por el mal camino al viejo cura con todo y sus ridículos hábitos.

—No necesita explicarme nada.

—¡Se los llamo! —exclamó preocupado; sabía el estado de Luis, se sentía un poco culpable e iba a evitar las consecuencias de la reunión con Nacho— ¡Gertrudis!, ¡señora Gertrudis! —llamó en tono bajo casi disimulado.

Después de un rato de silencio los hijos de Luis atendieron la explicación de Catalino sobre la importancia del señor parado junto a la vitrina, también la urgencia de la presencia de la señora; los chiquillos corrieron donde su madre aún acurrucada en la cama, ella se angustió al oírlos tartamudear el mensaje del tendero, la idea de bajar sola no la convencía aunque el estado de Luis era lamentable para mostrarse delante del señor; entre tanto, Horacio daba vueltas muy agitado por la demora, ignorando los intentos de Catalino por distraerlo con su tono adulador.

Gertrudis salió nerviosa del cuarto, imaginaba dar una mala impresión por su cabello peinado a la carrera, la falda ajada y su cara enjugada con las mangas de su saco, que irá a pensar ese señor, meditaba mientras descendía los escalones.

—¿Llamaba don Catalino? —preguntó con aire compungido, intrigada por la alegría reluciente en la cara del tendero.

—Si señora, la necesita...

—¡Horacio Valencia! —interrumpió el dueño de Villa Helena— qué pena, pero el tendero siempre se está metiendo donde no lo han llamado —comentó, el visitante.

El ambiente se distendió a pesar de los sentimientos disímiles de cada uno, a Catalino no le cayó en gracia la censura por sus ganas de actuar en beneficio de sus clientes, en el rostro del dueño de Villa Helena se insinuó una leve sonrisa, a la vez Gertrudis relajó levemente sus músculos; pasados una instantes Horacio volteó su mirada sobre la mujer.

—Buenos días señora —expresó con amabilidad; por su parte, Gertrudis sólo emitió un insignificante murmullo como respuesta bajo la mirada inquisidora del hombre— Catalino seguramente le informó que necesito trabajadores para mi finca; él me dio a entender que usted y su familia estaban interesados por eso esta mañana envié una nota para confirmar que están contratados.

—¿Cómo? —alcanzó a murmurar Gertrudis.

—Sí, ya sé, hubo un error, si no estoy mal llegó la nota equivocada por eso vengo a confirmarles personalmente y llevarlos a Villa Helena —intentó explicar, molesto por la intromisión de Helena. 

Gertrudis recibió un aire de buenaventura para aliviar el peso de su desasosiego, una razón para sonreír a la luz del sol de la tarde apostado en el horizonte pareció; visiblemente emocionada declaró su alegría por la oportunidad y su obvia aceptación, pero le pidió esa tarde para arreglar sus cosas antes de instalarse en Villa Helena; Horacio aceptó, dejando a Catalino encargado de guiarlos al otro día. 

Para la mujer las ganas de vivir resurgían en su corazón, por las buenas noticias se tomó la cara de blanca tez llena de arrebole otra vez brillante por el llanto, uno de dicha producida por los triunfos venideros; Horacio Valencia lo entendió, le gustaban aquellos momentos, lo conmovían, lo alejaban del ambiente bélico que soportaba en su casa; caían bien nuevas almas en Villa Helena. 

Gertrudis se lanzó sobre Catalino, atrapándolo en un abrazo increíble, él se asombró al recordar a su esposa, la única que lo había abrazado con tal efusión; la mujer corrió al segundo piso atropellada sin prestar atención a los obstáculos, una vez entró en la habitación encontró a Luis incorporado sobre la cama, sus hijos lo habían despertado para informarle sobre la llegada de aquel hombre importante; al ver a su mujer tan agitada con la intención de explicar las cosas sonrió, era curiosa la hilaridad de una mujer tan parca como Gertrudis, por otra parte, el alivio deseado lo invadió; habían sido víctimas de las serpientes negras, ahora el porvenir les daba una nueva oportunidad, su disposición de no aceptar una derrota fue osada, les hizo perder todo, mas ahora los premiaba. 

Solitario frente al altar de la iglesia Marino gemía su desastre; el hijo mayor de Luis fue enviado a buscar a su tío porque no lo habían visto en el hotel desde cuando víctima de un espasmo horroroso desarrollo una de sus crisis; Gertrudis lo imaginó encerrado en su habitación afligido por sentirse como alguien extraño e incapaz, recorriendo de pared a pared su cuarto mohoso con la intención de dilucidar si su mal era una maldición o simplemente una enfermedad, medroso de provocar una conmoción a sus familiares si lo descubrieran en su condición idiota, anclado detrás de la puerta con la firme intención de contener sin distinción a los intrusos. 

El niño preguntó a Catalino, pero no obtuvo una razón clara, si lo había visto aunque no podía asegurar si fue el día anterior o este, en todo caso había salido; privado de alguna noticia sobre su tío el chico salió a la calle para averiguar con los vecinos, después de varias pesquisas dio con su paradero, yo lo vi entrar a la iglesia, dijo alguien por ahí; corrió hasta la lúgubre construcción ubicada a un lado del parque, cuando se acercó a la puerta un escalofrío lo recorrió, le parecía insólita esa sensación por ser un templo, pero no le dio importancia; una vez penetró el portal se encontró un biombo gigante que le impedía ver el altar, le dio la vuelta, se santiguó de rodillas con mucho respeto, aguzando sus ojos para encontrar a su tío arrodillado en una capilla lateral con gran resignación; al verlo ahí recordó sus eternos reniegos contra la religión y las iglesias.

En ese momento Marino se tomaba la cabeza.

—¿Qué hace aquí? —se preguntó sin animarse a llamarlo.

—¡Dios!, no entiendo porque tengo tantos problemas, parece que nunca me acompañará la suerte, te pido y no recibo nada, será que pido mucho, será que no merezco nada, ¿por qué me dejas solo?, ¿por qué no me ayudas?, ¿si existes por qué sufrimos tanto?, ¡maldición hasta cuándo seguirá así!; mi madre estaba equivocada, ¡siempre estuvo equivocada!, me siento abandonado, señor.

—¡Tío, tío!, ¡tío Marino! —llamó, el muchacho.

—Quiero creer en ti, pero me desanimo al no escuchar respuestas… —en ese punto del lamento reconoció la voz de su sobrino, no pudo ocultar su desagrado cuando lo miró de reojo, a pesar de ello pareció sentirse salvado, su dialogo con el creador no iba por buen camino, estaba a punto de entrar en esa etapa del reniego, aquella intromisión lo sacaba de una estado pavoroso; una vez de pie se despidió del crucifijo de madera en quien buscaba un culpable y salió con su sobrino en absoluto silencio sin cruzar una palabra hasta llegar al hotel, en Marino se notaba una actitud triste, estaba pensativo, desconectado de su derredor.

—¡Felicitaciones! —exclamó, Catalino, al verlos llegar— yo le dije esta mañana que no se preocupara tanto —agregó; por su mente paso el recuerdo de la crisis del muchacho, se sintió juzgado por su indolencia al punto de evitar la mirada del joven. 

Marino subió inmerso en una confusión inexplicable, su sobrino lo buscaba, Catalino lo abrazaba, todo un conjunto de situaciones anormales; la fuerza de la incertidumbre lo llevó por infinidad de escenarios siempre creados a partir de la desgracia, aunque no dejaba de ilusionarse por una leve mejoría; Gertrudis lo esperaba parada con el cuerpo recostado sobre la puerta y el rostro invadido de dicha.

—Marino, el señor Horacio Valencia estuvo aquí —exclamó; hizo una pausa aparentemente eterna luego continuó— ¡nos espera mañana en Villa Helena!

El joven quedó estático, no atinaba a reaccionar, preguntó por Luis como si necesitara su palabra para confirmar la noticia, inmerso en una excitación incomparable, espiraba estremecido por las vueltas vertiginosas de su vida; todo había sido un error, ya tenía trabajo. 

—¡Gracias Dios mío!, ¿qué sería de mí sin tu ayuda? —balbuceó imperceptible.

El pequeño lo había seguido con atención, recordaba sus palabras en la iglesia, suspiró ante la contradicción, no lograba comprender a los mayores.

—¿Quién entiende al hombre?, ¿quién entiende a Dios?, una relación absurda, a lo mejor inexistente —pensó mientras preparaba su maleta; a la mañana siguiente estaría en Villa Helena. 

La marea por fin encontró un lugar para descansar.

 

FIN DE LA PRIMERA PARTE

LA MAREA

domingo, 20 de julio de 2025

La Marea XIV

 XIV 

Los días posteriores a los eventos de Villa Helena fueron lúgubres para todo el pueblo, la historia estaba a medias porque los trabajadores de Alberto Ramírez decidieron encubrir lo acontecido a los chismosos alborotados por su curiosidad morbosa; el secreto se guardó lo mejor posible, sin embargo, por arte de magia o talvez de brujería los detalles de la muerte de Alberto así como los de la niña envuelta en su sangre salieron a la luz; el pueblo tuvo algo para alimentar la imaginación supersticiosa de sus amodorrados habitantes, creando infinidad de versiones cada vez más descabelladas precisas para pasar tardes enteras en intensas discusiones, con mucha emoción en unos casos y excesiva maledicencia en otros; la primera explicación fue una maldición para los Ramírez, pero estaban los más pesimistas augurando el mal para toda Andinia. 

Mientras el pueblo se ensanchaba en historias y leyendas Teresa gritaba enloquecida la mayor parte del día, su delirio de persecución la llevó a escoltar a Clemencia hasta la puerta de Villa Helena para estar segura de su partida; aunque la vieja ya tenía planeada su salida antes del desenlace, Teresa en medio de su chifladura la alcanzó casi en el límite de su propiedad para quedar tranquila; al otro día decidió acabar con el matrimonio negociado entre su padre y su marido, echando a Juaquín Arteaga de su propiedad.

—Alberto te dijo lo que iba a pasar, nunca tocarás Villa Helena salvo el área sobre la que tienes propiedad, no te quiero aquí, así cumplo con parte de la orden de Alberto, la otra parte en donde resultas muerto se cumplirá si te veo otra vez por aquí. 

La historia de Villa Helena se construiría de acuerdo a sus deseos de su dueño, sus últimas disposiciones se cumplieron al pie de la letra; en cuanto a Clemencia sólo se supo de ella después del inicio de la época oscura de Andinia y Joaquín aceptó que se hija no llevara su apellido, dando vida a Helena Ramírez. 

A pesar de los mandatos algo delirantes de la señora quedó claro el futuro de su hija, sería entregada a una niñera para su crianza, ella no quería saber nada de la recién nacida por eso no aceptaría quejas de nadie; por su lado, Miguel tenía la potestad sobre Villa Helena con la terminante orden de impedir el ingreso a cualquiera porque corría peligro si ella se lo topaba.

Teresa se convirtió en una mujer solitaria abandonada por sí misma, encerrada en un cuarto donde no entraba nadie ni siquiera para hacer aseo, a pesar de los ruegos de Catalina, institutriz de Helena, y de Miguel empeñados a diario en salvarla; un día todo empeoró con una decisión absurda e inentendible para todos, voy a acabar mi vida, pero sin quitármela, no seré una cobarde como mi padre, gritó desde el interior de su cuarto; nadie en la casa comprendía a la señora, su desvarío era sobrecogedor e infinito, pero llegó el momento de dilucidar su teoría de acabar sin quitarse la vida cuando la vieron lanzando todas sus pertenencia por la ventana totalmente desnuda, enseguida prohibió el ingreso de todos a su cuarto, estableció una minuta bastante precaria a partir de ese momento: sopa acompañada de un pan dos veces al día; nada se supo de ella en la casa hasta el inicio de la era de la oscuridad de Andinia cuando su fortaleza la llevó a defender Villa Helena, sin embargo, a veces se murmuraba por ahí que la señora salía a cabalgar después de la media noche completamente desnuda y con su cabello recortado, dejando ver su hermoso rostro maltratado por las penurias. 

Antes de entrar en completa locura llamó a la muchacha escogida para criar a Helena.

—¡Catalina!

—¿Llamaba señora? —preguntó la muchacha asustada por la orden de la señora.

—¡Claro que sí!; necesito que de hoy en adelante cuides a esta niñita, nunca olvides que sólo es sinónimo de fracaso por lo tanto no tendrá de mí ninguna indulgencia durante su vida —explicó Teresa con calma, con melancolía, por momentos con algo de tristeza— ¡créeme que no quiero verla y si la dejas morir no me importa!

 

Catalina observaba a la mujer con curiosidad, a veces con incredulidad por su aparente delirio, la señorita Teresa está loca por todo esto que ha pasado, pronto le pasará, estoy segura, pensaba con el candor propio de una mujer pronta a ser una madre sin esperarlo. 

—¡Ah, me olvidaba!, el entierro pueden hacerlo cuando les venga en gana, no cuenten con mi asistencia —agregó en tono despectivo— ustedes apreciaban al viejo Ramírez mi padre, yo lo sé, por esta razón apruebo cualquier cosa que hagan en su sepelio los empleados de Villa Helena como él la bautizó al morir y se quedará por siempre según su deseo —se detuvo de improviso, suspiró profundamente, sus mejillas tenían un color rosado que magnificaba su belleza dura y rígida— ¡ahora llévate a esa niña, sabes que desde hoy está a tu cargo, si quieres puedes considerarla tu hija o dejarla morir! 

Pronto se escuchó el reniego insistente de la madre de Catalina con el fin de evitar la entrada de la recién nacida Helena en su casa, pero todo fue en vano porque Catalina se empeñó en aceptar su encargo.

—Yo soy la salvación de esa niña con tu ayuda o sin ella mamá dijo la muchacha muy segura de su decisión.

—Espero que no te arrepientas cuando estés vieja como yo.

—Mamá, así me arrepienta mañana, hoy estoy decidida; si la gente supiera de antemano lo que le puede producir arrepentimiento nunca haría nada por miedo al momento de la contrición, a pesar de las cosas buenas en tanto se cumple la condena del mañana; el mundo se quedaría sin irresponsabilidades, ni imprudencias ni locuras impensadas… mamá, creo que una vida con el pasado lleno de locuras y un futuro de arrepentimientos es justa. 

A pesar del odio irradiado por Alberto el entierro fue una demostración de absoluta lealtad y un respeto profundo de parte de sus empleados, nunca hubo uno más entrañable; aunque parezca extraño el amor por el patrón siempre es más fiel que el de cualquier hijo por un padre; una pequeña ceremonia, una ofrenda floral, el lamento silencioso de los asistentes, un Miguel incondicional hasta el último instante, una lágrima perdida detrás de un cristal, una ola en la cortina de la ventana ocasionada por la respiración agitada de una mujer abatida por su resentimiento.

 

Seis meses después de los acontecimientos Andinia se conmocionó con la muerte de Dioselina Martínez al momento del parto de Petrona; apenas lloró por primera vez la niña acostada junto al cadáver de su madre los cielos se despejaron sobre Luna Blanca y dejó de llover igual que había pasado en Villa Helena con el nacimiento de la nieta de Alberto Ramírez; entre dos muertes y dos nacimientos llegó el final de la lluvia...

 

Ese día Andinia volvió a ver el sol

sábado, 5 de julio de 2025

La Marea XIII

 XIII 

Clemencia subió a la habitación de Teresa.

—El cadáver de su hermano está en la casa; su padre parece un loco, le dispara a la nada; es increíble que un hombre como él, un verdadero sádico, se haya enloquecido por un muchachito que lo abandonó…

—¡Idiota!

—¿No fue así?, Alberto lo maldijo con razón, ¡usted lo sabe!, tiene que ser el peor de los hijos para abandonar a su padre, ¡usted lo sabe!, se hace la tonta, pero qué más se puede esperar de una mujer que actúa como si estuviera desesperada… ¡no!, eso es una farsa inventada, detrás de su supuesta comedia está la maldita bruja que desprecia todo a su alrededor, me desprecia a mí, eso lo puedo entender, pero despreciarse a sí misma, eso es absurdo e improbable en alguien razonable, claro que usted nació sin cordura y el único que la podía soportar ahora está… aunque después de muerto también lo desprecie.

—¡No más! —aulló, Teresa—. ¡Desgraciada, no dude que me voy a desquitar de sus burlas!

Clemencia aguardó unos segundos.

—Entre más la conozco más ratifico que es hija de Alberto Ramírez, ambos estas desquiciados.

Teresa tenía los ojos muy abiertos, aguados por la noticia, emanando un brillo maligno.

—¿Piensa que estoy vencida, qué la muerte me venció?, ¿qué usted me va a vencer? —Clemencia había permanecido impávida, pero el brillo anormal de los ojos de Teresa le produjeron un extraño estremecimiento— ¡no!, puede disfrutar todo lo que quiera, aproveche ahora que estoy abatida, pero ya pasará; bien dijo usted, soy como mi padre, estoy trastornada y por eso ni la muerte me va a vencer Una risa perversa se oyó—, ¡ahora vaya a traerme agua, no se quede ahí parada como una imbécil! —exigió, pero todo era un pretexto para quedarse sola, su fuerza no daba para seguir deteniendo las lágrimas contenidas en sus apagados ojos. 

Clemencia la había contemplado desde la esquina donde siempre se acomodaba, junto a la ventana; sentía lástima por aquella mujer, la repudiaba tanto como ella lo hacía, pero en ese momento una especie de ternura inexplicable, la producida cuando alguien que se desprecia soporta reveces inocultables la invadió; sin hablar abandonó la pieza en busca del líquido para mojar los cuarteados labios de la desesperada parturienta, además no quería ver llorarla abatida. 

De pronto se escuchó la llegada de Alberto Ramírez; Clemencia conservó su puesto junto a los pasamanos que la separaban del abismo del primer piso al lado de un florero donde observaba toda la casa; al entrar Alberto se paró en la mitad de la sala junto al ataúd de su hijo y alzó la mirada.

—¡Vieja desgraciada!, ¡gozas con la muerte de mi hijo, verdad!, ¡disfruta ahora que todavía te es esquiva, que la vida te sonríe, que puedes molestarnos con tu presencia! —dijo y se tomó un trago, levantó la escopeta dirigida hacía la hermana de Joaquín, luego prosiguió— ¡creo que el luto caería bien en la familia Arteaga!, ¿no estás de acuerdo conmigo Joaquín Arteaga?, aunque ya no es necesario, con un muerto por familia basta por hoy. 

El pobre hombre se espantó, con la afirmación del viejo confirmaba lo inevitable, había ido hasta El Lucero por lo suyo; algo en el fondo se quebró, Mauricio era un viejo desgraciado, pero no merecía ese final tan ridículo, sólo esperaba que hubiera dado batalla para conservar el orgullo de ser Arteaga. 

El viejo miró fijamente a Clemencia apostada sobre la baranda, ella hizo lo propio sin temerle ni menos mostrarle respeto, a lo mejor la audacia la llevaba a enfrentar a un hombre ruin sin pensarlo, adicionalmente la muerte de su padre le aseguraban seguir viva en Villa Ángela al menos por ese día, su verdadero tormento era el porvenir, sin El Lucero no tenía donde resguardarse; de improviso el fuego cruzó el cielo raso de la sala, produciendo un ensordecedor ruido, todos esperaban ver el cuerpo de Clemencia desplomado sobre el vacío, pero imperturbable continuaba con su endemoniada mirada, hasta sonrió. 

Teresa gritó en esos momentos, las contracciones le desgarraban el vientre así como la muerte de su hermano hacía lo mismo con su corazón; Clemencia acudió en su ayuda, pronto daría a luz, ella debía estar junto a su cuñada.

—¡Asiste a esa desgraciada y si no es un varón prepárala para que se olvide de su hija porque no tiene derecho a vivir! —gruñó, Alberto, recostado sobre el ataúd de su hijo— ¡Hoy velaré a Germán y tú me darás un nieto barón! —gritó perdido entre la nostalgia y el trago. 

Joaquín subió al cuarto de su esposa preocupado por su futuro, en un solo día podía quedar sin el padre y sin hija de ser mujer, sin hijo también porque el viejo Ramírez no le permitiría verlo empeñado como estaba en convertirlo en un Ramírez.

—¿Ya nació? —preguntó a su hermana que salió por agua.

—¿Usted cree que parir es tan fácil?, ¡no sea torpe, esto no es un juego! —respondió despectivamente su hermana; aunque despreciaba a Teresa en ese momento compartía su zozobra tanto como la rabia contra su hermano— ¡ya llegará la hora, ya llegará el momento! —agregó— el momento para que el viejo Alberto mate a su nieta: tu hija —decretó muy segura, después entró al cuarto. 

Por la ventana de la habitación se alcanzaba a divisar un gigante árbol sembrado frente a la casa desplazado por el viento a pesar de su poder, sus hojas de movimientos coquetos jugueteaban con los chorros de agua caídos del cielo, de a poco menguados mientras los gritos de Teresa aumentaban, en medio del anochecer profundamente oscuro por las nubes tendidas sobre toda Andinia; la opacidad del pueblo obligaba a mantener las lámparas encendidas desde el atardecer por eso en Villa Ángela brillaban las luces en cada ventana; sin embargo, la tristeza no se apartaba, otrora la luna acompañaba cuando una mujer daba a luz en Andinia, pero desde el inicio de las lluvias todo era velado por la añoranza de una felicidad huidiza. 

El ruido constante del agua sobre los viejos techos desesperaba a Teresa mientras su partera le recordaba con saña su mala suerte: la de parir una niña; la futura madre no dejaba de martirizarse con el inminente final de su hija, conociendo a su padre daba por seguro el cumplimiento de la amenaza, aun así se aferraba a una leve esperanza hasta el último momento, igual ya había tomado una decisión: si era niña se la entregaría a su padre para que hiciera su voluntad. Los dolores aumentaban con el paso de los minutos, a pesar de eso seguía perdida en sus cavilaciones, presentía el final de su familia: su hermano había muerto, su padre estaba loco, su hija sería asesinada, Villa Ángela se dirigía al estropicio. 

El momento y la hora llegaron, apenas habían transcurrido algunos minutos del nuevo día cuando se abrió la puerta, la sombra de Clemencia cubrió el brillo emitido por los focos de la habitación lentamente aumentando su brillo a mediada que la partera se alejaba de la entrada; mientras caminaba se secaba sus sienes empapadas de sudor con la manga de su saco, una vez estuvo al lado de los pasamanos comunicó a los presentes en el velorio de Germán la buena nueva:

—¡Señores les traigo una buena noticia en medio de tantas adversidades: la señora Teresa Ramírez de Arteaga acabo de dar a luz a su primera hija!

La lluvia menguó un poco más. 

Un agitación recorrió la humanidad de los presentes al mezclarse la alegría por el nuevo ser y su inaplazable final en tanto esperaban la reacción de Alberto ante la noticia; a la par de los acontecimientos un azul alentador conquistaba el cielo, destronando el reinado de las nubes como fondo inconfundible para resaltar el resplandor del sol naciente.

—¡Felicito al abuelo! En hora buena fue niña—agregó, Clemencia, con la intención execrable de regocijarse en las adversidades de los Ramírez. 

Teresa renegaba en su habitación de su perdurable mala suerte ilusionada de vencerla una vez su hija desapareciera por eso esperaba desquiciada el cumplimiento de la promesa de su padre, era su última oportunidad, se había agotado su esperanza durante el parto cuando clamó por un hijo, única forma de convertirse en la preferida de su padre quien eternamente la repudió, según creía; quería dar un nieto a su padre, un reemplazo para Germán, era primordial y lo entendía como su forma para conquistar el duro corazón de Alberto.

—¡Esta noche he labrado mi final!, ¡esta madrugada debe morir mi razón para no vivir! 

A Joaquín poco le importaba el sexo de su hija, a no ser por la amenaza proferida por su suegro, jugueteaba con la recién nacida, disfrutando de los primeros instantes con ella, de paso los últimos si Alberto actuaba; entonces la tiró a un lado de la cama, se obligó a sí mismo a repudiar aquella criatura marcada por la muerte, su sangre iba a correr por eso era indispensable repudiarla. 

El viejo Ramírez no dio espera, conocida la noticia subió a la habitación de Teresa, finalmente todo estaba dicho, ahora era justo y necesario cumplir su palabra sin mayores retrasos.

— ¿Dónde está tu hija? —preguntó desde la puerta de la habitación. 

Llevaba el revolver en una mano y una botella en la otra; examinó todo el cuarto convencido de la intensión de su hija por ocultarla, pero no fue así, completamente desnuda yacía dormida en la cuna que Teresa había exigido, junto a ella se encontraba parado Joaquín, tratando de demostrar su malestar con el sexo de su hija y congraciarse con el abuelo.

El viejo se acercó lentamente.

—¡Ya sabes lo qué prometí! —exclamó— ¡hoy ha muerto mi hijo y ha nacido tu hija, el apellido Ramírez está a punto de extinguirse con toda sus tierras!

Joaquín abrió los ojos, se alejó de la cuna lo más posible abrazado por el terror ante la posibilidad de recibir un tiro, algo estúpido si se tenía en cuenta lo inevitable: un día sería el dueño de las tierras de los Ramírez, por eso no valía la pena arriesgarse por una recién nacida, después podía tener otro, al fin y al cabo Teresa era la única heredera. 

—¡Puedes matarla cuando te venga en gana! —expresó, Teresa, desde su cama envuelta en las cobijas, temblorosa por la rabia— ¡Debes matarla papá!

Su esposo observó la escena con aire de desesperación entre real y fingida, no tenía claro sus sentimientos, al ponerse del lado de la niña corría peligro, al despreciar a la niña suponía agradar al viejo, pero eran tan impredecibles los Ramírez que cualquier decisión conllevaba un desenlace trágico; Alberto miró su derredor con un gesto frenético en su rostro, alzó la botella y dejó caer un gran trago de aguardiente sobre su boca abierta, derramando el líquido por las comisuras de los labios, una vez se limpió la boca con su camisa hizo el amague de levantar el revólver, se acercó a la cuna y observó a la pequeña, bebió nuevamente, se detuvo expectante ante la quietud de la recién nacida, acercó el cañón al pecho de la niña que sobresaltada reaccionó, se movió sobre sí misma ajena a su sino, después estiró su pequeño brazo antes de bostezar para quedarse inmóvil con sus ojos puestos en el hombre amenazante frente a ella; su abuelo no parpadeaba en su contemplación, meditaba sobre sus amenazas al parecer dubitativo, sin embargo, después de los instantes de vacilación pareció ahogarse por su respiración convulsa, aspiraba aire en intervalos entrecortados por sus fosas nasales hasta cuando se agachó sobre la niña para soltar el pesado vaho de su aliento alcohólico al abrir lentamente su boca para ingerir un nuevo trago; ¡salud!, brindó, seguidamente vació todo el licor de la botella sobre la recién nacida que espantada no podía respirar, emitiendo estertores asfixiantes, una vez se vació el envase la niña pudo llorar muy fuerte mientras el abuelo reía sin sentido, la locura se reflejaba en el rostro del viejo, en un segundo liberó sus manos, la botella rodó, puso la pistola en su cinto, antes de levantar a la pequeña en sus manos para dirigirse a la sala. 

Joaquín testigo impotente de los acontecimientos callaba víctima de su cobardía sumido en un marasmo evidente, cuando reaccionó corrió tras el viejo hasta cuando sintió un atronador grito de Teresa desde el filo de la cama sin poderse parar, retrocedió donde su mujer y la haló de forma brusca; apenas Teresa logró sostenerse en la pared por sí sola se impulsó hasta la puerta, empujando al hombre indeciso a su lado con una seguridad sobre humana a pesar de su situación de salud, una vez alcanzó el pasillo anterior a las escaleras descubrió a su padre, abriendo una nueva botella después de liberar sus manos, al lado del ataúd de Germán donde había acomodado a la recién nacida; Joaquín y su hermana observaban desde arriba.

Con mucho esfuerzo la parturienta logró llegar hasta la sala junto a su padre que bebía sin detenerse.

Alberto inició un balbuceo de ebrio aun así absolutamente entendible:

—¡Hoy ha muerto Germán!, ¡hoy ha nacido tu hija!, ¡hoy desaparece el apellido Ramírez!, hoy es un día de fiesta para mis enemigos; Villa Ángela desaparece porque la toma en sus manos un imbécil vago, ¡este idiota y su padre son los dos mayores errores de la vida!, ¡sí!, dejar entrar a los Arteaga a mi casa fue algo imperdonable, los tres contando esa bruja —expresó, señalando a Clemencia— ahora no tengo nada que decir de Mauricio, el ya pagó su deuda y un poco más, aunque acepto que antes del disparo pensé sentirme mejor, pero ni siquiera verlo tirado en el piso destartalado de su casa me produjo placer —dijo, luego tomó un buen trago— Joaquín debes morir, pero no eres digno de ser asesinado, sería un premio, talvez tu hermana sí, aunque no es necesario, su mayor castigo será morir sola, ¡matarla sería salvarla de su condena! 

En ese momento Clemencia lo observaba concentrada en sus palabras, el viejo hablaba con la verdad, muy a pesar de ella estaba segura de su final y concordaba que para su hermano sería glorificable matarlo; Ramírez continuó su discurso:

—¡Esto tenemos que celebrarlo!, Teresa, ¡toma porque este fecha quedará grabado como el día de la desaparición de los Ramírez de Andinia; casi fuimos dueños de este maldito pueblo endemoniado, pero hoy no somos nada, ¡que el mejor postor se lleve esta historia!, ¿qué podemos merecer después de fracasar en la vida?, ¡no hay herederos verdaderos!, ¡tu hija no!, o al contrario, ella puede ser lo único que logramos ganar, ¿quién sabe?, es una hembra como su abuela Mercedes, la única que me acompañó, ella no dejó que me ahogara en mi antipatía, pero al irse me condenó al resentimiento; talvez pude amarla si ese sentimiento existiera, pero no es así, sólo existe la costumbre para salvarnos y eso nos rescató a los dos, ¡la acostumbre y la lujuria!, sin esa dos cosas no somos nada, pero un día se fue, ¡maldigo ese momento!, al igual que hoy cuando sufro la muerte de Germán; en cuanto a ti Teresa, nunca pude entender si eras perversa o triunfante al ser como yo, porque eres como yo, aunque a diferencia mía estás destinada a asfixiarte en tu antipatía, ¡no tienes quien te ampare!, ¿el idiota de tu marido?, improbable, sigo creyendo que va a morir por tu mano y eso espero, hasta los que no merecen ser asesinados claman por el favor, cuando se oportuno tendrás que hacerlo —tomó aire, vació nuevamente el alcohol sobre su boca— ¡hoy es el fin de mi dominio!, ¡iba a apoderarme de Andinia, pero sólo soy un fantasma más de este lugar!, ¡así que caigan los Ramírez, pero también caiga Andinia!. ¡Salud Teresa!, ¡salud Joaquín!, hoy también tú debes celebrar, tú el orgulloso padre de mi nieta vas a brindar por su nacimiento. 

Teresa estaba parada frente a su padre, algo arqueada la espalda con la mano en la cadera.

—¡Papá tienes que matarla!... —imploraba, tenía la botella de su padre en las manos, ¡si la dejas viva no tendrá una madre! —tartamudeaba, debido al llanto— ¡no, no tendrá una madre porque para mí está muerta a pesar de todo! No voy a criar una hija que es mi ruina, una niña sin futuro, un ser enviado para concretar el fin de los Ramírez, la decadencia de Villa Ángela, mi muerte en vida; nada me queda, solamente repudiar a los que me rodean, acabarlos con mis manos, ¡Clemencia, no te quiero en mi casa un minuto más!, ¡esta niña deberá crecer sola o morir en el intento!, Joaquín no te salvarás, mi padre ya me delegó tu fin. 

Abruptamente la mujer interrumpió su discurso al llevarse la botella a la boca, bebiendo nerviosamente un sorbo tan grande e imparable, suficiente para desatar un ataque de tos en su delicado pecho; el llanto y el trago menguaban a una mujer destruida, su vientre aún caliente sentía a la niña patalear en su interior, en el lugar que ocupó dilatado, flácido, sangrante, como recuerdo físico de su condena, no consideraba otra alternativa que el fallecimiento de aquel monstruo: su primera hija.

—¡Mátala!, ¡mátala!, cumple tus malditas amenazas o no eres capaz papá. 

Los empleados contemplaban la escena, Clemencia continuaba en el segundo piso.

—¿Qué más podía esperarse de los Ramírez? —aseguró a su hermano.

Alberto se acordó de la vieja.

—¿Estás ahí?, ¡eres valiente!, igual que tu padre, un desgraciado, pero frentero —declaró— ¡Vieja endemoniada te felicito!, has logrado tu objetivo: ¡acabas de ganar!, finalmente solo hay una forma de eliminar al enemigo: ¡la aniquilación total!, con ella parte de uno, de eso no te puedes salvar.

Hablaba borracho de dolor, pasmado de alcohol, en su beodez no quería soltar el ataúd, parecía aferrado a un trofeo estropeado sin forma de reconstruir, estrujándolo con su pecho, infinitamente ansioso de recobrarlo.

—Supongo que me odias por ser tu enemigo —insinuó, Alberto.

—Esta vez estás equivocado —respondió, Clemencia— no se odia a los enemigos, se les respeta o se les teme.

—¿A mí me respetas o me temes?

—Los dos somos iguales, no podemos sentir ni temor ni respeto entre nosotros, por eso tu fin no me afecta ni el mío te va a afectar, sólo somos eternos rivales de una lucha inexistente a lo mejor porque ni siquiera somos enemigos.

El viejo soltó una ensordecedora carcajada.

Clemencia calló, no había nada más para agregar, se ensimismo en su realidad: estaba informada de su próxima salida de la casa sin un lugar para refugiarse, su futuro se veía incierto al igual que la historia de Villa Ángela: el estropicio llegaba. 

El viejo Ramírez seguía apegado al ataúd de Germán, parecía haberse olvidado de la niña en medio del discurso de Clemencia y los ruegos molestos de Teresa; de pronto alzó la cabeza para ver a todos los presentes, los detalló uno a uno, a muchos los conocía desde su nacimiento, la melancolía apretujaba su alma al imaginarse a sus trabajadores sin Villa Ángela asilados en cualquier lado por eso debía evitarlo, era su forma de retribuir su nobleza.

—¡Salud señores! —brindó con la botella en lo alto dirigida a todos, después se volteó donde estaba su trabajador de confianza— Miguel, eres el único que puede salvar mis tierras y lo vas a hacer, vas a tomar la mitad en tus manos; déjale a Joaquín El Lucero, que haga con su parte lo que quiera, pero Villa Ángela nunca caerá en su dominio, sólo tu Miguel puede administrarla, ¡si Joaquín se mete te ordeno que lo mates!; ¡Joaquín quedas advertido!, cometí un error al dejarte entrar en mi casa, pero ahora lo enmiendo, ¡nunca tocaras Villa Ángela porque Miguel te va a dar un tiro o Teresa que es la verdadera dueña te ultimará sin miramientos. 

El arma ondeaba sobre la recién nacida, la pequeña se ahogada en el llanto sin poderse acomodar sobre el frío ataúd, había una expectación absoluta por el desenlace de la amenaza, el señor Ramírez acercó nuevamente el cañón sobre el pecho de la trémula niña, pero aguardó un momento, primero se dirigió a sus servidores.

—¡Gracias a todos los que trabajaron para mí! ¡Gracias a mis caballos! —dijo Alberto Ramírez entre completamente borracho y absurdamente cuerdo— ¡Gracias muchachos! ¡Gracias Miguel! Cuida de esos animales que sabes cuánto los quiero; ¡Teresa espero que mañana saques a esa bruja de esta casa y coloques un gran letrero que rece Villa Helena porque mi nieta se llamará así: Helena!

Nadie entendía nada.

—La unión de Villa Ángela y El Lucero pasará a ser Villa Helena como el hecho perdurable de este día: hoy nace mi nieta, fallece Germán, ¡mueren los Ramírez!; Villa Helena sobrevivirá a todos y siempre se recordará en Andinia. 

Después de su declaración detalló su entorno sin esquivar a nadie: sus trabajadores, Clemencia y Joaquín en la planta alta, Miguel, Teresa y la niña postrada sobre el ataúd de Germán junto a él en la parte baja; como infinidad de veces aquel día levantó su arma, la puso en el pecho de la bebe, dejó brillar una leve sonrisa, hizo un movimiento brusco y descargó la pistola; el disparo tomó a todos por sorpresa a pesar de la expectación permanente, el silencio fue total, de pronto se escuchó la tos asfixiante de Helena cubierta de carmín aplastada por la cabeza de Alberto desgonzada sobre su diminuto cuerpo, emanando sangre a borbotones. Teresa contempló a su padre rendido ante la muchachita con los ojos secos sin posibilidad de ser remojados por la quietud de sus parpados, luego subió a su habitación con la cabeza agachada acompañada de un mutismo perturbador; Joaquín tembloroso no salía del asombro, entre tanto, Miguel con lágrimas en los ojos hizo un gesto de respeto al quitarse el sombrero presto a cumplir la voluntad de su patrón; Clemencia suspiró antes de retirarse a acomodar la maleta porque su estadía en Villa Ángela había terminado, Teresa era ama de la casa y señora de Villa Helena, mejor adelantarse a los acontecimientos. 

Con sangre fue bautizada Helena Arteaga y eso la volvería una mujer salvaje, una verdadera Ramírez como lo deseaba su abuelo.