jueves, 21 de agosto de 2025

Andinia antes de la oscuridad

 Andinia antes de la oscuridad

(Introducción a la segunda parte) 


Andinia no representa a nadie, su realidad no es mágica, aunque increíble en sencillamente realidad, por eso sus metáforas son simples figuras literarias.

I

Estaba pronto el inicio del momento más esperado por todos, lo habían planeado por más de tres años, ahora se ponía en marcha, el fin de la oscuridad de Andinia era inexorable; en su posición esperaba nerviosos por la ansiedad perturbadora anterior a la entrada en acción; ni las armas, ni los guardias, ni las torturas, ni la cárcel se interponían en su temerario plan, dispuesto con firmeza a dar la vida por la causa más justa sin aceptar ningún tipo de duda; seguramente así debía ser, al fin y al cabo quién discute la certeza de las luchas ajenas por más estúpidas que parezcan. 

Parado frente a todos los Blanco estaba henchido de emoción, todo iba a empezar, sólo faltaban unas últimas palabras antes de la función.

—Vamos a liberar a Andinia de su oscuridad, tantos años bajo un dominio oscuro van a terminar el día de mañana; ¡hoy será recordado como la víspera del rescate de Andinia por los Blanco!, ¡hoy decidimos que es el momento de sentenciar nuestra liberación!, ¡hoy escogemos el día de mañana como el inicio de un futuro de triunfos!, ¡hoy nos lanzamos a la lucha con la convicción de ser los  enviados para concretar esta victoria! 

La batalla estaba a punto de empezar, todos apostaban por el triunfo, la salida de una época aciaga de Andinia iniciada en un ayer que empezó así: 

Después de terminada la lluvia Andinia se adentraba en un mes de festejos increíbles, un derroche de alegría, licor, dinero y lenocinio por doquier como si esa fuera la última ocasión para disfrutar; ese año los nacimientos habían sido escasos, en total dos: Helena y Petrona, ambas con un lastre a sus espaldas por eso fueron desterradas de la iglesia y no contentos con eso los pobladores amenazaron al padre de abandonarlo si se atrevía a bautizar a las muchachitas endemoniadas en la fecha tradicional de diciembre. 

El padre, reconocido por sus magníficos sermones como el del sepelio de las niñas Martínez sacó su repertorio nuevamente. 

—Todos se creen libres de pecado, pero señores y señoras, aquí les digo que no existe un hijo de Dios que no sea pecador, todos lo somos, aún más los que se precian de impolutos —se explayaba el padre con los brazos abiertos y sudor en las sienes mientras los feligreses se distrajeron, pensando si la palabreja era un insulto o una expresión de máxima cultura propia del padre Juan— ¡no hermanos!, no creamos que somos limpios de pecado porque eso es vanidad, oigan todos: ¡vanidad!, y ¿qué es la vanidad? La-va-ni-dad-se-ño-res, ¡es un pecado!, pues todos han pecado y están privados de la gloria del Señor, pero él es bueno y por su gracia son justificados mediante la redención que Cristo Jesús efectuó; así es señores, aunque no lo crean vanagloriarse de estar libres de culpa es inmoral y rechazar a los demás por ser pecadores es deshonesto; y ay del que en Andinia haya despreciado a alguien por sus pecados más si es una recién nacida; desde lo alto los están vigilando, él nos está vigilando, porque a mí también, el vigila a todos, nos vigila a todos y no se le puede esconder nada, no hay secretos; si se creen salvos lo va a saber y les digo una cosa: el que esté libre de pecado en Andinia que se oponga al bautizo de Helena Arteaga…

—¡Helena Ramírez! —gritó alguien desde el auditorio.

El padre frunció el ceño, guardó silencio uno momento mientras con sus ojos de santo lanzaba fuego; después de unos segundos alargó sus labios como para besar el viento mientras meditaba concentrado.

—Bueno, bueno, ¡como sea!, el caso es que estoy esperando al primero que levante la mano. 

Por su puesto, nadie la alzó, todos estaban conmovidos y decidieron que el bautizo debía hacerse de inmediato; desde ese momento los maleables paisanos de Andinia se decidieron a buscarle fecha a la celebración del sacramento; el padre se sintió tan acosado con el asunto que puso punto final a la discusión un domingo. 

—Hermanos siéntense un momento, voy a dar unos avisos.

—Cuáles avisos, no tenemos tiempo para esas tonterías, para eso tiene al muchacho Leonardo y doña Mireya, a ellos les puede dar los avisos —exclamó un feligrés— mejor aproveche que estamos todos para dar la bendición porque después del aviso no habrá un alma que bendecir.

—Como quieran, sólo quería que propusieran la fecha para el bautizo.

La mitad de la iglesia estaba vacía, pero en segundos estuvo en su capacidad máxima ocupada por los hijos pródigos vueltas a la casa del padre; Juan los vio entrar con una sonrisa disimulada, luego habló:

—Antes de cualquier asunto voy a aprovechar que no falta nadie aquí expresó y los bendijo; luego mientras se sentaban para la discusión él entregó los utensilios de la celebración a Marleny, la Biblia Leonardo y salió, los feligreses quedaron sorprendidos.

—¡Hey cura!, ¿no íbamos a discutir la fecha?

—Eso tocaba en los avisos, después de la bendición se van para su casa o para la cantina, pero los quiero fuera de aquí partida de majaderos, ¡la próxima será! 

Para las siguientes misas nadie se movía en los avisos, pero el tema no se volvió a tocar, fueron dos meses de burla del padre.

—Bueno padre, vamos a escoger la fecha o dejemos eso así dijeron algún domingo.

—Tranquilos hermanos antes de la bendición lo hacemos.

Los creyentes recibieron la bendición cerca de las tres de la tarde después de una discusión infinita y banal.

—Bueno, bueno, con esto no vamos a llegar ninguna parte, mejor tengan la bendición y el próximo domingo les doy la fecha.

Ninguno se opuso, salieron mansamente y volvieron al siguiente domingo con un tono de devoción por la celebración aunado a la angustia por el chisme; durante los avisos el padre explicó las razones para seleccionar la fecha, era imperativo hacerla el domingo anterior a ceniza, hubo consenso general; con todo listo los habitantes de Andinia se fueron a preparar para la ocasión. 

Cuando llegó la fecha no cabía un alma en el parque, esperando la apertura de la iglesia, el morbo tenía excitados a los habitantes presurosos por enterarse de los resultados de las apuestas innumerables; se había puesto sobre la mesa todo tipo de jugadas, unos pronosticaban la conversión del agua en sangre, otros vaticinaban temblores de tierra o la propagación del poder del demonio por Andinia, no faltaron los malévolos deseosos de la caída del techo de la iglesia, para que mate a todos esos chismosos. 

Una vez llegó el tiempo de iniciar el ritual asomó en el parque una numerosa comitiva, escoltando a la niña; Carmenza iba al frente del grupo con su hija Catalina a un costado con Helena en sus brazos, la bebé iba muy elegante con su atuendo totalmente blanco, detrás venía Miguel con sus mejores ropas junto a los empleados de Villa Elena.

—Este bautizo es de la niña que despreciaron, no son bienvenidos, en esta celebración no está permitido entrar a nadie diferente al padre y sus colaboradores. 

La dicha hizo sonrojar al padre Juan, festejaba la situación incómoda de los aburridos habitantes del pueblo, muy elegantes, llenos de aromas atosigantes y el inconfundible olor a sudor mezclado con desodorante aumentado por el calor de ese día, por él habría gritado ante el triunfo de la justicia; los descomedidos pueblerinos no les quedó otra sino aceptar su destino, sentados en las destartaladas bancas del empolvado parque asistieron a una ceremonia prometida, pero negada; la iglesia quedó medio ocupada, aun así nadie se atrevió a entrar, ni siquiera hicieron el intento porque dos hombres armados sobre sus caballos se posaron a los lados del santo recinto; según los cuentos eran enviados por Teresa con la orden de impedir el ingreso a cualquier entrometido de los alrededores salvo el padre y su sequito de colaboradores; la madre no quería saber nada de su hija, pero haría respetar lo relacionado con Villa Helena y su gente. 

El padre al ver la frustración de la gente apostada en el andén del parque, una vez había celebrado el castigo divino, decidió prender los altavoces como consuelo a su compungida feligresía, Andinia se contentó con escuchar la celebración; una vez el oficio religioso terminó el parque quedó desierto antes de la salida de la comitiva, el polvo volvió a circular tranquilo llevado por una brisa coqueta alrededor de los participantes, invadiendo con su suspiro el ambiente; el cortejo se fue como había llegado, silencioso a la vez alegre en medio de la tranquilidad del parque encabezado por Catalina y Helena, detrás su madre Carmenza seguidas de Miguel con todos los empleados escoltados por los jinetes armados. 

La molestia de Andinia fue notoria al punto de la creación de una gran cantidad de chismes desafortunados, el más difundido fue una declaración terrible sobre la caída de una maldición para el padre Juan por atreverse a celebrar un bautizo prohibido por los conciudadanos; según decían el infierno bajaría con todo su fuego y tostaría en vida al padre por su despropósito con tanta certeza que en adelante cada misa, cada procesión o algo por el estilo tenía una concurrencia descomunal, nadie quería perderse el momento trágico cuando el descarriado santo pagara su deuda. 

El miércoles de ceniza se marcaron a los descomedidos feligreses con el material producido el año anterior en la semana santa, nada de fuegos del infierno ni cuerpos ardientes; el domingo de ramos fue una fiesta de hojas, palmas cortadas, algunas flores, sin ningún suceso fuera de lo normal; los rituales pasaron sin novedades, muchos de los nuevos creyentes infaltables los domingos se cansaron, cada vez se retiraban los asistentes atraídos por el deseo perverso de asistir al evento, quedando los fieles cumplidos y leales; Andina se tranquilizó al no encontrar señales de alguna amenaza cercana, seguramente las maldiciones resbalaban por el padre Juan, era un santo en vida, el primer santo de los alrededores, y tiene el nombre preciso: San Juan de Andinia, decían las rezanderas del pueblo; esperen a que lo maten para santificarlo, respondían los descomedidos del pueblo. 

Cuando llegó el bautizo de Petrona Martínez, unos meses después, el cansancio por el incumplimiento de la maldiciones venideras influyó en el menor rechazo, aunque no dejaba de producir inquietud una niña nacida de la muerte de una madre, nadie aseguraba su culpabilidad, pero ninguno la descartaba, eso no es una cosa buena, decían; como fuera no dejaron de presentarse las apuestas, pululaban preludios absurdos, risibles muchos de ellos, aun así nada sucedió, ni aparecieron plagas ni fuego del cielo, la diferencia fue la oportunidad de presenciar el evento dentro de la capilla sin matones en la puerta, finalmente de Luna Blanca sólo asistieron cinco acompañantes: Gumercinda con la niña en sus brazos, Arturo González y su esposa Mirta como padrinos y en representación de los trabajadores una mujer negra, de belleza incomparable con sus ojos brillantes en medio de su tez oscura, sobria y de garbo admirable a pesar de sus ropas viejas, pero en perfecto estado, acompañada de su hija Marcia, una pequeña de gran sonrisa presta a distraerse en cualquier cosa, juguetona en todo momento con su deliciosa mirada presta a todo su derredor. 

Aquel año de acontecimientos insólitos fue acompañado de una situación muy preocupante, no hubo ningún nacimiento; ante la misteriosa escasez de embarazos Onésimo declaró el día de la procreación: el miércoles de cada semana todos los matrimonios de cualquier edad, las parejas estables y de otra índole estaban obligadas a aportar a la herencia de Andinia.

—A partir de este miércoles el pueblo entero, hablo de machos y hembras en edad de procreación, bueno, también los mayores pueden intentarlo, no falta que haya un milagro en este mugroso pueblo, tienen una obligación con Andinia: hacer el amor, ¡qué estúpida expresión!, debería decirse ¡hacer la costumbre!, más acorde a la realidad de muchos en especial los que se juran amor eterno; eso no me importa allá todos con sus aberraciones, en todo caso deben echarse un polvo, tirar desaforadamente, halarle al machuque, acariciar el peluche o como quieran llamarlo de acuerdo a su estrato social, en el peor de los casos simplemente copulen, pero necesito por lo menos una mujer en embarazo de lo contrario Andinia va hacia la extinción.

—¿Y si nacen muchos niños?

—Carajo, usted hágale, no se angustie por eso, si nacen muchos el estado se los compra, es un buen negocio después de la acción. 

El decreto tuvo vigencia durante un tiempo a pesar de las protestas de las adoradoras del señor y el padre Juan; cuando se acercaba el tiempo santo el cura amenazó a todos con una condenación durante la siguiente misa, produciendo un miedo suficiente para la suspensión del decreto a partir del miércoles de ceniza durante cuarenta días; el alboroto fue inmenso, muchos estaban furibundos por la intromisión del padre en temas netamente carnales, otros felices por la salvaguarda de la pureza del pueblo, en un chismorreo sin fin causante de peleas entre familiares por sus posiciones extremadamente contrarias y de no ser por el tamaño del pueblo se hubieran programado marchas en apoyo a cada punto de vista. 

Por el mismo tiempo apareció por el pueblo una mujer alta de rasgos similares a los de Gumercinda, una curiosidad detectada por todos, con intenciones de llegar a Luna Blanca de acuerdo a su acuciosa investigación en la tienda de Catalino, la iglesia y El Progreso.

—Hola, Gumercinda, al parecer eres la gran matrona de este lugar, Luna Blanca, sino estoy mal.

—No, no estás mal, Rita.

—Ah, todavía te acuerdas de mí, entonces puedo contar con el abrigo de tu hogar.

—Claro que me acuerdo, pero no te quiero aquí.

—Pero…, pero, sí somos hermanas.

—Fuimos.

—Todavía con esas cosas, nuestra madre estaba moribunda, yo no podía quedarme.

—No tenías que quedarte, pero tampoco me tenías que abandonar. 

El enfrentamiento de preguntas y respuestas cortas terminó en un silencio absoluto, al parecer las dos mujeres quedaron sin palabras ni argumentos, los expresados eran banales, hasta ellas mismas se daban cuenta, pero no se encontraban más, el pasado las perseguía y como a todos las condenaba a su única versión,

—¿Quieres decir que no me recibes como tu hermana?

Rita observó a la mujer, en su rostro descubrió un rencor infinito por eso prefirió no insistir por una respuesta; al hacer un recorrido por todo el lugar alcanzó a observar la cuna donde estaba Petrona.

—Esta niña es uno de las dos últimas nacidas en este pueblo —comentó mientras se acercaba es muy linda, pero va a sufrir; aquí en esta propiedad será maltratada y nadie podrá hacer nada hasta cuando reaccione con el nacimiento de su salvación, en ese momento decidirá darle fin a su desgracia, ¡habrán pasado cinco gestaciones antes de librarse!

—No más inventos para amedrentarme.

—No invento nada, pero ten presente que antes de la finalización del caos de Andinia habrás rogado por esta niña, en tus manos estará su vida y por ella tendrás que humillarte.

—¡Rita, vete!

Una última cosa, en Andinia no nacerán más niños mientras la oscuridad reine. 

Rita salió en silencio y desapareció de Luna Blanca; se quedó en El Progreso donde consiguió un cuarto en arriendo barato, ahí leía las cartas para los incautos; las conjeturas de la bruja se esparcieron por doquier, nadie en Andinia entendía el asunto de la oscuridad, ni cuánto duraría menos la razón de la ausencia de nacimientos, las desgracias sobre Petrona, cuál era su salvación, todo un coctel perfecto para las invenciones más absurdas oídas hasta el momento en el pueblo; aunque la preocupación por la ausencia de niños fue generalizada no faltaron los que celebraron la predicción. 

El pueblo seguía su amodorrada existencia ahora alimentada por la aparición de la bruja, dejando en segundo plano la eterna amenaza de las serpientes de tomarse el lugar; sin embargo, en alguna parte se encontró un panfleto con el ultimátum de las serpientes: pronto Andinia será nuestra y caerán los cabrones que estén en contra.

El mensaje era claro, estaba dirigido a los señalados de auxiliar a los plateados; según la información les cobrarían toda la ayuda prestada cuando les daban comida, ropa u otras cosas; el susto de los acusados creció debido a las múltiples amenazas aparecidas por todos lados, muchos decidieron huir previendo cualquier acontecimiento desafortunado; para completar, los fatales augurios de Rita intensificaron el temor, de acuerdo a sus adivinanzas Andinia sería castigada con una verdadera calamidad durante largo tiempo al punto de predecir que varios de los escuchas no iban a ver el fin de la maldición.

—Andinia se ha buscado sus males, el terror vendrá después que su cumpla el deseo de todos.

—¿Cuál?

—El que los trasnocha, ver al padre ardiendo cuando el infierno baje por él.

—No... —decían, todos— nadie quiere eso para el padrecito.

—Muchos lo quieren y lo van a ver, pronto el fuego del infierno vendrá por Andinia. 

El padre Juan no era ajeno a las premoniciones de la bruja Rita y habladurías de la gente por eso decidió hacer una ceremonia simbólica para bendecir el fuego que supuestamente los iba a quemar.

—¡Este año el jueves santo será especial! 

La Semana Santa inició con la pompa acostumbrada en un domingo de ramos conmovedor, los demás días se fueron en celebraciones litúrgicas y religiosas hasta el jueves esperado; las campanas esperaban la resurrección del señor y la matraca convocaba a todos los feligreses con el golpeteo seco de la madera frente de la iglesia. 

El jueves santo el padre Juan tenía lista la bendición del fuego, hizo los preparativos, llamó a sus acólitos, también a sus colaboradores en todas las actividades de la iglesia; todo estaba listo: el cirio iba en manos de Leonardo, el chico se sentía importante por encima del resto de la feligresía, detrás caminaban dos muchachos, uno de ellos llevaba un brasero metálico y el otro con una especie de paja larga dispuesta para ser prendida; el cura encabezaba la comitiva.

—Hoy es un día especial, se bendice el fuego usado para encender el cirio Pascual; es un ritual modesto, pero este año tendrá algo especial, lo vamos a llevar más allá de la iglesia, iremos hasta el lugar testigo de innumerables desgracias, la esquina opuesta escenario de tantos crímenes, un sitio convertido en el patíbulo de los inocentes de Andina, allá haremos la celebración con el alma puesta en el señor para que Andina encuentre paz. 

Después de sus palabras, el sacerdote encabezó la procesión; toda Andinia hacia parte del ritual, los cánticos resonaron en el pueblo alegres en toda su extensión, la esperanza es la mejor forma de alienar a la gente, cuando el hombre tiene algo esperanzador frente a sí toma impulso para superar cualquier adversidad hasta cuando se entera de su falsedad, a fin de cuentas la esperanza es aquello que se siente cuando no hay ninguna solución posible, una mentira piadosa para una realidad impía. 

La procesión era nutrida, llena de simbolismo, rebosante de una alegría percibida por todos como signo de un futuro mejor para Andinia; cuando llegaron a la esquina opuesta del parque ya había una pequeña hoguera encendida, Leonardo se puso muy derecho con el cirio bien agarrado con sus dos manos, los otros dos hicieron su oficio, uno ellos sacó unos carbones ardientes para ponerlos sobre el brasero metálico, el otro acercó el pabilo hasta la madera carbonizada y ardiente, encendiéndolo para llevarlo hasta el cirio pascual; entre tanto el padre hablaba sobre la importancia del fuego, su significado al arder en el cirio, la única posibilidad para que Andinia calcinara el odio entre hermanos. 

Es momento de salvar a Andina, no podemos seguir como espectadores indiferentes ante el desangre de nuestros hermanos; vamos a bendecir el fuego que no puede ser la causa de nuestra destrucción, al contrario debe servir para quemar la maldad incrustada en nuestro pueblo; ¡es hora de arrepentirnos de nuestros pecados, ser capaces de perdonar a nuestro prójimo! 

El brasero estaba dispuesto, los carbones ardían listos para consumir el incienso por todos los rincones del pueblo; el chico que llevaba la pajita encendida se dirigió hasta donde estaba Leonardo y la acercó al cirio, dándole vida con su luz fulgurante; el ritual iba de mil maravillas, el padre estaba satisfecho, convencido de aplacar los ánimos con su apostolado.

—Este fuego es bendecido para iluminar nuestra Pascua, el tiempo del señor, el momento de alegría infinita para los hombres. 

El padre Juan profesaba emocionado, ojeando a todos lados donde encontraba una contemplación inmemorial de los participantes puesta en él y se llenó de orgullo; cuando iba a terminar su predicación algo inusitado pasó: entre el chisporroteo de la hoguera sobresalió una detonación, después otra, cuando la gente reaccionó se escabullo por donde pudo, entonces al tronar la tercera explosión el cuerpo del padre Juan se desplomó sobre la hoguera, detrás Leonardo fue impulsado al otro lado de la calle mientras el cirio rodaba por el empolvado andén; doña Marleny encargada de preparar los elementos necesarios para la elevación en cada misa acompañaba la festividad con una pequeña vela para prenderla directamente el fuego sagrado con tan mala suerte que uno de los disparos le dio en la cabeza, cayendo cuan larga era a un lado de la hoguera; el caos se apoderó del parque, un hervidero de hombres locos por salvarse huían sin importar a quien empujaban; cuando el lugar parecía calmarse los disparos de la entrada de las serpientes negras para tomar posesión del pueblo retumbaron por cada rincón después de tantos años de amenaza. 

Onésimo se sintió molesto.

—Para qué invadir el pueblo y hacer tanto alboroto, aquí estoy yo como su representante, no entiendo tanto despliegue de terror decía cuando hablaba con el comandante.

—Onésimo, usted está metido en este cuento hace rato, por qué dice pendejadas; nosotros no servimos para estar detrás como si tuviéramos miedo, ¡el pueblo es nuestro y entramos cuando se nos da la gana! 

Después de amontonar a todos los pobladores en el parque empezó el discurso del comandante de las serpientes.

—Se van a formar para que los pueda ver, tengan una cuenta que nosotros somos sus amigos, venimos a protegerlos por eso tenemos que hacer una pequeña limpieza para una vida tranquila en este pueblo. 

La tarde estaba quieta, ni el viento constante en el pueblo soplaba, también estaba escondido, la basura yacía en el suelo y el ambiente era sofocante; uno a uno fueron llamados los auxiliadores con nombre propio para arrodillarlos al lado de la hoguera, pronto pagarían su falta, muchos lloraban, pero también estaban los firmes en sus convicciones, demostrando desprecio por el opresor; cada llamado era acompañado de un lamento general, cada disparo producía una impresión intachable en el alma, especialmente la de los niños, el espectáculo horrendo era el primer paso para su perdición. 

El padre intentó salvaguardar el pueblo con sus oficios, pero no tuvo en cuanta la oposición de Andinia; al contrario de lo planeado el resultado fue ingrato, la hoguera dispuesta para su sentido ritual se convirtió en su infierno, el pronosticado por los pobladores, donde ardió por todos sus actos contrarios a la voluntad del pueblo, a un lado confundida entre tantos cuerpos yacía doña Marleny y detrás Leonardo daba sus últimos estertores; el acontecimiento endemoniado se prolongó por unas horas cuando por fin los pobladores sobrevivientes recibieron la orden de retirarse a sus casas, un suspiro comunitario trascendió más allá de los campos. 

La calle fue alimentada con sangre, el polvo se volvió espeso incapaz de correr, el cielo de Andinia se negó a lavar el carmín producido por la barbarie, empezó entonces la época del calor como si el fuego bendecido por el padre cayera desde las alturas, quemando todo a su paso. 

Las serpientes se juntaron en la mejores casas a celebrar su triunfo sofocados por el bochorno; algunas de las propiedades invadidas estaban libres porque sus dueños corrieron con la desgracia de marcharse de este mundo sin llevarse nada, otras fueron tomadas por la fuerza y sus propietarios obligados a buscar refugio donde familiares o vecinos. 

Bien avanzada la noche, oscura y tétrica, los vigías llegaron donde el comandante.

—Jefe la bota militar está alborotada, según dicen eliminaron a los plateados en las afueras de Andinia donde estaban preparando atacarnos, ahora seguramente vienen por nosotros, esa gente es muy peligrosa.

—No sea pendejo, no hay bota militar que me quite este pueblo —gritó, el comandante— ¡este puto pueblo es mío y lo voy a gobernar a mi gusto!, ya matamos a los maricas que estaban en contra nuestra, con los que quedamos vamos a vivir bien; tranquilo, la bota no nos hará nada.

El vigía encogió los hombros cuando el comandante no le veía y se retiró para participar en una feria siniestra alargada hasta cuando el cuerpo no dio más, finalmente ya había entregado su turno; por su parte, el comandante después de hablar con el vigía se había marchado con una mujer enviada por Jovita para completar su celebración. 

A punto de clarear el día se escuchó una detonación brutal, el comandante al sentir el alboroto salió, subiéndose los pantalones.

—¡Cabrones!, ¿qué diablos pasa?

—¡La bota nos está rodeando, vamos a un lugar seguro donde nos podamos defender! 

Unos se refugiaron en el hotel de Catalino, otros corrieron detrás de las de los habitantes a la iglesia huérfana después de lo sucedido con el padre; las serpientes se dispersaron por el pueblo medio atontados por el trago y las explosiones; habían quedado desarmados por la bomba lanzada sobre la casa del festejo en medio de una situación inexplicable: en menos de doce horas Andinia era atacada por segunda vez; los pobladores se refugiaron dentro de sus casas a la espera de la siguiente masacre al lado de la hoguera santa, en silencio atentos al desenlace. 

Las serpientes negras eran perversas, pero se podía convivir con ellas, eran mejores muchachos los plateados, pero la bota militar era terrible, sólo ellos podían ser los nuevos asaltantes; pronto las descargas distantes se acercaron, el murmullo se convirtió en ruido atemorizante, las balas eliminaban a las serpientes sin misericordia; aquellos hombres no sólo querían el poder, deseaban el dominio absoluto, querían invadir la tierra, someter a los hombres, maltratar a las mujeres, apresar a cualquiera por el simple hecho de pensar distinto porque podía convertirse en un contendor sin armas y podía derrocarlos; la única alternativa era difundir un solo pensamiento, inculcar la mismos gustos por la música, el deporte, el arte, establecer la literatura adecuada para sus intereses, prohibir las letras capaces de ilustrar a los hombres, someter a Andinia a un poder absoluto. 

La bota ingresó sin temor entre el humo de las balas disperso por las calles emanado de los cuerpos tirados sobre la rua; sin recelo apabullaron cualquier indicio de libertad, imponiendo la disciplina del silencio ante los abusos y la muerte; el pánico cundía por doquier, el tiempo de las desgracias empezaba, la maldición se hacía presente, la gente se escondía ante la única verdad: ¡Andinia había sido secuestrada!